POR ESTA SEMANA
lunes, 5 de noviembre de 2018
domingo, 7 de octubre de 2018
lunes, 3 de septiembre de 2018
El fantasma del
cuartel
El Flaco venía manejando cuando sintió la vibración del celular en el
bolsillo. No atendió. Dos mujeres de la policía local fumaban cerca de la
parada. No hubieran reaccionado así llevara una bomba atada al cuerpo. El
colectivero volvía a capital sin pasajeros Entró a Campo de Mayo y evitó
acelerar aunque sabía que lo esperaban con la cena de Nochebuena: lo de
siempre, matambre con rusa. Cuando se acercaba al río Reconquista, le pareció
ver algo raro. La arboleda era muy densa y había poca luz. A menos de veinte
metros del puente, frenó de golpe. Los faros iluminaron a una chica. Estaba
parada en medio del asfalto, vestida con ropa de combate. Llevaba una boina con
una estrella roja. Era rubia, pero no teñida.
-Sacame de acá- ordenó mientras le apuntaba con la ametralladora.
El Flaco no supo cómo, pero de pronto la vio
esconderse en el hueco de la puerta del medio. Aturdido pisó el acelerador y siguió.
Pasaron por un cuartel. Los milicos de la entrada le hicieron un gesto con la
cabeza. Al Flaco se le secó la boca. Ni bien pasaron la garita se animó a mirar
por el espejo. Ella estaba sentada en el primer asiento.
-Nos estaban esperando. ¡Hijos de puta! –la
voz de la mujer era seca como la pólvora.-Mandaron al frente a los soldados.
Los tuve que cagar a tiros ¡Todo inútil! ¡Sacame de acá!
El
colectivero dejó atrás la oscuridad del campo. Ahora iba por el suburbio
desierto. Tenía el cuello entumecido de mirar para adelante. Por fin entró al
playón de la cabecera. Bajó del colectivo vacío haciendo arcadas y se metió
corriendo en el baño sin saludar a sus compañeros.
López, el inspector, se puso serio y lo
siguió. El Flaco, con la cabeza en el borde del inodoro, seguía vomitando.
lunes, 25 de junio de 2018
Tuve que irme a la cama para no flaquear. Me saqué la vincha y la remera que había
comprado en la entrada del estadio. Me acosté. Estaba confundida. Cuando empecé
a entender la situación salté de la cama y cerré con llave la puerta del
dormitorio. Desesperada, empecé a planear la huida.
Había llegado a mi casa antes de lo previsto, me
extrañó ver las luces encendidas. El recital de Phill Collins se había suspendido-maldito cambio climático-
por una tormenta con ráfagas y granizo.
-Reunión
cumbre- dije sin malicia, cuando mi nuera abrió la puerta.
-Estás
mojada, te preparo un café-dijo ella mientras escapaba hacia la cocina.
La entrada al recital había sido una gentileza
de mis hijos. Desde la muerte de mi marido, ellos se deshacían en atenciones.
Primero fue el fin de semana en la isla Martín García, una roca en medio del
estuario del Río de la Plata, encantada de bosques umbríos; destino maldito de
generales caídos en desgracia y donde se consigue el mejor pan dulce del mundo.
Luego, proyectaron la remodelación de la casa:
-Mamá, renovarse es vivir-repetían.
Y fue así que se levantaron los antiguos
pisos de madera y se arrancaron los revestimientos. Las paredes fueron
agujereadas por técnicos que decían buscar humedad y los plomeros despanzurraban
antiguas cañerías a su antojo.
La
noche del recital fallido, luego de encerrarme en mi cuarto y cambiarme la
ropa, pegué la oreja a la puerta para seguir el movimiento de mis hijos.
Andaban por la cocina vaciando los muebles. Luego, escuché con escalofrío el
ruido de la pala hundiéndose en el cantero de los rosales, única superficie que
se había salvado de los albañiles. A nadie preocupaba mi presencia. Tenía que
pensar rápido. Segura de que no encontrarían lo que andaban buscando, dado que
yo lo había encontrado antes, salí muy despacio de mi habitación. A través del vidrio esmerilado de la ventana
que da al fondo, vi sus siluetas inclinadas en torno a un montón de barro
removido. El aroma del café me alertó.
