lunes, 3 de septiembre de 2018

El fantasma del cuartel

   El Flaco venía manejando cuando  sintió la vibración del celular en el bolsillo. No atendió. Dos mujeres de la policía local fumaban cerca de la parada. No hubieran reaccionado así llevara una bomba atada al cuerpo. El colectivero volvía a capital sin pasajeros Entró a Campo de Mayo y evitó acelerar aunque sabía que lo esperaban con la cena de Nochebuena: lo de siempre, matambre con rusa. Cuando se acercaba al río Reconquista, le pareció ver algo raro. La arboleda era muy densa y había poca luz. A menos de veinte metros del puente, frenó de golpe. Los faros iluminaron a una chica. Estaba parada en medio del asfalto, vestida con ropa de combate. Llevaba una boina con una estrella roja. Era rubia, pero no teñida.
   -Sacame de acá- ordenó  mientras le apuntaba con la ametralladora.
   El Flaco no supo cómo, pero de pronto la vio esconderse en el hueco de la puerta del medio. Aturdido pisó el acelerador y siguió. Pasaron por un cuartel. Los milicos de la entrada le hicieron un gesto con la cabeza. Al Flaco se le secó la boca. Ni bien pasaron la garita se animó a mirar por el espejo. Ella estaba sentada en el primer asiento.
   -Nos estaban esperando. ¡Hijos de puta! –la voz de la mujer era seca como la pólvora.-Mandaron al frente a los soldados. Los tuve que cagar a tiros ¡Todo inútil! ¡Sacame de acá!
   El colectivero dejó atrás la oscuridad del campo. Ahora iba por el suburbio desierto. Tenía el cuello entumecido de mirar para adelante. Por fin entró al playón de la cabecera. Bajó del colectivo vacío haciendo arcadas y se metió corriendo en el baño sin saludar a sus compañeros.
   López, el inspector, se puso serio y lo siguió.  El Flaco, con la cabeza en el borde del inodoro, seguía vomitando.





lunes, 25 de junio de 2018

MADRE FUGITIVA



    Tuve que irme a la cama para no flaquear.  Me saqué la vincha y la remera que había comprado en la entrada del estadio. Me acosté. Estaba confundida. Cuando empecé a entender la situación salté de la cama y cerré con llave la puerta del dormitorio. Desesperada, empecé a planear la huida.
   Había llegado a mi casa antes de lo previsto, me extrañó ver las luces encendidas. El recital de Phill Collins  se había suspendido-maldito cambio climático- por una tormenta con ráfagas y granizo. 
   -Reunión cumbre- dije sin malicia, cuando mi nuera abrió la puerta.
   -Estás mojada, te preparo un café-dijo ella mientras escapaba hacia la cocina.
    La entrada al recital había sido una gentileza de mis hijos. Desde la muerte de mi marido, ellos se deshacían en atenciones. Primero fue el fin de semana en la isla Martín García, una roca en medio del estuario del Río de la Plata, encantada de bosques umbríos; destino maldito de generales caídos en desgracia y donde se consigue el mejor pan dulce del mundo. Luego, proyectaron la remodelación de la casa:
  -Mamá, renovarse es vivir-repetían.
  Y fue así que se levantaron los antiguos pisos de madera y se arrancaron los revestimientos. Las paredes fueron agujereadas por técnicos que decían buscar humedad y los plomeros despanzurraban antiguas cañerías a su antojo.
   La noche del recital fallido, luego de encerrarme en mi cuarto y cambiarme la ropa, pegué la oreja a la puerta para seguir el movimiento de mis hijos. Andaban por la cocina vaciando los muebles. Luego, escuché con escalofrío el ruido de la pala hundiéndose en el cantero de los rosales, única superficie que se había salvado de los albañiles. A nadie preocupaba mi presencia. Tenía que pensar rápido. Segura de que no encontrarían lo que andaban buscando, dado que yo lo había encontrado antes, salí muy despacio de mi habitación.   A través del vidrio esmerilado de la ventana que da al fondo, vi sus siluetas  inclinadas en torno a un montón de barro removido. El aroma del café me alertó.  Me deslicé por la superficie pulida del porcelanato italiano hasta el vestíbulo. Nadie lo advirtió. A dos metros de la puerta principal, Me detuve frente al tapiz que habíamos comprado en el viaje a Cuzco con motivo de nuestras bodas de plata. Bendije el momento en que se me ocurrió coser la llave de la caja de seguridad en el reverso de esa  piel suave de vicuña que todas mis visitas elogiaban. Después de arrancarla, guardé la llave en la cartera. Salí sin hacer ruido. Corrí hacia la avenida. Volví a mojarme las zapatillas en los charcos que habían quedado después de la tormenta. Gracias a Dios encontré un taxi libre. Me faltaba el aire, entonces practiqué la respiración que me enseñaron en las clases de yoga y recobré la calma. De ninguna manera quería llamar la atención del chofer. Con disimulo miré hacia atrás por única vez. Nadie nos seguía. Hice una llamada breve.  Eran las diez de la noche. Mi amante me esperaba en su departamento. Al otro día, más tranquilos, retiramos de la caja de seguridad del banco la fortuna que mi difunto esposo el prestamista, supo acumular y esconder.


