miércoles, 17 de abril de 2019

EN TUS BRAZOS




 Habíamos pasado la mañana riendo con los chistes de un cómico de la radio. Nos reímos de la crisis económica, de la deuda externa, del presidente. Sobre todo del presidente.
   Vos me habías elegido una blusa azul francia y unos pantalones de tela ligera con florcitas ocres. Yo quería calzado cómodo, pero  fuiste  terminante: “Nada de pantuflas ─dijiste─ que eso es para gente enferma” . Yo me  puse mis mejores sandalias sin chistar.
   El almuerzo iba a ser un trámite. En realidad, se nos hacía agua la boca al pensar en las masitas con crema pastelera que siempre comprabas para  la hora del mate. Habías invitado a  las mujeres de la familia. A vos te gustaban esos encuentros cómplices. A mí también.
  Los dos platos de sopa humeante reposaban sobre la mesa, pero mis labios se empezaron a poner blancos.  Me llevaste a tu cama. Las piernas me respondieron ágiles como siempre, y eso te tranquilizó. Me acostaste y yo no podía inhalar el aire que vos alborotabas torpemente con mi abanico verde, el más lindo de todos. Y ahí estábamos, como al principio de nuestra historia pero al revés. Ahora era yo la que boqueaba  mientras  vos trazabas figuras raras sobre mi pecho e invocabas ángeles que yo no conocía.  Me desprendí del cuerpo  con suavidad y te vi, hija, arrodillada a mi lado dándome las gracias. Porque tu corazón supo que yo elegí una muerte íntima y luminosa para sellar ese amor tenaz que  todavía nos une.



  

jueves, 21 de febrero de 2019

ROSAS AMARILLAS



   ¡Qué país generoso, viejo! Ni pagando conseguís que te hagan bien las cosas.  Mirá que les dije a los pelotudos del salón que el malbec no iba en la heladera. Probalo, esta frío. Y las minas que sirven  arrastran los pies, fijate,  parecen las azafatas del tren fantasma. Yo pago, loco, lo que me piden, por la guita no hay problema. Quería para Norma lo mejor de lo mejor. Cincuenta años cumple, y treinta que estamos juntos. ¿Viste los ramos de rosas amarillas que hay por todos lados? Ni se lo esperaba, hasta en los baños hay.  Cuando nos juntamos y nos fuimos a vivir  a Grand Bourg, lo primero que hizo fue plantar rosales amarillos alrededor de la prefabricada ¿Te acordás de eso? Ella no quería festejar pero yo insistí y les dije a los chicos que la convencieran. Se lo merece, fue una gran compañera pero ahora está retobada.  Viste cómo son. Les das todo, porque vos sabés que yo le doy lo que me pide. La tengo como a una reina. Vos conocés mi casa. Un palo verde viejo, eso me la tasaron. Vive como  una gran señora, nunca laburó ni nada. Lo único que le pido es que no me rompa las pelotas, hermano, y ni así podés estar tranquilo. Espero que el maitre no haya entendido al revés y sirva el Chandon tibio…éste es capaz.  Norma vivió siempre sin tener que preocuparse por la guita.  Nunca le pedí nada, cuando la conocí le dije “vos tenés que estar siempre arreglada porque así cuando paso a buscarte no te tengo que esperar” Era la época en que yo manejaba el camión. ¡Cómo laburaba entonces!  Anduvimos por toda la Argentina.  Ella me acompañó muchas veces, parábamos en hoteles de mala muerte sobre la ruta.  Después ya sabés, lo del sindicato y eso. Pero a ella nunca le faltó nada. Hace poco se me paró de manos. Norma digo. Si, decía que quería irse al departamento de Punta del Este a vivir sola, que quería hacer algo por ella misma. ¡Qué la reparió! ¿Y qué carajo hizo hasta ahora?  Cuatro hijos tuvimos. Si eso no es hacer algo en tu vida, no sé…Fijate ese mozo, casi se prende fuego él en vez de prender la pata de cerdo, qué boludo.  Le di plata para  que se comprara el vestido más caro, uno que la levantara un poco, como a las pendejas ésas, ¡Qué buenas que están! y mirá lo que se puso, parece una viuda. Me lo hace a propósito. Me provoca y yo entro siempre como un caballo. Antes de recibir a los invitados la fui a ver a la suite de arriba,  y me estaba esperando con ese vestido de mierda, todo negro, abotonado hasta el gañote. Era la viva imagen de la parca. Me agarró la tanada y la zamarreé un poco, nada, de la bronca, y mirá la cara de culo que tiene ahora. Ni me acerco a brindar, que brinde con los hijos. El otro día me amenazó con contar lo que sabe. Lo debe haber sacado de alguna serie de esas que mira en la tele. Lo que sabe. ¡Debe creer que sabe mucho la muy forra! Es así, viejito, gasté una fortuna al pedo.




