domingo, 5 de enero de 2020


El mejor día de Reyes






   El ministro llegó tarde al consultorio. No escuchó las razones de Gladys, la secretaria, y exigió que lo atendieran. La psicóloga lo hizo pasar.
   ─Muy bien, recuéstese por favor. En el sofá.
   ─Gracias.
   ─¿Por qué quiere iniciar terapia?
   ─ Los amigos opinan que estoy algo agresivo. Como Ud. sabrá, acabo de hacerme cargo de ministerio del Interior.
   ─O sea que vino contra su voluntad. ─La psicóloga se puso los anteojos─. Le voy a pedir que se relaje unos instantes y me diga cómo se siente.
   ─Con poco tiempo, imagínese.
   ─Por supuesto. Hábleme de su infancia.
   ─¿Qué parte?
   ─Lo primero que recuerde.
   ─No tengo grandes recuerdos de mi infancia. Bueno, no sé, lo normal. ─El hombre empezó a moverse, nervioso.
   ─¿Qué piensa Ud. sobre la opinión de sus amigos?
   ─¿ Sobre mi supuesta agresividad? ¡Exageran! Confunden firmeza con maltrato.
   ─¿Se sintió maltratado alguna vez?
   ─Nunca. Estoy agradecido por la educación rigurosa de mis padres.
   ─Hábleme de ese rigor, pero antes practiquemos dos o tres respiraciones profundas. Yo le muestro. ─La mujer dejó la libreta de notas y apoyó las manos en su abdomen, que subía y bajaba al paso del aire─.
   Al cabo de unos minutos el ministro, que la había imitado de mala gana, cerró los ojos y comenzó a hablar.
   ─Una vez, un 6 de enero… Sí, ahora me acuerdo, tal vez haya sido el día más feliz de mi vida. Estaba con mis padres en la chacra de San Pedro, como todos los veranos. Me levanté  temprano para buscar mi obsequio. El día anterior había dispuesto todo para los camellos. En vez de pasto, corté una gran cantidad de  espinacas y lechugas de la huerta porque creía que era más apropiado y también porque era más fácil que arrancar el césped duro del parque.  ─Se produjo un silencio grave, incómodo. Sin embargo, el rostro del hombre irradiaba una paz profunda. Por fin abrió los ojos y continuó─. Los reyes me hicieron el mejor regalo para esa ocasión. Sobre mis zapatitos de charol  negro, había unas cuantas herramientas de labranza. Pasé toda la mañana carpiendo la tierra, cortando las malezas, en fin, reparando mi falta. Recuerdo que el sol del mediodía era un taladro caliente que me perforaba la nuca. El viento seco del oeste se colaba en mi boca llenándola de tierra.  No pedía agua porque sabía que era inútil. ¡Qué fortaleza, qué temple! Me sostenía la mirada justa y amorosa de mis padres que tomaban limonada bajo la sombra del tilo. De pronto, el cielo se cargó de una humedad densa que venía barriendo el horizonte desde las costas del Paraná. Y cuando el firmamento parecía a punto de reventar, las nubes se abrieron mansamente para dar paso a un haz de luz radiante. Por una escalera celestial vi descender a Gilberto de Nantes, el santo decapitado. Lo reconocí gracias a la devoción de mi abuela materna que me obligó a aprender de memoria el Martyrologium Sanctum. El buen Gilberto se acercó a mi y me aporreó con la mano libre ─la otra sostenía su cabeza─ hasta desmayarme.  Entre nosotros, yo nunca creí la versión del médico que atribuyó la gloria de ese día a los efectos de una vulgar insolación. ¡Por favor! Qué buenos tiempos, doctora, cuánto se lo agradezco. Se nota que Ud. es una gran profesional. No de esos que le meten cosas raras en la cabeza a sus pacientes. Una verdadera defensora de los valores de la familia, la patria y la propiedad.
   ─Bien, terminamos por hoy ─dijo ella.
El ministro se puso de pie y haciendo una gran reverencia, le besó la mano a la psicóloga. Luego salió con aire triunfal.
   La mujer esperó a que cerrara la puerta y se comunicó con su secretaria.
   ─Hola,  entretené al paciente que acaba de salir mientras me comunico con el Dr Ordóñez.
   ─¿El director del hospital neuropsiquiátrico?
   ─El mismo.
  Cuando estaba a punto de hacer la llamada, notó que no había apagado el pequeño grabador que usaba en sus sesiones. Se sacó los anteojos y  mordisqueó la punta de una de las patitas. Volvió a llamar a su secretaria.
   ─Gladys, dale un turno al ministro para la semana que viene y dejalo ir.
   La psicóloga se reclinó en el sillón mullido y sonrió. El audio de la sesión era más valioso que el oro en polvo y a ella no le gustaban los políticos.
  










