sábado, 28 de abril de 2018


Comparto una antología en la que participé. Se presenta el 3 de mayo en la Feria del Libro, en el stand de la Municipalidad de San Martín


lunes, 23 de abril de 2018


GRACIAS POR SELECCIONAR MI CUENTO "EL LADO CORRECTO"


1 h
Los ganadores del IV Certamen literario RSC
Madre mía, cuánto hemos disfrutado este año con la lectura de vuestros textos. En nuestro IV Certamen literario RSC hemos recibido un total de 227 relatos. Una pasada. Una avalancha de buenos texto…
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sábado, 21 de abril de 2018

El viejo y las palomas 


   El viejo apenas diferenciaba el día de la noche dentro del departamento oscuro. Le daba lo mismo el almanaque. Pero si algo conservaba  de su vida en el penal, además de la obsesión por el orden, era la depresión de los  domingos.  La amargura empezaba cuando olía el caramelo de las garrapiñadas que vendían en la plaza. Entonces se imaginaba a la gente caminando sin apuro por Callao, y el disgusto le  tensionaba  las venas verdes que sobresalían de sus sienes.
    A él nunca lo había apenado  el encierro, excepto los domingos, claro, cuando los otros se ponían locos después de las visitas y los suicidios alborotaban la rutina. Él repetía que la cárcel es el lugar para la gente incomprendida.
   Desde que le otorgaron la prisión domiciliaria, lo obligaron a vivir en ese monoambiente lleno de humedad que habitaba ahora.
   -Mire doctor, a mí no me importa seguir así-le había dicho al defensor oficial.
   -¿Usted se quiere morir acá? -el abogado dio por terminada la conversación.
   En contra de su voluntad, se acomodó como pudo. Le repugnaba el lugar. Todos los días había gente  cortando el tránsito de las avenidas. Los gritos de la muchedumbre y el ruido de los bombos subían desde la calle y él se cocinaba en su propia rabia.
  Tenía prohibido salir; tampoco lo deseaba. Los lunes a la mañana alguien le dejaba en la puerta una bolsa con arroz, fideos y algunas conservas como  para no morirse de hambre. El viejo le pasaba por debajo de la puerta una lista de mercaderías para la próxima semana. Además de alimentos, él pedía productos de limpieza y desinfectantes. También ácidos para limpiar el baño y los pisos.
  En la cárcel, por lo menos, hablaba de vez en cuando.  Con los reclusos comunes no.  A esos los despreciaba. Los que entraron con él-“mis compañeros de promoción”, como le gustaba llamarlos- se fueron muriendo.  Pero  los carceleros a veces tenían ganas de escucharlo, entonces  podía explayarse y recordar los viejos tiempos.
   A poco de instalarse, la vecina del departamento de al lado le tocó el timbre. Él se sobresaltó y la atendió por la mirilla sin abrir la puerta. La chica tenía el pelo violeta. El viejo se restregó los ojos y volvió a mirar.
  -¿Qué quiere?
  -Ah… qué tal soy Vanesa, del “B” le quería pedir un favor- La chica no se intimidó.
  -No sé en qué la puedo ayudar-las palabras no le salían fácil.
  -Mañana tengo que viajar, voy a estar afuera dos semanas. A lo mejor usted puede desde su balcón regar mis plantas  y llenar el recipiente de comida para las palomas. Yo le acerco todo a su baranda para que no se tenga que estirar tanto-Vanesa, muy segura, levantó la mano hasta la mirilla y le mostró un paquete con alimento balanceado.
   Al viejo no le quedó más remedio que entreabrir la puerta. Ahora podía ver a la chica de cuerpo entero. Vestía un pullover agrandado por el uso que le hacía juego con el pelo y un pantalón verde loro que arrastraba por el piso. Por más que quiso, no pudo reconocer la silueta de una mujer en ella. Agarró la bolsa mecánicamente.
  -Gracias señor-Vanesa le dio un beso sonoro en la mejilla y desapareció.
   Él se  quedó paralizado de estupor. Ahora entendía el origen de las palomas que ensuciaban su ventana. ¡Cómo lo obsesionaban! Las de su infancia eran palomitas  de un blanco inmaculado. Recordaba que en su libro de lecturas de primero superior casi siempre llevaban una ramita de laurel en el pico. Las de ahora se empecinaban en ser oscuras, cuando no de un indignante tono casi marrón.  Malograban  sus siestas con arrullos vulgares, sin encanto. Arruinaban la ropa colgada al sol.
  Unos días después, no obstante, reconoció que a partir del pedido de su joven vecina, se mantuvo bastante ocupado. Hasta se sintió agradecido.
   Un domingo  mientras padecía la agonía de las horas que no pasaban nunca, se sentó en el único sillón raído que tenía. Al rato, quiso estirar las piernas y salió al balcón estrecho. Se arrepintió enseguida. El aire frío se hacía sentir en la altura. Al darse vuelta para volver a entrar, vio  a la primera. Estaba muy quieta en el piso. Inmóvil. No parecía estar  empollando ni nada parecido. Esperó a que reaccionara. Una leve excitación lo llevó a la cocina donde se sirvió un té de tilo. Había suspendido el café y el mate pero igual el agua tibia del té le horadó las tripas como si fuera lava hirviente cayendo  sobre la nieve.
  Ya no podía mantenerse sentado, caminaba en círculos, cada vez más nervioso. Buscó sus anteojos maltrechos  a los que les faltaba una patita  para examinar el cuerpo inerte de la paloma. El viejo no le sacaba la mirada de encima. Con el palo de la escoba la dio vuelta. Un ligero hilo de sangre le salía por el pico.  No aguantó la ansiedad  y decidió que tenía que salir a la calle. Valía la pena exponerse. No le importaba un carajo que lo delatara la pulsera magnética que le habían puesto para que no se escapara.
   Abrió la puerta y enfiló para las escaleras. Llevaba un jogging  gastado y pantuflas de franela. A medida que bajaba, el aire se le hacía más denso.  En el tercer piso se tuvo que sentar en los escalones para recobrar el aliento.   Por fin llegó a la planta baja. Eran las seis de la tarde, la hora  que él más odiaba.  En la vereda, otra paloma aleteaba entre espasmos.  Una madre y sus dos mellizas estaban arrodilladas en círculo alrededor de ella. La señora no dejaba que las criaturas la tocaran.  Las nenas lloraban a los gritos: “Mami, ¿Qué le pasa? Vamos a llevarla a casa pobrecita”. Él las esquivó, caminó  hasta  la plaza del Congreso y ya no tuvo dudas: un tapiz de plumas coloreadas con grises infinitos palpitaba sobre las vereditas y el césped. La gente escasa se horrorizaba e intentaba rescates de improbable éxito.
  Satisfecho, el viejo se encendíó de alegría y el cielo dominguero que ya se tornaba de un violeta abrumador, se desplegó para él como  un prodigio de  tonos esperanzadores.
  Por fin, la mezcla  venenosa  que con tanta fe había esparcido desde el balcón de la vecina, empezaba a hacer su trabajo.