jueves, 22 de febrero de 2018

EL LENGUAJE DE SUS PASOS


    El sol se enfriaba en la línea del horizonte. Abajo, el barrio se plegó sobre sí mismo  para aguantar una larga noche.  No obstante, Ema abrió la ventana para que el olor de la pintura no la intoxicara. Desde que alguien le contó el final de la pobre Madame Bovary, ella tomaba sus recaudos. El aire helado se coló en la pieza que alquilaban con su esposo y la hizo tiritar. Unos días antes, había empeñado algunas cosas para pagar la mensualidad atrasada.
   -¿Nombre?-le preguntaron para completar el recibo.
  -Ema Elsa, con una sola m.
   A doña Elsa, su madre,  la había cautivado la obra de Flaubert.  En el Registro Civil no le dejaron poner el nombre original de la heroína, entonces, vengativa, le endilgó el “Elsa”, para dejar su impronta completa. Ema nunca quiso leer la novela.
   Después de ventilar la habitación, limpió los pinceles. Por la pequeña pileta de mármol se deslizaron ríos de pintura verde limón. Había tomado la costumbre de pintar las flores por la mañana. Ese día, eligió una gama de colores que iba del fucsia al naranja.  Más tarde, se dedicaba a las hojas. Por la noche, las paneras de plástico baratas que ella decoraba con tanto cuidado, formaban una gran torre de arte proletario.
   Miró con satisfacción el resultado de su esfuerzo, se cambió de delantal y comenzó a picar cebollas  para hacer guiso. Cada tanto hacía una pausa y esperaba en silencio. Cuando el olor de la comida se empezó a mezclar con el del aguarrás de los pinceles, escuchó cómo se cerraba la puerta de chapa del largo pasillo que unía la calle con la habitación. Un momento después, Esteban, su marido, empezó a subir la escalera. El cuarto que habitaban formaba parte de una antigua propiedad. En el frente estaba la casa grande, en la que vivían  los herederos de los  primeros dueños. Atrás, en torno a un espacio embaldosado, había varias habitaciones bastante decorosas con baño privado. La de Ema y Esteban estaba en el primer piso. Para llegar había que subir por una escalera con peldaños de madera apoyados en una estructura de hierro. Por alguna razón que ellos desconocían, los escalones estaban sueltos y rechinaban cada vez que alguien los pisaba. Ema había aprendido a interpretar el sonido de los  pasos de su marido.  Sabía por ejemplo, que  la sucesión de golpecitos ligeros sobre la madera era motivada por una buena noticia. Sabía también que dos segundos o más entre las pisadas  significaban que Esteban no quería llegar. Esa noche  los escalones golpearon el metal a intervalos bastante largos.  Al cabo de unos minutos, la cara sombría del marido emergió desde las profundidades del patio.
   -¡Pero qué humareda hay acá!-el hombre hizo ademán de abrir la ventana.
   -  Ya ventilé. No abras tanto que nos morimos de frío.
   -¡Nos vamos a morir envenenados!-Esteban destrabó violentamente la hoja de la persiana. Sin querer derrumbó con el brazo la pila de paneras y volcó un tarro de pintura que estaba mal cerrado.
  Las cestas de plástico se deslizaron sobre la pintura roja como barquitos de papel. Los ojos de Ema se nublaron de llanto. El estupor no la dejó protestar. Entonces, ante el desastre, tomó con decisión la ollita con lentejas humeantes y volcó todo su contenido en el tacho de la basura. El marido, pasmado, miraba la escena sin  reaccionar.
  -Tengo un nudo en el estómago…- la mujer, de rodillas, trataba de absorber con un trapo la pintura derramada mientras se secaba las lágrimas con el dorso de la otra mano.
   El hombre se sentó en el borde  la cama sin levantar la mirada del piso. Al rato, salió en silencio y se perdió por el pasillo hacia la calle. Ema se desplomó de cansancio. Tuvo un sueño intranquilo. Al otro día, temprano,  recogió y repasó algunas de las piezas de plástico que todavía estaban esparcidas por el piso. El patrón pasó al mediodía, como siempre. Se llevó todo sin revisar. Le dejó un lote de baldes con los materiales justos para decorarlo.
  - Los vengo a buscar dentro de dos días-le dijo secamente.
   Ella pensó que era una estupidez decorar un balde. También pensó que tenía que pagar el alquiler y  que ahora sí tenía hambre. Los acomodó como pudo. A duras penas tenía lugar para moverse entre la cama y la mesita donde pintaba. Se sentó en su silla baja con asiento de paja, tomó  uno de los baldes y lo empezó a dar vueltas como midiendo el trazo.  Con pinceladas seguras, plasmó margaritas impecables.  Pronto se aburrió del blanco. Mezcló los colores y  entonces le brotaron jazmines paraguayos, de esos que empalidecen con el transcurso de los días y unas dalias azules como las del jardín de su abuela. Los  colibríes con destellos  verdes vinieron al encuentro y  completaron  el conjunto. Los ramos se esparcían por el espacio de la pieza con total libertad. Ema había creado una primavera propia en medio del larguísimo invierno que marcaba la convivencia con su hombre.
   Al cabo de unas horas febriles,  por fin levantó la cabeza y tomó conciencia de que no tenía pintura para terminar su tarea,  advirtió también que ya era de noche. El dolor de espalda era tan intenso que le costó enderezarse. Le ardían los ojos. La cama, la pileta,  y el calentador en el que cocinaba, formaban una masa gris de límites inciertos comparada con el paisaje irreverente de sus baldes. El aire de la pieza estaba irrespirable y no tenía nada para comer.
   Escuchó el ruido de la puerta de calle que se cerró de un golpe. Expectante, intentó descubrir la orientación de los pasos. Los sintió nítidos, seguros. Los escalones vibraron rítmicamente junto con toda la estructura metálica. Contó: menos de dos segundos.
 En los instantes previos a que  su marido ingresara a la habitación, Ema supo con total certeza que por fin, después de mucho  tiempo, él había encontrado trabajo.










