sábado, 24 de diciembre de 2016

LOS NIÑOS-PLUMERILLO.

                                                                                                                      
Como todo el mundo sabe en el barrio, las cañas que crecen en los terrenos baldíos no se pueden erradicar.
Al principio se pensaba que varios hombres juntos blandiendo palas de punta,  trabajando a un promedio de ocho horas diarias, podían eliminar las cañas de,  digamos, un terreno pequeño  capaz de albergar una calesita modesta  durante quince días. Pero ese tipo de soluciones solamente era aplicable a proyectos itinerantes,  como carruseles o circos  pobres sin animales ni pretensiones.
L os domingos se organizaron jornadas solidarias.  Siguiendo las prácticas de los inmigrantes  que se juntaban para levantar las paredes de las futuras casitas, los vecinos se reunían para limpiar los predios con un entusiasmo que iba decreciendo a medida que subía el sol.
 Resultó que el tremendo esfuerzo demandado no se justificaba ya que, por caso, los martes a la tarde, los primero brotes verdes se dejaban ver abriéndose paso entre las raíces lechosas.
La solución pareció llegar desde el Paraguay. Allí, una vez cercenadas las cañas al ras del piso, se rociaba las raíces con kerosén. Esta operación debía repetirse a lo largo de veinte días y luego la tierra quedaba libre.
Con el tiempo se descubrió que la latitud del hermano país incidía en la intensidad de los rayos solares, lo que contribuía al éxito de la operación.
Según los resultados que se dieron en el barrio, es seguro que la calidad del kerosén paraguayo era superior al que se conseguía en el conurbano de Buenos Aires.
  Además del incendio de un quiosco que proveía el combustible y que estalló por los aires, no se registró ningún avance. El kerosén fue un rotundo fracaso.
 Tampoco ayudó el hecho de estar en el sur del mundo.
Con los ánimos alicaídos, los vecinos ya no se escandalizaron cuando las cañas colonizaron las macetas de malvones, las veredas polvorientas y los gallineros.
Para los niños, los cañaverales feraces eran sus aliados. Podían esconderse cuando los llamaban para bañarse en los fuentones; podían  imaginarse en lejanas  selvas e imitar el sonido de cualquier animal salvaje.  Hasta podían atenuar el efecto de las tardes desoladas  armando con las cañas cortadas por la mitad,  barriletes que casi nunca volaban.
El juego preferido era perderse entre los tallos altísimos  coronados por espiguillas parecidas a plumeros  (que por lejos era lo más valioso que podían encontrar) e intentar capturar los ejemplares más hermosos.
 Los osados arremetían la búsqueda entrando en el espacio apretado de los tallos, sin poder apoyar bien los pies y cortándose con los bordes de las hojas estilizadas y arduas.
Por pura intuición comenzaban a sacudir la caña que creían más grande,  guiados por los gritos de los chicos que tomaban distancia para ver mejor.
 Se escuchaba:
- ¡Ésa no, la de al lado!
-Más atrássss, ahí, ¡no! La otra.
Cuando estaban seguros, derribaban con gran esfuerzo la caña y cortaban el penacho
Los adultos, impotentes frente a lo avance parejo del cañaveral y del desempleo, apostaban sobre una manta raída todo lo que les quedaba: “Te juego mi mochila a que Luisito baja el plumerillo más grande”. “Mi cuchara de albañil a que Juanita encuentra el más suave”.
 Y como estaban tan entusiasmados, nadie se dio cuenta de que la pareja más joven de la cuadra se desgañitaba pidiendo ayuda. De tal suerte que solitos se arreglaron y  recibieron al bebé más hermoso que hubiera nacido a la vera de la autopista.
 Tan amada era la criatura que todos sus  cabellos eran rosados y crecían hacia arriba sin parar. Los flamantes padres dieron por sentado que al paso de los días  la suave cabellera sería más dócil  y dejaría de irradiar luz.
 Como ya  era noche cerrada,  el juego terminaba y los niños fueron saliendo del cañaveral como siempre. Sin embargo algunos adultos vieron un cambio, al principio sutil.
De las cabecitas alborotadas de los niños, comenzaron a crecer brotes tiernos, tornándose en espigas delicadas. Todas destellaban colores de acuerdo a las necesidades :  verdes, para quienes tenían a sus abuelos enfermos;  azules, para los chicos cuyos  padres  habían perdido la voluntad;  violetas, para los esperanzados.
Y en los aviones que llegaban al aeropuerto cercano,  cargados con regalos del exterior, los pasajeros dejaron por un momento sus computadoras y sus celulares. Todos miraron con inquietud hacia abajo y muchos de ellos juraron solemnemente  sobre las pantallas de sus tablets, que jamás se había visto una navidad más luminosa.


lunes, 19 de diciembre de 2016

La sed.



