jueves, 3 de febrero de 2022
martes, 28 de septiembre de 2021
La ciudad equivocada
Oigan señores lo que digo, el dueño de esta capa
busca su lengua por el río.
Liliana Bodoc, Memorias
impuras
Me resulta doloroso destronar a la Reina del
Plata, la ciudad donde nací. Es la conclusión lógica de mi trabajo, la búsqueda
incesante de la verdad. A veces me
abruma el peso de la misión que me impuse y caigo en el desánimo. Llego a creer
que José no existió y que no vale la pena seguir investigando y arriesgar mi
prestigio de historiadora y hasta mi vida por un espectro deshilachado en el
tiempo.
¿Quedarán testimonios de la Comarca
Alada? He visto documentos que proyectaban un destino de gloria para la ciudad
ambarina, pero ¿por dónde empezar a buscar sus cimientos, en qué valle, sobre
qué ladera? En cambio, la altivez de Cuzco sí que existe. Yo sé que debajo del
barniz mundano subyace, latente, el plan maestro de la revolución que aún no
fue.
Mi convicción se afirma en el estudio. Pasé
mucho tiempo hurgando viejas actas en el silencio amurallado de los archivos.
Aprendí a leer el clamor de la tierra opacado por la jerga venal de los
leguleyos. Y también sé que el hombre que me obsesiona vivió lo suficiente como
para activar el mandato del Sol. José de Balbastro y Cápac era mestizo en los
papeles nomás. No tenía ni una gota de sangre que no fuera americana. He soñado
con su perfil de guerrero y con el voluptuoso curso de su cabello.
La madre de José descendía de Atahualpa. La
habían casado a los trece años con un Virrey enclenque para frenar la
sublevación de los pueblos que amenazaban con bajar a Lima. Ella se vengó
eligiendo al padre de su hijo entre los machos más recios de su estirpe. “Están
ciegos” susurraba la princesa al lado de la cuna. Fue ella quien inició al niño
en el arte de la simulación; a su tiempo, lo instruyó sobre el secreto que aún
guardan las montañas. Luego se hizo monja para vivir en la lisura de un
convento. Yo estuve en su celda, respiré su aire, liberé su memoria.
José creció entre hidalgos y curas, y cuanto más adaptado al latín y a
los buenos modales, más dispuesto estaba a torcer el destino de su pueblo. El
nuevo rey de España, que también era un verdadero líder, quiso conocerlo y
hacia Madrid se fue mi José ¿Cómo no sospechaste que el mar sería tu sepulcro?
Yo también conozco el secreto
manchado de sangre. En las entrañas de la Cordillera late el potencial de la
fortita, un metal único por sus propiedades. Se sabe que es producto del
enfriamiento del universo, diez mil millones de años después del Big Bang. La
fortita fue descubierta de manera casual cuando los pueblos originarios de
Sudamérica buscaban minerales para usos sagrados y es posible que el control de
esos yacimientos fuera la causa principal de la expansión del Tahuantinsuyo. A
la llegada de los españoles los Incas lo estaban probando para la producción de
armas y utensilios de labranza. Los sucesos de Cajamarca y la posterior caída
del Imperio truncaron los planes. Hay evidencias de que la fortita podría
dinamizar notablemente la exploración espacial en curso.
Ahora
mi tesis tiene el respaldo que buscaba. Ya puedo empezar a escribir sobre el
fraude más grande de la Historia. José de Balbastro y Cápac conocía el secreto
de la fortita, y confiaba en Carlos III, el rey alquimista. La dinastía de los
Borbones había tomado el poder en España a comienzos del siglo XVIII. Los
nuevos monarcas eran portadores de ideas innovadoras. Proyectaban dividir el
inmenso territorio americano, fundar nuevas ciudades en puntos estratégicos,
terminar con la corrupción de los funcionarios que eran reacios al control y a
la decencia. José tenía una propuesta para Carlos III: la creación de un nuevo virreinato sustentado
en la potencia de la fortita, la roca prodigiosa. Había proyectado una nueva capital, la
Comarca Alada, un enclave moderno en el corazón de la cordillera de los Andes
llamado a ser el centro de un imperio industrial. José había estudiado el
proyecto de un joven patriota del sur y proponía un gobierno mixto, con fuerte
presencia local. Carlos III lo esperaba para diseñar juntos el futuro.
