sábado, 24 de diciembre de 2016
lunes, 19 de diciembre de 2016
La sed.
"Hoy vas a entrar en mi pasado..."
Enrique Cadícamo.
Le había dicho al sargento de su escuadra que tenía que
despedirse.
Era uno de los mayores y tenía experiencia en combate. Hizo
valer esos antecedentes.
Su superior lo autorizó. ¡Qué locura! No se sabe quién de los dos fue
más boludo.
Andrés (de aquí en adelante se usará su nombre de guerra), se
estaba preparando en una casa operativa
desde hacía varias semanas.
Su misión era manejar
uno de los camiones.
A pesar de su
compromiso, venía dando muestras de cansancio, de distracciones que ponían en
peligro a los otros.
Al principio
demostraba carácter y animaba a los más jóvenes, pero últimamente se le acababa
la paciencia, la convicción; o tal vez
no. Tal vez solamente necesitaba estar cerca de Luisa aunque fuera por un rato.
Quién sabe.
Lo cierto es que se
acercó de noche a la casa de la calle Mitre, su casa, qué locura. Si sabía que
los estaban acorralando. Sabía que estaban cayendo como moscas y que no todos
aguantaban. Se les había ido la doctrina a la mierda. Tanto entrenamiento y
resulta que no pasaban la primera noche sin largar todo. Había excepciones pero
no eran muchas.
Igual, Andrés pidió ir a su casa, a ver a Luisa.
Obvio que no era el
único al que se le atragantaba el llanto antes de dormir.
¿Quién carajo habrá inventado la Navidad?
Fue con uno de los autos robados y con documentos falsos.
Tenía tres juegos con nombres diferentes.
Manejó por calles solitarias para evitar puestos de control
de la policía. Dio varias vueltas antes de estacionar. Tenía que estar seguro
de que no lo seguían. Apagó el motor y esperó. Nadie por ningún lado.
Le pareció tan triste el barrio. O el triste era él. En las reuniones sobre autocrítica le
machacaban con lo de la moral alta. Le venían pidiendo demasiado.
Reaccionó y miró para el frente de la casa. Todas las luces
apagadas.
Bajó del auto tratando de no hacer ruido.
Intentó abrir la puerta con su llave pero no pudo. ¿Habían
cambiado la cerradura?
Insistió pero fue inútil. Se dio cuenta que lo empezaba a
ganar la ira. Otra vez.
Pero ¿para qué volvía
si las cosas con Luisa estaban mal desde hacía mucho tiempo? Últimamente no se podía controlar, se
enfurecía y no dejaba de pegarle.
¿Qué tipo de cobardía le permitía manejar un camión con explosivos y al mismo
tiempo castigar a su mujer? Se negaba a
pensar en eso, como negaba el menosprecio por las mujeres de su grupo.
-Falta poco, compañeros. La ofensiva contra el enemigo será
definitiva- había dicho uno de los comandantes.
Tenía que ver a Luisa.
Ella había escuchado el ruido de las llaves desde la cama. Su
habitación daba a la calle y a pesar que hacía dos meses que su marido no
andaba por la casa, siempre estaba alerta.
Le tenía miedo. Al saberlo cerca
se le despertaban todas las fibras del cuerpo que tenían memoria de los gritos,
los insultos, los golpes. Esta vez estaba entera, no la iba a joder nunca más.
Saltó de la cama a la cocina donde estaba el teléfono para pedir ayuda.
No obstante dudó. Aunque no tenía certeza y no quería tenerla, intuía que él ya estaba
marcado. “En todo caso va a ser una cuestión de tiempo”, se dijo a sí misma
mientras dejaba el teléfono y cruzaba, descalza, el breve pasillo de mosaicos
grises que separaba la cocina de la entrada.
-¿Qué querés?
-Luisa…yo…abrime -susurró el hombre.
-¿Para qué?
-Tenemos que hablar.
La mujer apoyó la frente en la puerta de chapa y se
reconfortó con la frescura del contacto. La casita hervía bajo el cielorraso
descascarado por el abandono.
Igual que ella.
Metíó la llave en la cerradura. Se maldijo por ceder otra
vez. Sin embargo algo le decía que no iba a ser igual. El “Tenemos que hablar”
que ya había escuchado tantas veces, sonaba más cansado. No era súplica, no.
Las súplicas las conocía bien. El tono era definitivo. No le parecía
arrepentido sino como derrotado. Si. Era eso. Parecía que él hubiera superado
su propia miseria y la ofreciera en el altar de vaya a saber qué causa. Algo
que iba más allá de ellos dos.