                                                                                 "Hoy vas a entrar en mi pasado..."
                                                                                                         Enrique Cadícamo.

Le había dicho al sargento de su escuadra que tenía que despedirse.
Era uno de los mayores y tenía experiencia en combate. Hizo valer esos antecedentes.
Su superior lo autorizó.  ¡Qué locura! No se sabe quién de los dos fue más boludo.
Andrés (de aquí en adelante se usará su nombre de guerra), se estaba preparando en una casa  operativa desde hacía varias semanas.
 Su misión era manejar uno de los camiones.
 A pesar de su compromiso, venía dando muestras de cansancio, de distracciones que ponían en peligro a los otros.
 Al principio demostraba carácter y animaba a los más jóvenes, pero últimamente se le acababa  la paciencia, la convicción; o tal vez no. Tal vez solamente necesitaba estar cerca de Luisa aunque fuera por un rato. Quién sabe.
 Lo cierto es que se acercó de noche a la casa de la calle Mitre, su casa, qué locura. Si sabía que los estaban acorralando. Sabía que estaban cayendo como moscas y que no todos aguantaban. Se les había ido la doctrina a la mierda. Tanto entrenamiento y resulta que no pasaban la primera noche sin largar todo. Había excepciones pero no eran muchas.
 Igual,  Andrés pidió ir a su casa, a ver a Luisa.
 Obvio que no era el único al que se le atragantaba el llanto antes de dormir.
¿Quién carajo habrá inventado la Navidad?
Fue con uno de los autos robados y con documentos falsos. Tenía tres juegos con nombres diferentes.
Manejó por calles solitarias para evitar puestos de control de la policía. Dio varias vueltas antes de estacionar. Tenía que estar seguro de que no lo seguían. Apagó el motor y esperó. Nadie por ningún lado.
Le pareció tan triste el barrio. O el triste era él.  En las reuniones sobre autocrítica le machacaban con lo de la moral alta. Le venían pidiendo demasiado.
Reaccionó y miró para el frente de la casa. Todas las luces apagadas.
Bajó del auto tratando de no hacer ruido.
Intentó abrir la puerta con su llave pero no pudo. ¿Habían cambiado la cerradura?
Insistió pero fue inútil. Se dio cuenta que lo empezaba a ganar la ira. Otra vez.
  Pero ¿para qué volvía si las cosas con Luisa estaban mal desde hacía mucho tiempo?  Últimamente no se podía controlar, se enfurecía y no dejaba de pegarle.
¿Qué tipo de cobardía le permitía  manejar un camión con explosivos y al mismo tiempo castigar a su mujer?  Se negaba a pensar en eso, como negaba el menosprecio por las mujeres de su grupo.
-Falta poco, compañeros. La ofensiva contra el enemigo será definitiva- había dicho uno de los comandantes.
Tenía que ver a Luisa.
Ella había escuchado el ruido de las llaves desde la cama. Su habitación daba a la calle y a pesar que hacía dos meses que su marido no andaba por la casa, siempre estaba alerta.  Le tenía miedo.  Al saberlo cerca se le despertaban todas las fibras del cuerpo que tenían memoria de los gritos, los insultos, los golpes. Esta vez estaba entera, no la iba a joder nunca más. Saltó de la cama a la cocina donde estaba el teléfono para pedir ayuda.
No obstante dudó. Aunque no tenía certeza  y no quería tenerla, intuía que él ya estaba marcado. “En todo caso va a ser una cuestión de tiempo”, se dijo a sí misma mientras dejaba el teléfono y cruzaba, descalza, el breve pasillo de mosaicos grises que separaba la cocina de la entrada.
-¿Qué querés?

-Luisa…yo…abrime -susurró el hombre.
-¿Para qué?
-Tenemos que hablar.