lunes, 21 de enero de 2019

 

EL ATUENDO DE UN MUERTO INVISIBLE


La doctora llegó temprano a la salita del barrio. La señora de la limpieza estaba subida arriba del escritorio tratando de colgar unas cortinas de color lila. Si uno las miraba de lejos, y obviaba ciertas partes más descoloridas que otras, había que reconocer que  los arabescos bordados le aportaban una sobria elegancia al ventanuco del consultorio.
   ¡Cuidado, qué se va a matar! Le advirtió la doctora.
   ¡Qué va doc! Ya está. ¿Usted  se quejaba de que se veía todo para afuera? ¡Dios aprieta pero no ahorca doctorcita!  Las donó una señora de la parroquia. Las trajo ayer dijo la mujer mientras bajaba del escritorio.
   ¡Pero quedan cortas!
   Me extraña doc, ¡A caballo regalado, no se le miran los dientes!
   La doctora asintió con la cabeza y sonrió. La frase le recordó  el día en que su madre, bajo el marco de la puerta del ranchito  en el que vivían,  a contraluz y con un paquete desmayado en los brazos, le había parecido la imagen viva de La Pietá  de Miguel Ángel. 
  Tomá, ayudame le había dicho  a la hija.
  ¿Qué es?
  Abrilo vos.
    La chica había puesto el  paquete  prometedor sobre la cama. Era de papel madera, estaba unido en los extremos con alfileres que tenían  bolitas de color en las puntas. Lo habían armado en la tintorería con paciencia oriental. La piba había sacado los alfileres con cuidado y los había puesto todos juntos en un cenicero de lata con la propaganda de aperitivo Gancia.  Había apartado las hojas del papel y allí estaba el blazer de pana negra, estiradito y con las mangas cruzadas  por delante. Parecía el último atuendo de un muerto invisible.
  ¿Es cómo el que vos querías, no? Se había entusiasmado la madre.
   había dicho la chica mientras lo desabotonaba. Con evidente decepción había agregado, ¡Tiene la marca de la plancha !
  Fijate, está nuevo, es una pena no usarlo. Aparte que uno lo usa de noche cuando todos los gatos son pardos ¿Quién se va a andar fijando? ¡Probátelo, probátelo! Las mangas justitas, el talle, el largo.  Y es negro, combina con todo. Viene bien para media estación. Lástima la marca de la plancha. Justo adelante. Pero si llevás la cartera medio de costado, la tapás. ¿Ves? así. Tendrías que tener una cartera con las tiras más largas. Tengo una tejida al crochet aunque me parece que no pega. Pero bueno, a caballo regalado no se le miran los dientes. Era de la hija de la patrona. Como no sabe nada de nada, lo quiso alisar y le apoyó la plancha re caliente así nomás, sobre la tela.
    Qué boluda.
   Y así fue como el blazer de pana pasó a integrar la lista de los objetos averiados  que madre e hija atesoraban a pesar de su inutilidad, como  la licuadora con el vaso rajado o la lámpara de pie que se torcía igual que una jirafa melancólica.
  Al lado de todo eso, la cortina le pareció a la doctora un verdadero primor.




