miércoles, 17 de agosto de 2016

DESENCUENTRO .





-No vas a ningún lado- la madre estira el cuello para ver el cielo desde la ventanita de la cocina.
-¿Por qué?- la hija se hace la desentendida, mientras se saca los hilos de la ropa.
-¿ Adela, no ves cómo está?-insiste la madre- .
-¡Pero si todavía no llueve!-ahora apila los bolsillos recién cosidos.
- ¿Adónde vas a ir vos? Si se viene una tormenta-el hermano mayor entra y se calienta las manos en la hornalla prendida. –Poné la pava, vieja.
-vos saliste igual-la hermana guarda ahora la tijera en el cajón de la máquina de coser.
-A trabajar... Dale,  hacete unos mates- y la orden vino disfrazada de pedido.
- Y yo recién termino de coser, todo el día con el pedal dale que va- la chica se estira la blusa.
-Si, escuchando a los Pérez García  y chusmeando con las de enfrente, lindo trabajo. Te lo cambio por el taller-se despatarra el hermano en la silla con asiento de paja y respaldo de madera apenas lijada.
-Y vos que llegás y tenés todo listo para ir tranquilito a las carreras…..
-No empiecen-la madre llena la pava inmensa y la pone sobre la hornalla; corta el pan.
-Me voy, vuelvo enseguida- la chica se escurre hacia la puerta y sale a la galería.
-Te digo que viene una tormenta fuerte- el hermano se impacienta y la agarra del brazo.
-¿Qué pasa acá?- El padre abre la puerta de la calle, se saca la boina azul oscuro y se la pone debajo del brazo.
-¡Ésta, que quiere salir ahora con este tiempo! Qué van a decir los vecinos, que es una atorranta, que no tiene familia- el hijo no la suelta.
-¿Adónde va m’hijita?-el padre la mira con ojos bondadosos.
-A lo de Elisa, por los trajes…- los ojos de la chica le imploran al padre-
-¡Mentira!, Seguro se va a ver con alguno- se indigna el hermano.
-¡Cuidado con lo que decís!- suena gastada la voz del padre.-
-A lo de Elisa podés ir mañana, faltan dos semanas para carnaval- la madre le tiende un mate al marido.
-Pero quedé en ir hoy!- La chica casi suplica pero su voz se pierde porque el aguacero  se precipita y retumba como una catarata de clavos sobre el techo de chapas de la galería.
-Entren- dice la madre.
-Adentro- el padre toma del hombro a la hija que ha empezado a lagrimear.
-Es por tu culpa-grita la chica y revolea un cono de hilo directo al ojo del hermano que apenas tiene tiempo de esquivarlo.
-Pero que hacés desgraciada!- Y la corre alrededor de la mesa enorme de madera maciza pintada de verde oscuro.
-Hacé algo!-la madre intenta frenar lo que se veía venir.
-Basta, mierda! paren los dos- el hombre viejo que solo quiere descansar intenta poner orden con gesto más cansado que enojado- Mirá que sos grande, vos- se dirige al muchacho.
-Buenas…!-La vecina  ha entrado a la galería y golpea el vidrio de la puerta de la cocina pero nadie la escucha – Buenas!-repite casi gritando con un plato cubierto con un repasador y protegido con todo su cuerpo. Entra-  Les traje unas tortas fritas.
-Pase, pase- el muchacho disimula y deja en paz a la hermana. Todos miran a la vecina que chorrea agua como si fuera un paraguas recién usado.
-Pero por qué se molestó- la madre aparenta tranquilidad.
-No, al contrario, no es molestia- y la vecina se mira la punta de los zapatos y levanta la mirada santurrona y la clava en los ojos del hombre joven
 -Pero siéntese, ¿Quiere un mate?¿Ha visto qué tormenta? Está lindo para comer unas buenas tortas fritas.-Le devuelve la mirada, pero casi maliciosa.
-Yo sé que usted le gustan.- se sienta la vecina y se acomoda los mechones debajo de la vincha.
-¿Y cómo anda su madre?- el viejo le sigue el juego al hijo.
-¿Se mejoró su abuela?-La madre se sienta al lado de la vecina.
-Si, la abuela ya está mejor, gracias, le manda saludos-la mujer se arregla la ropa mojada.
-¡Y a mi qué me importa todo eso, vos hacés lo que querés por ser varón!-cruza una mirada con odio a su hermano y se va a la pieza de adelante.
- ¿Qué decía? Ah! Sí, su abuela, pero mire cómo se ha mojado, ¿Le traigo una toalla?-Sobreactúa el joven. Disimula.  Intenta  tapar el llanto furioso de Adela.

Querida Elisa:
Te dejo la presente porque no te encontré y encima me mojé toda. Menos mal que tenía el cuaderno de corte y confección en el bolsillo del saco así te puedo escribir. Como no me dejaban salir por la lluvia, me hice la que lloraba y mientras tanto salté por la ventana de la pieza. En la cocina estaban los viejos y mi hermano con la marmota de la vecina que siempre que puede viene a ver si se lo puede levantar. Había quedado en ver al muchacho que te conté. Ahora me voy para la esquina de Mitre y Paso a ver si todavía no se fue. Si me descubren y te van  a preguntar deciles  que fuimos a ver las telas para los disfraces. Chau, después te cuento.  
                                                                                                                      Adela.