-Soy una pelotuda- pensó y giró la llave hacia la derecha.
Retrocedió un poco y él entró rápido. Quedaron frente a
frente. Dos meses no es tanto tiempo, pero igual se examinaron con la mirada.
El hombre le pareció más alto con sus pantalones de gabardina azul oscuro y una
camisa del mismo color.”Parece recién salido de la fábrica” pensó ella.
“Parece una nena vieja” pensó él al verla más menuda, en su camisón de linón con florcitas
celestes y de mangas acampanadas con
puntillas.
Se habían conocido siete años antes en la fábrica textil.
Luisa ya trabajaba en los telares cuando él ingresó. Los compañeros los
empezaron a cargar de entrada y ella no
supo si fue por eso o porque le gustaba
cómo hablaba, la cuestión es que se empezó a fijar en él.
Cuando al poco tiempo, la invitó a ir al cine, Luisa ni lo
pensó. “Vamos”, fue su respuesta. De ahí en más todo fue rápido. Andrés se mudó
a la casita que ella había heredado de sus viejos.
A los dos años más o menos,
y a pesar de que no había sido fácil la convivencia, ella le insinuó lo
del casamiento. Con el tiempo se reprocharía tanta ingenuidad, pero en ese
momento le pareció que con la libreta en mano iba a empezar otra historia. Una
mejor.
-¡Si serás burguesa…!-le había dicho con una sonrisa mientras
le acariciaba el pelo.
Él le dio el gusto. Luisa todavía recordaba con cariño los
preparativos del casamiento. La ilusión con la que había recorrido la calle Azcuénaga de punta a punta para comprar la tela del trajecito rosa que se
hizo hacer. La cara de él cuando le consiguió el traje azul para ir al Registro
Civil. La única foto, colgada en la
pared del dormitorio, con el peinado batido de ella y el pelo con gomina del
novio, que le mantenía las ondas
rebeldes hacia el costado.
La situación cambió, pero no como Luisa lo había imaginado.
A finales de 1970, el clima en la fábrica estaba enrarecido.
Habían entrado a trabajar unos muchachos
nuevos. Su marido los admiraba. Se reunía con ellos fuera del trabajo. Llegaba
tarde a la casa, no le daba explicaciones. Ella se puso celosa al principio y
lo hostigaba por eso. Él siempre había tenido mal carácter pero ahora la
trataba con una impaciencia prepotente. Empezó a subestimarla, sobre todo
cuando ella se mostraba reticente a escuchar sus argumentos que daban vuelta
alrededor de lo mismo.
-Vos no tenés conciencia de dónde estás parada-Le decía con
frecuencia pero sin acariciarla.
Con el tiempo, él ya
no le daba explicaciones de nada. Ni siquiera el día en el que ella encontró el
arma y casi se muere del susto.
Cuando los echaron del trabajo, Luisa se desesperó. El marido
no se inmutó. Por un tiempo siguió trayendo plata. A veces pasaba muchos días sin volver a la
casa. Si ella se ponía pesada, él terminaba la discusión con un buen empujón y
vuelta a irse.
El día que la mujer amenazó con denunciarlo, recibió la
primera paliza.
Ella lo había dicho por decir, por supuesto. Además no sabía
a ciencia cierta en lo que estaba metido. No es que no tuviera indicios. Aunque
no había terminado el secundario, tampoco era tonta. La cuestión es que no se
quería involucrar más de lo que ya estaba.
Tenía que buscar trabajo.
Entró en un taller de costura.
Ganaba menos que antes; no le importaba.
Estaba ocupada y no dependía de él y sus largas ausencias.
Durante el último año y medio, había aparecido poco y
nada. La última vez que lo vio, tenía la
cara curtida por el sol y con cortes mal curados. Estaba flaco y demacrado. El
monte tucumano le dolía en todo el cuerpo.
Ella, envalentonada, lo recibió con un “esto no es un
aguantadero”.
Él le contestó con un golpe tremendo, cobarde,
incomprensible, que la desparramó por el
piso. Luisa volvió a sentir el miedo que nunca había perdido y
cuando temió que seguiría la paliza, su marido simplemente se fue.
Ahora volvía.
