miércoles, 18 de marzo de 2020


La guerra de las flores



    ─¿Cuánto hace que aparecieron los arbustos?─preguntó Belén Asturia, la bióloga designada para estudiar el fenómeno.
   ─Ni idea ─contestó el chofer con la vista fija en las curvas del camino.
   El personal del Parque Nacional había recibido la orden de replegarse. Los guardaparques destinados en los puestos cercanos al lago no querían irse. Estaban fascinados.
   El gobierno de la provincia había dispuesto que la policía facilitara la evacuación de la población. Muchas familias de San Martín de los Andes desistieron. No obstante, una caravana de micros ascendió por la ruta pegada al lago Lácar para transportar a los niños y a los ancianos. El resto de la población se atrincheró en sus casas. Evitaban por cualquier medio el contacto con el exterior.
  Unos días antes, las matas desconocidas habían brotado entre las piedras y sus tallos lechosos tejían mandalas delicados sobre la superficie de las rocas.  Unas flores carmesí completaban el ciclo de apenas unas horas. Un halo nutrido de mil hierbas frescas atraía a los insectos que morían al solo contacto con el polvillo suspendido en el aire. Los arbustos ponían en duda todo el conocimiento sobre la flora del lugar; de cualquier lugar.  Los turistas andaban desprevenidos ascendiendo por los senderos cuando se dieron cuenta de que lo que estaban observando no era normal. El afán por las selfies hizo que advirtieran tarde el colchón de insectos muertos que tapizaba el suelo. Primero se asombraron, luego huyeron en estampida cuando vieron a los primeros ratones que bajaban de las copas de los pinos. Los roedores les pasaban por encima de los pies para atiborrarse con los tallos fragantes.  A las pocas horas, todas las personas que habían estado en la montaña fueron internadas con el mismo cuadro: la piel se tornaba de un color gris ceniza, las piernas se aflojaban y empezaban a vomitar sangre. Los médicos tomaban muestras de los tejidos inflamados del aparato digestivo y estabilizaban a los pacientes, pero no sabían lo que causaba las hemorragias.  El hospital colapsó en un par de días.
  La Dra. Belén Asturia había vuelto hacía muy poco al país. Acababa de cumplir cuarenta años, pero no aparentaba muchos más de treinta. No era especialmente linda pero el detalle de su piel no pasaba inadvertido y las mujeres eran las primeras en notarlo. A diferencia de la leyenda de El Dorado con su lago y sus caciques cubiertos de oro fino, Belén parecía haber emergido de las aguas mansas del litoral, con el color del tabaco y la arcilla. Muy alta y delgada, mantenía su pelo corto y la sonrisa blanqueada hacía contraste con el tono castaño que resplandecía en su cuerpo. Con grandes aspiraciones para su carrera, ni siquiera lo pensó demasiado cuando recibió el llamado desesperado de las autoridades. Pero ahora que estaba en el terreno, donde le gustaba trabajar a ella, tomaba conciencia del gran lío en el que se había metido. La precariedad de medios la asustaba. Los mails iban y venían:
  “Necesito apoyo. Este es un fenómeno de proyección mundial y solamente tengo a mi disposición una camioneta y un chofer. Parecen no entender la gravedad de lo que enfrentamos”
  “Tomamos nota, doctora. El ministro está informado. Le pedimos discreción con los medios”
  Belén se instaló en la sede de la universidad. Se ocupó de recoger testimonios de las personas que habían caminado entre los matorrales. Creyó que la gente fabulaba o exageraba hasta que vio los primeros videos borrosos y confusos que algunos habían filmado con sus celulares. Los ratones desconocidos eran más pequeños que los colilargos, transmisores del hantavirus, pero a diferencia de estos eran de pelaje gris y tenían la panza de color rosado, parecido a la carne de las truchas que abundaban en los lagos. Se alimentaban de los tallos y las flores del arbusto que había colonizado en pocas semanas las laderas de las montañas, y amenazaba con asfixiar el casco urbano. Y luego de ingerir el alimento que crecía a raudales, los ratones se hinchaban hasta quedar tendidos. Desangrados. El espectáculo era asqueroso y preocupante. Nadie sabía qué tipo de gérmenes estaban siendo liberados al aire puro de la montaña. Durante el día, los restos de los ratones se pudrían al sol y al amanecer siguiente, vuelta a empezar. Los cuerpitos que no caían al agua, se superponían como capas geológicas palpitantes.