Ya sabía que no iba a venir. No tengo suerte y encima con esta tormenta y para esto pedí salir antes del laburo. Quien me mandó fijarme en esa piba. Me jorobó. O a lo mejor no vino por la lluvia. Ya pasó una hora. Y no, no viene. ¿Dónde vivirá? Seguro que por acá cerca. No, no se ve a nadie. Ya está parando. El vigilante de la esquina me está mirando feo. Y no, no espero más. A ver si todavía termino en cana. Le voy a preguntar por donde tengo que agarrar para llegar a la estación.  Me vuelvo caminando total de esta esquina de Belgrano y Paso deben ser como doce cuadras.
A lo mejor me la cruzo.






domingo, 31 de julio de 2016

Y SIN EMBARGO SE MUEVE



Siento un gran alivio al saber que ya no hay nada que temer. Pero algo me dice que la historia sigue.
 ¿Por qué no abandono el rol de víctima ?
Los miro desde lejos. Son dos. Están apilados como en los ritos de la India en los que después de rendir los honores correspondientes, se enciende una gran hoguera. Acá no hay hogueras y mucho menos honores. Apenas una habitación  que yo conozco bastante bien  y los dos cuerpos inertes encima de una mesa. Me pregunto por qué estarán uno sobre otro. Desconozco la identidad del que está en la base de esta torre siniestra. Me intranquilizo. Una parte de mi dice-Ya está, se terminó-. Pero estoy sola y no es un buen signo. Siempre estoy sola. A la distancia (claramente decido apartarme) creo ver un deslizamiento. El cuerpo de arriba parece moverse. No parece, esto está pasando. Son como espasmos pero lentos y torpes.
-Y sin embargo se mueve- cuando me pongo nerviosa me acuerdo de frases célebres.  --Tranquila- me tengo que reponer.
 Estoy como clavada en el piso. Sucede lo que yo esperaba. Se pone de pie y se estira. Empieza a mirar alrededor. El terror me impulsa a escapar por el pasillo. Llego a la vereda pero incomprensiblemente no puedo avanzar. Es una cuadra y media. Me sofoco y el aire parece oponer una resistencia insalvable. Empujo como puedo sin mirar atrás. Tengo que llegar hasta la casa de Nené. Siempre me ha calmado su buen humor. La puerta está entreabierta. No puedo hablar pero ella entiende todo. Ignoro cómo lo hace. Me dice “ es normal”. 
-¿Cómo va a ser normal que un muerto reviva? –pienso pero no digo nada. No me conviene. Prefiero creer en Nené.
Con la alegría de siempre, me muestra la colección de ataúdes. Hay un montón. Están parados uno al lado del otro, apoyados en la pared. Las luces resaltan sus hermosos colores y los laqueados perfectos. Los hay caobas, tostados y unos casi negros con herrajes lujosos.  
También hay una serie de vitrinas pero no entiendo para qué son o qué es lo que muestran. No importa. A Nené nunca le importa nada realmente. Va por la vida así, livianita.  Me pregunto cómo hace. Finjo que está todo bien y se desacelera el ritmo de mi respiración. ¿Todo bien dije? Miro de reojo hacia la calle. Y si, parece que nadie ha reparado en el asunto.

Me despierto de golpe. Ya es de día.

miércoles, 13 de julio de 2016

La plata no cae de los árboles.