El verdadero poder jamás admite cambios, y
nunca pierde. Las logias activaron sus ritos nocturnos; los matones de El
Pórtico ejecutaron sus órdenes. José Balbastro y Cápac se embarcó una mañana en
las costas acantiladas del Pacífico. La navegación despejó sus dudas. Se sabe
que terminó de escribir un plan operativo y que esa noche aciaga festejó
bebiendo un vaso de chicha. Luego, las convulsiones lo tumbaron. José se moría;
los labios blancos, los ojos negros sublevados. Su cuerpo, luz ancestral,
doblegó el ímpetu de las olas que lo acogieron.
Algún día iré y arrojaré flores en el mar, mi querido. Por lo pronto,
debo escribir para redimir el orgullo andino de tu capital malograda, porque
los dueños del mundo ya tenían sus telares y sus trenes y sus huestes
miserables. Les urgía controlar nuevos mercados y no iban a permitir que ninguna
Comarca Alada hiciera prosperar a tu gente. Sí, así se concretó el fiasco más
grande de la Historia. Buenos Aires, la ciudad equivocada, fue ungida como
capital del nuevo virreinato.
Los
asesinos de El Pórtico vienen por mí, pero yo debo llevarme la última imagen de
mi tierra antes del exilio, ¡qué precio tan alto debo pagar!
Desde
el río, la vista es deliciosa.
miércoles, 4 de agosto de 2021
TU HUERTA
JARDÍN
A la memoria de Beba Muiño, mi mamá.
La tierra seca es más obstinada que la memoria.
Con el tiempo,
las imágenes se disipan y ya no sé
si algo es verdad.
O lo
inventé.
El suelo está compacto, sin el agua
que le
negamos por llorarte.
El pasto se
agarra tan necio.
No hay poder
que lo mueva.
Dar vuelta las macetas y moler los terrones.
Eso.
Hace falta la
voluntad
que yo no
tengo.
Polvo
marchito y yuyos.
La tormenta
explota y riega los tallos muertos
como vos.
La azada de
metal es tu mano
saludándome
por las
tardes.
Escarbo entre las piedras caprichosas.
¿Cómo habrán
llegado ahí?
La azalea
respira, la glicina se yergue. Agradecen.
La araucaria
no está sola, pobrecita.
Yo sí.
Malvones
anticuados.
De jardines
y de gentes que partieron.
Blancos,
rojos.
No me animo a desterrarlos.
Siguen su
ordinaria vida.
Un limonero
joven,
desorientado en la altura.
Me ilusiono
con él,
insensata.
Un cerezo agobiado
de ausencia.
Y yo soñando
con sus flores blancas
de postal
japonesa.
Semillas.
Dispersas
sin orden en la grava.
En el humus.
Diminutas,
volátiles
¿Sabrán su
oficio?
Incrédula
mujer,
me reprocho.
Abono y
agua.
Tiempo de
espera.
La tierra es
mi amiga ahora.
Sin agravios.
Giro con ella, y espero,
con fe.
Con la fe
que había perdido.
Brotes, apenas promesas.
Un poco más
de sol.
Dos hojitas.
Todo un
mundo nace de ellas.
Iguales.
Los días las
separan
y ya no se
parecen.
Las de tomate
pavonean
sus bordes aserrados.
Las de
acelga, tan simplonas.
Humildes, cotidianas.
El cilantro
se complace en confundirme.
El eneldo
¡Tan sutil!
Los melones
avanzan,
en guerra
ancestral
por el
espacio.
Lavandas y
caléndulas
mezcladas
por ahí,
guardianas
eternas del polen.
Un girasol
mercenario
perdió su
brújula.
Las arvejas
se enderezan y suben,
como el
miedo en mi cuerpo.
La albahaca
perfuma,
como tu
recuerdo.
De la poda
sobrevive
un gajo del
rosal.
Igual que
los naipes,
confía en la
fortuna.
La regadera,
incapaz, mezquina,
ignora la
flojera
de las ramas.
Las abandona
a su suerte.
¡Pronto, que
avanza el mediodía!
Y un
manantial citadino
arrolla en la manguera,
torpe,
igual que los
pies de un adolescente
que ha
crecido sin saberlo.
Las lechugas
agitan
promesas de
un lago verde.
Los
cebollines ensayan su esgrima
y se
quiebran en lo alto.