   “No puedo investigar desde un escritorio. Por favor, necesito apoyo logístico para tomar muestras. El ejército, si es necesario. Ya no hay margen para seguir esperando. Si no tengo novedades en 24 horas, regreso a Buenos Aires”  
    El capitán Fernán Míguez fue el primero en llegar con cincuenta efectivos a su cargo. Cumplía funciones en un regimiento de Junín de los Andes, una ciudad apacible, ajena a todo el desastre en torno al lago Lácar. Era un hombre joven, diplomado en química. De figura maciza, tan rubio que las cejas parecían canas. Los ojos muy chicos, presumiblemente celestes o tal vez verdes.  Tenía las mejillas invadidas por una rosácea pertinaz. Parecía un hombre pacífico, casi bonachón. Una especie de Papá Noel joven. Sin embargo, sus músculos trabajados por el entrenamiento arduo bajo el sol y el tatuaje de las costas sinuosas de Malvinas en el bíceps izquierdo, invitaban a muchas mujeres y a no pocos camaradas a imaginarlo desnudo. No estaba interesado en el protocolo ni las jerarquías. Católico ferviente, colaboraba en la Iglesia de Nuestra Señora de las Nieves. Todos los domingos, repartía hostias a diestra y siniestra. Después de la misa, junto a su mujer y sus cuatro hijos varones, caminaba dos cuadras hasta la costa del río Chimehuin, donde organizaba partidos de fútbol con los vecinos. Admiraba la imagen del Cristo que pendía del techo de esa Iglesia. Tal vez porque ahí, el hijo de Dios no estaba crucificado sino suspendido en el aire y en actitud de marcha. Ese Cristo no era un ser sufriente. Era un militante con los rasgos de la gente originaria, para más datos. Los modos y preferencias del capitán escandalizaban un poco a sus superiores. En otras épocas, no hubieran dudado en señalarlo como subversivo.  Pero otros vientos soplaban y el profesionalismo de Fernán Míguez así como sus cualidades morales y su patriotismo, le auguraban un futuro prometedor en las Fuerzas Armadas. La doctora Belén Asturia lo recibió en el laboratorio e intentó negar el impacto. No pudo. La gruesa alianza de oro en el dedo del capitán fue, de entrada, una piedra en el zapato.
  ─Doctora, tengo órdenes de asistirla ─dijo el hombre con voz firme, mientras le tendía la mano.
  ─ Me llamo Belén. Estamos retrasados, ya habrás visto la magnitud del problema.  Necesito recolectar muestras de plantas y animales y adecuar este lugar, no tengo idea a qué nos enfrentamos ─. Su mano descansó en la firmeza del hombre. Por un instante ella pareció frágil pero se recompuso y lo interpeló con la mirada.
  ─Cuente con eso ─Él giró la cabeza para tomar conocimiento del lugar y disponerse a dar las primeras órdenes.
  ─Gracias Fernán.
  Las personas internadas no mejoraban. Los médicos no podían explicar el daño de los tejidos del estómago y el intestino.  Los nuevos pacientes debieron ser trasladados en helicópteros sanitarios hasta Bariloche. El pánico hizo huir a los pobladores que aún quedaban. Se iban temprano, cuando todavía estaba oscuro para evitar el horrendo espectáculo. Llevaban máscaras especiales que cubrían la nariz y los ojos. El capitán Míguez organizó el cerco sanitario. En un par de días, solo quedaron operativos el hospital y la sede de la universidad. Estaban aislados.
    Belén se había armado una especie de escritorio para trabajar. También tenía un sofá donde dormía unas pocas horas. Una noche, mientras participaba en una video conferencia, de pronto perdió la conexión con internet. Sus puteadas se escuchaban desde la portería de la universidad donde había una cocina pequeña en la que había cenado Fernán con algunos de sus hombres. Los soldados ya se habían retirado a vigilar la ciudad para prevenir posibles saqueos. Él calentó un poco de leche y la volcó en un tazón.  Sacó una barra de chocolate de la mochila y la introdujo en la leche. La fue deshaciendo con la cuchara. Recordó la carita de sus hijos esperando la chocolatada en la mesa familiar. Sonrió. Se acercó al cuarto donde Belén seguía maldiciendo su suerte y golpeó la puerta.
