lunes, 2 de mayo de 2016

ENSAYO.
La trampa  emotiva de lo nacional.

Alguna vez se planteó la cuestión del ser argentino.  Para la gente de mi generación, escolarizada durante diversas dictaduras, no fue un tema menor. Tal vez por eso, por creer que tal ser pueda existir, no fue  sino con cierto desasosiego (teniendo en cuenta mi origen bonaerense),  que andando los caminos de este bendito país advertí que muy lejos de Buenos Aires, se percibe cierta densidad histórica y cultural a la que podríamos atribuir mayor argentinidad. Pero como todos sabemos, los viajeros solemos sobreestimar los paisajes y las vivencias .Por eso,  nuestra subjetividad no puede ser un rasero confiable cuando de nacionalidad hablamos.
Sin embargo, en el imaginario colectivo, sin duda influenciado por la literatura, pero sobre todo por la política,  la pampa húmeda, con sus extensas llanuras, sus habitantes y sus costumbres ocupa  un lugar preferencial en el podio de lo argentino.
Ahora bien, por más que nos emocione visitar cada invierno la exposición de la Sociedad Rural en Palermo, necesario es admitir que la idea de “campo argentino” no se corresponde del todo con la realidad.  Es triste, pero el verde eterno que tapiza nuestro suelo, se debe  en gran medida a factores tan foráneos como los productos provenientes del lejano oriente.
La educación hace lo suyo. Se sigue enseñando el tema del Centenario de la Revolución de Mayo, haciendo foco  en la opulencia del país agro exportador y soslayando otras realidades que coexistieron con la famosa foto de la Infanta y el toro campeón.
Ni el campo es lo que creemos, ni es la expresión más acabada de nuestra identidad. Seguimos reforzando una imagen que nos reconforta y nos arrulla como una canción de cuna. Y no estaría mal si no fuera porque ya no somos niños-  ¡cumplimos doscientos años!- y porque obtura cualquier intento de evolucionar hacia otros modelos socio-económicos  más distributivos.
Si el ser nacional existe, debería  ser diverso y dinámico.
En todo caso no puede ser una excusa para subordinarnos eternamente a un orden mundial que fue y sigue siendo, colonialista.
Mientras tanto asumo la contradicción de confesarme devota del turismo rural en las estancias de la Belle Époque criolla.


Graciela De Mary.

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