domingo, 14 de mayo de 2017
miércoles, 22 de marzo de 2017
El vaso de vascolet y el mantelito verde manzana.
-¿Te vas a poner a encerar ahora?-el marido apenas esbozó una
queja.
-¿Y cuándo querés que lo haga?-la mujer respondió con
relativa moderación. Era muy temprano para pelear.
-Es que ese olor….-desdobló con cuidado el diario.
-Ojalá tuviera tiempo para desayunar tranquila como
ustedes-la esposa esparcía la pasta anaranjada por el damero blanco y negro del
piso de la cocina.
-¡La leche está muy caliente!-el chico revolvía con su cuchara y mordisqueaba un biscuit.
El olor de la cera vuelve a embriagar a Guzmán mientras
recuerda la escena acodado junto al teclado.
Se ha comprometido a
entregar el diagnóstico inicial de los catorce cursos en los que deberá enseñar Literatura. Las
catorce planillas están llenas de nombres y apellidos a los que intenta
acostumbrarse. El ciclo lectivo recién empieza con su rutina de informes sobre
chicos que aún no conoce.
Él quisiera llevarlos a escribir graffitis con Cortázar, a
que se enamoren con Benedetti en alguna
esquina rota; que se estremezcan con Poe y se conmuevan con los personajes
aparentemente derrotados de Rozenmacher.
Y algún día… Tal vez…
No escribe. Las
planillas siguen ahí, en blanco. Está demasiado aburrido y sabe que eso puede afectar su criterio.
Además, no puede
cambiar la imagen que le llega desde el pasado.
Mira por la ventana: el cielo del lunes es un collage
desganado.
No sabe a ciencia cierta por qué se ha acordado de ese
episodio.
- Qué raro que funciona la mente- se masajea suavemente las
sienes mientras intenta concentrarse en el trabajo.
Sin embargo, vuelve a Ciudadela y a la cocina de su niñez.
La casita era chica y muy prolija. Tanto que desentonaba en
medio de los galpones y los talleres mecánicos por los que se colaba un hollín
pegajoso que tenía la costumbre de aterrizar en su casa, para hacerla rabiar
a la madre.
-Tomá la leche que se enfría- su padre le guiñó el ojo.
-No me gusta el vascolet-el pequeño Guzmán hablaba bajito
para no despertar la furia materna.
-Bueno, dale que te ayudo- el padre se estiró sigiloso para
tomar del vaso y no calculó bien, de modo que la larguísima página de La Nación
desató una pequeña catarata de leche marrón sobre el mantelito verde manzana
con bordes tejidos al crochet.
En ese apartado lugar de Ciudadela, lo que no brillaba estaba
tejido a mano o bordeado de puntillas.
Los dos se miraron conmocionados, el padre cruzó el dedo índice sobre los
labios con energía. Las lágrimas del chico no se animaban a deslizarse por la
cara. El desastre era de tal magnitud
que el hombre solamente atinó a recoger el mantel empapado, envolverlo en el
diario y meter todo el conjunto en su maletín de visitador médico.
-Nos vemos a la noche – llegó a decir el padre que salió casi
corriendo.
La madre siguió
arrodillada refregando el piso. El niño entró en pánico.
Guzmán se levanta y se sirve otro café. Los recuerdos parecen
escurrirse y aunque no son alegres, sonríe. Mientras lo hace, se le ilumina la
cara y vuelve rápidamente a su escritorio.
Los textos ajenos pueden esperar. La burocracia también.
Sus manos se deslizan sobre el teclado como si alguien las
manejara:
”Las persianas se levantaban temprano, lo suficiente para
ventilar los ambientes. El resto del día permanecían bajas para
defender a la familia de la inmundicia del mundo”
Vuelve a mirar por la ventana y ya no le presta atención a los nubarrones. Dos
pibes de guardapolvo blanco que corren en la plaza como si fueran conejitos, lo hacen llorar de felicidad.
miércoles, 22 de febrero de 2017
LOS NI-NI.
El olor a pan tostado inundó su
dormitorio y la despertó.
En el instante confuso en el que se
separó del sueño, cuando los malos presagios atacan la conciencia amargando prematuramente
el día, se acordó de que estaba peleada con su hijo. Por lo tanto no se
levantaría hasta que él se hubiera ido.
Le duraba la bronca. Mejor dicho el
miedo; sí, el miedo a que su hijo no
tuviera futuro. Se ilusionaba con la idea de que esta vez, él fuera a encaminarse.
Tadeo, su compañero ya se había ido a
trabajar muy temprano, como siempre. Era
pintor de obra, de los buenos.
Ella, dolida y enojada como estaba
iba a correr el riesgo de llegar tarde a la óptica con tal de no cruzarse con
el chico. Y eso que llegar tarde a su trabajo era lo último que necesitaba.
El alemán, su patrón, era muy
exigente con los horarios. Bueno, con casi todo. Solamente Dios sabe lo que le
costaba conformarlo. Ella atendía el mostrador
en la óptica, recibía las recetas y
asistía a los clientes que buscaban
marcos para sus anteojos. Con paciencia infinita buscaba en las vitrinas,
tratando de acertar con la forma más adecuada a las caras o intuyendo los
gustos de cada cliente. Lo mismo con los lentes de sol. Nunca entendería cómo
cierta gente pagaba tanto por una marca.