La mujer apoyó la frente en la puerta de chapa y se reconfortó con la frescura del contacto. La casita hervía bajo el cielorraso descascarado por el abandono.
Igual que ella.
Metíó la llave en la cerradura. Se maldijo por ceder otra vez. Sin embargo algo le decía que no iba a ser igual. El “Tenemos que hablar” que ya había escuchado tantas veces, sonaba más cansado. No era súplica, no. Las súplicas las conocía bien. El tono era definitivo. No le parecía arrepentido sino como derrotado. Si. Era eso. Parecía que él hubiera superado su propia miseria y  la ofreciera  en el altar de vaya a saber qué causa. Algo que iba más allá de ellos dos.
-Soy una pelotuda- pensó y giró la llave hacia la derecha.
Retrocedió un poco y él entró rápido. Quedaron frente a frente. Dos meses no es tanto tiempo, pero igual se examinaron con la mirada. El hombre le pareció más alto con sus pantalones de gabardina azul oscuro y una camisa del mismo color.”Parece recién salido de la fábrica” pensó ella.
“Parece una nena vieja” pensó él al verla más menuda,  en su camisón de linón con florcitas celestes  y de mangas acampanadas con puntillas.
Se habían conocido siete años antes en la fábrica textil. Luisa ya trabajaba en los telares cuando él ingresó. Los compañeros los empezaron a cargar de entrada y ella  no supo  si fue por eso o porque le gustaba cómo hablaba, la cuestión es que se empezó a fijar en él.
Cuando al poco tiempo, la invitó a ir al cine, Luisa ni lo pensó. “Vamos”, fue su respuesta. De ahí en más todo fue rápido. Andrés se mudó a la casita que ella había heredado de sus viejos.
A los dos años más o menos,  y a pesar de que no había sido fácil la convivencia, ella le insinuó lo del casamiento. Con el tiempo se reprocharía tanta ingenuidad, pero en ese momento le pareció que con la libreta en mano iba a empezar otra historia. Una mejor.
-¡Si serás burguesa…!-le había dicho con una sonrisa mientras le acariciaba el pelo.
Él le dio el gusto. Luisa todavía recordaba con cariño los preparativos del casamiento. La ilusión con la que había recorrido  la calle Azcuénaga de punta a punta para  comprar la tela del trajecito rosa que se hizo hacer. La cara de él cuando le consiguió el traje azul para ir al Registro Civil.  La única foto, colgada en la pared del dormitorio, con el peinado batido de ella y el pelo con gomina del novio, que le  mantenía las ondas rebeldes hacia el costado.
La situación cambió, pero no como Luisa lo había imaginado.
A finales de 1970, el clima en la fábrica estaba enrarecido. Habían entrado a trabajar  unos muchachos nuevos. Su marido los admiraba. Se reunía con ellos fuera del trabajo. Llegaba tarde a la casa, no le daba explicaciones. Ella se puso celosa al principio y lo hostigaba por eso. Él siempre había tenido mal carácter pero ahora la trataba con una impaciencia prepotente. Empezó a subestimarla, sobre todo cuando ella se mostraba reticente a escuchar sus argumentos que daban vuelta alrededor de lo mismo.
-Vos no tenés conciencia de dónde estás parada-Le decía con frecuencia pero sin acariciarla.
 Con el tiempo, él ya no le daba explicaciones de nada. Ni siquiera el día en el que ella encontró el arma y casi se muere del susto.
Cuando los echaron del trabajo, Luisa se desesperó. El marido no se inmutó. Por un tiempo siguió trayendo plata.  A veces pasaba muchos días sin volver a la casa. Si ella se ponía pesada, él terminaba la discusión con un buen empujón y vuelta a irse.
El día que la mujer amenazó con denunciarlo, recibió la primera paliza.
Ella lo había dicho por decir, por supuesto. Además no sabía a ciencia cierta en lo que estaba metido. No es que no tuviera indicios. Aunque no había terminado el secundario, tampoco era tonta. La cuestión es que no se quería involucrar más de lo que ya estaba.
Tenía que buscar trabajo.  Entró  en un taller de costura. Ganaba menos que antes;  no le importaba. Estaba ocupada y no dependía de él y sus largas ausencias.
Durante el último año y medio, había aparecido poco y nada.  La última vez que lo vio, tenía la cara curtida por el sol y con cortes mal curados. Estaba flaco y demacrado. El monte tucumano le dolía en todo el cuerpo.
Ella, envalentonada, lo recibió con un “esto no es un aguantadero”.
 Él  le contestó con un golpe tremendo, cobarde, incomprensible,  que la desparramó por el piso. Luisa volvió a sentir el miedo que nunca había perdido  y  cuando temió que seguiría la paliza, su marido simplemente se fue.
 Ahora volvía.
