lunes, 28 de noviembre de 2016




Ni siquiera los muertos están muertos.
Diseminados sus miembros pero no inertes,
crispados más bien.
Libres de polvo ¿Quién podrá sepultarlos?
Están los gritos y también el relincho y el mugido,
que replican en nosotros
el sofocón ardiente y luminoso que llega desde el cielo.
Plegarias que a fuerza de silencio
traspasan los límites
y ruedan  por el mundo;
a diferencia de las manos
que se han quedado acunando,
y de los puños, que olvidaron la derrota
y auguran la vida.
Los despojos nos interpelan aún.
Ni siquiera están muertos.




jueves, 20 de octubre de 2016



Presentación del libro "Al otro lado del mundo", una antología donde figura mi cuento "Terremoto en Buenos Aires". 





¡Gracias editorial Dunken !










 

sábado, 1 de octubre de 2016

CARTONERA





Tira de su carro
Y solo ve,
pálido, el cartón
que la ayudará a comer

Tira y  todo esquiva,
con pudor.
Ella sabe que murmuran
de su ropa sin color.

Calles y  peligros
que se mezclan con su sed.
Rabia contenida
que no logra resolver.
Nunca hubo otro infierno
que se vea tan natural,
fundirse en sus sombras
y esperar.

Tira y a la villa va a volver.
Suburbio intranquilo
detrás del atardecer.
Un arroyo denso,
unos ladridos
Después un silencio tenso
bajo un cielo ensombrecido.
Refugio escondido
que la separa del frío.
De los que la ignoran
o la hieren sin motivo.
Porque sienten miedo
como cuando grita el tero,
que hace ruido
solo por cuidar su nido.

Tira y a la villa va a volver.
Suburbio intranquilo
detrás del atardecer.
Un arroyo denso,
unos ladridos
Después un silencio tenso
bajo un cielo ensombrecido.
Refugio escondido
que la separa del frío.
De los que la ignoran
o la hieren sin motivo.
Porque sienten miedo
como cuando grita el tero,
que hace ruido
solo por cuidar su nido.


lunes, 12 de septiembre de 2016

El fin de la gauchada.