Entraron en la cocina. La mesa redonda y las cuatro sillas
alrededor. El mantel de hule colorido. La pavita enlozada de color naranja. El
hombre miraba como si estuviera
reviviendo un recuerdo querido. Comparaba este ambiente sencillo y cálido con
las casas que servían de entrenamiento y refugio. Lugares impersonales de los
que muchas veces había que salir trepando por los techos vecinos con lo puesto.
No pudo menos que sonreír.
La mansedumbre de Luisa se adivinaba en el orden y en los
detalles sencillos como la agarradera tejida al crochet. Esa maldita
mansedumbre que lo sacaba de sus cabales y lo había enfurecido tantas veces.
Se sentó. Necesitaba empezar a hablar de lo que le estaba
pasando. Sin embargo, un silencio incómodo se instaló entre ambos.
Al rato él dijo como
al pasar:
-No cambiaste nada por acá.
-¿Y qué querés que cambie? ¿Te parece que hay poco quilombo
por todos lados? Doy gracias que me puedo mantener. El que quiere cambiar el
mundo sos vos.- Luisa se escuchó a sí misma y casi no se reconoció.
Andrés bajó la mirada. No tenía ganas de seguirle la
corriente. Se preguntaba qué era lo que había ido a buscar a esa casa que nunca
sintió verdaderamente como suya. La pasividad desarmó a Luisa, quien estuvo
tentada de abrazarlo. Un freno invisible hecho de rencor le impidió hacerlo.
Al final, apartó una silla y se sentó frente a él. Empezó a
doblar con obsesión un repasador con motivos navideños.
El hombre sintió que todo era inútil y sin conciencia
verdadera del momento que estaban viviendo, dijo:
-¿Sabés lo que más me jodía de todo?
-¿Cuándo?- respondió ella como desorientada.
-La sed.
-¿Qué? Bueno…-titubeó Luisa.- Tengo las sidras que me dieron
en el taller por las Fiestas. Abrimos
una- Se puso de pie como si hubiera recibido una orden.
Aturdida, la mujer se acercó a la heladera.
Una sirena lejana sacó al hombre de su letargo y le tensó los
músculos de la cara.
El ruido se fue extinguiendo y entonces él le volvió a
bajar la guardia.
- Dame que yo la destapo.
Sirvió en dos vasos que ella puso sobre la mesa, de esos baratos y gruesos que se compran en los bazares de
barrio, entre los escobillones y las palitas para la basura.
La sidra estaba dulce y fresca. Ellos la bebieron en
silencio. Sabían que estaban firmando una
paz debilucha y mentirosa.
-¿Y cómo…?-la mujer intentó iniciar la conversación.
-No va a durar mucho, esto no da para más.-Él la miró fijo
como para obligarla a entender definitivamente. Deseó que ella le dijera “Si,
ya sé, te entiendo y te admiro y acá estoy para curarte las heridas y te
sostengo y sos el hombre que soñé y en vos están todos los hombres que van a
salvar a este país. Yo estoy con ustedes en esto”.
En cambio, a ella le salió un: “¿Abrimos otra?”
Y a él le vinieron unas
ganas de putearla y de llorar, y otra vez como tantas veces tuvo el
impulso de pegarle a ver si despertaba pero sin embargo se despachó con un:
“Bueno”.
Siguieron tomando y a los dos los invadió una pesadez
bonachona y un deseo de tocarse como antes.
Sin embargo, se
dejaron estar en ese puro presente que
los absolvía del pasado.
Descorcharon la tercera botella y ya era reírse de algún
recuerdo que ni siquiera estaban seguros de haber vivido juntos.
El hombre miró el reloj de la pared: las tres de la mañana.
-Me van a fusilar- pensó y sonrió por la ocurrencia.
Se paró vacilante.
-¿No te quedás? Preguntó Luisa desde la confusión producida
por el alcohol.
-No, te dije que va a pasar algo grande.
-¿Vas a volver?
-Claro- contestó pensando que tanta seguridad tal vez
despertaría algo de emoción en su mujer.
-Entonces, brindemos por la vuelta…-Dijo ella.
-No; brindemos por la
victoria.
Se fue, como tantas veces. Feliz, como nunca.
Faltaban tres días para Nochebuena.
Luisa se quedó en la cocina mirando la mesa con las botellas
vacías y los vasitos de entrecasa. Tuvo el impulso de ordenar todo como había
ordenado su mundo doméstico: la realidad
del despertador a las cinco de la mañana, colectivo lleno y a fichar. La vida que la había
separado del tipo que vino a despedirse.
No lloró, sin embargo.