Entraron en la cocina. La mesa redonda y las cuatro sillas alrededor. El mantel de hule colorido. La pavita enlozada de color naranja. El hombre miraba como  si estuviera reviviendo un recuerdo querido. Comparaba este ambiente sencillo y cálido con las casas que servían de entrenamiento y refugio. Lugares impersonales de los que muchas veces había que salir trepando por los techos vecinos con lo puesto. No pudo menos que sonreír.
La mansedumbre de Luisa se adivinaba en el orden y en los detalles sencillos como la agarradera tejida al crochet. Esa maldita mansedumbre que lo sacaba de sus cabales y lo había enfurecido tantas veces.
Se sentó. Necesitaba empezar a hablar de lo que le estaba pasando. Sin embargo, un silencio incómodo se instaló entre ambos.
 Al rato él dijo como al pasar:
-No cambiaste nada por acá.
-¿Y qué querés que cambie? ¿Te parece que hay poco quilombo por todos lados? Doy gracias que me puedo mantener. El que quiere cambiar el mundo sos vos.- Luisa se escuchó a sí misma y casi no se reconoció.
Andrés bajó la mirada. No tenía ganas de seguirle la corriente. Se preguntaba qué era lo que había ido a buscar a esa casa que nunca sintió verdaderamente como suya. La pasividad desarmó a Luisa, quien estuvo tentada de abrazarlo. Un freno invisible hecho de rencor le impidió hacerlo.
Al final, apartó una silla y se sentó frente a él. Empezó a doblar con obsesión un repasador con motivos navideños.
El hombre sintió que todo era inútil y sin conciencia verdadera del momento que estaban viviendo, dijo:
-¿Sabés lo que más me jodía de todo?
-¿Cuándo?- respondió ella como desorientada.
-La sed.
-¿Qué? Bueno…-titubeó Luisa.- Tengo las sidras que me dieron en el taller por las Fiestas.  Abrimos una- Se puso de pie como si hubiera recibido una orden.
Aturdida, la mujer se acercó a  la heladera.
Una sirena lejana sacó al hombre de su letargo y le tensó los músculos de la cara.
El ruido se fue extinguiendo y entonces él le volvió a bajar  la guardia.
- Dame que yo la destapo.
Sirvió en dos vasos que ella puso sobre la mesa,  de esos baratos y  gruesos que se compran en los bazares de barrio, entre los escobillones y las palitas para la basura.
La sidra estaba dulce y fresca. Ellos la bebieron en silencio. Sabían que estaban firmando  una paz  debilucha y mentirosa.
-¿Y cómo…?-la mujer intentó iniciar la conversación.
-No va a durar mucho, esto no da para más.-Él la miró fijo como para obligarla a entender definitivamente. Deseó que ella le dijera “Si, ya sé, te entiendo y te admiro y acá estoy para curarte las heridas y te sostengo y sos el hombre que soñé y en vos están todos los hombres que van a salvar a este país. Yo estoy con ustedes en esto”.
En cambio, a ella le salió un: “¿Abrimos otra?”
 Y a él le vinieron  unas  ganas de putearla y de llorar, y otra vez como tantas veces tuvo el impulso de pegarle a ver si despertaba pero sin embargo se despachó con un: “Bueno”.
Siguieron tomando y a los dos los invadió una pesadez bonachona y un deseo de tocarse como antes.
 Sin embargo, se dejaron  estar en ese puro presente que los absolvía del pasado.
Descorcharon la tercera botella y ya era reírse de algún recuerdo que ni siquiera estaban seguros de haber vivido juntos.
El hombre miró el reloj de la pared: las tres de la mañana.
-Me van a fusilar- pensó y sonrió por la ocurrencia.
Se paró vacilante.
-¿No te quedás? Preguntó Luisa desde la confusión producida por el alcohol.
-No, te dije que va a pasar algo grande.
-¿Vas a volver?
-Claro- contestó pensando que tanta seguridad tal vez despertaría algo de emoción en su mujer.
-Entonces, brindemos por la vuelta…-Dijo ella.
-No;  brindemos por la victoria.
Se fue, como tantas veces. Feliz, como nunca.
Faltaban tres días para Nochebuena.
Luisa se quedó en la cocina mirando la mesa con las botellas vacías y los vasitos de entrecasa. Tuvo el impulso de ordenar todo como había ordenado  su mundo doméstico: la realidad del despertador a las cinco de la mañana, colectivo  lleno y a fichar. La vida que la había separado del tipo que vino a despedirse.
 No lloró, sin embargo.
 Tampoco lo hizo cuando el miércoles  24 de diciembre  buscó su nombre como loca en los diarios que relataban el enfrentamiento en el cuartel.
 Andrés, en cambio, mientras estaba tirado boca arriba, mirando el cielo oscurecido por el humo de Monte Chingolo, no pensaba en ella.
El ruido de los  huesos crujiendo al paso de los tanques no lo atormentaba tanto como la idea de terminar así, abrasado otra vez por la sed.