Rosales andaba por un montecito de algarrobos oscuros cuando vio venir desde lejos el auto plateado. No salió aunque sabía lo que iba a pasar; es más, se escondió y enfiló con el caballo para el lado opuesto al camino.
 El auto se hamacaba en la superficie inestable de barro hasta que en un momento  perdió el rumbo y se deslizó  hacia la cuneta inundada. La trompa se hundió mansamente. El agua le llegó justo hasta el parabrisas y las dos ruedas de atrás quedaron en el aire, pero Rosales ya no veía la escena porque lejos de ahí, se dedicaba a juntar las vacas que con pereza se movían entre  las liebres color miel que andaban a los saltos, en total libertad.  Iba arreando el ganado por los potreros, abriendo y cerrando tranqueras, con movimientos certeros pero desganados.
Miró el sol otoñal que caía  sobre las lagunas que rodean al río Salado. ¿Por qué le prestaba tanta atención si había crecido en comunión con ese cielo que a la hora del atardecer se teñía de grises y rosas, para dar luego lugar al azul profundo? Y aunque no pudiera ponerlo en palabras, él sabía que era una de las últimas veces  que podría observarlo sin tener que dar testimonio de nada, solo mirarlo e hincharse los ojos de belleza pura, nunca igual, y sentirse satisfecho y dueño de si mismo, como los teros y las lechuzas.
Anduvo toda la tarde ocupado en sus labores. Empezaba a refrescar cuando encaró despacio el regreso al casco de la estancia; la casa grande que estaba por convertirse en hotel. La misma que había sido confiscada por Rosas en tiempos de los Libres del Sur y vendida después a un escocés y después a un vasco y así de generación en generación. Todavía mantenía la dignidad de los edificios coloniales, de una sola planta, ventanas generosas, paredes anchas y sólidas. No tenía el lujo de los palacetes de estilo francés que se edificarían más tarde pero tenía la nobleza de las primeras estancias de la zona y de sus dueños. Los que se habían atrevido a enfrentar al Restaurados de las Leyes y a los degolladores, dejando en la miseria a sus deudos.
 La estancia cambiaba de nombre y de destino. Ya no se dedicaría al  engorde de esas vaquitas que, aunque ajenas, habían sido toda la vida de Rosales.
Ahora iban a sembrar soja. La empresa que vendía las semillas se encargaría de todo. Él ya lo había visto en otras propiedades. Un silencio de sepulcro en los campos eternamente verdes,  interrumpido  solamente por el ruido de  las avionetas que fumigaban y mataban todo lo que creciera sin permiso de los gringos, sus patentes y  sus ingenieros.
¿Para qué necesitarían peones si hasta las cosechadoras se alquilaban y listo?
Es cierto que le habían ofrecido quedarse y atender a la gente que se alojaría en la casa grande. También estaban los otros dormitorios, un poco apartados, unidos por una galería que daba al parque central  y en la que había bancos de madera y canastos con troncos de quebracho para alimentar las salamandras.
-Vamos hombre, piénselo.-le había dicho el patrón.
 Y él lo había pensado. Demasiado. Sobre todo desde que se había quedado solo y el día era eterno y no tenía más remedio que imaginar cómo sería su vida, como acomodarse a la nueva situación.
-El asado me gusta hacerlo para mí- fue la respuesta cortante y definitiva.
-Usted sabrá.
El patrón tampoco tenía voluntad de andar rogando.
Ya era de noche cuando Rosales, después de encerrar el ganado, venía al trotecito por la entrada enmarcada por eucaliptus que se erguían en disciplinadas hileras hacia lo alto.  Iba a rodear la casa hacia el fondo, cerca de la caballeriza, donde estaban las piezas del personal que había sabido ser numeroso.
Fingió sorpresa cuando vio al contador sentado en el piso de mosaicos blancos y negros, con la espalda apoyada en la puerta de madera maciza de la entrada principal. Lo vio  incorporarse  con el traje embarrado. Estaba maltrecho y furioso. Se tomaba la frente con un pañuelo ensangrentado.
-¡Pero, digame!,¿ no le avisaron que yo venía hoy?-
-Buenas noches, doctor-Rosales ni siquiera se bajó del caballo- No señor, no me han dicho nada.
-¿No le anda el celular? Lo estuve llamando toda la tarde- Se notaba que el contador estaba haciendo un esfuerzo para no insultarlo.
-Es que casi nunca hay señal por acá- Movía la cabeza con gesto ingenuo.
-Escúcheme, no sabía que el camino estaba tan malo. Tuve un accidente. Venía con mi auto,  perdí el control y me caí a una zanja.
-¿Pero dónde fue eso?- Rosales disfrutaba el momento.
-Como a tres kilómetros de la salida de la ruta.
-¿Y no lo pudo sacar?
-Gracias que pude salir yo.-el contador estaba cansado y dolorido. –Había quedado con el dueño en que esta noche me alojaba acá porque mañana tenemos una reunión muy importante. ¿Cómo, no le avisaron?
-Y no, el patrón está atareado con tanto cambio.
-Escúcheme, vamos a tratar de sacar el auto.
-¿Ahora?  No se puede. Mañana tendrá que ser- la expresión del peón tenía una falsa tranquilidad.
-Si, claro, ahora no se ve nada. Tiene razón-  hizo un esfuerzo por calmarse.- ¿Puede abrir la puerta así me lavo esta herida y me cambio?
-¿De la casa grande?- Rosales seguía interpretando su papel.
-SI, claro.
-Pero no me dejaron la llave.
-¡Cómo que no tiene llave! ¿Dónde me voy a quedar esta noche?- Ahora si el contador estaba al borde del llanto.
-y….le dije que el patrón anda medio mareado.
Los dos hombres se quedaron en silencio.
Rosales, dueño de la situación, dijo al fin:
-Si quiere, se puede acomodar por esta noche en una de las piezas de los peones, total, están todas vacías.
-Le agradezco. Mañana, cuando venga el dueño, se irá aclarando el panorama
-Si usted lo dice, doctor, será así nomás. Tiempos jodidos, doctor, tiempos jodidos.
Rosales siguió derecho con el caballo hacia el fondo donde estaba su pieza. Le quedaban unas pocas cosas para embalar.  




miércoles, 17 de agosto de 2016

DESENCUENTRO .





