Samanta Schweblin
Una escritora argentina que arrasa en el mundo
Querida
Samanta Schweblin:
Ignoro si alguna vez buscaste la
empatía de quienes leemos tus textos. Es probable que hayas superado esa etapa.
Hagamos de cuenta que todavía recibís con satisfacción los halagos de los
lectores rasos: te comunico que tus cuentos me resonaron fuertemente. A mí
también me abandonaron en una ruta solitaria. Fui atravesada por la humillación,
igual que una de tus criaturas. Y no había una hermandad de mujeres que me
acompañara, aunque más no fuera de manera hostil. Tampoco era yo una novia; no
anhelaba espejitos de colores, ni me hacía demasiadas ilusiones con el amor,
que viene a ser lo mismo que entusiasmarse con esas chucherías.
Por momentos sentía que algunos de
tus personajes eran muy fríos. No digo que fueran cínicos, pero no entendía ese
tipo de sensibilidad que más tarde tanto valoré. Una sensibilidad que a veces
se vestía de impotencia, como la de aquella madre que no superó el hecho de que
su hija se comiera los gorriones del parque. Pobre mujer. Y pobre chica. Los
pájaros en la boca como metáfora de todo aquello que no podemos digerir. Porque si no son pajaritos, tal vez sea que
nuestros hijos devoran la vida a su manera, y eso en general se ubica en las
antípodas de lo que deseamos para ellos. ¿En qué momento dejaron de ser
nuestros proyectos? Somos mucho más
compasivas cuando se trata de los hijos de los otros. Con los nuestros en
cambio… ¡Somos perras de caza! Nos prendemos de sus carnes y los sacudimos sin
piedad hasta que el miedo al abandono ─otra vez─, nos hace aflojar por un rato.
Lo lineal me aburre, y creo que a vos también
porque en tus relatos se yuxtaponen los tiempos, las voces y los planos de la
existencia. Tu primera novela nació siendo otra cosa y las fuerzas que creaste
la modelaron a su antojo. Y las dos madres sufrientes convivieron con los
cuerpos colonizados de sus pequeños. Una incrédula, otra desahuciada. Ambas
cruzadas por la desgracia, igual que los personajes de García Márquez. Quiso el
destino que yo también diera testimonio de tu hallazgo. No como madre, porque
mis hijos ya se mueven fuera de mi área de rescate y el hilo está flojo. Pero
siendo hija… nadie te explica que no dejás de ser hija hasta el final. Y me
pasó que la muerte de mi mamá nos sorprendió un mediodía, a ella y a mí,
siempre juntas. No la vimos venir.
Nosotras no vivíamos en un pueblo cercado por el veneno ni habitado por niños
deformes. No. La parca vino y no pasó nada extraordinario. Y mamá empezó a
ahogarse sin hacer aspavientos, y se puso blanca y después sus labios se
pusieron azules y ya no habló. El hilo empezó a cortarse ante mis ojos, te juro
que fue tal cual como vos lo narraste. Fue inútil invocar ángeles nuevos. La distancia entre nosotras empezó a crecer y
crecer, y al expirar, su cuerpo me resultó algo tan ajeno que ni siquiera pude
despedirla con un beso. Sin embargo, estoy esperanzada. Vos y yo sabemos,
Samanta, que las almas no se quedan quietas.

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