lunes, 28 de noviembre de 2016




Ni siquiera los muertos están muertos.
Diseminados sus miembros pero no inertes,
crispados más bien.
Libres de polvo ¿Quién podrá sepultarlos?
Están los gritos y también el relincho y el mugido,
que replican en nosotros
el sofocón ardiente y luminoso que llega desde el cielo.
Plegarias que a fuerza de silencio
traspasan los límites
y ruedan  por el mundo;
a diferencia de las manos
que se han quedado acunando,
y de los puños, que olvidaron la derrota
y auguran la vida.
Los despojos nos interpelan aún.
Ni siquiera están muertos.




jueves, 20 de octubre de 2016



Presentación del libro "Al otro lado del mundo", una antología donde figura mi cuento "Terremoto en Buenos Aires". 





¡Gracias editorial Dunken !










 

sábado, 1 de octubre de 2016

CARTONERA





Tira de su carro
Y solo ve,
pálido, el cartón
que la ayudará a comer

Tira y  todo esquiva,
con pudor.
Ella sabe que murmuran
de su ropa sin color.

Calles y  peligros
que se mezclan con su sed.
Rabia contenida
que no logra resolver.
Nunca hubo otro infierno
que se vea tan natural,
fundirse en sus sombras
y esperar.

Tira y a la villa va a volver.
Suburbio intranquilo
detrás del atardecer.
Un arroyo denso,
unos ladridos
Después un silencio tenso
bajo un cielo ensombrecido.
Refugio escondido
que la separa del frío.
De los que la ignoran
o la hieren sin motivo.
Porque sienten miedo
como cuando grita el tero,
que hace ruido
solo por cuidar su nido.

Tira y a la villa va a volver.
Suburbio intranquilo
detrás del atardecer.
Un arroyo denso,
unos ladridos
Después un silencio tenso
bajo un cielo ensombrecido.
Refugio escondido
que la separa del frío.
De los que la ignoran
o la hieren sin motivo.
Porque sienten miedo
como cuando grita el tero,
que hace ruido
solo por cuidar su nido.


lunes, 12 de septiembre de 2016

El fin de la gauchada.