¡ Le había costado tanto conseguir ese
empleo! Empezó haciendo la limpieza y como era observadora y quería progresar,
puso atención en la forma en que atendían las empleadas que iban desfilando y
que se cansaban del régimen disciplinario y las observaciones críticas del
alemán, quien, desde el taller, en la habitación contigua, no se perdía detalle
de lo que pasaba en la parte delantera del negocio. Implacable, el alemán no
perdía oportunidad de indicar lo que se hacía mal, pero también tomaba nota de
los aciertos. Por supuesto que nunca los destacaba. Pero cuando ella tomó
coraje y le insinuó que tal vez podría ocuparse del mostrador, el hombre no
rechazó la idea de entrada y terminó dándole un voto de confianza. Mirta lo
respetaba, después de todo era inmigrante, como ella. Para el alemán, el trabajo
era sagrado y eso los unía.
También ella, siendo una chiquilina,
había dejado su barrio en Asunción para buscar un trabajo en Buenos Aires, ante
la pena de su madrina, quien la había criado con severidad y afecto.
-¿Y esto es Buenos Aires?-dijo cuando
se instaló en la casa de unos parientes.
Y si. Era Buenos Aires, pero no el de
las avenidas con edificios lujosos y vidrieras atrayentes que había visto en
revistas. Era el Gran Buenos Aires, de calles de tierra, veredas de yuyos
altos, paredes sin revocar y perros flacos y queribles que duermen al sol.
Para un inmigrante, casi nada es lo
esperado. Tal vez al alemán le había pasado lo mismo; quien sabe.
Por eso, cuando a los pocos meses de
llegar, supo que iba a tener un hijo, y también supo que lo criaría sola, dejó
de lado toda nostalgia, toda queja, y juró que iba a luchar con toda el alma
por esa sensación que se insinuaba en su vientre, que la llenaba de una alegría
difícil de justificar dada su posición y que vaya a saber por que remota razón
iba a llamarse Kevin.
Había silencio en la cocina. Se
levantó y se cambió rápidamente.
Se hacía tarde, iba a tener que tomar
el colectivo.
Aunque estuviera a doce cuadras de la
óptica, por lo general iba caminando. No porque no pudiera gastar en el
boleto-como en otras épocas-, sino porque era su única oportunidad de hacer
algo de ejercicio. Desde que vivía con Tadeo, hacía ya cinco años, se había
mudado con él cerca de la estación.
El calor de febrero se hacía sentir
así que llegar a la óptica y prender el aire acondicionado fue un verdadero
alivio. La mañana estuvo muy movida. Desde que habían empezado a atender varias
obras sociales, los clientes se habían multiplicado, así que Mirta no tuvo
mucho tiempo para pensar en sus cosas.
“Sus cosas”, es decir, aquello que la
preocupaba, se resumía en el nombre de
su hijo.
La noche anterior le había exigido a los
gritos que buscara una ocupación y que dejara de juntarse con unos chicos que
tenían mala fama en el barrio. Pero esta
vez, él había actuado con mucha violencia. Una violencia que Mirta no entendía,
no merecía y cuyo origen, aunque
evidente, intentaba no reconocer.
-Menos mal que Tadeo no había
llegado- pensó. No quería involucrarlo.
Kevin había cumplido dieciocho años y
después de repetir muchas veces no
podría retomar la escuela secundaria común. Debería ir a una nocturna.
Su madre pensaba que era necesario
tenerlo ocupado, que hiciera algo útil, sacarlo de la calle.
Recurría a conocidos para procurar un
trabajo para él. Por una clienta supo que necesitaban un cadete en un negocio
de telas para tapicería en la calle Bartolomé Mitre, en el Once.
-Si no estás ahí mañana antes de las
nueve, no vuelvas a casa, basura!
Siguió desplegando todo el repertorio
de reproches, de amenazas, de insultos, Todo lo que su impotencia le
dictaba. Se había alterado de tal
manera, que hasta su hijo, a pesar del empujón que le propinó, pareció tomarla
en serio. Tanto como para levantarse temprano al otro día, servirse un vaso de
gaseosa , prepararse una tostada e irse.
Mirta no pudo salir de la óptica
hasta la una. Tenía que volver a las cuatro. Horario de verano.
Cuando por fin llegó a su casa
prendió la radio como siempre mientras se preparaba algo para comer. Su oído,
acostumbrado como estaba a las voces conocidas, notó enseguida que algo pasaba.
Algo muy malo.
-Volvemos al móvil, parece que
aumentó el número de víctimas. –dijo secamente el locutor lejos de su habitual
tono amable.
-¿Víctimas?- repitió Mirta con
curiosidad.
Subíó el volumen como si eso de por sí le proporcionara más
información. La voz del cronista apenas
se escuchaba sobre un fondo de sirenas
y gritos.
Impaciente, cambió de radio. Nuevamente hablaban de muertos y heridos pero
sin explicar el origen. Ya con inquietud, olvidando su almuerzo, siguió
moviendo el dial hasta que escuchó la palabra tren.
Ya no era inquietud; era miedo.
Atinó a prender el televisor.
En el canal de noticias, la pantalla
estaba dividida entre la imagen de un tren incrustado en el extremo del andén y
un zócalo que indicaba: “Decenas de muertos en el accidente de tren del
FF.CC Sarmiento, el choque fue a las
8.33 hs “
Ahora sí, el pánico se dibujaba en el
rostro de Mirta.
En otro canal, imágenes de personas
buscando a sus familiares.
Era el tren que Kevin debía haber
tomado en Merlo para llegar antes de las 9 al negocio de Once.
“¡Si no estás ahí mañana antes de las nueve, no vuelvas a casa, basura!”.
Y entonces imaginó a su hijo cruzando
la avenida rumbo a la estación, ubicándose con dificultad en el andén atestado
de gente y subiendo al tren con su mochila gastada.
Ya no quiso imaginarse más nada. Se
maldijo por esas palabras de la noche anterior, brotadas de la bronca y del amor más profundo.