   ─ Tomá, esto que te va a calmar ─le dijo.
   Ella se indignó. Hacía años que no aceptaba que ningún hombre le ordenara lo que tenía que hacer.
   ─Estaría calmada si no estuviera en esta mierda de lugar. ─Tuvo ganas de insultarlo pero bajó el tono. Él la había tuteado.
  El capitán seguía con el brazo estirado sosteniendo el tazón. El relieve de las Islas Malvinas tomaba vida sobre el músculo tensionado.
  ─Dale que se enfría.
  El chocolate caliente relajó las defensas de Belén. Mientras bebía, las lágrimas se amontonaron en las pestañas hasta deslizarse de a una por el satén de sus mejillas.  Lloraba a pesar suyo. Con impotencia, con vergüenza. Se abrazó a Fernán de manera impulsiva. La erección inmediata los sorprendió a los dos. Él reaccionó apartándose; ella, en cambio, se pegó a su cuerpo y cerró la puerta.
   Las amenazas de Belén hicieron crujir a la burocracia de la capital. Rodaron algunas cabezas inútiles. Se organizó un puente aéreo para transportar víveres, medicamentos y equipos. Los trajes de bioseguridad que enviaron eran similares a los que se habían usado para el tratamiento del ébola. El capitán y su gente acondicionaron una sala para recibirlos.
  ─Tenemos que salir, ya perdimos mucho tiempo ─insistía Belén.
  ─Vamos a ir solamente vos y yo. No quiero exponer a mis hombres.
  ─Necesitamos que nos ayuden a ponernos los trajes. ¿Sabés que hay un protocolo, no? ─dijo ella mientras se refregaba las manos con alcohol en gel por quinta vez.
   ─ Hace mucho participé en una misión de los Cascos Blancos en África. ─Con movimientos profesionales, él comenzó a manipular los equipos.
   ─No sabía, qué gran experiencia ─Ella pasó su dedo índice por el brazo de él. Notó que los pelitos casi blancos se erizaban.
   ─Hay muchas cosas que no sabés ─dijo él y le guiñó un ojo.
    Fernán tomó el traje enterizo hecho de un material laminado.
   ─Sentate.
  Belén Asturia obedeció como una niña buena.
    El capitán se arrodilló ante ella y la ayudó a calzarse las botas que formaban una sola pieza con el traje. Después le indicó que se parara y fue deslizando el resto del overol hasta los hombros. Subió el cierre.  Le puso la cofia. Tomó el barbijo especial sin contactar la parte interna y deslizó el elástico hacia atrás de la cabeza. Estuvo tentado a besar, otra vez, la exquisitez de esa nuca.  Tragó saliva. Por un momento la turbación le hizo dudar cómo seguir. El ingreso del Teniente Platz, su segundo en el mando, lo devolvió a la realidad.
  ─Yo termino, capitán.
  Fernán le dejó su lugar, aliviado. Platz ayudó a Belén a calzarse el primer par de guantes. Los deslizó por debajo de las mangas. Después le puso el segundo par, de un material más grueso y cubrió los extremos con cinta adhesiva. Por último, le colocó las antiparras y la máscara de protección facial. Ella le agradeció levantando los pulgares. El teniente repitió el procedimiento con Fernán. Cuando ambos estuvieron listos, fueron trasladados hasta el camino que se abría de la ruta y subía a la montaña. A partir de ahí, eran ellos dos y la posibilidad concreta de enfermarse o dilucidar el asunto del arbusto que alimentaba a los roedores que nadie había visto antes.
  Era la hora de la mañana en que el aire es fresco. Ellos no lo sentían, protegidos en el aislamiento de sus equipos. Caminaron un kilómetro hasta el mirador. Los techos a dos aguas de las casas, los árboles, los rosales de las veredas, todo formaba parte de una postal feliz. Difícil era abstraerse de esa visión pacífica y adentrarse en el bosque infectado. Ambos sentían una aversión profunda. Siguieron. A medida que ascendían, el temido polvillo rojo era un aura siniestra que esperaba por ellos.