Simientes en
letargo,
como la
revolución,
recelan sus
nativas latitudes.
Y me
castigan, como el destino.
Quién sabe
si laten en lo oscuro,
hasta plegarse sobre sí mismas
y morir de sed.
El consuelo
de la noche
compone y
tonifica.
Un gato, del
color maldito,
negado tres
veces,
retoza en
los bancales,
vengativo.
Se desquita,
se solaza
en el
bálsamo del silencio.
Duerme en los surcos indecisos
Y profana
esta huerta
jardín
que ha
salvado del olvido
tu
presencia.
lunes, 12 de julio de 2021
Gracias a la Universidad estatal de Nueva Jersey, EE.UU, por incluir el cuento "Mi vida con Tito" en el último número de la Revista Yzur.
https://yzurlit.wordpress.com/
sábado, 17 de abril de 2021
LOS AMANTES
La edad de las estrellas
La asimetría de mi cara me disgusta. El ojo derecho es más grande que el izquierdo. Tengo
el cabello más lacio de un lado que del otro. Antes era indomable; sinuoso como
la cordillera vista desde un avión. Ahora se desvanece, incrédulo, de puro flojo. “Violeta,
el pelo también envejece” me dijo el médico, lo más tranquilo. Joven pájaro de
mal agüero, ¡bien que se le dilataban las pupilas al rozarme! Junto a él, las
estrellas de mis noches brillan más que todos los cielos de la infancia.
Aprender del río
Violeta cree en
cierto tipo de inmortalidad. Dice que hay que aprender del río que deja de ser
él mismo y se entrega manso al océano para volver al cielo y renacer más sabio.
Y al decir esos disparates, sus ojos evocan el nacimiento de alguna galaxia
solamente suya. Algo tiene esta mujer porque después de hacer el amor con ella,
las fibras de mi cuerpo se recrean extasiadas como si flotaran libres en
líquido amniótico. Violeta comparte esa sensación aunque tenga veinte años más
que yo. Dice que nos fundimos con el
universo, y que eso es bueno porque el universo jamás se equivoca: las mareas
se suceden, las semillas saben esperar y los pájaros rara vez pierden el rumbo.
Yo sé perfectamente que se debe a la estimulación de las terminales nerviosas y
a la secreción de ciertas hormonas, pero ella lo explica de una manera tal que
uno recobra la esperanza.
Mis amigos me preguntan por qué estoy con una
mujer que podría ser mi madre. Me pareció mejor dejarlo por escrito.
domingo, 17 de enero de 2021
El demonio de Humahuaca
Invoqué la protección de mis
ancestros, los guardianes del ser nacional, y asumí la misión.
Anselmo Ruíz y Calleja,
balbuceaba mientras subía penosamente las escaleras que conducían al pie del
monumento. Los mocasines marrones, con las suelas castigadas por el uso,
resbalaban en las piedras. Llevaba su blazer azul de bibliotecario, pasado de
moda, pringoso, con la misma dignidad anacrónica con que el Quijote lucía su
arnés por los hirsutos caminos de La Mancha.
Les rogué a los ángeles
arcabuceros de la quebrada que no me permitieran flaquear a la hora del
escarmiento.
Anselmo resoplaba. Tenía la
mirada fija en la punta del cerro, incapaz de apreciar los colores de la
montaña omnipresente. Para él, hombre de llanura, los ocres y los verdes que le
daban marco a las figuras de bronce, solo le producían un rechazo que le nacía
en las tripas. Un silbido agudo acompañaba su respiración acelerada. Sudaba.
Sacó de su bolsillo un pañuelo arrugado y se lo pasó por la frente lívida. Era
una mañana de marzo, el sol calcinaba las piedras y las cabezas de los
visitantes que no usaban sombrero. Los turistas se apiñaban en la plaza para
ver la salida puntual del santito. A las doce, se abrieron las puertas de la
hornacina y la rígida figura de San Francisco Solano bendijo a la multitud.
Algunos lloraban. Una vieja copetuda se desmayó o fingió hacerlo. “Agua, agua
por favor” se alborotaban sus amigas igual de tilingas. Los aplausos y los
vítores se superponían a sus lloriqueos. La mujer terminó levantándose sola;
alegó que la energía del santo la había tumbado. Anselmo seguía la escena y su
indignación crecía como la mancha de sudor en la camisa de poliéster. La gente
seguía la fiesta y nadie reparaba en la actitud extraviada del viejo.