Sintió que tenía que serenarse. ¿A
quién recurrir? Tadeo no usaba celular y su hijo jamás atendía sus llamadas. Lo
intentó, sin embargo, con el resultado esperado.
La opresión en el pecho la hacía
respirar con dificultad y como una autómata, enfiló para la óptica.
El alemán no volvía a su casa al
mediodía. Se quedaba trabajando con las persianas del local bajas. Cuando Mirta
golpeó con desesperación, el hombre se
asomó y le abrió rápidamente.
Con palabras entrecortadas, intentó
explicarle la situación y por primera vez notó una expresión solidaria en los
ojos grises de su patrón.
-Vaya en remis- le ordenó mientras le
extendía la mano con unos cuantos billetes.
¿Cómo explicar la ansiedad por llegar
a un lugar al que no se quiere ir?
El paisaje cambiante del conurbano, a
medida que el auto avanzaba hacia la capital, pasaba como una película ante los
ojos de Mirta.
Fue llegar a la estación, en el
barrio de Once, y aturdirse en un remolino
de policías más preocupados por el orden que por la pena de la gente. Ya
eran casi las cuatro de la tarde. Alguien le indicó una lista de hospitales.
¿Por dónde empezar si eran más de trece?
Como pudo, junto con otras madres,
padres, hermanos, deambuló por diferentes guardias hasta que ya no pudo. Era de
noche. Sintió que su mundo se
derrumbaba.
Necesitaba el apoyo de su compañero y, no sin
dificultad, encaró el regreso.
Cuando llegó a su casa, las luces
apagadas terminaron con la leve esperanza que aún albergaba. Se sentó en una de
las sillas de la cocina, escenario de su enojo de la noche anterior, y hundió
la cabeza entre las manos para tratar de apaciguar el latido de sus sienes.
No escuchó el ruido de las llaves y
para cuando pudo reaccionar , se encontró con el gesto adusto de Tadeo .
Como otras veces, en el camino de
regreso del trabajo, él había pasado por la larguísima cuadra de la fábrica
abandonada cuyo paredón, sobre todo de noche, invitaba a cruzar la calle.
En este sector del conurbano profundo aún se
apreciaban las huellas de los gobiernos que habían producido el cierre de
muchas industrias, con su herencia de predios abandonados con edificios grises
lentamente carcomidos por el tiempo y el vandalismo. La esquina solitaria de la
fábrica fantasma era la elegida por algunos pibes del barrio, los que ni
estudiaban ni trabajaban y que a esa hora ya estaban pasados de cerveza. Uno de ellos había sido arrebatado del brazo, al pasar, por su
padrastro.
Los ojos enrojecidos de Kevin miraron
sin ver y su gesto extraviado, impregnado de alcohol y marihuana no se conmovió cuando Mirta se echó
en el piso, se abrazó a sus rodillas, y,
gimiendo, vertió durante largo rato todas las lágrimas retenidas en ese día
fatal.
viernes, 17 de febrero de 2017
EL FISCAL
No reniego más por las noches de insomnio que se apilaban
una sobre otra llenándome la cara de arrugas.
Por supuesto, también había momentos de una
dulce excitación, que me mantenían con los ojos como si
fueran el dos de oro mientras escuchaba el segundero del despertador avanzando
implacable y me imaginaba la mañana inminente y cómo iba a preparar el desayuno
y qué ropa le iba a poner a los chicos.
Pensaba en eso porque de algún lado tenía que aferrarme a la idea de que
todavía podía ser una buena esposa y madre.
Necesitaba convencerme de que el amor seguía siendo un lugar cuidado e
intangible. Innegociable.
-Aflojá un poco, no te exijas tanto-
me decía mi marido. Pobre.
Y yo le contestaba con expresión ingenua:
-Si, tenés razón, lo que pasa es que el trabajo que tengo que presentar está buenísimo y una se engancha y bla, bla-. Ahora me doy cuenta de que la estúpida era yo.
-Si, tenés razón, lo que pasa es que el trabajo que tengo que presentar está buenísimo y una se engancha y bla, bla-. Ahora me doy cuenta de que la estúpida era yo.
El tipo que irrumpió en mi vida para completarla, -ese que no
me dejaba dormir-, era profesor en el doctorado. Una verdadera autoridad en lo
suyo.
Nunca me voy a olvidar de la primera vez que lo vi.
Yo entraba medio tarde al aula y él estaba por cerrar la
puerta. Al verme, con un gesto simple me dejó pasar y yo percibí su expresión
sorprendida, y estoy segura de que por unos instantes le hice perder ese aire de seguridad tan suyo. Enseguida se recompuso y disimuló la leve
turbación que mi presencia le había causado. Atesoro el momento como si fuera
una cajita de plata porque al fin y al cabo fue lo único bueno que tuvimos.
Él era una mezcla de eminencia y galán informal que te
acorralaba con sus ojos de color indescifrable. Te tiraba una definición genial, fruto de su experiencia
de años en los Tribunales, y a los pocos minutos, decía alguna grosería que te
hacía reír; todo el conjunto te desarmaba de admiración.
Estaba por cumplir los cincuenta y todas morían por una
mirada suya. Supe enseguida que yo le interesaba.
Me dejé envolver en la obviedad de su pavoneo, bien consciente
de la situación en la que me estaba
involucrando.
Cuando me citó en su casa, no me tomó por sorpresa. No le
conté a nadie y me preparé como quien va a su consagración definitiva. La empleada vieja que me abrió la
puerta me miró con cara de “Si, ya se,
lo viene a ver al Doctor, pase que no es
la primera ni será la última” Y yo le agradecí con cara de “Qué carajo me importa lo que
pienses”. Y entré como dopada, con la
sensación de no pisar el suelo al caminar.