jueves, 31 de mayo de 2018

NORITA


    En el geriátrico, igual que en  “Tiempos modernos” de Chaplin, el cronómetro regulaba la existencia de todos. Los dueños, temerosos, dejaron de pasar esa película, no fuera a ser que algún viejo se avivara.
    La vida se había convertido en una rutina de pañales, chatas  y pastilleros. Ésos y no otros eran los protagonistas. Los ancianos eran  actores de reparto en el mejor de los casos. Todo lo que alguna vez fue deseo, rabia, amor o lucha andaba  atado a una silla de ruedas. Mientras tanto, el celular de la dueña, no paraba de recibir llamados de potenciales compradores. Todo se vendía. Desde los zapatos hasta los nebulizadores que las familias de los fallecidos  no querían volver a buscar. Era otoño, temporada alta. Con los primeros fríos, los viejos se congestionaban primero  y después contraían neumonía.  Las jefas de turno estaban preparadas: estiraban la situación todo lo posible y cuando ya era inútil llamaban al  servicio de emergencia. En el hospital podían durar horas, no más. Al menos se morían dos por semana. Si se mantenía el promedio, el producto de las ventas  permanecía constante igual que las comisiones.
    El empleado que llenaba las planillas de excel,  notó una tendencia anómala. El promedio de fallecidos había bajado. Enseguida se organizó un comité de crisis para analizar la situación. Aprovecharon la visita semanal de los Testigos de Jehová, siempre ávidos de auditorio para ser salvado. El personal de confianza se reunió en el fondo, cerca de la zona del lavadero. El hijo de la dueña hizo el anuncio: los números no daban. Todo el mundo deslindó responsabilidades. No obstante, con gran criterio constructivo intentaron encontrar una explicación: que la nueva cocinera hacía sopas demasiado nutritivas, que  con la profesora de yoga  trabajaban  muy bien la respiración, que las clases de música los dejaba inconvenientemente felices.
    Decidieron despedir a la cocinera y alterar levemente la temperatura de los equipos de aire acondicionado. No obstante, durante la semana en curso, era imperioso aumentar la recaudación. Como si fuera una obviedad, todos pensaron en Norita. Si bien era la más joven ─ no llegaba a los 75 años─ el hecho de ser cuadripléjica la acercaba con frecuencia al borde  de la muerte, límite  que obstinadamente se negaba a traspasar. La tecnología le había posibilitado  una vida plena en la virtualidad de la red. Desde la computadora, ella coordinaba un blog especializado en su enfermedad, participaba en foros, se mantenía informada. Norita había advertido una inquietante periodicidad en los decesos. De hecho, había escrito un informe con fechas, testimonios, e impresiones personales. Un domingo por la tarde, cuando las visitas se habían ido y los viejos se disponían a cenar, escuchó cómo alguien abría la puerta de su habitación con sigilo y no dudó. Tecleó enter y publicó su informe en las redes sociales. Fue lo último que hizo.
  


sábado, 28 de abril de 2018


Comparto una antología en la que participé. Se presenta el 3 de mayo en la Feria del Libro, en el stand de la Municipalidad de San Martín


lunes, 23 de abril de 2018


GRACIAS POR SELECCIONAR MI CUENTO "EL LADO CORRECTO"


1 h
Los ganadores del IV Certamen literario RSC
Madre mía, cuánto hemos disfrutado este año con la lectura de vuestros textos. En nuestro IV Certamen literario RSC hemos recibido un total de 227 relatos. Una pasada. Una avalancha de buenos texto…
RELATOSSINCONTRATO.COM