Ezequiel Arriaga había leído mucho pero no sabía nada de literatura.
 Sus autores preferidos no eran poetas ni novelistas. Mucho menos filósofos o científicos, sino escritores con trayectorias incomprobables que contaban su patrimonio por millones y cuyos libros ocupaban los lugares más expuestos en las librerías de moda de los mejores shoppings. Sus lecturas trataban sobre el pragmatismo necesario para alcanzar la única finalidad  de su vida: hacerse rico.
No vivía lujosamente, eso podía esperar. Tampoco tenía pareja, solamente compañías ocasionales, porque eso también podía esperar.
Tenía amigos. Cultivaba amistades calculando los posibles beneficios. Sinceramente creía que todas las amistades se entablaban por interés. No compraba el discurso de las almas gemelas ni eso de ponerse en el lugar del otro. Lo juzgaba de una enorme hipocresía generalizada. Simples remilgos que encubren los verdaderos objetivos de todo el mundo: hacerse rico.
Comenzó a trabajar como gestor, aprovechando al máximo la libertad de movimientos que esta actividad le permitía.
Recorría el sur del conurbano en un auto importado. Era un modelo viejo. Lo suficientemente antiguo como para no tentar a los ladrones y lo bastante lujoso como para no olvidarse de su meta: hacerse rico.
De apariencia seductora,  era muy joven aún,  razón por la cual se vestía con un estudiado estilo clásico. Lo juzgaba necesario para generar mayor confianza.
 Estaba siempre atento a las oportunidades que ofrece la calle para el ojo  entrenado: los contratos de las empresas de servicios públicos, los riesgos, las necesidades de préstamos;  los intersticios legales, fuentes de ventajas  que siempre aparecen como consecuencia  de los contactos apropiados. En fin, todo aquello que lo acercara al fin declarado de su vida: hacerse rico.
Cuando hizo pie en el terreno del tráfico de influencias, cenagoso para la mayoría, arremetió con el discurso político, muy conciente de que la consumación de su anhelo  era más bien compatible con la anti-política, es decir: hacerse rico.
En los círculos en los que se movía, se daba por sentado que la Historia del mundo había finalizado. Lo decía uno de sus libros de cabecera. Esa  trama forjada con sueños, desengaños, consensos y exterminios  se había terminado;  que ya no había lugar para mayores discusiones y que las utopías habían mutado hacia un horizonte más individual y promisorio: hacerse rico.
En este escenario de puro presente alguien como él , tan adaptado a la realidad de los nuevos tiempos, encajaba perfectamente en ese lugar en el que se toman las decisiones y al que iba acercándose con cautela pero con la convicción del experto arquero que sabe que dará con su flecha en el blanco. Un blanco decidido desde siempre: hacerse rico.
La facilidad de palabra de Ezequiel - ¡Después de todo había leído mucho!-, sus relaciones, cierta ductilidad para participar de los grupos adecuados, lo fueron posicionando como un candidato con posibilidades.  Era un desconocido, es cierto. Pero como tenía el don de resolver las situaciones complejas a su favor  se presentaba como alguien  incontaminado por la vieja política. Esa política desprestigiada que estaba tan consagrada, igual que la nueva, a una pertinaz obsesión: hacerse rico.
No sin algún traspié, inevitable cuando se incursiona en territorio de barones suburbanos, y con deudas originadas por lo mismo, logró que su nombre apareciera en la lista de concejales del partido político, que según las encuestas estaba más cercano a las preferencias  de la “gente”.
El hecho de que fuera suplente no lo desanimó, al contrario. Después de todo, ¿Cuántas veces había fracasado Thomas Alva Edison hasta dar con la famosa lamparita? También él esperaría su turno aunque su intención no era alumbrar al mundo sino hacerse rico.
Su lista ganó las elecciones.
Fuese por la intensidad de su deseo o porque la candidata que lo antecedía en la lista era la amante del gobernador electo, lo cierto es que la señora renunció a su puesto  para ocupar un cargo en el gabinete provincial.   Ezequiel se convirtió en el concejal Arriaga.
Había llegado al Concejo Deliberante en su primer intento.
 Debió admitir que tal vez era demasiado para él.
 El municipio en cuestión estaba ubicado muy cerca de los grandes centros fabriles del primer cordón del conurbano y se extendía casi hasta el comienzo de los campos eternamente verdes. 
La influencia  política de su partido llegaba entonces hasta el límite con ese paisaje que parece  tan natural para los desprevenidos. y que sin embargo  era considerado artificial y peligroso  por los molestos militantes que  atentaban contra los intereses de quienes  aspiraban a ser ricos.
Los potenciales negocios fluían en forma de expedientes: contratos de obras públicas, permisos para la radicación de fábricas y centros comerciales,  pedidos de excepción para construir torres en lugares otrora residenciales, tercerización de servicios básicos.
 Los proyectos de ordenanzas iban  y venían en una danza agotadora de esgrima verbal, cintura política y oportunismo. El intendente no necesitaba concejales sino más bien arietes para aplastar toda posible oposición. Con la convicción y la fidelidad de un converso, él ocupó todo el espacio que pudo en el camino que, aunque sinuoso, tenía una única dirección: hacerse rico.