En el primer encuentro, los dos nos entregamos a la farsa del
reconocido jurista orientando a su joven discípula.
Disfruté mucho esa rutina de entrar en la casona y ser
conducida al escritorio por la mucama
que desaparecía convenientemente.
Llegué a conocer muy
bien, la comodidad mullida de los sillones y la tersura de las alfombras caras
de ese estudio.
¡Me sentía tan halagada por ser el objeto de su atención…!
¡Qué me iba a importar su vulgaridad!
Al poco tiempo, ignoro si porque ya lo fastidiaba mi
presencia o porque realmente me apreciaba, me ofreció un cargo.
Yo, que vengo de abajo, ¿Cómo mierda iba a entrar al Poder
Judicial si soy la primera de veinte
generaciones que pisó la Facultad?
Me propuso entrar
directo a trabajar en un Juzgado sin pasar ni siquiera una semana por el
mostrador de la mesa de entrada.
Estaba entusiasmada.
El día que tenía que contestarle, llegué más tarde que lo
habitual.
La empleada dudó, pero al cabo de unos minutos de examinarme
de arriba abajo, me dejó pasar.
-Gracias, ya conozco el camino- Se lo dije con seguridad, para
que no pudiera contrariarme. La señora frunció levemente la boca y siguió con
sus cosas.
Abrí la puerta pesada. El ambiente estaba en penumbras, salvo
por la lámpara de bronce que brillaba
soberbia, iluminando el escritorio
enorme y oscuro. Su luz formaba pequeños arco iris en la base de cristal de un vaso de whisky
vacío.
El fiscal roncaba con la boca abierta, despatarrado en su
sillón de cuero. Tenía la camisa desabotonada hasta la cintura. Un hilo de saliva
viscosa subía y bajaba de la comisura del labio, al ritmo de su respiración.
Me senté enfrente. Ni se mosqueó. Menos mal, así pude pensar
tranquila. Y ahí nomás mientras lo miraba dormir pesadamente, lo ví tan
vulnerable, tan indigno, tan poca cosa,
que un asco profundo se me pegó en la piel.
Y a pesar de que no soy ninguna santa, pasó por mi mente,
como si fuera una película muda el recuerdo de las noches que pasé estudiando
en la biblioteca del Congreso, muerta de hambre y de sueño; volví a ver las lágrimas calladas de mi abuela gallega
cuando recibí el diploma. Me acordé de la emoción que me había causado de chica
el alegato final del fiscal Strassera en el Juicio a los dictadores. Me
imaginaba que estaba en su lugar y que la gente me aplaudía a mí.
Como una autómata, arranqué
una hoja de mi agenda y le escribí una nota en la que declinaba el nombramiento.
La dejé sobre unas carpetas y me fui sin hacer ruido.
Ninguno de los dos buscó un nuevo encuentro.
¿Me preguntás si me arrepentí?
Si, todos los días.
Pienso que fui una
imbécil.
Me enteré por el
diario que ya lo nombraron Procurador General de la Nación.
jueves, 9 de febrero de 2017
Obvio que sí.
Siempre se preguntaba qué encontraría debajo del andén.
Tenía miedo que la mandaran a limpiar.
¿ Pero, para qué la mandarían justo ahí? “
Para joder” se contestaba segura de que algún jefe tendría esa intención. No los dejaban estar ni un minuto sin hacer nada.
Igual, ella prefería
estar siempre ocupada porque si no, se ponía más nerviosa y las horas no pasaban nunca.
Que los trenes ahora pasaran a horario y que fueran más o
menos decentes los ponía a todos en la mira porque entonces las estaciones
también tenían que parecer más limpias y no había tiempo para andar tomando
mate y había que esconder el celular y no reírse fuerte con los chistes de los
muchachos.
Últimamente habían entrado muchos pibes. Ella ya no era una piba pero también había entrado
hacía poco por una amiga de la madre que le debía un favor. Era la primera vez
que tenía un trabajo en blanco. No estaba agradecida. ¿Por qué iba a estarlo?
Sobre todo después de ver como tiraban bajo las vías a un vendedor para sacarle
la mochila, ahí delante de ella y como se quedó inmóvil cuando la gente le
gritaba que hiciera algo y todo por tener ese uniforme con tiras fosforescentes
que le daba vergüenza y ese chaleco
enorme que le colgaba por todas partes.
También le colgaba al pobre hombre el hueso de la pierna y la
sangre le salía como de un bombeador y todo el mundo gritando y el tipo que
también empezó a mover el cuerpo al ritmo del chorro que la salpicaba, hasta
que se empezó a ahogar y entonces no se movió más y la quedó mirando con ojos
horrorizados, justo a ella que estaba como una imbécil con el escobillón en la
mano.
Durante las horas pico todo era más fácil porque no se podía
hacer mucho y el andén y las escaleras estaban roñosos pero no era su culpa que la gente fuera tan
sucia. Todo el mundo tiraba los papeles
en cualquier lado y revoleaba por las ventanillas bandejas de plástico,
latitas y bolsas de todos los colores que iban a parar a las vías y parecían de
lejos florcitas artificiales ofrendadas al gauchito Gil.
Cuando pasaba la hora en la que todos van a sus trabajos, la
estación quedaba semivacía y entonces tenía que tirar un líquido verde en el
piso del túnel para asentar la mugre que se superponía con la mugre del día
anterior en una especie de pasta grisácea que si no había humedad se secaba más
o menos rápido y la dejaba en paz hasta el otro día.