sábado, 21 de abril de 2018

El viejo y las palomas 


   El viejo apenas diferenciaba el día de la noche dentro del departamento oscuro. Le daba lo mismo el almanaque. Pero si algo conservaba  de su vida en el penal, además de la obsesión por el orden, era la depresión de los  domingos.  La amargura empezaba cuando olía el caramelo de las garrapiñadas que vendían en la plaza. Entonces se imaginaba a la gente caminando sin apuro por Callao, y el disgusto le  tensionaba  las venas verdes que sobresalían de sus sienes.
    A él nunca lo había apenado  el encierro, excepto los domingos, claro, cuando los otros se ponían locos después de las visitas y los suicidios alborotaban la rutina. Él repetía que la cárcel es el lugar para la gente incomprendida.
   Desde que le otorgaron la prisión domiciliaria, lo obligaron a vivir en ese monoambiente lleno de humedad que habitaba ahora.
   -Mire doctor, a mí no me importa seguir así-le había dicho al defensor oficial.
   -¿Usted se quiere morir acá? -el abogado dio por terminada la conversación.
   En contra de su voluntad, se acomodó como pudo. Le repugnaba el lugar. Todos los días había gente  cortando el tránsito de las avenidas. Los gritos de la muchedumbre y el ruido de los bombos subían desde la calle y él se cocinaba en su propia rabia.
  Tenía prohibido salir; tampoco lo deseaba. Los lunes a la mañana alguien le dejaba en la puerta una bolsa con arroz, fideos y algunas conservas como  para no morirse de hambre. El viejo le pasaba por debajo de la puerta una lista de mercaderías para la próxima semana. Además de alimentos, él pedía productos de limpieza y desinfectantes. También ácidos para limpiar el baño y los pisos.
  En la cárcel, por lo menos, hablaba de vez en cuando.  Con los reclusos comunes no.  A esos los despreciaba. Los que entraron con él-“mis compañeros de promoción”, como le gustaba llamarlos- se fueron muriendo.  Pero  los carceleros a veces tenían ganas de escucharlo, entonces  podía explayarse y recordar los viejos tiempos.
   A poco de instalarse, la vecina del departamento de al lado le tocó el timbre. Él se sobresaltó y la atendió por la mirilla sin abrir la puerta. La chica tenía el pelo violeta. El viejo se restregó los ojos y volvió a mirar.
  -¿Qué quiere?
  -Ah… qué tal soy Vanesa, del “B” le quería pedir un favor- La chica no se intimidó.
  -No sé en qué la puedo ayudar-las palabras no le salían fácil.
  -Mañana tengo que viajar, voy a estar afuera dos semanas. A lo mejor usted puede desde su balcón regar mis plantas  y llenar el recipiente de comida para las palomas. Yo le acerco todo a su baranda para que no se tenga que estirar tanto-Vanesa, muy segura, levantó la mano hasta la mirilla y le mostró un paquete con alimento balanceado.
   Al viejo no le quedó más remedio que entreabrir la puerta. Ahora podía ver a la chica de cuerpo entero. Vestía un pullover agrandado por el uso que le hacía juego con el pelo y un pantalón verde loro que arrastraba por el piso. Por más que quiso, no pudo reconocer la silueta de una mujer en ella. Agarró la bolsa mecánicamente.
  -Gracias señor-Vanesa le dio un beso sonoro en la mejilla y desapareció.
   Él se  quedó paralizado de estupor. Ahora entendía el origen de las palomas que ensuciaban su ventana. ¡Cómo lo obsesionaban! Las de su infancia eran palomitas  de un blanco inmaculado. Recordaba que en su libro de lecturas de primero superior casi siempre llevaban una ramita de laurel en el pico. Las de ahora se empecinaban en ser oscuras, cuando no de un indignante tono casi marrón.  Malograban  sus siestas con arrullos vulgares, sin encanto. Arruinaban la ropa colgada al sol.
  Unos días después, no obstante, reconoció que a partir del pedido de su joven vecina, se mantuvo bastante ocupado. Hasta se sintió agradecido.
   Un domingo  mientras padecía la agonía de las horas que no pasaban nunca, se sentó en el único sillón raído que tenía. Al rato, quiso estirar las piernas y salió al balcón estrecho. Se arrepintió enseguida. El aire frío se hacía sentir en la altura. Al darse vuelta para volver a entrar, vio  a la primera. Estaba muy quieta en el piso. Inmóvil. No parecía estar  empollando ni nada parecido. Esperó a que reaccionara. Una leve excitación lo llevó a la cocina donde se sirvió un té de tilo. Había suspendido el café y el mate pero igual el agua tibia del té le horadó las tripas como si fuera lava hirviente cayendo  sobre la nieve.
  Ya no podía mantenerse sentado, caminaba en círculos, cada vez más nervioso. Buscó sus anteojos maltrechos  a los que les faltaba una patita  para examinar el cuerpo inerte de la paloma. El viejo no le sacaba la mirada de encima. Con el palo de la escoba la dio vuelta. Un ligero hilo de sangre le salía por el pico.  No aguantó la ansiedad  y decidió que tenía que salir a la calle. Valía la pena exponerse. No le importaba un carajo que lo delatara la pulsera magnética que le habían puesto para que no se escapara.
   Abrió la puerta y enfiló para las escaleras. Llevaba un jogging  gastado y pantuflas de franela. A medida que bajaba, el aire se le hacía más denso.  En el tercer piso se tuvo que sentar en los escalones para recobrar el aliento.   Por fin llegó a la planta baja. Eran las seis de la tarde, la hora  que él más odiaba.  En la vereda, otra paloma aleteaba entre espasmos.  Una madre y sus dos mellizas estaban arrodilladas en círculo alrededor de ella. La señora no dejaba que las criaturas la tocaran.  Las nenas lloraban a los gritos: “Mami, ¿Qué le pasa? Vamos a llevarla a casa pobrecita”. Él las esquivó, caminó  hasta  la plaza del Congreso y ya no tuvo dudas: un tapiz de plumas coloreadas con grises infinitos palpitaba sobre las vereditas y el césped. La gente escasa se horrorizaba e intentaba rescates de improbable éxito.
  Satisfecho, el viejo se encendíó de alegría y el cielo dominguero que ya se tornaba de un violeta abrumador, se desplegó para él como  un prodigio de  tonos esperanzadores.
  Por fin, la mezcla  venenosa  que con tanta fe había esparcido desde el balcón de la vecina, empezaba a hacer su trabajo.