En su afán por proteger todos los flancos, pronto entendió la conveniencia  de acercarse a los sindicatos. Porque a pesar de las apariencias, era fundamental tenerlos como aliados.
Y si bien la Historia se había terminado, a él siempre le había parecido provechoso conocerla.  Tal vez ese conocimiento le sería útil. Y así  fue como aprendió que los lazos familiares funcionaron durante siglos como reguladores en el juego del poder. Por lo tanto creyó que una búsqueda en ese sentido no sería del todo insensata dado su interés, -precedido por blasones de toda laya-, de hacerse rico.
“Quien busca encuentra” sentencia el dicho popular, lo que traducido al dialecto new age, quiere decir que todo en el universo vibra y las personas que emiten una misma vibración, se atraen.
 Lo cierto es que la hija del Secretario General del Sindicato de Empleados Municipales se casó con él. Fue una alianza acertada y no exenta de cariño, efectivamente. Después de todo tenían en común la motivación de sus vidas, es decir, hacerse ricos.
Habían pasado unos pocos años desde su desembarco  como arribista al conurbano. Era el momento de establecerse.
Proyectó la construcción de  su casa;  lo suficientemente cómoda como para satisfacer sus anhelos pero sin el lujo obsceno que ostentaban las casas de otros dirigentes, tal vez menos inteligentes.
 Los verdaderos activos de Ezequiel no estaban a la vista.
El tiempo que invirtió en su carrera entre comercial y política fue agotador.
 Por supuesto que había valido la pena, pero ahora se imponía cierto alineamiento con lo que era común a todo el mundo. Es decir, adoptar los convencionalismos que hacen que todo parezca normal.
 Era diciembre, el mes de las fiestas.
Ahora sí, había llegado el momento de contactar a su padre a  quien no veía desde hacía mucho e invitarlo a su hogar. Se sorprendió cuando le avisaron que estaba internado. Nada grave, una descompensación como consecuencia del calor. En nochebuena ya estaría repuesto seguramente.
Entonces,  como  faltaba poco para el 24,  se dedicó a preparar la celebración.
 En un momento de debilidad cedió a la tentación de los adornos costosos que engalanaron su casa. Hizo colocar arreglos navideños,  con hojas verdes y  esferas rojas y doradas, en todo el parque. En  la superficie de la piscina de fondo turquesa ubicaron velas flotantes. En el pino más grande, luces azules se desvanecían como lágrimas desde las ramas más altas.
 Después de todo era la primera vez que su padre salía de la capital para verlo, tan reticente como siempre fue para acercarse al gran Buenos Aires, lugar considerado por el viejo como la suma de todos los males.
Ya fuera por las obligaciones, el entusiasmo por los preparativos o la falta de costumbre de cuidar a otro, la cuestión es que Ezequiel ni siquiera se planteó la posibilidad de ir al hospital. Después de todo, no era más que un malestar propio de un hombre de edad. Tal vez por eso, el llamado telefónico fue un golpe descomunal e inesperado en la tarde previa al encuentro.
Su padre había muerto.
Se quedó sentado en la  amplia  galería con pisos de mármol  color miel, con el celular en la mano, incapaz de moverse, respirando con dificultad. Un sudor frío brotó de su frente.
Entonces,  sintió un malestar desconocido; una puntada en el pecho.
Miró  alrededor como para encontrar evidencias que lo trajeran de nuevo a su realidad, para aferrarse a lo suyo.
 Pero solo sintió vergüenza por ese entorno que súbitamente había perdido sentido y que ahora parecía tan desubicado  como  un escenario con cortinas de terciopelo rojo plantado en el medio de una feria de barrio.
 Lo aletargaba el zumbido del comprensor que alimentaba la figura inflable de un reno de dos metros  con ojos estúpidos que, no obstante, parecían interpelarlo.
El jardinero que trabajaba en el parque, extrañado, apagó la bordeadora para escuchar lo que creyó un lamento prolongado de su patrón. Sólo atinó a gritar:
-Señora, venga rápido!
Alarmada por los gritos de su empleado, la hija del sindicalista se acercó  y azorada escuchó los gemidos de su marido,  quien ajeno a todo, se perdía en una sucesión  de sensaciones que iban desde la rabia hasta el viejo desamparo que había sentido en numerosas noches de niñez temerosa, en las que era necesario inventarse una realidad menos sórdida y violenta.
Con desconcierto, la mujer vio como aumentaban los sollozos descontrolados propios de un chico que hubiera necesitado de una mano firme y cariñosa que nunca llegó.
Un chico con carencias de escucha atenta y complicidades filiales, de esas que llenan el alma, fortalecen la autoestima y templan amorosamente el corazón.
-Por Dios Ezequiel,¿ qué pasa?¿ qué te pasa?
 Los espasmos dieron lugar al vómito, y la mujer, a esta altura desencajada, intentaba descifrar los balbuceos de su marido, a quien  apenas reconocía y que hecho un bollo en el piso frío  repetía una frase  como si fuera una letanía.
-¿Qué decís? No te entiendo!-se desesperaba ella.
 Y él seguía repitiendo la única manifestación de algo acaso parecido al afecto que había recibido de su padre. Unas pocas  palabras avaras  que recordaba en momentos de soledad en los que hubiera necesitado un beso o un reto.
La frase grabada a fuego en su inconciente y que ahora afloraba con la violencia y  la devastación del resentimiento.
 Ezequiel,  ajeno a todo lo que no fuera su propio dolor,  gritó mientras se golpeaba  la cara con ambas manos:  
-Vos pibe, laburá;  porque la plata no cae de los árboles.