Los domingos se aburría porque no hablaba con nadie desde que
el pelotudo de uno de sus compañeros amagara con tocarla y entonces ahí nomás ella le pegó una piña que lo hizo trastabillar
y se corrió la bola de que “con Andrea no se jode” y no la molestaron más pero
la miraban de costado y se reían y hablaban en voz baja y volvían a reírse mientras se escondían para
comer facturas y nunca más la convidaron.
Entonces como la
estación estaba más silenciosa no podía dejar de escuchar la conversación
repetida de los gendarmes que si era invierno se soplaban las manos y las refregaban para entrar en calor y si era verano
transpiraban debajo de la gorra y hablaban de sus familias que estaban en el
Chaco o en Corrientes y que a esa hora estarían comiendo un asado y ellos ahí y
encima como era domingo el chino que preparaba comida estaba cerrado y no iban
a tener más remedio que comprar un pancho en el kiosco.
Fue un domingo a la tarde cuando la vio por primera vez.
Estaba parada en el medio del andén y hablaba por el celular. Parecía que no le
importaba otra cosa. Debía andar entre los treinta y treinta y cinco. Se notaba
que quería disimular la imagen de chica rubiona, hija de tanos de la “alta
Italia”.
Tenía el pelo claro que le hubiera caído por la espalda como una
marea creciente de bucles si no fuera porque estaba tan corto que las ondas
parecían pintadas en la cabeza. El celeste le llenaba casi toda la superficie
de los ojitos. De mediana estatura y robusta, usaba unos borceguíes
negros que a simple vista se notaba que eran pesadísimos. Negros también eran
los pantalones anchos que tenían bolsillos por todos lados, igual que la
campera.
Andrea se acercó y
pudo ver que, como único adorno, llevaba
una cadenita de oro y una medalla con
forma de lágrima y un número quince en relieve junto con una piedrita de color
rosa. La reconoció enseguida porque era igual a la suya: ésa que había dejado de usar hacía mucho tiempo porque ya no era la
persona a quien se la habían regalado. En esa mujer, lucía tan absurda
como le hubiera quedado a ella.
-Hola, soy yo, ¿Cómo quién? Yo…….Carla.-A la desconocida no
le importaba que los demás escucharan. Tiró al piso con bronca la colilla del
cigarrillo.
Andrea pasó cerca
juntó el pucho con la pala. La otra ni la registró mientras volvía a
llamar.
-No cortes. Todavía estoy acá. Te espero……..-sacó otro
cigarrillo y lo encendió.
Carla dejó pasar dos trenes. Se subió al tercero pero antes se dio vuelta mirando la escalera
de acceso al andén, como esperando un milagro.
La semana volvió a empezar con su rutina de gente apurada: algún
arrebato, una que otra corrida, chicos pidiendo; lo de siempre.
Cuando por fin llegó el siguiente domingo y tal vez porque
había mucho sol, Andrea tenía una
esperanza que no estaba dispuesta a admitir del todo. ¿Para qué ilusionarse?
Sin embargo,Carla volvió a aparecer
, enfundada en su ropa negra y sus botas pesadas. Estaba triste.
Se sentó en el banco
de cemento con las piernas separadas y los antebrazos apoyados en los muslos.
Bajó la cabeza clavando la vista en el piso.
Sacó el paquete de cigarrillos del bolsillo de la campara. Empezó a fumar.
Andrea siguió retirando las bolsas de basura de los cestos.
Vio venir el tren a lo lejos y sintió alivio. No iba a tener tiempo de
encararla. Pero al instante se le sublevó la sangre de la bronca. No sabía si era porque venía el tren o porque
volvía a tener miedo.
Calculó: menos de un
minuto.
Como si la urgencia se
debiera a la llegada del tren, sacó un cigarrillo del bolsillo y mirando a Carla con sus ojazos
marrones, le preguntó:
-¿Tenés fuego?
-¿Tenés fuego?
Carla levantó la vista, miró la puerta del vagón que se abría,
parpadeó como queriendo soltar las lágrimas arracimadas en las pestañas
diminutas. Tanteó en todos los bolsillos de la campera y cuando por fin encontró
el encendedor le dijo:
- Si, obvio.
Mientras las dos quedaron solas en el andén, fumando, el tren se deslizó en silencio, como para no
molestar, y cruzando el puente sobre la autopista, se perdió entre los
edificios de la capital.
sábado, 24 de diciembre de 2016
LOS NIÑOS-PLUMERILLO.
Como todo el mundo
sabe en el barrio, las cañas que crecen en los terrenos baldíos no se pueden
erradicar.
Al principio se
pensaba que varios hombres juntos blandiendo palas de punta, trabajando a un promedio de ocho horas diarias,
podían eliminar las cañas de, digamos, un
terreno pequeño capaz de albergar una
calesita modesta durante quince días.
Pero ese tipo de soluciones solamente era aplicable a proyectos itinerantes, como carruseles o circos pobres sin animales ni pretensiones.
L os domingos se
organizaron jornadas solidarias.
Siguiendo las prácticas de los inmigrantes que se juntaban para levantar las paredes de
las futuras casitas, los vecinos se reunían para limpiar los predios con un
entusiasmo que iba decreciendo a medida que subía el sol.
Resultó que el tremendo esfuerzo demandado no
se justificaba ya que, por caso, los martes a la tarde, los primero brotes
verdes se dejaban ver abriéndose paso entre las raíces lechosas.
La solución pareció
llegar desde el Paraguay. Allí, una vez cercenadas las cañas al ras del piso,
se rociaba las raíces con kerosén. Esta operación debía repetirse a lo largo de
veinte días y luego la tierra quedaba libre.
Con el tiempo se
descubrió que la latitud del hermano país incidía en la intensidad de los rayos
solares, lo que contribuía al éxito de la operación.