   Fernán se adelantó por un sendero empinado dejando atrás a Belén. Se subió a una roca y miró en todas direcciones como buscando algo. Caminó hacia lo que parecía una cueva en la pared de la montaña.  Se detuvo, con un gesto muy firme se sacó la máscara de protección y la tiró al piso. Hizo lo mismo con el barbijo y las antiparras.
  ─¡Qué estás haciendo, estás loco? ─Belén, aterrada le gritó desde varios metros más abajo.
    Semi oculta en la entrada de la cueva había una mujer vieja. Estaba sentada en un tronco tumbado por un antiguo incendio. Tenía una vincha de tela rematada en la frente con una especie de moño con muchos pliegues, como el de los ramos de flores que venden en los puestos de la ciudad. Vestía unas polleras amplias y una camisa colorida. Un delantal azul con voladitos blancos cubría el conjunto. Si no hubiera sido por el broche de plata labrada que sujetaba una capa de lana negra, habría parecido una pastora más. Su sonrisa desdentada era un hoyo oscuro. Acariciaba un ratón aterciopelado. El animalito pugnaba por huir de sus manos bulbosas.  La Machi estaba esperando a Fernán desde el alba.
    ─Lindos disfraces, m’hijo ─dijo la vieja con sorna─. Como pa’l Nguillatún
  ─¿Así que todo es cosa tuya? ─preguntó Fernán con total naturalidad.
  ─Mía no. Vos no cumplís tu palabra y los espíritus pidieron un escarmiento. Soy la Machi y hago lo que me dicen. ─Los ojos nublados de la vieja ignoraban al capitán.
─Estoy de tu lado.
─Entonces hacé tu parte. Queremos que nos devuelvan lo nuestro.
─ ¿Machi? ¿Qué pelotudez están diciendo? ¡Contestame! ─Belén interpelaba a Fernán pero no se animaba a acercarse.
─ M´hija, nuestros dioses saben lo que sufrimos. Nos amontonan, nos matan….se creen poderosos pero un yuyito nomás y quedan patas pa´ arriba . No se juega con la gente de la tierra. Es un aviso. Deciles eso vos ─Lo miró fijo a Fernán.─ No nos vuelvas a fallar.
  La chamana dejó ir al ratoncito de panza rosada amorosamente, como si nada en el mundo fuera más importante. Luego tomó un cacharro del suelo y bebió un líquido verde, como savia nueva. Lo escupió con fuerza y un arco iris atravesó las gotitas del brebaje que se fue depositando sobre la vegetación rala. Sacó un pañuelito de la manga y se limpió los labios con delicadeza.  Se puso de pie, dio unos pasitos cortos y se mimetizó con la densidad vegetal del bosque. Le cubría las espaldas un séquito de abejas zumbonas, hartas de néctar.
   La doctora estaba atontada, pero la parte entrenada de su cerebro reaccionó rápido.
  ─¿Por quién me tomaste? Exijo una explicación. Te voy a denunciar ─la voz de Belén se oía distorsionada por el equipo y por la rabia. Se abalanzó sobre Fernán.
  ─Vos no vas a denunciar nada. ─La tomó del brazo y la zamarreó con violencia─. Vas a tomar muestras. ¿No viniste a eso? Y después veremos. El informe va a decir que la anomalía se debió al arsénico que usan las mineras. ¿Entendiste? Vas a escribir que las empresas son las responsables, que están envenenando la tierra y el agua. ¿Está claro o te lo tengo que repetir? ─La empujó y ella cayó al piso.
  La doctora Belén Asturia permaneció en el suelo. Aturdida. Hubiera sido fácil para Fernán arrojarla al vacío. Ella entendió que él la necesitaba y decidió seguirle el juego. Se levantó; la hostilidad del hombre era una mochila sobre su ego.  Con gran dificultad, tomó muestras de los pocos arbustos tóxicos que se pulverizaban al contacto de sus guantes. No encontró ningún resto de roedores.