-No vas a ningún lado- la madre estira el cuello para ver el cielo desde la ventanita de la cocina.
-¿Por qué?- la hija se hace la desentendida, mientras se saca los hilos de la ropa.
-¿ Adela, no ves cómo está?-insiste la madre- .
-¡Pero si todavía no llueve!-ahora apila los bolsillos recién cosidos.
- ¿Adónde vas a ir vos? Si se viene una tormenta-el hermano mayor entra y se calienta las manos en la hornalla prendida. –Poné la pava, vieja.
-vos saliste igual-la hermana guarda ahora la tijera en el cajón de la máquina de coser.
-A trabajar... Dale,  hacete unos mates- y la orden vino disfrazada de pedido.
- Y yo recién termino de coser, todo el día con el pedal dale que va- la chica se estira la blusa.
-Si, escuchando a los Pérez García  y chusmeando con las de enfrente, lindo trabajo. Te lo cambio por el taller-se despatarra el hermano en la silla con asiento de paja y respaldo de madera apenas lijada.
-Y vos que llegás y tenés todo listo para ir tranquilito a las carreras…..
-No empiecen-la madre llena la pava inmensa y la pone sobre la hornalla; corta el pan.
-Me voy, vuelvo enseguida- la chica se escurre hacia la puerta y sale a la galería.
-Te digo que viene una tormenta fuerte- el hermano se impacienta y la agarra del brazo.
-¿Qué pasa acá?- El padre abre la puerta de la calle, se saca la boina azul oscuro y se la pone debajo del brazo.
-¡Ésta, que quiere salir ahora con este tiempo! Qué van a decir los vecinos, que es una atorranta, que no tiene familia- el hijo no la suelta.
-¿Adónde va m’hijita?-el padre la mira con ojos bondadosos.
-A lo de Elisa, por los trajes…- los ojos de la chica le imploran al padre-
-¡Mentira!, Seguro se va a ver con alguno- se indigna el hermano.
-¡Cuidado con lo que decís!- suena gastada la voz del padre.-
-A lo de Elisa podés ir mañana, faltan dos semanas para carnaval- la madre le tiende un mate al marido.
-Pero quedé en ir hoy!- La chica casi suplica pero su voz se pierde porque el aguacero  se precipita y retumba como una catarata de clavos sobre el techo de chapas de la galería.
-Entren- dice la madre.
-Adentro- el padre toma del hombro a la hija que ha empezado a lagrimear.
-Es por tu culpa-grita la chica y revolea un cono de hilo directo al ojo del hermano que apenas tiene tiempo de esquivarlo.
-Pero que hacés desgraciada!- Y la corre alrededor de la mesa enorme de madera maciza pintada de verde oscuro.
-Hacé algo!-la madre intenta frenar lo que se veía venir.
-Basta, mierda! paren los dos- el hombre viejo que solo quiere descansar intenta poner orden con gesto más cansado que enojado- Mirá que sos grande, vos- se dirige al muchacho.
-Buenas…!-La vecina  ha entrado a la galería y golpea el vidrio de la puerta de la cocina pero nadie la escucha – Buenas!-repite casi gritando con un plato cubierto con un repasador y protegido con todo su cuerpo. Entra-  Les traje unas tortas fritas.
-Pase, pase- el muchacho disimula y deja en paz a la hermana. Todos miran a la vecina que chorrea agua como si fuera un paraguas recién usado.
-Pero por qué se molestó- la madre aparenta tranquilidad.
-No, al contrario, no es molestia- y la vecina se mira la punta de los zapatos y levanta la mirada santurrona y la clava en los ojos del hombre joven
 -Pero siéntese, ¿Quiere un mate?¿Ha visto qué tormenta? Está lindo para comer unas buenas tortas fritas.-Le devuelve la mirada, pero casi maliciosa.
-Yo sé que usted le gustan.- se sienta la vecina y se acomoda los mechones debajo de la vincha.
-¿Y cómo anda su madre?- el viejo le sigue el juego al hijo.
-¿Se mejoró su abuela?-La madre se sienta al lado de la vecina.
-Si, la abuela ya está mejor, gracias, le manda saludos-la mujer se arregla la ropa mojada.
-¡Y a mi qué me importa todo eso, vos hacés lo que querés por ser varón!-cruza una mirada con odio a su hermano y se va a la pieza de adelante.
- ¿Qué decía? Ah! Sí, su abuela, pero mire cómo se ha mojado, ¿Le traigo una toalla?-Sobreactúa el joven. Disimula.  Intenta  tapar el llanto furioso de Adela.