Según los
resultados que se dieron en el barrio, es seguro que la calidad del kerosén
paraguayo era superior al que se conseguía en el conurbano de Buenos Aires.
Además del incendio de un quiosco que proveía
el combustible y que estalló por los aires, no se registró ningún avance. El kerosén
fue un rotundo fracaso.
Tampoco ayudó el hecho de estar en el sur del
mundo.
Con los ánimos
alicaídos, los vecinos ya no se escandalizaron cuando las cañas colonizaron las
macetas de malvones, las veredas polvorientas y los gallineros.
Para los niños, los
cañaverales feraces eran sus aliados. Podían esconderse cuando los llamaban
para bañarse en los fuentones; podían imaginarse en lejanas selvas e imitar el sonido de cualquier animal
salvaje. Hasta podían atenuar el efecto
de las tardes desoladas armando con las
cañas cortadas por la mitad, barriletes
que casi nunca volaban.
El juego preferido
era perderse entre los tallos altísimos
coronados por espiguillas parecidas a plumeros (que por lejos era lo más valioso que podían
encontrar) e intentar capturar los ejemplares más hermosos.
Los osados arremetían la búsqueda entrando en
el espacio apretado de los tallos, sin poder apoyar bien los pies y cortándose
con los bordes de las hojas estilizadas y arduas.
Por pura intuición
comenzaban a sacudir la caña que creían más grande, guiados por los gritos de los chicos que
tomaban distancia para ver mejor.
Se escuchaba:
- ¡Ésa no, la de al
lado!
-Más atrássss, ahí,
¡no! La otra.
Cuando estaban
seguros, derribaban con gran esfuerzo la caña y cortaban el penacho
Los adultos, impotentes
frente a lo avance parejo del cañaveral y del desempleo, apostaban sobre una
manta raída todo lo que les quedaba: “Te juego mi mochila a que Luisito baja el
plumerillo más grande”. “Mi cuchara de albañil a que Juanita encuentra el más
suave”.
Y como estaban tan entusiasmados, nadie se dio
cuenta de que la pareja más joven de la cuadra se desgañitaba pidiendo ayuda.
De tal suerte que solitos se arreglaron y
recibieron al bebé más hermoso que hubiera nacido a la vera de la autopista.
Tan amada era la criatura que todos sus cabellos eran rosados y crecían hacia arriba
sin parar. Los flamantes padres dieron por sentado que al paso de los días la suave cabellera sería más dócil y dejaría de irradiar luz.
Como ya
era noche cerrada, el juego
terminaba y los niños fueron saliendo del cañaveral como siempre. Sin embargo
algunos adultos vieron un cambio, al principio sutil.
De las cabecitas
alborotadas de los niños, comenzaron a crecer brotes tiernos, tornándose en
espigas delicadas. Todas destellaban colores de acuerdo a las necesidades
: verdes, para quienes tenían a sus
abuelos enfermos; azules, para los
chicos cuyos padres habían perdido la voluntad; violetas, para los esperanzados.
Y en los aviones
que llegaban al aeropuerto cercano, cargados con regalos del exterior, los
pasajeros dejaron por un momento sus computadoras y sus celulares. Todos
miraron con inquietud hacia abajo y muchos de ellos juraron solemnemente sobre las pantallas de sus tablets, que jamás
se había visto una navidad más luminosa.
lunes, 19 de diciembre de 2016
La sed.
"Hoy vas a entrar en mi pasado..."
Enrique Cadícamo.
Le había dicho al sargento de su escuadra que tenía que
despedirse.
Era uno de los mayores y tenía experiencia en combate. Hizo
valer esos antecedentes.
Su superior lo autorizó. ¡Qué locura! No se sabe quién de los dos fue
más boludo.
Andrés (de aquí en adelante se usará su nombre de guerra), se
estaba preparando en una casa operativa
desde hacía varias semanas.
Su misión era manejar
uno de los camiones.
A pesar de su
compromiso, venía dando muestras de cansancio, de distracciones que ponían en
peligro a los otros.
Al principio
demostraba carácter y animaba a los más jóvenes, pero últimamente se le acababa
la paciencia, la convicción; o tal vez
no. Tal vez solamente necesitaba estar cerca de Luisa aunque fuera por un rato.
Quién sabe.
Lo cierto es que se
acercó de noche a la casa de la calle Mitre, su casa, qué locura. Si sabía que
los estaban acorralando. Sabía que estaban cayendo como moscas y que no todos
aguantaban. Se les había ido la doctrina a la mierda. Tanto entrenamiento y
resulta que no pasaban la primera noche sin largar todo. Había excepciones pero
no eran muchas.
Igual, Andrés pidió ir a su casa, a ver a Luisa.
Obvio que no era el
único al que se le atragantaba el llanto antes de dormir.
¿Quién carajo habrá inventado la Navidad?
Fue con uno de los autos robados y con documentos falsos.
Tenía tres juegos con nombres diferentes.
Manejó por calles solitarias para evitar puestos de control
de la policía. Dio varias vueltas antes de estacionar. Tenía que estar seguro
de que no lo seguían. Apagó el motor y esperó. Nadie por ningún lado.
Le pareció tan triste el barrio. O el triste era él. En las reuniones sobre autocrítica le
machacaban con lo de la moral alta. Le venían pidiendo demasiado.
Reaccionó y miró para el frente de la casa. Todas las luces
apagadas.
Bajó del auto tratando de no hacer ruido.
Intentó abrir la puerta con su llave pero no pudo. ¿Habían
cambiado la cerradura?
Insistió pero fue inútil. Se dio cuenta que lo empezaba a
ganar la ira. Otra vez.