lunes, 26 de marzo de 2018

 Encuentro en Jurerê



   - Me pudrí de esperarte-el chico obeso increpó a la madre.
   -Manejé muchas horas-la doctora miró el plato lleno de dulces que  su hijo sostenía con las dos manos.- Ah… el café de manhá, qué exquisito, ¿No?- quiso sonreír, pero no le salió.
    -Allá hay  una mesa.
    El comedor del hotel de Santana do Livramento era un hervidero de turistas argentinos de paso hacia Florianópolis.
   Casi a mediodía salieron para Santa Catalina. Más allá de Porto Alegre, la ruta seguía obediente las ondulaciones del suelo. A la doctora le daba terror pasar a los camiones.  Solamente lo hacía cuando los bufidos del chico no se podían aguantar.
  -¿Querés conectar tu música, hijo? Así escuchamos los dos.
  -No te va a gustar.
   La mujer lo miró de reojo. El chico movía la cabeza como si tuviera convulsiones. Se había puesto unos auriculares enormes de color amarillo. Los granos inflamados de la cara subían y bajaban al ritmo del bajo; algunos tomados por el pus, otros apenas enrojecidos.
   Al atardecer llegaron a Canasvieiras. El departamento que habían alquilado estaba en el primer piso de un complejo retirado del centro. Por la ventana del comedor, se colaba  un aroma a frutas  que subía desde una verdulería ubicada justo enfrente.
   -Mirá qué suerte qué tenemos, voy a bajar a comprar mangos y papayas-dijo la mujer.
   -Papá siempre dice que hay que probar las comidas típicas de los lugares a los que viajamos.
   -Ah…sí. Tu padre el mochilero. Bueno, los mangos y las papayas son de acá.
   El chico la miró con desprecio, agarró de mal modo los auriculares y se metió en su dormitorio hasta el otro día.
   El sol de la mañana taladró todos los ambientes. El olor del café recién hecho inundó la pequeña barra de la cocina. El chico se levantó con hambre. La doctora se esmeró con el desayuno. Sirvió  ensalada de frutas en unas copas elegantes. Exprimió  naranjas y untó las tostadas con queso crema. El hijo comía con la boca abierta. Alarmada, se dio cuenta de que nunca había visto dientes tan amarillos. Aguantó  con estoicismo. Al rato, mientras levantaba las tazas, dijo como al pasar:
   -Bueno, nos lavamos los dientes y salimos. Ya tengo preparada la canasta.
  -Yo ya me los lavé.
  -Si, claro. Pero hay que repetir el cepillado para eliminar los restos de azúcar que producen las caries.
  -Ni loco.
 Cerca del mediodía (“la peor hora para salir” según la mujer) enfilaron para la playa. Ella con un pareo de diseño y una capelina italiana. El hijo con un bermuda llena de bolsillos y una remera negra con el logo de un grupo de rock pesado. Ni bien pisaron la arena, los recibió un vocerío cadencioso.
   -Voy a comer algo.
   -Esperá…-la  mujer no pudo detenerlo.
   El chico fue derecho a un puesto atendido por un hombre negro vestido con un pantalón y una musculosa impecablemente blancos. Volvió con un milho cozido y dos trozos de queijo coalho ensartados en un palito. Un hilo de manteca derretida caía desde el choclo hasta las ojotas. La madre se alteró un poco. “Está bien, es adolescente, está probando mi paciencia” pensó. Se dispuso a pasar la tarde bajo una sombrilla, instalada en su reposera y observando a las mujeres. Después de todo, el éxito de su carrera como nutricionista y cirujana plástica se debía a la capacidad para interpretar las necesidades  de sus pacientes. A muchas de las argentinas que invadían la playa las conocía bien. Formaban parte de un sector social que había sido la materia prima de su fama. Pero ahora intentaba hacer foco en las brasileñas, porque quería expandir el negocio. Las envidiaba un poco. Parecían no tener ese miedo obsesivo a los rayos solares ni  a los kilos de más que adornaban con gracia y colores chillones. Mientras las veía  jugar al vóley, felices y extrovertidas,  le pareció que la imagen que había construido de ella misma, tan rigurosa, era como una prolija torrecita de mierda. La ocurrencia no le hizo gracia. Al contrario, la puso seria.  En eso estaba cuando vio venir a su hijo con un plato repleto de camarones fritos. No pudo controlar la furia.