lunes, 27 de junio de 2016

EL 54.



Cruzando la Gral. Paz, el colectivo lo dejó en una esquina con el piso de cemento resquebrajado  por cuyas grietas se colaban unos yuyos largos y amarillentos.
Al principio le costó identificar los edificios, como cuando una luz deslumbra a quien viene de un ámbito oscuro y lleva un tiempo acostumbrarse a la nueva situación. Pero José sabía demasiado esa cuestión de acomodarse a las cosas.
A poco de caminar reconoció la Iglesia-que no había cambiado - , pero nada más.
La mayoría de las fábricas tenían las ventanas tapadas por afiches que se iban acumulando uno sobre otro y al final formaban una masa informe de colores más o menos desvaídos.
Era el mediodía sobre la avenida y el recuerdo de otros mediodías lo invadió.
 Las imágenes de los obreros sentados a la entrada de los almacenes, en algún escalón, con sus ropas de trabajo color verde militar, o azul oscuro. La distensión del almuerzo compartido y la complicidad de alguna cargada mientras se preparaban unos sandwiches con el fiambre envuelto en papel blanquísimo.
 Eran las mismas calles, si, pero sin rastros de los almacenes ni los obreros, ni el ruido de los telares, ni don Jacobo saludando desde su auto grande y lustroso en el  barrio industrial que él había recorrido tantas veces en su bicicleta con el bolso de las herramientas al hombro.
 En esos años  de mucho trabajo, vivía de changas y tanto podía cortar el pasto como pintar una reja o destapar una cañería.
Cuando por recomendación llegó a la casa de don Jacobo para realizar un arreglo en la terraza, y luego se hizo cargo del mantenimiento del parque empezó a creer que su situación podía mejorar.
-Mande patrón-era su respuesta ante los requerimientos del empresario, a quien consideraba un ejemplo para su vida.
¿Acaso don Jacobo no había llegado escapando de Polonia siendo un muchacho y no había vendido por la calle hasta que pudo ubicarse como aprendiz en el taller de un paisano y con el tiempo montar su fábrica textil?
Su visión de lo social lo convirtió en un hombre influyente de la colectividad judía.  Había  fundado el club y la cooperativa de crédito de la que era presidente.
José lo valoraba y lo admiraba. Era un hombre de trabajo como él, y aunque había hecho mucha plata, no lo miraba desde arriba. Siempre estaba ocupado con nuevos proyectos, y a su lado, todo parecía posible.
-¿De qué se quejan ustedes?- era la pregunta recurrente  de don Jacobo cuando sus hijas, que  gustaban demasiado de las alhajas de oro, rezongaban por algo.
José se esforzaba por cuidar esa relación y no lo hacía porque fuera calculador, sino porque sabía que podía aprender mucho de aquel hombre, quien como nadie en la vida, lo aconsejaba y le daba oportunidades. Las ganas de progresar lo hicieron  pensar en pedirle un favor grande.
Las fábricas atraían grandes cantidades de trabajadores que se movían en el transporte público. Desde los bordes mismos del partido, allí donde las villas miseria se recuestan en la costa irregular del pequeño río agobiado de basura y químicos, los colectivos llegaban cada madrugada repletos de obreros de caras curtidas y miradas esquivas.
La línea necesitaba más coches y con un capital relativamente accesible los emprendedores como José podían asociarse y  convertirse en componentes de la empresa.
-Hablalo al viejo- le insistía su compadre.
-Hablalo al viejo- repetía su mujer.
Y josé estuvo muchos meses con la idea rondando su cabeza. No era hombre de precipitarse.
Fue don Jacobo, al verlo más pensativo que de costumbre, quien una tarde, mientras supervisaba su trabajo de pintura en la casa grande, le preguntó qué le andaba pasando.
Y entonces José intentó despacharse con todo.
 Intuyendo la seriedad del asunto, don Jacobo lo paró en seco:
- El lunes venga a la cooperativa y hablamos.
La noche anterior, José no pudo dormir. Ensayó mil veces los argumentos: que era una oportunidad;  que su compadre tenía experiencia como chofer;  que ya tenía visto el colectivo que quería comprar: sería el número 54 de la línea 109.
El lunes temprano llegó a la esquina de la cooperativa, iba a solicitar un crédito sin más  garantías que su honestidad.  Tuvo el impulso de salir corriendo,  pero entró.
Don Jacobo lo escuchó, hizo preguntas. Estaba acostumbrado a evaluar los negocios y sabía hacerlo. Era mucha plata, pero le pareció viable y sobre todo confiaba en ese hombre que a pesar de las muchas diferencias, le recordaba a sí mismo cuando también tenía más sueños que certezas.
-Ahora va a hablar con el gerente y arregla los papeles.- Sentenció desde su escritorio sin lujo alguno.
José lloró. Disimulando las lágrimas volvió para su casa. Los siguientes días fueron de una excitación desconocida para él.
Cuando después de los trámites de rigor, por fin le entregaron el cheque, su entusiasmo era tan grande que no midió la magnitud del riesgo y confió.
Atareado y feliz volvió una tarde a su casa con la intención de seguir haciendo cuentas. Desde el umbral ya percibió algo raro, como un silencio cargado de culpa.
 Su mujer y el compadre habían desaparecido con la plata.
 Apenas repuesto del aturdimiento inicial, los buscó durante semanas con la intención de matarlos y  no los halló.
Toda su entereza no alcanzó para enfrentar a don Jacobo.
 Escapó, y su vida se redujo a seguir la ruta de las cosechas. El trabajo como peón golondrina lo endureció aún más. La vergüenza y el alcohol terminaron con lo que quedaba de su dignidad.
Ahora , después de veinte años en los que no pudo dejar de sentirse como un ladrón, el remordimiento lo hacía volver al barrio.
Un ruido impiadoso de hierros y ladrillos  que se niegan a desaparecer lo devolvió al presente.
El edificio de la cooperativa  está siendo demolido.
Van a construir un bingo.
 Eso le ha dicho el capataz de la cuadrilla que siguió haciendo su trabajo como si nada.




sábado, 11 de junio de 2016

De cómo el Laucha Blanca pasó a ser el Lauchón.