jueves, 31 de octubre de 2019


Último adelanto de mi libro antes de la presentación el 2 de Noviembre a las 16 hs en Islas Malvinas 2982, San Andrés.


sábado, 10 de agosto de 2019

.: Entrevistas: Graciela De Mary : “ Escribir fue una...

.: Entrevistas: Graciela De Mary : “ Escribir fue una...: Es de San Martín desde siempre…Tiene un blog que se llama “Desde el Conurbano” en el que figuran algunos de sus cuentos. Graciela pre...

El portal de Nicasia
 Empezaron sacando los toldos, y los negocitos cercanos a la estación se afearon hasta morir de la vergüenza. Luego fueron por el puesto de tortilla asada, que se obstinaba en aromar la vuelta a casa de los changarines.
   Cuando los inspectores grises y los policías azules le leyeron a doña Nicasia sus ordenanzas impías, ella dejó de tejer, levantó la manito bulbosa como el jengibre,  y les señaló la línea de la vereda. Sus bolsas, fragantes de limones y especias, ocupaban un portal estrecho al que no llegaban las leyes del municipio.
   ─Compremé unos ajitos ─.El pregón de la señora se pegó a las orejas de los hombres que se fueron bufando de la rabia

domingo, 28 de abril de 2019

LANARI Y COMPAÑÍA



  ─No escuches el contestador ─dijo la señora de Lanari ni bien el hombre entró a la casa.
  ─¿Qué? ─El marido entró al recibidor, apoyó las llaves en la mesita de madera de guindo  y arrimó  el maletín contra la pared, sobre el piso─ ¿Qué dijiste?
  ─Que no escuches el contestador. ─Ella se interpuso entre el marido y el teléfono.
  ─¿ Me lo hacés a propósito? Dame el teléfono. ─El hombre empezó a aflojarse la corbata.
  ─No te conviene. ─La mujer seguía sin moverse
  ─No seas boluda, correte, ¿Para qué me lo dijiste? Te lo hubieras fumado vos sola ya que me cuidás tanto. ─Él la empujó y la apartó sin mayor esfuerzo.
  ─¡Encima la boluda soy yo! Ya no puedo más. Te lo dije, te advertí que esto iba mal. Mirá lo que tenemos que pasar ahora…Llamemos a la policía
  ─¿ Policía?  Dentro de poco la policía me va a venir a buscar a mí. Dejame escuchar. ─Lanari apretó el botón del contestador y una voz distorsionada atravesó el aire y le heló la sangre:

   “¿Viste lo que le pasó al hijo de puta de tu socio? Con vos va a ser peor”