viernes, 30 de noviembre de 2018

ACTO PÚBLICO










    El mes de marzo se empecinaba en alargar el sofocón de ese verano húmedo. Los maestros se estacionaban obedientes en la escalera de acceso al Consejo Escolar. La oficina propiamente dicha era muy estrecha, razón por la cual la gente debía esperar el inicio del acto público en la escalera de acceso. Si no hubiera sido porque la luz era muy mezquina, se habrían ido enterando de las novedades publicadas en las fotocopias que jalonaban la pared. Pero como nadie veía nada, no había más remedio que preguntarle ─una vez arriba─ al empleado de la mesa de entrada que al mediodía ya estaba harto y contestaba cualquier cosa. La señorita Mabel se había acercado al Consejo con la ilusión de conseguir una suplencia larga en alguna escuela “potable” como le gustaba decir. Todavía no era titular, por lo tanto aceptaba penosamente ese manoseo al que debía someterse: la fila ordenada en la escalera, los retos como si fueran chicos, los empujones cuando llegaba cerca del mostrador, el tortuoso seguimiento del listado, las impugnaciones de los que estaban más desesperados que ella por un trabajo.
    Ese día el acto público se venía desarrollando con bastante fluidez. Había una inspectora con mucha experiencia que allanaba las dificultades y cortaba de raíz los conatos de discusión. La señorita Mabel estaba cuarta en el listado. Había una escuela que le interesaba y como estaba a mitad de la escalera, es decir, bastante lejos del sancta sanctorum donde se otorgaban los cargos, intentaba agudizar el oído para dar el presente en cuanto la nombraran. Todos estaban en la misma, por lo tanto habían bajado prudentemente la voz. Salvo Cassiroto, el más conocido de los profesores de música del distrito.
    ─¡Más fuerte, desde acá no se oye! ─vociferaba desde su lugar en la fila.
     Nadie se explicaba qué hacía buscando trabajo si ya tenía edad suficiente como para jubilarse. Cargaba con el sambenito de muchos docentes varones del área de artística, es decir, se  lo consideraba un perverso en potencia. Nunca había tenido ninguna denuncia por abuso ni nada parecido, pero la gente lo esquivaba si podía. La señorita Mabel no podía. Lo tenía pegado a ella en la escalera oscura. Como era alto y flaco, a pesar de que estaba en escalón más abajo, ella sentía el calor de su aliento justo en la nuca. Reprimió las ganas de darse vuelta y decirle algo. Se aguantó, tampoco podía moverse. Trató de despegarse todo lo que pudo, de tal suerte que la mujer que estaba un escalón arriba agarró la cartera con las dos manos y le hizo notar su incomodidad. Mabel estaba cercada. La respiración del hombre se hizo más sutil. No era evidente para nadie, salvo para ella. Las exhalaciones de Cassiroto producían un arrullo que al pasar por su glotis semi cerrada  creaba un clima de intimidad ajeno a los demás. La mujer lo ignoró todo lo que pudo, pero, a los pocos minutos su propio ritmo respiratorio se acopló al de su eventual compañero de ruta. El flujo sanguíneo se saturó de hormonas y el bienestar se expandió, ligero, por todo su cuerpo.  El hálito tibio del profesor la envolvió en la frescura de la menta. La rigidez de su espalda fue  cediendo y el cuello se acomodó en una posición relajada. La cabeza descendió levemente. El cuero cabelludo de la señorita Mabel se distendió bajo el efecto de un  masaje etéreo. Ella entrecerró  los ojos para entregarse mansamente a la delicia del roce.
   ─Número cuatro en el listado: Mabel Adriana Argucedo.¡ Argucedo! ¡Argucedooo! ─ El eco de la voz de la inspectora resonaba en la escalera.
  La señorita Mabel sintió un estremecimiento repentino en la boca del estómago y, temiendo no llegar a tiempo al llamado, acometió a los codazos haciéndose paso entre los asistentes al acto público.



     Samanta Schweblin  Una escritora argentina  que arrasa en el mundo      Querida Samanta Schweblin:   Ignoro si alguna vez buscaste ...