Rosales andaba por un montecito de algarrobos oscuros cuando vio venir desde lejos el auto plateado. No salió aunque sabía lo que iba a pasar; es más, se escondió y enfiló con el caballo para el lado opuesto al camino.
 El auto se hamacaba en la superficie inestable de barro hasta que en un momento  perdió el rumbo y se deslizó  hacia la cuneta inundada. La trompa se hundió mansamente. El agua le llegó justo hasta el parabrisas y las dos ruedas de atrás quedaron en el aire, pero Rosales ya no veía la escena porque lejos de ahí, se dedicaba a juntar las vacas que con pereza se movían entre  las liebres color miel que andaban a los saltos, en total libertad.  Iba arreando el ganado por los potreros, abriendo y cerrando tranqueras, con movimientos certeros pero desganados.
Miró el sol otoñal que caía  sobre las lagunas que rodean al río Salado. ¿Por qué le prestaba tanta atención si había crecido en comunión con ese cielo que a la hora del atardecer se teñía de grises y rosas, para dar luego lugar al azul profundo? Y aunque no pudiera ponerlo en palabras, él sabía que era una de las últimas veces  que podría observarlo sin tener que dar testimonio de nada, solo mirarlo e hincharse los ojos de belleza pura, nunca igual, y sentirse satisfecho y dueño de si mismo, como los teros y las lechuzas.
Anduvo toda la tarde ocupado en sus labores. Empezaba a refrescar cuando encaró despacio el regreso al casco de la estancia; la casa grande que estaba por convertirse en hotel. La misma que había sido confiscada por Rosas en tiempos de los Libres del Sur y vendida después a un escocés y después a un vasco y así de generación en generación. Todavía mantenía la dignidad de los edificios coloniales, de una sola planta, ventanas generosas, paredes anchas y sólidas. No tenía el lujo de los palacetes de estilo francés que se edificarían más tarde pero tenía la nobleza de las primeras estancias de la zona y de sus dueños. Los que se habían atrevido a enfrentar al Restaurados de las Leyes y a los degolladores, dejando en la miseria a sus deudos.
 La estancia cambiaba de nombre y de destino. Ya no se dedicaría al  engorde de esas vaquitas que, aunque ajenas, habían sido toda la vida de Rosales.
Ahora iban a sembrar soja. La empresa que vendía las semillas se encargaría de todo. Él ya lo había visto en otras propiedades. Un silencio de sepulcro en los campos eternamente verdes,  interrumpido  solamente por el ruido de  las avionetas que fumigaban y mataban todo lo que creciera sin permiso de los gringos, sus patentes y  sus ingenieros.
¿Para qué necesitarían peones si hasta las cosechadoras se alquilaban y listo?
Es cierto que le habían ofrecido quedarse y atender a la gente que se alojaría en la casa grande. También estaban los otros dormitorios, un poco apartados, unidos por una galería que daba al parque central  y en la que había bancos de madera y canastos con troncos de quebracho para alimentar las salamandras.
-Vamos hombre, piénselo.-le había dicho el patrón.
 Y él lo había pensado. Demasiado. Sobre todo desde que se había quedado solo y el día era eterno y no tenía más remedio que imaginar cómo sería su vida, como acomodarse a la nueva situación.
-El asado me gusta hacerlo para mí- fue la respuesta cortante y definitiva.
-Usted sabrá.
El patrón tampoco tenía voluntad de andar rogando.
Ya era de noche cuando Rosales, después de encerrar el ganado, venía al trotecito por la entrada enmarcada por eucaliptus que se erguían en disciplinadas hileras hacia lo alto.  Iba a rodear la casa hacia el fondo, cerca de la caballeriza, donde estaban las piezas del personal que había sabido ser numeroso.
Fingió sorpresa cuando vio al contador sentado en el piso de mosaicos blancos y negros, con la espalda apoyada en la puerta de madera maciza de la entrada principal. Lo vio  incorporarse  con el traje embarrado. Estaba maltrecho y furioso. Se tomaba la frente con un pañuelo ensangrentado.
-¡Pero, digame!,¿ no le avisaron que yo venía hoy?-
-Buenas noches, doctor-Rosales ni siquiera se bajó del caballo- No señor, no me han dicho nada.
-¿No le anda el celular? Lo estuve llamando toda la tarde- Se notaba que el contador estaba haciendo un esfuerzo para no insultarlo.
-Es que casi nunca hay señal por acá- Movía la cabeza con gesto ingenuo.
-Escúcheme, no sabía que el camino estaba tan malo. Tuve un accidente. Venía con mi auto,  perdí el control y me caí a una zanja.
-¿Pero dónde fue eso?- Rosales disfrutaba el momento.
-Como a tres kilómetros de la salida de la ruta.
-¿Y no lo pudo sacar?
-Gracias que pude salir yo.-el contador estaba cansado y dolorido. –Había quedado con el dueño en que esta noche me alojaba acá porque mañana tenemos una reunión muy importante. ¿Cómo, no le avisaron?
-Y no, el patrón está atareado con tanto cambio.
-Escúcheme, vamos a tratar de sacar el auto.
-¿Ahora?  No se puede. Mañana tendrá que ser- la expresión del peón tenía una falsa tranquilidad.
-Si, claro, ahora no se ve nada. Tiene razón-  hizo un esfuerzo por calmarse.- ¿Puede abrir la puerta así me lavo esta herida y me cambio?
-¿De la casa grande?- Rosales seguía interpretando su papel.
-SI, claro.
-Pero no me dejaron la llave.
-¡Cómo que no tiene llave! ¿Dónde me voy a quedar esta noche?- Ahora si el contador estaba al borde del llanto.
-y….le dije que el patrón anda medio mareado.
Los dos hombres se quedaron en silencio.
Rosales, dueño de la situación, dijo al fin:
-Si quiere, se puede acomodar por esta noche en una de las piezas de los peones, total, están todas vacías.
-Le agradezco. Mañana, cuando venga el dueño, se irá aclarando el panorama
-Si usted lo dice, doctor, será así nomás. Tiempos jodidos, doctor, tiempos jodidos.
Rosales siguió derecho con el caballo hacia el fondo donde estaba su pieza. Le quedaban unas pocas cosas para embalar.  




     Samanta Schweblin  Una escritora argentina  que arrasa en el mundo      Querida Samanta Schweblin:   Ignoro si alguna vez buscaste ...