Pero ¿para qué volvía
si las cosas con Luisa estaban mal desde hacía mucho tiempo? Últimamente no se podía controlar, se
enfurecía y no dejaba de pegarle.
¿Qué tipo de cobardía le permitía manejar un camión con explosivos y al mismo
tiempo castigar a su mujer? Se negaba a
pensar en eso, como negaba el menosprecio por las mujeres de su grupo.
-Falta poco, compañeros. La ofensiva contra el enemigo será
definitiva- había dicho uno de los comandantes.
Tenía que ver a Luisa.
Ella había escuchado el ruido de las llaves desde la cama. Su
habitación daba a la calle y a pesar que hacía dos meses que su marido no
andaba por la casa, siempre estaba alerta.
Le tenía miedo. Al saberlo cerca
se le despertaban todas las fibras del cuerpo que tenían memoria de los gritos,
los insultos, los golpes. Esta vez estaba entera, no la iba a joder nunca más.
Saltó de la cama a la cocina donde estaba el teléfono para pedir ayuda.
No obstante dudó. Aunque no tenía certeza y no quería tenerla, intuía que él ya estaba
marcado. “En todo caso va a ser una cuestión de tiempo”, se dijo a sí misma
mientras dejaba el teléfono y cruzaba, descalza, el breve pasillo de mosaicos
grises que separaba la cocina de la entrada.
-¿Qué querés?
-Luisa…yo…abrime -susurró el hombre.
-¿Para qué?
-Tenemos que hablar.
La mujer apoyó la frente en la puerta de chapa y se
reconfortó con la frescura del contacto. La casita hervía bajo el cielorraso
descascarado por el abandono.
Igual que ella.
Metíó la llave en la cerradura. Se maldijo por ceder otra
vez. Sin embargo algo le decía que no iba a ser igual. El “Tenemos que hablar”
que ya había escuchado tantas veces, sonaba más cansado. No era súplica, no.
Las súplicas las conocía bien. El tono era definitivo. No le parecía
arrepentido sino como derrotado. Si. Era eso. Parecía que él hubiera superado
su propia miseria y la ofreciera en el altar de vaya a saber qué causa. Algo
que iba más allá de ellos dos.
-Soy una pelotuda- pensó y giró la llave hacia la derecha.
Retrocedió un poco y él entró rápido. Quedaron frente a
frente. Dos meses no es tanto tiempo, pero igual se examinaron con la mirada.
El hombre le pareció más alto con sus pantalones de gabardina azul oscuro y una
camisa del mismo color.”Parece recién salido de la fábrica” pensó ella.
“Parece una nena vieja” pensó él al verla más menuda, en su camisón de linón con florcitas
celestes y de mangas acampanadas con
puntillas.
Se habían conocido siete años antes en la fábrica textil.
Luisa ya trabajaba en los telares cuando él ingresó. Los compañeros los
empezaron a cargar de entrada y ella no
supo si fue por eso o porque le gustaba
cómo hablaba, la cuestión es que se empezó a fijar en él.
Cuando al poco tiempo, la invitó a ir al cine, Luisa ni lo
pensó. “Vamos”, fue su respuesta. De ahí en más todo fue rápido. Andrés se mudó
a la casita que ella había heredado de sus viejos.
A los dos años más o menos,
y a pesar de que no había sido fácil la convivencia, ella le insinuó lo
del casamiento. Con el tiempo se reprocharía tanta ingenuidad, pero en ese
momento le pareció que con la libreta en mano iba a empezar otra historia. Una
mejor.
-¡Si serás burguesa…!-le había dicho con una sonrisa mientras
le acariciaba el pelo.
Él le dio el gusto. Luisa todavía recordaba con cariño los
preparativos del casamiento. La ilusión con la que había recorrido la calle Azcuénaga de punta a punta para comprar la tela del trajecito rosa que se
hizo hacer. La cara de él cuando le consiguió el traje azul para ir al Registro
Civil. La única foto, colgada en la
pared del dormitorio, con el peinado batido de ella y el pelo con gomina del
novio, que le mantenía las ondas
rebeldes hacia el costado.
La situación cambió, pero no como Luisa lo había imaginado.
A finales de 1970, el clima en la fábrica estaba enrarecido.
Habían entrado a trabajar unos muchachos
nuevos. Su marido los admiraba. Se reunía con ellos fuera del trabajo. Llegaba
tarde a la casa, no le daba explicaciones. Ella se puso celosa al principio y
lo hostigaba por eso. Él siempre había tenido mal carácter pero ahora la
trataba con una impaciencia prepotente. Empezó a subestimarla, sobre todo
cuando ella se mostraba reticente a escuchar sus argumentos que daban vuelta
alrededor de lo mismo.
-Vos no tenés conciencia de dónde estás parada-Le decía con
frecuencia pero sin acariciarla.
Con el tiempo, él ya
no le daba explicaciones de nada. Ni siquiera el día en el que ella encontró el
arma y casi se muere del susto.
Cuando los echaron del trabajo, Luisa se desesperó. El marido
no se inmutó. Por un tiempo siguió trayendo plata. A veces pasaba muchos días sin volver a la
casa. Si ella se ponía pesada, él terminaba la discusión con un buen empujón y
vuelta a irse.
El día que la mujer amenazó con denunciarlo, recibió la
primera paliza.
Ella lo había dicho por decir, por supuesto. Además no sabía
a ciencia cierta en lo que estaba metido. No es que no tuviera indicios. Aunque
no había terminado el secundario, tampoco era tonta. La cuestión es que no se
quería involucrar más de lo que ya estaba.
Tenía que buscar trabajo.
Entró en un taller de costura.
Ganaba menos que antes; no le importaba.