Me deslicé por la superficie pulida del porcelanato italiano hasta el
vestíbulo. Nadie lo advirtió. A dos metros de la puerta principal, Me detuve
frente al tapiz que habíamos comprado en el viaje a Cuzco con motivo de
nuestras bodas de plata. Bendije el momento en que se me ocurrió coser la llave
de la caja de seguridad en el reverso de esa
piel suave de vicuña que todas mis visitas elogiaban. Después de
arrancarla, guardé la llave en la cartera. Salí sin hacer ruido. Corrí hacia la
avenida. Volví a mojarme las zapatillas en los charcos que habían quedado
después de la tormenta. Gracias a Dios encontré un taxi libre. Me faltaba el
aire, entonces practiqué la respiración que me enseñaron en las clases de yoga
y recobré la calma. De ninguna manera quería llamar la atención del chofer. Con
disimulo miré hacia atrás por única vez. Nadie nos seguía. Hice una llamada
breve. Eran las diez de la noche. Mi
amante me esperaba en su departamento. Al otro día, más tranquilos, retiramos
de la caja de seguridad del banco la fortuna que mi difunto esposo el
prestamista, supo acumular y esconder.
jueves, 31 de mayo de 2018
NORITA
En
el geriátrico, igual que en “Tiempos
modernos” de Chaplin, el cronómetro regulaba la existencia de todos. Los
dueños, temerosos, dejaron de pasar esa película, no fuera a ser que algún
viejo se avivara.
La vida se había convertido en una rutina
de pañales, chatas y pastilleros. Ésos y
no otros eran los protagonistas. Los ancianos eran actores de reparto en el mejor de los casos.
Todo lo que alguna vez fue deseo, rabia, amor o lucha andaba atado a una silla de ruedas. Mientras tanto,
el celular de la dueña, no paraba de recibir llamados de potenciales
compradores. Todo se vendía. Desde los zapatos hasta los nebulizadores que las
familias de los fallecidos no querían
volver a buscar. Era otoño, temporada alta. Con los primeros fríos, los viejos
se congestionaban primero y después
contraían neumonía. Las jefas de turno
estaban preparadas: estiraban la situación todo lo posible y cuando ya era
inútil llamaban al servicio de
emergencia. En el hospital podían durar horas, no más. Al menos se morían dos
por semana. Si se mantenía el promedio, el producto de las ventas permanecía constante igual que las
comisiones.
El empleado que llenaba las planillas de
excel, notó una tendencia anómala. El
promedio de fallecidos había bajado. Enseguida se organizó un comité de crisis
para analizar la situación. Aprovecharon la visita semanal de los Testigos de
Jehová, siempre ávidos de auditorio para ser salvado. El personal de confianza
se reunió en el fondo, cerca de la zona del lavadero. El hijo de la dueña hizo
el anuncio: los números no daban. Todo el mundo deslindó responsabilidades. No
obstante, con gran criterio constructivo intentaron encontrar una explicación:
que la nueva cocinera hacía sopas demasiado nutritivas, que con la profesora de yoga trabajaban
muy bien la respiración, que las clases de música los dejaba
inconvenientemente felices.
Decidieron despedir a la cocinera y alterar
levemente la temperatura de los equipos de aire acondicionado. No obstante,
durante la semana en curso, era imperioso aumentar la recaudación. Como si
fuera una obviedad, todos pensaron en Norita. Si bien era la más joven ─ no
llegaba a los 75 años─ el hecho de ser cuadripléjica la acercaba con frecuencia
al borde de la muerte, límite que obstinadamente se negaba a traspasar. La
tecnología le había posibilitado una
vida plena en la virtualidad de la red. Desde la computadora, ella coordinaba
un blog especializado en su enfermedad, participaba en foros, se mantenía informada.
Norita había advertido una inquietante periodicidad en los decesos. De hecho,
había escrito un informe con fechas, testimonios, e impresiones personales. Un
domingo por la tarde, cuando las visitas se habían ido y los viejos se
disponían a cenar, escuchó cómo alguien abría la puerta de su habitación con
sigilo y no dudó. Tecleó enter y publicó su informe en las redes sociales. Fue
lo último que hizo.
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