Mientras esperaba en la parada,  Ignacio se fastidió porque el colectivo vino rápido. Sin embargo, lo que le dolía era haber perdido su puesto en la Municipalidad.  El nuevo intendente lo había  echado como a un perro sarnoso. A él y a unos cuantos más.
Subió y enseguida se puso a escuchar música con los auriculares ostentosos que se había comprado con el último sueldo.
No eran más que treinta cuadras, pero el paisaje cambiaba mucho. Desde la plaza hasta la avenida que era el límite del municipio, los pozos de las calles se iban agrandando y los autos tenían que hacer maniobras inesperadas para esquivarlos.
Ya no se veían edificios sino casitas bajas: las antiguas, sin otra cosa para mostrar más que sus  revoques con urgencia de pintura; las más nuevas, ostentando sus fachadas de ladrillos desnudos y ventanas sin persianas.
  No había lugar para jardines y en algunas veredas, los vecinos armaban sus piletas de lona compradas con el aguinaldo. Un lujo proletario que era el desahogo de los pibes a la hora de la siesta.
La mirada de Ignacio se perdía en las calles que tan bien conocía pero que había dejado de frecuentar últimamente.
Bajó del colectivo y caminó unos metros.
-Qué hacés viejo- saludó a su padre sin ganas, sin interés, deseando estar en cualquier lado menos en la verdulería, su nuevo lugar de trabajo.
- Hola hijo- respondió Don Mamani, con la voz ronca de tanto dar órdenes desde el cajón de manzanas en el que se sentaba y que parecía el puente de mando de un barco carguero.
-Llegó el Nacho! – dijo casi con alegría su hermana Nancy,  quien con aspecto de Pachamama del siglo XXI, reinaba en la caja.  Desde la fila interminable de clientes que acababan de servirse de las góndolas rebosantes de verduras y frutas,  la miraron con impaciencia.
- Ayudá a los muchachos- se escuchó la consigna breve y terminante de Don Mamani.
“Los muchachos” a saber: El Negro Mamani, hermano mayor de Ignacio,  el Rodri y el Chaco. Los dos empleados  miraron sin entender al segundo de los Mamani, tan diferente al primero como podría ser un vendedor de la Salada y otro del Alto Palermo.
Sin ningún preámbulo, el Negro le lanzó una bolsa de zanahorias.
-Paráaaa…! – atinó a gritar Ignacio, quien cayó desparramado en el piso con la bolsa encima.
-Jaja, se burló el Chaco- este es muy flaquito, parece una laucha.
-Boludo, ¿Dónde viste una laucha blanca? – Dijo el Rodri mientras cargaba dos cajones de acelga y esquivaba a una vieja que acababa de entrar al negocio.
-Acá, este el auténtico Laucha Blanca, papi!- Lo gozaba el Negro.
-Prefiero ser laucha blanca y no rata negra como vos- vomitó Ignacio pateando las zanahorias que ahora rodaban libremente por el piso.
-¿Qué dijiste? Parate y decímelo en la cara, boludo.
-¿Acá no labura nadie, carajo?- Don Mamani se había puesto de pie.
- ¿Quién sigue? – Nancy levantó la voz como para no dar importancia a la situación que se tornaba cada vez más tensa.
Desde la muerte de Rosa, la madre de los tres Mamani, Nancy se encargaba de poner paños fríos cuando el asunto de las diferencias con Ignacio se hacía evidente.
 Rosa y Don Mamani habían tenido un matrimonio matizado por los disgustos y las separaciones.
El hombre viajaba seguido a Bolivia -donde ambos habían nacido - y pasaba largas temporadas.
 A la vuelta de uno de esos viajes, Don Mamani se reencontró con Rosa embarazada de dos meses. En virtud de un acuerdo al que nadie tuvo acceso, el chico que nació, blanco como la leche y de pelo castaño claro, se llamó Ignacio Mamani y nadie en su sano juicio osaba cuestionar la paternidad del hombre.