   Duarte, el hombre de confianza del secretario del sindicato de la construcción lo había citado a Lanari en un café de mala muerte, frente a la estación de Ciudadela. Llegó antes que el empresario, con dos guardaespaldas que se ubicaron cerca de la salida. El sindicalista lucía una campera de cuero marrón, una chomba patito  y unos jeans planchados con raya. Se notaba que no andaba por las obras desde hacía décadas. Cuando entró Lanari, de traje, y todos los borrachines se dieron vuelta para escrutarlo, él se adelantó con un ademán protector. Su lenguaje corporal transmitía algo así como “Quedate al lado de mí, papá, que nosotros te protegemos siempre y cuando vos  te pongas” Duarte fue al grano. No tenía tiempo porque el gobierno había licitado muchas obras públicas y el trabajo se multiplicaba. El sindicato, siempre atento al bienestar de sus afiliados, no daba abasto.”Se la hago corta, Lanari. Le vamos a facilitar la terminación de la obra en Glew para que pueda cobrar. Como usted sabe, nosotros nos encargamos de contener a la familia del pobre compañero después del derrumbe …en fin, una desgracia. Su socio no nos interpreta. Pero quédese  tranquilo, entre nosotros seguro que vamos a arreglar un número que nos cierre a todos”.
  Lanari escuchaba a Duarte sin mirarlo, mientras revolvía su capuchino. Estaba acostumbrado a negociar con todos. Ése era el atributo más importante de los empresarios como él, que tanto podían construir un puente como importar baratijas para navidad. Sabía que no tenía ningún sentido hacerse el héroe republicano ni excusarse con la inminente bancarrota que estaba enfrentando. Cuando Duarte terminó de hablar, Lanari se paró y le dio la mano. Miró de reojo a los dos monos que se pusieron de pie como un resorte y encaró hacia la puerta del boliche con la sensación de estar dando un gran salto al vacío. Sin red.

  “Pensar que yo insistí para que nos casemos porque quería que me dijeran señora de Lanari y ahora me arrancaría el apellido como me arranco los pelos del cavado ojalá fuera tan fácil pero donde voy no me conocen así que vuelvo a ser yo como dice mi psicóloga seguro que ella estaría de acuerdo con que me raje ya y no siga esperando no sé qué milagro porque las cosas vienen mal desde hace tiempo y yo lo presentía igual para qué si no me da bola pero de ahora  en más me borro y empiezo de nuevo claro que voy a poder seguro todo el mundo puede si quiere y no me importa aunque tenga que trabajar de mesera en Amsterdam no se me van a caer los anillos ya llaman para embarcar adiós pampa mía”



miércoles, 17 de abril de 2019

EN TUS BRAZOS




 Habíamos pasado la mañana riendo con los chistes de un cómico de la radio. Nos reímos de la crisis económica, de la deuda externa, del presidente. Sobre todo del presidente.
   Vos me habías elegido una blusa azul francia y unos pantalones de tela ligera con florcitas ocres. Yo quería calzado cómodo, pero  fuiste  terminante: “Nada de pantuflas ─dijiste─ que eso es para gente enferma” . Yo me  puse mis mejores sandalias sin chistar.
   El almuerzo iba a ser un trámite. En realidad, se nos hacía agua la boca al pensar en las masitas con crema pastelera que siempre comprabas para  la hora del mate. Habías invitado a  las mujeres de la familia. A vos te gustaban esos encuentros cómplices. A mí también.
  Los dos platos de sopa humeante reposaban sobre la mesa, pero mis labios se empezaron a poner blancos.  Me llevaste a tu cama. Las piernas me respondieron ágiles como siempre, y eso te tranquilizó. Me acostaste y yo no podía inhalar el aire que vos alborotabas torpemente con mi abanico verde, el más lindo de todos. Y ahí estábamos, como al principio de nuestra historia pero al revés. Ahora era yo la que boqueaba  mientras  vos trazabas figuras raras sobre mi pecho e invocabas ángeles que yo no conocía.  Me desprendí del cuerpo  con suavidad y te vi, hija, arrodillada a mi lado dándome las gracias. Porque tu corazón supo que yo elegí una muerte íntima y luminosa para sellar ese amor tenaz que  todavía nos une.



  

                                                                  RESEÑA El orden perdido y los Ramales olvidados de José A. GarcíA   Jo...