   -¡Por favor, no te hagas esto!
  -¿Qué me  hago?
  -Desde que llegamos estás comiendo grasas, vos lo sabés.
  -Yo no soy paciente tuyo.
   Fin de la discusión. El chico desapareció. Por la noche, se encontraron en el condominio. La madre fingió entusiasmo.
  -Te invito a cenar a un restaurant. Me lo recomendaron. Mirá qué linda camisa que te compré-desplegó con gracia la prenda de algodón finísimo.
  -Está bien-el chico estaba calmado.
   El lugar era un salón enorme con pisos de cerámica roja. En el centro, una isla de acero brillante repleta de bandejas con ensaladas, guisados de carne, mariscos y legumbres.
  -Te traigo ensaladas-la madre no le preguntó si quería o no.
  -Ya te dije que yo pruebo la comida típica.
   El chico se sirvió una cazuela con feijoada y un plato rebosante de coxinhas. Se sentaron a la mesa
  - Hasta para elegir la comida te parecés a tu padre-ella desplegó la servilleta con amargura
  -Vivo con él.
  -Fue tu elección.
  -Yo tenía ocho años, mamá.
  La cena transcurrió lenta, incómoda. Los dos examinaban cualquier detalle banal con detenimiento: el pliegue del mantel, la sal humedecida que se negaba a escurrirse por los orificios del salero y cosas así. Tosían nerviosos. Cualquier cosa con tal de no encontrarse con los ojos del otro. A la salida, tomaron rumbos diferentes. La madre estuvo sentada un rato largo sobre la arena iluminada de la costa.
  Al otro dia el cielo amaneció nublado. La doctora decidió que sería bueno pasear un poco y conocer las otras playas de la isla. Manejó hasta Jurerê. Caminaron por un puentecito de madera que unía los acantilados. Se acodaron en la baranda de madera. Con la mirada perdida en el mar, ella empezó a hablar. Quiso agarrar la mano del chico, pero él la rechazó.
  -No había manera de convivir con tu padre. En ese entonces yo me estaba haciendo conocida. Toda mi energía estaba en la clinica. No podía ser la persona que él necesitaba.
  - Tampoco pudiste ser mi madre
  -Siempre estuve presente.
  -No como papá.
   Hicieron silencio.  Los distrajo la delicadeza efímera de un arco iris.
  -¿Cómo está  él ahora?-quiso saber ella.
 -Mal. No responde al tratamiento-el chico sacó su celular y le mostró una foto del padre. La espesura de las cejas grises avanzaba sobre el rostro hundido. La piel tenía el color de los cirios que los creyentes prenden en las Iglesias. La madre-doctora examinó la imagen con profesionalismo.
-Nunca te va a faltar nada, quedate tranquilo-dijo mientras le devolvía el celular.
-Ya lo sé.  Prestame tu tarjeta que quiero comprar algo.
 La mujer abrió presurosa el bolso y sacó una billetera de cuero fino. El chico se la arrebató y sin darle tiempo a nada,  empezó a tirar, una por una, las tarjetas de crédito que aleteaban como pajaritos dorados antes de hundirse en los remolinos de espuma.
 -¡Pero qué hacés, animal!  ¿Por qué, qué te hice yo? – la madre manoteaba en el aire por puro instinto.-Siempre dando la nota, vos. ¡Me das asco!-algunas personas empezaron a murmurar mientras miraban la escena.
 -Por fin lo dijiste-el chico se sentó pesadamente en el piso. Apoyó la espalda en la baranda. Los rasgos adolescentes se habían atenuado, parecía más maduro.
  Los curiosos se fueron. La mujer se quedó mirando las olas, agotada. Al rato, también se sentó. Se acurrucó al lado del chico.
  -Mostrame otra vez la foto-estuvo unos minutos con el celular del hijo entre las manos. Empezó a llorar despacio. Las lágrimas caían y caían en cascada lavando el maquillaje. Se le hincharon los ojos. Hacía rato que el viento le había arruinado el peinado. Se abrazaron.
  -Tengo hambre-las dos voces se superpusieron.
  El hijo sacó unos reales arrugados de su mochila.
  -Yo te invito, má.
Se acercó a un puestito que recién abría y compró dos pasteles fritos rellenos de pescado y rebosantes de salsa picante. Le ofreció uno a la madre.
-¿Sabés qué?- dijo ella.- Nos faltaría una cerveza bien fría.
-Mejor dos- el chico se puso de pie y le hizo señas a un vendedor que justo pasaba por ahí cargando una heladerita llena de bebidas.