Tampoco lo hizo cuando
el miércoles 24 de diciembre buscó su nombre como loca en los diarios que
relataban el enfrentamiento en el cuartel.
Andrés, en cambio,
mientras estaba tirado boca arriba, mirando el cielo oscurecido por el humo de
Monte Chingolo, no pensaba en ella.
El ruido de los huesos
crujiendo al paso de los tanques no lo atormentaba tanto como la idea de
terminar así, abrasado otra vez por la sed.
lunes, 28 de noviembre de 2016
Ni siquiera los muertos están
muertos.
Diseminados sus miembros pero no
inertes,
crispados más bien.
Libres de polvo ¿Quién podrá
sepultarlos?
Están los gritos y también el
relincho y el mugido,
que replican en nosotros
el sofocón ardiente y luminoso que
llega desde el cielo.
Plegarias que a fuerza de silencio
traspasan los límites
y ruedan por el mundo;
a diferencia de las manos
que se han quedado acunando,
y de los puños, que olvidaron la
derrota
y auguran la vida.
Los despojos nos interpelan aún.
Ni siquiera están muertos.
domingo, 6 de noviembre de 2016
jueves, 20 de octubre de 2016
sábado, 1 de octubre de 2016
CARTONERA
Tira de su carro
Y solo ve,
pálido, el cartón
que la ayudará a comer
Tira y todo esquiva,
con pudor.
Ella sabe que murmuran
de su ropa sin color.
Calles y peligros
que se mezclan con su sed.
Rabia contenida
que no logra resolver.
Nunca hubo otro infierno
que se vea tan natural,
fundirse en sus sombras
y esperar.
Tira y a la villa va a volver.
Suburbio intranquilo
detrás del atardecer.
Un arroyo denso,
unos ladridos
Después un silencio tenso
bajo un cielo ensombrecido.
Refugio escondido
que la separa del frío.
De los que la ignoran
o la hieren sin motivo.
Porque sienten miedo
como cuando grita el tero,
que hace ruido
solo por cuidar su nido.
Tira y a la villa va a volver.
Suburbio intranquilo
detrás del atardecer.
Un arroyo denso,
unos ladridos
Después un silencio tenso
bajo un cielo ensombrecido.
Refugio escondido
que la separa del frío.
De los que la ignoran
o la hieren sin motivo.
Porque sienten miedo
como cuando grita el tero,
que hace ruido
solo por cuidar su nido.
lunes, 12 de septiembre de 2016
Rosales
andaba por un montecito de algarrobos oscuros cuando vio venir desde lejos el
auto plateado. No salió aunque sabía lo que iba a pasar; es más, se escondió y
enfiló con el caballo para el lado opuesto al camino.
El auto se hamacaba en la superficie inestable
de barro hasta que en un momento perdió el rumbo y se deslizó hacia la cuneta
inundada. La trompa se hundió mansamente. El agua le llegó justo hasta el
parabrisas y las dos ruedas de atrás quedaron en el aire, pero Rosales ya no
veía la escena porque lejos de ahí, se dedicaba a juntar las vacas que con
pereza se movían entre las liebres color
miel que andaban a los saltos, en total libertad. Iba arreando el ganado por los potreros,
abriendo y cerrando tranqueras, con movimientos certeros pero desganados.
Miró el sol
otoñal que caía sobre las lagunas que
rodean al río Salado. ¿Por qué le prestaba tanta atención si había crecido en
comunión con ese cielo que a la hora del atardecer se teñía de grises y rosas,
para dar luego lugar al azul profundo? Y aunque no pudiera ponerlo en palabras,
él sabía que era una de las últimas veces que podría observarlo sin tener que dar
testimonio de nada, solo mirarlo e hincharse los ojos de belleza pura, nunca
igual, y sentirse satisfecho y dueño de si mismo, como los teros y las
lechuzas.
Anduvo toda
la tarde ocupado en sus labores. Empezaba a refrescar cuando encaró despacio el
regreso al casco de la estancia; la casa grande que estaba por convertirse en
hotel. La misma que había sido confiscada por Rosas en tiempos de los Libres
del Sur y vendida después a un escocés y después a un vasco y así de generación
en generación. Todavía mantenía la dignidad de los edificios coloniales, de una
sola planta, ventanas generosas, paredes anchas y sólidas. No tenía el lujo de
los palacetes de estilo francés que se edificarían más tarde pero tenía la
nobleza de las primeras estancias de la zona y de sus dueños. Los que se habían
atrevido a enfrentar al Restaurados de las Leyes y a los degolladores, dejando
en la miseria a sus deudos.