   ─¿Soy tu prisionera?
   ─No seas imbécil.
   Al volver a la ciudad, recibieron el parte diario del hospital. Los enfermos empezaban a mejorar.
  ─¿No te lo dije, linda?─le susurró él al oído─ El problema son los gringos. Vienen por todo y no vamos a aflojar. ─Con gran solemnidad, agregó─  “ Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” Romanos 8: 31.
   ─Salí de acá, loco hijo de puta.
   Los médicos no podían explicar la repentina mejoría de los pacientes.  Las laderas volvieron a cubrirse con el amarillo de la retama. Las matas de lupinos irrumpieron con sus azules y sus lilas. Belén tampoco podía explicarlo. De regreso en la sede de la universidad, Fernán le quitó la computadora.
    ─Te voy a dictar lo que quiero que escribas. Después lo disfrazás con tus palabras difíciles de doctorcita. ¡Pero que quede bien claro que los culpables son los extranjeros que se llevan nuestros minerales!
    ─ Eso no va a suceder. ─Los ojos de Belén brillaban con malicia─. Cuando puedas, mirá el videíto que te acabo de mandar y después hablamos. Tené cuidado que no lo vayan a ver tus hijos.
  El capitán, incrédulo, encendió su celular. Las venitas rojas formaron laberintos abigarrados bajo la piel de su cara. En la pantalla y en primer plano, su brazo tatuado retenía a Belén contra la pared de la habitación. Sus cuerpos  unidos subían y bajaban plácidos, gozosos, como una marea tranquila que se hizo estruendo de sal y sudor cuando, entre gemidos, se deslizaron hasta el piso del cuartucho.
  Él quedó inmóvil, procesando el golpe. Ella tomó el control.
  ─Esto se resuelve así: vos firmás mi informe, a no ser que quieras que se haga viral nuestro encuentro ─La voz de la mujer había cambiado, era fría y desafiante─ ¡Vamos mi amor! ¿Cómo podés tener trato con una vieja pordiosera? No me voy a gastar en discutir. Allá vos. Que te quede claro que lo que provocó este desastre fue un virus.  Lo acabo de inventar. Y da la casualidad que yo trabajo para el laboratorio que tiene la vacuna. Un porcentaje de la patente es mía, así que nos vamos a concentrar en agitar el miedo. Este brote se puede repetir en cualquier parte, en cualquier momento. Y la próxima vez será letal. ¿Ok?
   Durante la ceremonia oficial, la esposa de Fernán, una pelirroja regordeta, moqueó cuando el Presidente de la Nación condecoró al marido por su eficaz desempeño en la crisis.  Los cuatro hijos del matrimonio, cansados de los discursos y con los pies doloridos por los zapatos nuevos, se molestaban entre sí y reían por lo bajo.  A la doctora le ofrecieron un ministerio.
  Luego de la entonación del Himno Nacional, se sirvió un vino de honor y todos brindaron por la patria.


 
 
 
 
 


 



2 comentarios:

  1. El principio me recordó a El color que cayó del cielo, de H.P.Lovecraft.

    Pero resultó tener varios puntos de giro.
    Pareció ser una venganza de los pueblos originarios.
    Para resultar una creación de la doctora, que había parecido ser una abnegada médica como tan atractiva. Una villana científica como de las historietas o una mujer fatal como en el policial negro.
    Una buena historia.
    Un abrazo.

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  2. Muchas gracias por el análisis. Abrazo más virtual que nunca.

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