jueves, 22 de febrero de 2018

EL LENGUAJE DE SUS PASOS


    El sol se enfriaba en la línea del horizonte. Abajo, el barrio se plegó sobre sí mismo  para aguantar una larga noche.  No obstante, Ema abrió la ventana para que el olor de la pintura no la intoxicara. Desde que alguien le contó el final de la pobre Madame Bovary, ella tomaba sus recaudos. El aire helado se coló en la pieza que alquilaban con su esposo y la hizo tiritar. Unos días antes, había empeñado algunas cosas para pagar la mensualidad atrasada.
   -¿Nombre?-le preguntaron para completar el recibo.
  -Ema Elsa, con una sola m.
   A doña Elsa, su madre,  la había cautivado la obra de Flaubert.  En el Registro Civil no le dejaron poner el nombre original de la heroína, entonces, vengativa, le endilgó el “Elsa”, para dejar su impronta completa. Ema nunca quiso leer la novela.
   Después de ventilar la habitación, limpió los pinceles. Por la pequeña pileta de mármol se deslizaron ríos de pintura verde limón. Había tomado la costumbre de pintar las flores por la mañana. Ese día, eligió una gama de colores que iba del fucsia al naranja.  Más tarde, se dedicaba a las hojas. Por la noche, las paneras de plástico baratas que ella decoraba con tanto cuidado, formaban una gran torre de arte proletario.
   Miró con satisfacción el resultado de su esfuerzo, se cambió de delantal y comenzó a picar cebollas  para hacer guiso. Cada tanto hacía una pausa y esperaba en silencio. Cuando el olor de la comida se empezó a mezclar con el del aguarrás de los pinceles, escuchó cómo se cerraba la puerta de chapa del largo pasillo que unía la calle con la habitación. Un momento después, Esteban, su marido, empezó a subir la escalera. El cuarto que habitaban formaba parte de una antigua propiedad. En el frente estaba la casa grande, en la que vivían  los herederos de los  primeros dueños. Atrás, en torno a un espacio embaldosado, había varias habitaciones bastante decorosas con baño privado. La de Ema y Esteban estaba en el primer piso. Para llegar había que subir por una escalera con peldaños de madera apoyados en una estructura de hierro. Por alguna razón que ellos desconocían, los escalones estaban sueltos y rechinaban cada vez que alguien los pisaba. Ema había aprendido a interpretar el sonido de los  pasos de su marido.  Sabía por ejemplo, que  la sucesión de golpecitos ligeros sobre la madera era motivada por una buena noticia. Sabía también que dos segundos o más entre las pisadas  significaban que Esteban no quería llegar. Esa noche  los escalones golpearon el metal a intervalos bastante largos.  Al cabo de unos minutos, la cara sombría del marido emergió desde las profundidades del patio.
   -¡Pero qué humareda hay acá!-el hombre hizo ademán de abrir la ventana.
   -  Ya ventilé. No abras tanto que nos morimos de frío.
   -¡Nos vamos a morir envenenados!-Esteban destrabó violentamente la hoja de la persiana. Sin querer derrumbó con el brazo la pila de paneras y volcó un tarro de pintura que estaba mal cerrado.
  Las cestas de plástico se deslizaron sobre la pintura roja como barquitos de papel. Los ojos de Ema se nublaron de llanto. El estupor no la dejó protestar. Entonces, ante el desastre, tomó con decisión la ollita con lentejas humeantes y volcó todo su contenido en el tacho de la basura. El marido, pasmado, miraba la escena sin  reaccionar.
  -Tengo un nudo en el estómago…- la mujer, de rodillas, trataba de absorber con un trapo la pintura derramada mientras se secaba las lágrimas con el dorso de la otra mano.
   El hombre se sentó en el borde  la cama sin levantar la mirada del piso. Al rato, salió en silencio y se perdió por el pasillo hacia la calle. Ema se desplomó de cansancio. Tuvo un sueño intranquilo. Al otro día, temprano,  recogió y repasó algunas de las piezas de plástico que todavía estaban esparcidas por el piso. El patrón pasó al mediodía, como siempre. Se llevó todo sin revisar. Le dejó un lote de baldes con los materiales justos para decorarlo.
  - Los vengo a buscar dentro de dos días-le dijo secamente.
   Ella pensó que era una estupidez decorar un balde. También pensó que tenía que pagar el alquiler y  que ahora sí tenía hambre. Los acomodó como pudo. A duras penas tenía lugar para moverse entre la cama y la mesita donde pintaba. Se sentó en su silla baja con asiento de paja, tomó  uno de los baldes y lo empezó a dar vueltas como midiendo el trazo.  Con pinceladas seguras, plasmó margaritas impecables.  Pronto se aburrió del blanco. Mezcló los colores y  entonces le brotaron jazmines paraguayos, de esos que empalidecen con el transcurso de los días y unas dalias azules como las del jardín de su abuela. Los  colibríes con destellos  verdes vinieron al encuentro y  completaron  el conjunto. Los ramos se esparcían por el espacio de la pieza con total libertad. Ema había creado una primavera propia en medio del larguísimo invierno que marcaba la convivencia con su hombre.
   Al cabo de unas horas febriles,  por fin levantó la cabeza y tomó conciencia de que no tenía pintura para terminar su tarea,  advirtió también que ya era de noche. El dolor de espalda era tan intenso que le costó enderezarse. Le ardían los ojos. La cama, la pileta,  y el calentador en el que cocinaba, formaban una masa gris de límites inciertos comparada con el paisaje irreverente de sus baldes. El aire de la pieza estaba irrespirable y no tenía nada para comer.
   Escuchó el ruido de la puerta de calle que se cerró de un golpe. Expectante, intentó descubrir la orientación de los pasos. Los sintió nítidos, seguros. Los escalones vibraron rítmicamente junto con toda la estructura metálica. Contó: menos de dos segundos.
 En los instantes previos a que  su marido ingresara a la habitación, Ema supo con total certeza que por fin, después de mucho  tiempo, él había encontrado trabajo.










viernes, 2 de febrero de 2018

REINVENTAR EL AIRE



   La bocina alertó a todos los vecinos de la cuadra. Ante la insistencia, la señora de Robles miró por la ventana. Efectivamente,  un camión había subido parcialmente a su vereda. Tuvo que salir.
  -¿Pero qué hace?  

 -Buenas…acá traemos unos equipos- dijo el chofer desde su asiento.-¿Quién los baja?  

 -No le entiendo. ¿Puede apagar la música?-la mujer solamente escuchaba los acordes del  “Despacito….” que tronaba en la cabina. Estaba molesta, pero aún así le daban ganas de bailar.  