La estancia cambiaba de nombre y de destino.
Ya no se dedicaría al engorde de esas
vaquitas que, aunque ajenas, habían sido toda la vida de Rosales.
Ahora iban a
sembrar soja. La empresa que vendía las semillas se encargaría de todo. Él ya
lo había visto en otras propiedades. Un silencio de sepulcro en los campos
eternamente verdes, interrumpido solamente por el ruido de las avionetas que fumigaban y mataban todo lo
que creciera sin permiso de los gringos, sus patentes y sus ingenieros.
¿Para qué
necesitarían peones si hasta las cosechadoras se alquilaban y listo?
Es cierto
que le habían ofrecido quedarse y atender a la gente que se alojaría en la casa
grande. También estaban los otros dormitorios, un poco apartados, unidos por
una galería que daba al parque central y
en la que había bancos de madera y canastos con troncos de quebracho para
alimentar las salamandras.
-Vamos
hombre, piénselo.-le había dicho el patrón.
Y él lo había pensado. Demasiado. Sobre todo
desde que se había quedado solo y el día era eterno y no tenía más remedio que
imaginar cómo sería su vida, como acomodarse a la nueva situación.
-El asado me
gusta hacerlo para mí- fue la respuesta cortante y definitiva.
-Usted
sabrá.
El patrón
tampoco tenía voluntad de andar rogando.
Ya era de
noche cuando Rosales, después de encerrar el ganado, venía al trotecito por la
entrada enmarcada por eucaliptus que se erguían en disciplinadas hileras hacia
lo alto. Iba a rodear la casa hacia el
fondo, cerca de la caballeriza, donde estaban las piezas del personal que había
sabido ser numeroso.
Fingió
sorpresa cuando vio al contador sentado en el piso de mosaicos blancos y
negros, con la espalda apoyada en la puerta de madera maciza de la entrada
principal. Lo vio incorporarse con el traje embarrado. Estaba maltrecho y
furioso. Se tomaba la frente con un pañuelo ensangrentado.
-¡Pero,
digame!,¿ no le avisaron que yo venía hoy?-
-Buenas
noches, doctor-Rosales ni siquiera se bajó del caballo- No señor, no me han
dicho nada.
-¿No le anda
el celular? Lo estuve llamando toda la tarde- Se notaba que el contador estaba
haciendo un esfuerzo para no insultarlo.
-Es que casi
nunca hay señal por acá- Movía la cabeza con gesto ingenuo.
-Escúcheme,
no sabía que el camino estaba tan malo. Tuve un accidente. Venía con mi
auto, perdí el control y me caí a una
zanja.
-¿Pero dónde
fue eso?- Rosales disfrutaba el momento.
-Como a tres
kilómetros de la salida de la ruta.
-¿Y no lo
pudo sacar?
-Gracias que
pude salir yo.-el contador estaba cansado y dolorido. –Había quedado con el
dueño en que esta noche me alojaba acá porque mañana tenemos una reunión muy
importante. ¿Cómo, no le avisaron?
-Y no, el
patrón está atareado con tanto cambio.
-Escúcheme,
vamos a tratar de sacar el auto.
-¿Ahora? No se puede. Mañana tendrá que ser- la
expresión del peón tenía una falsa tranquilidad.
-Si, claro,
ahora no se ve nada. Tiene razón- hizo
un esfuerzo por calmarse.- ¿Puede abrir la puerta así me lavo esta herida y me
cambio?
-¿De la casa
grande?- Rosales seguía interpretando su papel.
-SI, claro.
-Pero no me
dejaron la llave.
-¡Cómo que
no tiene llave! ¿Dónde me voy a quedar esta noche?- Ahora si el contador estaba
al borde del llanto.
-y….le dije
que el patrón anda medio mareado.
Los dos
hombres se quedaron en silencio.
Rosales,
dueño de la situación, dijo al fin:
-Si quiere,
se puede acomodar por esta noche en una de las piezas de los peones, total,
están todas vacías.
-Le
agradezco. Mañana, cuando venga el dueño, se irá aclarando el panorama
-Si usted lo
dice, doctor, será así nomás. Tiempos jodidos, doctor, tiempos jodidos.
Rosales
siguió derecho con el caballo hacia el fondo donde estaba su pieza. Le quedaban
unas pocas cosas para embalar.
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