Querida Elisa:
Te dejo la presente porque no te encontré y encima me mojé toda. Menos mal que tenía el cuaderno de corte y confección en el bolsillo del saco así te puedo escribir. Como no me dejaban salir por la lluvia, me hice la que lloraba y mientras tanto salté por la ventana de la pieza. En la cocina estaban los viejos y mi hermano con la marmota de la vecina que siempre que puede viene a ver si se lo puede levantar. Había quedado en ver al muchacho que te conté. Ahora me voy para la esquina de Mitre y Paso a ver si todavía no se fue. Si me descubren y te van  a preguntar deciles  que fuimos a ver las telas para los disfraces. Chau, después te cuento.  
                                                                                                                      Adela.

Ya sabía que no iba a venir. No tengo suerte y encima con esta tormenta y para esto pedí salir antes del laburo. Quien me mandó fijarme en esa piba. Me jorobó. O a lo mejor no vino por la lluvia. Ya pasó una hora. Y no, no viene. ¿Dónde vivirá? Seguro que por acá cerca. No, no se ve a nadie. Ya está parando. El vigilante de la esquina me está mirando feo. Y no, no espero más. A ver si todavía termino en cana. Le voy a preguntar por donde tengo que agarrar para llegar a la estación.  Me vuelvo caminando total de esta esquina de Belgrano y Paso deben ser como doce cuadras.
A lo mejor me la cruzo.






domingo, 31 de julio de 2016

Y SIN EMBARGO SE MUEVE



Siento un gran alivio al saber que ya no hay nada que temer. Pero algo me dice que la historia sigue.
 ¿Por qué no abandono el rol de víctima ?
Los miro desde lejos. Son dos. Están apilados como en los ritos de la India en los que después de rendir los honores correspondientes, se enciende una gran hoguera. Acá no hay hogueras y mucho menos honores. Apenas una habitación  que yo conozco bastante bien  y los dos cuerpos inertes encima de una mesa. Me pregunto por qué estarán uno sobre otro. Desconozco la identidad del que está en la base de esta torre siniestra. Me intranquilizo. Una parte de mi dice-Ya está, se terminó-. Pero estoy sola y no es un buen signo. Siempre estoy sola. A la distancia (claramente decido apartarme) creo ver un deslizamiento. El cuerpo de arriba parece moverse. No parece, esto está pasando. Son como espasmos pero lentos y torpes.
-Y sin embargo se mueve- cuando me pongo nerviosa me acuerdo de frases célebres.  --Tranquila- me tengo que reponer.
 Estoy como clavada en el piso. Sucede lo que yo esperaba. Se pone de pie y se estira. Empieza a mirar alrededor. El terror me impulsa a escapar por el pasillo. Llego a la vereda pero incomprensiblemente no puedo avanzar. Es una cuadra y media. Me sofoco y el aire parece oponer una resistencia insalvable. Empujo como puedo sin mirar atrás. Tengo que llegar hasta la casa de Nené. Siempre me ha calmado su buen humor. La puerta está entreabierta. No puedo hablar pero ella entiende todo. Ignoro cómo lo hace. Me dice “ es normal”. 
-¿Cómo va a ser normal que un muerto reviva? –pienso pero no digo nada. No me conviene. Prefiero creer en Nené.
Con la alegría de siempre, me muestra la colección de ataúdes. Hay un montón. Están parados uno al lado del otro, apoyados en la pared. Las luces resaltan sus hermosos colores y los laqueados perfectos. Los hay caobas, tostados y unos casi negros con herrajes lujosos.  
También hay una serie de vitrinas pero no entiendo para qué son o qué es lo que muestran. No importa. A Nené nunca le importa nada realmente. Va por la vida así, livianita.  Me pregunto cómo hace. Finjo que está todo bien y se desacelera el ritmo de mi respiración. ¿Todo bien dije? Miro de reojo hacia la calle. Y si, parece que nadie ha reparado en el asunto.

Me despierto de golpe. Ya es de día.

                                                                  RESEÑA El orden perdido y los Ramales olvidados de José A. GarcíA   Jo...