 Nadie, excepto el Negro.
Y en ese clima de recelo mutuo, del fantasma de lo no dicho, Ignacio volvió a trabajar en el negocio de la familia.
-¡Dale Laucha Blanca, el camión no se descarga solo!- el hijo mayor hostigaba a su hermano desde temprano.
-Pará boludo,  ayudalo ¿no ves que no puede?- se animó a intervenir el Chaco, viendo como Ignacio pugnaba por llevar en un hombro dos cajones de tomates.
- ¡Si no puede que se quede en la casa!
-¿Qué te hacés, pelotudo?- Se defendía Ignacio.
 Después de dos semanas se había curtido bastante pero no olvidaba su trabajo anterior en el playón de la intendencia donde iban a parar los autos mal estacionados. Ser empleado municipal le dio la posibilidad de alquilar un monoambiente cerca de la estación.  Habían sido sus modestas victorias;  las que lo habían alejado de la animosidad de su hermano y de la compasión de su hermana.
-¡Vamos, vamos que es sábado! ¿ Están dormidos o qué?- Don Mamani arengaba desde su puesto en la vereda.
Todas las mañanas, el camión que venía directamente de las quintas cercanas a La Plata, se estacionaba enfrente del negocio. Era  enorme, con una caja que parecía el vagón de carga de un tren.
 El trabajo duro que recomenzaba cada día, no le daba tiempo a Ignacio para pensar demasiado. Su tarea era descargar el camión.
-Te pedí los duraznos primero- Se quejaba el Rodri, encargado de proveer las góndolas.
-Che, falta el precio de la palta- dirigía Nancy.
-¡Eh doña, me toca a mí!-, algunos clientes se indignaban contra los que querían pasarse.
Desde la puerta del negocio el Chaco notó un movimiento en la mercadería que aún estaba en el camión y  le gritó a Ignacio con indiscutible experiencia en el asunto:
- ¡Guarda con las sandías, están mal acomodadas!
-¿Qué, ahora tenés miedo, vieja? Fanfarroneaba Ignacio desde arriba de la caja.
-¡Te digo que se vienen…! – insistía el empleado
-Dejálo, que éste se las sabe todas, debe ser  por eso que  lo rajaron del laburo- el Negro Mamani no desaprovechaba ninguna oportunidad.
Cuando Ignacio se incorporó para contestarle a su hermano, notó el suave deslizamiento de las sandías que estaban  acomodadas en la base de algo parecido a una  pirámide. Todo el conjunto empezó a desmoronarse.
-¡Cuidado! –gritaron todos mirando alternativamente al camión y a la camioneta último modelo que estaba pasando en ese momento por la calle.
-¡La puta madre…….!-atinó a gritar Ignacio.  En una fracción de segundo se volvió hacia las sandías que prometían convertirse en una catarata sobre el asfalto. Midiendo el riesgo del posible impacto con la camioneta, estiró su cuerpo debilucho  como si fuera un arquero atajando un penal y empujó  la pesada puerta del camión, aguantando toda la presión de la carga. Había sacado fuerzas de su orgullo malherido.
-No puede ser, ¿Cómo carajo hizo?- se preguntaron todos.
-Bueno, vamos, a seguir- se recompuso el Negro y subiendo al camión dijo como al pasar: - y vos Lauchón, bancá que a los dos tenemos que salir para la cancha.
- Si Lauchón, vení con nosotros, a lo mejor nos das suerte, boludo- dijo el Chaco mientras ayudaba a acomodar el desastre.
-¡Si son unos muertos….!.- Ignacio se incorporó como si nada, disimulando  el dolor que se  le clavaba en la espalda, a la altura de los riñones.
Esa tarde de sábado festejaron el triunfo de su equipo y se fueron a tomar unas cervezas al kiosco donde paraban los hinchas menos violentos.