 -Tengo que entregar los equipos-el hombre, fastidiado, bajó con el remito en la mano. Lo leyó de mala gana.- Es un amplificador Marshall con dos canales y efecto distorsión, una caja de cuatro parlantes de doce pulgadas, un amplificador para bajo, una potencia, una consola, dos bafles, y una guitarra Fender. Todo a nombre de un tal Robles.  

 La señora de Robles lo escuchó con la boca abierta. 

  -Bueno, sí, es acá, pero no hay nadie para bajarlos. ¿Usted no puede?-mentalmente puteaba al Sr. Robles en todos los idiomas. 

 -Yo soy el fletero nada más.
   La mujer imaginaba a sus vecinas indignadas por la cumbia que se desparramaba insolente desde el camión mal estacionado. Le echaba toda la culpa del bochorno al marido que ni le había avisado.   Una ambulancia que venía con la sirena tuvo que hacer una maniobra  para esquivar la parte del camión que estaba sobre el asfalto. La mujer se sobresaltó con el recuerdo de otra ambulancia. Una que llevaba a su marido de urgencia al sanatorio, mientras ella, a su lado, ensayaba  una sonrisa de ocasión. Revivió el instante en el que temblaba de miedo camino a la unidad de terapia intensiva junto a él. Nunca pudo olvidar el color gris ceniza de su rostro. La estremeció el desamparo que había sentido una tarde de invierno en la puerta de la iglesia de San Expedito, justo ella tan laica y racional. Recordó con gratitud la compasión de la familia y los amigos que levantaron para ella una fortaleza en la que a pesar de todo, se había sentido en absoluta soledad.  

 -¿Y doña, qué hacemos con los equipos? 

   La señora cerró los ojos. Recordó con dolor la sentencia del médico veterano: “Menos preocupaciones y más arte, mi amigo. O cambia de vida o se muere”. Y por cierto que habían cambiado. Todos sus viejos anhelos entregados sin más. Algo así como  barajar y dar de nuevo.  

 Inspiró profundo y ya no le importaron las vecinas ni el alboroto. Exhaló despacio el aire viciado de -miedo-pena-desamparo-soledad. Respiró un aire nuevo, liviano, surcado de  pentagramas sutiles como  el vuelo del colibrí que visitaba su rosal todas las mañanas.   

 -¿Y doña? Hasta cuándo me va a tener acá?  

  -Decime, ¿Me bajás los equipos por trescientos pesos?   

  -¿Cómo? ¡Va como piña, doña!  

  -¿Y eso qué quiere decir?   

  -Yo me encargo, jefa-el chofer se arremangó y empezó a bajar los equipos. 

   La señora de Robles, les tiró dos besos a las vecinas que, al borde del ataque de pánico estaban por llamar a la policía. Bailando al compás de la música entró a buscar el dinero. También pensó en servirle al chofer un vaso grande de limonada.


lunes, 22 de enero de 2018

Gracias a la revista Microscopías (muy recomendable) por publicar uno de mis textos. 