Hipócritas, veneraban a un
santo cristiano y entronizaban a un hereje. Les faltaron el respeto a nuestros
héroes; al creador de la Bandera, nada menos. Justo a él, fiel devoto de
Nuestra Señora. Debería haber volado este lugar maldito cuando era joven. No
pude. Pero todavía contaba con mi viejo revólver. Antes de actuar necesitaba
comprobar la maldad de este pueblo que se negó a seguir su destino de grandeza.
¡Qué distinto hubiera sido todo sin demagogos! Llamaron a este engendro
“Monumento a los héroes de la Independencia”, y pusieron indios y gauchos mal
entretenidos. Y mujeres. ¡Indias ladinas! Tenían razón los amigos que me
eligieron para que hiciera justicia. No había vuelta atrás.
El cielo purísimo de la quebrada
de Humahuaca enmarcaba la estatua altiva del jefe omaguaca liderando a su
gente. Y un pueblo que lo dejaba todo. La orden de Belgrano había sido
implacable: para el enemigo, tierra arrasada. Las figuras de los seguidores de
Güemes reventaban caballos y enloquecían a los realistas emboscados en la
guerra gaucha. Los jinetes aún hacían retumbar el suelo; los sonidos graves herían
el vientre de Anselmo, quién atribulado por la muchedumbre y el calor del
mediodía, buscaba el mejor lugar para ejecutar el atentado. La multitud lo
llevaba en vilo como una marea vibrante que recreaba el éxodo del pueblo
jujeño. De pronto fijó su atención en un niñito. Tendría cuatro años y la
carita cortajeada por el frío. Bajaba de la montaña con su poncho de colores.
Le habían enseñado a sonreír y a pedir plata. La gente le sacaba fotos como si
fuera un cardón o un animalito más de la quebrada. Anselmo calculó el impacto que tendría matarlo
primero. La idea le gustó.
Los indios se reproducían como
conejos ¡Yo tenía que vengar esta afrenta! No me quedaba tiempo. La desgracia
me acorraló y tomé una decisión. Que mi Señor me perdone.
El hombre tanteó el arma que
llevaba en el bolsillo amplio de su saco. Buscó con la vista posibles blancos.
No sería difícil dejar un buen tendal de muertos. Midió la distancia que lo
separaba del niño que sonreía y le apuntó. Lo detuvo una voz que gritaba su
nombre:
─ ¡Anselmo, no lo hagas!
Él hubiera preferido que fuera
el santo o un arcángel. Toda su vida había deseado conectarse con algún
mensajero divino. Pero no. Era la voz
chillona de su mujer que lo había seguido temiendo sus oscuros designios. La
vio entre el gentío; vulgar, abyecta.
Anselmo Ruíz y Calleja levantó
la mirada al cielo, apoyó el caño del revólver en su paladar y disparó. Se fue
deslizando por el paredón del monumento hasta quedar sentado. Parecía un
borracho más.
lunes, 29 de junio de 2020
AL CÁLIDO REFUGIO DE LOS ÑOQUIS
boloñesa que era su especialidad, cuando al llegar al campito donde los chicos del barrio
jugaban a la pelota, mi mamá se paró en seco y me señaló hacia arriba. Contra el cielo
oscuro giraba un óvalo blanco, resplandeciente, del que partían haces luminosos de
colores. A los pocos segundos, se elevó y lo perdimos de vista. Cuando nos repusimos del
susto, apuramos el paso hacia a lo de Vilma. Por un tiempo, no quisimos salir de noche,
pero a los pocos meses volvimos a la rutina de la alternancia. También empezamos a
hacer postres. El 29 de noviembre de 1976, me tocaba hacer flan casero. Al mediodía, a
pesar del calor, herví la leche y el azúcar, batí los huevos, preparé el caramelo. Como a
las nueve, partimos con la flanera envuelta en un repasador nuevo, de ésos que se usaban
para las visitas. Aunque el aire era sofocante, los vecinos habían abandonado la
costumbre de sentarse en las veredas. El barrio estaba desierto como en el invierno más
cruel. Cuando faltaba poco para llegar, dos autos se atravesaron en la calle. Enseguida, se
bajaron varios tipos de civil con fusiles. No nos vieron. A los golpes, tiraron abajo la puerta
de una casa. Sentimos un griterío infernal.
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