viernes, 2 de febrero de 2018

REINVENTAR EL AIRE



   La bocina alertó a todos los vecinos de la cuadra. Ante la insistencia, la señora de Robles miró por la ventana. Efectivamente,  un camión había subido parcialmente a su vereda. Tuvo que salir.
  -¿Pero qué hace?  

 -Buenas…acá traemos unos equipos- dijo el chofer desde su asiento.-¿Quién los baja?  

 -No le entiendo. ¿Puede apagar la música?-la mujer solamente escuchaba los acordes del  “Despacito….” que tronaba en la cabina. Estaba molesta, pero aún así le daban ganas de bailar.  

 -Tengo que entregar los equipos-el hombre, fastidiado, bajó con el remito en la mano. Lo leyó de mala gana.- Es un amplificador Marshall con dos canales y efecto distorsión, una caja de cuatro parlantes de doce pulgadas, un amplificador para bajo, una potencia, una consola, dos bafles, y una guitarra Fender. Todo a nombre de un tal Robles.  

 La señora de Robles lo escuchó con la boca abierta. 

  -Bueno, sí, es acá, pero no hay nadie para bajarlos. ¿Usted no puede?-mentalmente puteaba al Sr. Robles en todos los idiomas. 

 -Yo soy el fletero nada más.
   La mujer imaginaba a sus vecinas indignadas por la cumbia que se desparramaba insolente desde el camión mal estacionado. Le echaba toda la culpa del bochorno al marido que ni le había avisado.   Una ambulancia que venía con la sirena tuvo que hacer una maniobra  para esquivar la parte del camión que estaba sobre el asfalto. La mujer se sobresaltó con el recuerdo de otra ambulancia. Una que llevaba a su marido de urgencia al sanatorio, mientras ella, a su lado, ensayaba  una sonrisa de ocasión. Revivió el instante en el que temblaba de miedo camino a la unidad de terapia intensiva junto a él. Nunca pudo olvidar el color gris ceniza de su rostro. La estremeció el desamparo que había sentido una tarde de invierno en la puerta de la iglesia de San Expedito, justo ella tan laica y racional. Recordó con gratitud la compasión de la familia y los amigos que levantaron para ella una fortaleza en la que a pesar de todo, se había sentido en absoluta soledad.  

 -¿Y doña, qué hacemos con los equipos? 

   La señora cerró los ojos. Recordó con dolor la sentencia del médico veterano: “Menos preocupaciones y más arte, mi amigo. O cambia de vida o se muere”. Y por cierto que habían cambiado. Todos sus viejos anhelos entregados sin más. Algo así como  barajar y dar de nuevo.  

 Inspiró profundo y ya no le importaron las vecinas ni el alboroto. Exhaló despacio el aire viciado de -miedo-pena-desamparo-soledad. Respiró un aire nuevo, liviano, surcado de  pentagramas sutiles como  el vuelo del colibrí que visitaba su rosal todas las mañanas.   

 -¿Y doña? Hasta cuándo me va a tener acá?  

  -Decime, ¿Me bajás los equipos por trescientos pesos?   

  -¿Cómo? ¡Va como piña, doña!  

  -¿Y eso qué quiere decir?   

  -Yo me encargo, jefa-el chofer se arremangó y empezó a bajar los equipos. 

   La señora de Robles, les tiró dos besos a las vecinas que, al borde del ataque de pánico estaban por llamar a la policía. Bailando al compás de la música entró a buscar el dinero. También pensó en servirle al chofer un vaso grande de limonada.