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sábado, 6 de enero de 2018

LOS DEL FONDO







Acorralada  y vieja como estaba, Carmen por fin admitió los hechos.
Le venían sobrando los  indicios.
Recordaba el fondo de su casa como un lugar abierto a los gatos y a las cañas; a las lunas llenas y las sudestadas.
Con el tiempo, el espacio de su juventud se  fue poblando de límites.
A la derecha,-mejor dicho hacia el sur- estaban los nuevos ricos que habían llegado en la década del 90. No molestaban, vivían de  fiesta pero eran discretos. Construyeron  una pared altísima de ladrillos de verdad,  bien macizos. No como los huecos que se usaron después en las villas  para levantar ranchos de varios pisos.
 Carmen había tenido que plantar una línea parejita de brincos multicolores para aligerar el paredón. También plantó dos rosas chinas, una de flores rojas y otra de flores amarillas. Ambas cayeron fulminadas la noche que desapareció por completo el agua de su piscina, suceso que nadie pudo explicar. Por recomendación de un cura amigo, la vieja había hecho rellenar con tierra el espacio vacío de  la pileta. “ Hay que tomar ciertos recaudos” le había dicho el hombre mientras hacía la señal de la cruz.
El lado contrario, es decir, el que daba al  norte, nunca había tenido pared. Un laurel enorme indicaba el límite con el terreno poblado de pequeñas prefabricadas en las que siempre había alboroto. Estaban dispuestas una al lado de la otra a lo largo de un pasillo.  Los habitantes furtivos  de esas casillas no se metían con los vecinos salvo para vender, de vez en cuando, el producto de sus andanzas.
El laurel siempre hacía sonreír a Carmen. En los últimos años  se acercaba  solamente  cuando hacía  estofado.  Arrancaba dos o tres hojas y se embriagaba con el aroma que le  hacía recordar a aquel novio italiano que se las daba de muy instruído. Muchas veces le había  hablado de los laureles que aún se erguían en las ruinas del Foro Romano.  Según él, habían servido de sombra inspiradora para los senadores que planearon la conquista del mundo en la época del Imperio. Silvio, que así se llamaba el novio, juraba y perjuraba que la sombra de los laureles era más fresca que la de cualquier  otro árbol.
Sobre el mismo sector, siguiendo la línea del laurel, la vieja había plantado el brote debilucho de un sauce llorón que creció y creció sin parar. Se había deleitado muchas tardes tomando mate bajo su sombra hasta que una vez creyó morirse ahogada entre las hojas melancólicas que  se estiraban hasta tocar la tierra. Decidió sacarlo. Después de todo, ¿Qué hacía un sauce llorón tan lejos del río?
Lo que nunca se animó a sacar fue el manzano. Junto con el laurel y el sauce (durante su efímera vida) completaba la frontera con el terreno de los malandrines. El manzano era el más antiguo de todos. Ella estaba segura  de que cuando era muy chica, había visto una manzana colgando de una rama inaccesible por lo alta. Una manzana en toda su vida. Era perfecta;  verde y bien formada. De niña había sabido esperar que se cayera sola, cosa que nunca ocurrió. Seguramente se la comieron los loros que asolaban las siestas, pero ella nunca perdió las esperanzas. Por eso, el manzano siguió allí, ostentando su digna inutilidad.
El problema para la vieja comenzó cuando se vendió el terreno que lindaba con su propiedad por el este. Siempre había sido un montecito de paraísos que se reproducían a su antojo.
Cuando empezaron las obras, armaron una empalizada y colocaron una lona oscura que impidió seguir las alternativas de la construcción. El proceso fue raro desde el comienzo. No se escuchaba el barullo propio de los albañiles riendo, rezongando, dándose ánimo en las mañanas frías o en los mediodías tórridos. No. Esto era diferente. Apenas un ruido mecánico, como si el trabajo lo hiciera un robot gigante. Una vez, mientras intentaba limpiar  la canaleta que bajaba de su techo, la vieja se las ingenió para espiar el avance de la obra. La superficie gris oscura de un techo pizarra le sugirió dos opciones: se trataba de gente refinada o siniestra.  Como se cayó de la escalera y nunca más volvió a ser la misma, se olvidó por un tiempo de curiosear.
 No obstante, buscó otras formas más seguras de obtener información. Mientras pudo, con cualquier excusa salía a la calle y pasaba por la vereda de la casa misteriosa. Lo único que se veía era una muralla custodiada por cámaras de seguridad que se desplazaban siguiendo el movimiento de las personas.
Después de dos largos años, cuando ya estaba acostumbrada a la imagen monótona de la lona, que era lo primero que veía cuando se asomaba a la ventana de la cocina, una mañana quedó boquiabierta.  En su lugar,  apareció un cerco similar a la ligustrina, pero más oscuro, más alto y compacto. Todo el conjunto estaba reforzado por seis líneas de alambre  de púa. Una  medianera sombría de arbustos que no se conmovían ni con los temporales del mes de abril,  que son los más bravos, como todo el mundo sabe.
Desde el principio, Carmen se sintió intimidada por el impenetrable muro vegetal. Salía menos al fondo. Ya no guardaba las semillas de los brincos para plantarlas durante la primavera, razón  por la que se fueron extinguiendo. En su lugar, trasplantó unas alegrías del hogar, que, aunque modestas, se extendían solitas. Si caía lluvia abundante, le regalaban algún color entre los yuyos altos.
 Un atardecer frío,  la vieja se estaba calentando la sopa en un jarrito. Todavía no había corrido la cortina de la ventana de la cocina porque quería aprovechar la última claridad del día. Entonces lo vio. Un resplandor azulado que levitaba sobre el cerco del fondo. Era una luz extraña, parecida a la de los patrulleros, pero menos intensa.
Al principio pensó que era una deformación producto de las cataratas. Sin embargo, aún con sus mejores anteojos y después de colocarse las gotitas, seguía viendo el aura  que a veces desprendía fulgores violetas.  Se hacía más fuerte al avanzar la noche, por eso la vieja tomó la costumbre de retirarse de la cocina cada vez más temprano. Apenas cenaba y con el tiempo prescindió de cualquier alimento más allá de las seis de la tarde.
De a poco, se fue acostumbrando a su nueva rutina. A medida que se iba apartando de las ventanas que daban al fondo, se dio cuenta que la luz avanzaba y se colaba por las persianas bajas y hasta por las cerraduras. Hubiera podido convivir con eso, siempre se había adaptado a su suerte. Sin embargo, cuando caminaba  por las habitaciones en penumbras, empezó a percibir una vibración. De la misma forma en que se conmueve el asfalto al paso de un camión con acoplado, las baldosas gastadas de su casa retumbaban, como  si alguien diera pasos sigilosos que se aceleraban dando lugar a un latido enloquecido.
La inquietud la agotaba de tal forma que durante el día se derrumbaba. El deterioro minaba todo aquello que había sido bueno en ella.
 La última madrugada del invierno, la mujer se rebeló.  Cuando empezaron los primeros susurros que se convirtieron pronto en una estampida que conmovió los cristales y las paredes, ella abrió la puerta.  Cruzó el breve patio y pisó descalza el pasto escarchado del fondo.
 El cutis de muñeca y los ojos chiquitos de Carmen, resplandecieron como nunca al contacto con el aire azul.
 Salvo su amigo cura, nadie la extrañó.