Estaba ocupada y no dependía de él y sus largas ausencias.
Durante el último año y medio, había aparecido poco y
nada. La última vez que lo vio, tenía la
cara curtida por el sol y con cortes mal curados. Estaba flaco y demacrado. El
monte tucumano le dolía en todo el cuerpo.
Ella, envalentonada, lo recibió con un “esto no es un
aguantadero”.
Él le contestó con un golpe tremendo, cobarde,
incomprensible, que la desparramó por el
piso. Luisa volvió a sentir el miedo que nunca había perdido y
cuando temió que seguiría la paliza, su marido simplemente se fue.
Ahora volvía.
Entraron en la cocina. La mesa redonda y las cuatro sillas
alrededor. El mantel de hule colorido. La pavita enlozada de color naranja. El
hombre miraba como si estuviera
reviviendo un recuerdo querido. Comparaba este ambiente sencillo y cálido con
las casas que servían de entrenamiento y refugio. Lugares impersonales de los
que muchas veces había que salir trepando por los techos vecinos con lo puesto.
No pudo menos que sonreír.
La mansedumbre de Luisa se adivinaba en el orden y en los
detalles sencillos como la agarradera tejida al crochet. Esa maldita
mansedumbre que lo sacaba de sus cabales y lo había enfurecido tantas veces.
Se sentó. Necesitaba empezar a hablar de lo que le estaba
pasando. Sin embargo, un silencio incómodo se instaló entre ambos.
Al rato él dijo como
al pasar:
-No cambiaste nada por acá.
-¿Y qué querés que cambie? ¿Te parece que hay poco quilombo
por todos lados? Doy gracias que me puedo mantener. El que quiere cambiar el
mundo sos vos.- Luisa se escuchó a sí misma y casi no se reconoció.
Andrés bajó la mirada. No tenía ganas de seguirle la
corriente. Se preguntaba qué era lo que había ido a buscar a esa casa que nunca
sintió verdaderamente como suya. La pasividad desarmó a Luisa, quien estuvo
tentada de abrazarlo. Un freno invisible hecho de rencor le impidió hacerlo.
Al final, apartó una silla y se sentó frente a él. Empezó a
doblar con obsesión un repasador con motivos navideños.
El hombre sintió que todo era inútil y sin conciencia
verdadera del momento que estaban viviendo, dijo:
-¿Sabés lo que más me jodía de todo?
-¿Cuándo?- respondió ella como desorientada.
-La sed.
-¿Qué? Bueno…-titubeó Luisa.- Tengo las sidras que me dieron
en el taller por las Fiestas. Abrimos
una- Se puso de pie como si hubiera recibido una orden.
Aturdida, la mujer se acercó a la heladera.
Una sirena lejana sacó al hombre de su letargo y le tensó los
músculos de la cara.
El ruido se fue extinguiendo y entonces él le volvió a
bajar la guardia.
- Dame que yo la destapo.
Sirvió en dos vasos que ella puso sobre la mesa, de esos baratos y gruesos que se compran en los bazares de
barrio, entre los escobillones y las palitas para la basura.
La sidra estaba dulce y fresca. Ellos la bebieron en
silencio. Sabían que estaban firmando una
paz debilucha y mentirosa.
-¿Y cómo…?-la mujer intentó iniciar la conversación.
-No va a durar mucho, esto no da para más.-Él la miró fijo
como para obligarla a entender definitivamente. Deseó que ella le dijera “Si,
ya sé, te entiendo y te admiro y acá estoy para curarte las heridas y te
sostengo y sos el hombre que soñé y en vos están todos los hombres que van a
salvar a este país. Yo estoy con ustedes en esto”.
En cambio, a ella le salió un: “¿Abrimos otra?”
Y a él le vinieron unas
ganas de putearla y de llorar, y otra vez como tantas veces tuvo el
impulso de pegarle a ver si despertaba pero sin embargo se despachó con un:
“Bueno”.
Siguieron tomando y a los dos los invadió una pesadez
bonachona y un deseo de tocarse como antes.
Sin embargo, se
dejaron estar en ese puro presente que
los absolvía del pasado.
Descorcharon la tercera botella y ya era reírse de algún
recuerdo que ni siquiera estaban seguros de haber vivido juntos.
El hombre miró el reloj de la pared: las tres de la mañana.
-Me van a fusilar- pensó y sonrió por la ocurrencia.
Se paró vacilante.
-¿No te quedás? Preguntó Luisa desde la confusión producida
por el alcohol.
-No, te dije que va a pasar algo grande.
-¿Vas a volver?
-Claro- contestó pensando que tanta seguridad tal vez
despertaría algo de emoción en su mujer.
-Entonces, brindemos por la vuelta…-Dijo ella.
-No; brindemos por la
victoria.
Se fue, como tantas veces. Feliz, como nunca.
Faltaban tres días para Nochebuena.
Luisa se quedó en la cocina mirando la mesa con las botellas
vacías y los vasitos de entrecasa. Tuvo el impulso de ordenar todo como había
ordenado su mundo doméstico: la realidad
del despertador a las cinco de la mañana, colectivo lleno y a fichar. La vida que la había
separado del tipo que vino a despedirse.
No lloró, sin embargo.
Tampoco lo hizo cuando
el miércoles 24 de diciembre buscó su nombre como loca en los diarios que
relataban el enfrentamiento en el cuartel.
Andrés, en cambio,
mientras estaba tirado boca arriba, mirando el cielo oscurecido por el humo de
Monte Chingolo, no pensaba en ella.
El ruido de los huesos
crujiendo al paso de los tanques no lo atormentaba tanto como la idea de
terminar así, abrasado otra vez por la sed.
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