domingo, 29 de mayo de 2016

LA DRA. IRIS.




-Una vez, mientras caminaba por Madrid,-  hizo una pausa para crear suspenso y examinar al auditorio de adolescentes-  estaba distraída mirando una vidriera y un hombre se me  acercó y me dijo:
-¿Usted nació en abril?
-¿Por qué?-le contesté.
-Porque su cara es una rosa.
-Pero profesora, ¿Por qué nunca se casó?-alguien se atrevió a preguntar.
-Porque el que vino no convino y el que convino no vino.-sentenció de modo terminante
Iris Brunetto era titular de varias cátedras en el Colegio Nacional que funcionaba en un viejo e imponente edificio, justo enfrente de la plaza principal de un municipio de la Prov de Buenos Aires, cercano a la Capital. También había sido profesora de muchas promociones de maestras en la Escuela Normal del mismo distrito.
Famosa por su oratoria vehemente, lograba adhesiones algo temerosas. Los  detractores hablaban en voz muy baja. No obstante era difícil sustraerse al encanto de sus anécdotas:
Los alumnos de la escuela secundaria, seducidos por sus historias pero sobre todo por la forma de contarlas, no estaban muy seguros de sonreir o quedarse serios.
-¡Qué vieja podrida ¡ Me tiene harta. ¿A quién le importa lo que dice?- Griselda Russo, de 4º 1º no se conmovía. Desconfiaba y la miraba con recelo. Cada vez que veía el Renault 4 bordó estacionado en la calle, un nudo en el estómago le recordaba que ese día tenía clase con ella.
Lo cierto es que esta profesora no era como las demás.
 Se presentaba como “la Dra. Brunetto, profesora de Historia y abogada”. Lo decía como al pasar, sin atribuirle importancia, pero bastaba eso y su mirada azul que se perdía en el horizonte cercano de las ventanas del aula para que todos se callaran.
 Su rostro no era bello. La  teatralidad de su forma de hablar había profundizado las líneas de expresión. Por eso mismo no exageraba con el maquillaje.
Su presencia se destacaba. Se notaba que había sido muy delgada. La madurez le había aportado algunos kilos que hacían imponente su figura. Caminaba lentamente  llevando una cartera grande colgada del antebrazo y una bolsa con libros y evaluaciones para corregir en la otra mano.
Se movía con seguridad, con pasos largos y pausados.
Parecía estar al margen de ajetreo general, como una torre solitaria.
Era hija única y había perdido hacía mucho tiempo a sus padres.
Tenía una colección de trajecitos de pollera y saco tejidos al crochet por ella misma. Usaba zapatos bajos clásicos haciendo juego. Jamás se vestía con pantalones.
 Su piel era tan pálida que se le notaban algunas venas, sobre todo en el cuello largo, como de cisne.
 -¡Ese tipejo……!
Calificaba a algún candidato  en la post dictadura, cuando los políticos y la democracia eran una novedad.
Y bastaba eso para que se creyera que el personaje en cuestión era execrable de verdad.
-Cualquier cosa va a ser mejor que un gobierno militar. Hay que acostumbrarse a respetar lo que la gente vota.-retrucaba Griselda con una audacia que admiraba  a sus compañeros.
-Por supuesto, aunque no creo que “cualquier cosa” como Ud. dice. Además, antes de opinar hay que informarse -respondía la Dra.
-Si, como nos informan en la escuela...
Los intercambios con Griselda eran tensos. La aparente calma de la profesora apenas contenía la ira que esta mocosa le producía.
Testigo de una época que se terminaba, el discurso de Iris era conservador.
Estaba culminando su carrera en la docencia justamente en momentos de transición hacia una libertad que sus estudiantes empezaban a descubrir. La educación no alentaba las preguntas ni la participación. Su personalidad encajaba perfectamente con esas premisas. Por eso, la media sonrisa que esbozaba siempre, podía ser de aprobación pero también era un arma cargada de ironía.
Griselda no le temía. Eso la hacía muy popular entre los amigos a quienes invitaba a su casa a escuchar discos de los Rolling Stones. Era de baja estatura, la sonrisa siempre dispuesta y los ojitos marrones que parecían comprenderlo todo. Sin embargo, lo que la caracterizaba físicamente era su pelo incontrolable. Algo así como un manojo de resortes que crecían ignorando la ley de gravedad y que se escapaban insolentes de cualquier dispositivo  que pretendiera atraparlos.
-Yo tengo un tío que desapareció.-le confió una vez a la compañera de banco.
-¿Cómo que desapareció?
- Lo fueron a buscar una noche a la casa. Cortaron la calle y entraron rompiendo la puerta. Le pegaron, revolvieron todo y se lo llevaron. Hace varios años de esto y nunca apareció. Era del sindicato de los metalúrgicos.
-¿Y no lo denunciaron en la policía?
-No, nena. No entendés nada. Fueron ellos. No tenían uniformes, pero se sabe que eran militares y también polícías.
-Ah!
Los nuevos tiempos permitían comportamientos que los jóvenes alumnos ni siquiera habían imaginado.  
Todo en lo que habían creído se venía abajo de repente, como si un sismo moviera todas las estructuras. No todos estaban preparados.
Griselda Russo, sí.
Fue una de las primeras en querer  formar el Centro de Estudiantes. Su familia, no obstante, se opuso. Tan fresco estaba el espanto de desconocer el destino de uno de los suyos. Pero los nuevos vientos que soplaban eran imparables.
Griselda empezó a organizar las reuniones. Hablaba con todos, iba de curso en curso.
 Convencía, cuestionaba, inspiraba.
 Los directivos sabían que no podían evitarlo. Tímidamente, algunos docentes, sobre todo los que habían tenido militancia y habían sufrido el miedo y la censura, alentaban estas actividades.
Pero ella era una chica de dieciséis años y además de la política y tal vez con más fuerza aún,  la atraían los varones.  Y el Colegio Nacional, pensado como estaba para ser el puente hacia la Universidad, rebosaba de chicos. Había uno en especial, de 5º año, a quien Griselda no le perdía pisada. Podía ubicarlo precisamente en cualquier momento ¡Y eso que el Colegio era enorme!
Por suerte para ella, a él también le gustaba la política. Esta circunstancia los hizo inseparables.
Un día de setiembre, los dos pidieron una reunión con la jefa de preceptores.  A pesar de  los cambios, las autoridades ponían reparos para que los chicos salieran en horas de clase para reunirse.
 Los citaron en la preceptoría.  En ese momento, la jefa fue requerida de urgencia. Una chica de primer año se había desmayado y varios docentes la estaban asistiendo mientras esperaban la ambulancia.
 Los dejaron solos, esperando.
Sentados uno al lado del otro, tomaron conciencia de que siempre habían estado ocupados por los problemas del Colegio, y en ese momento no sabían de qué hablar. El breve espacio que los separaba se volvió  una barrera que le impedía a Griselda mirar y solamente dejaba pasar el aroma de la loción para después de afeitar. Fue como si su cuerpo despertara entero al llamado del perfume y ya no quiso controlar la emoción que le nacía en  el pecho y le invadía el alma de chiquilina enamorada.
El muchacho, mirándola con fijeza, le rozó la cara con el dorso de la mano con la excusa de acomodar un bucle irredento. Y como no encontró resistencia, rodeó con la palma su mejilla y parte del cuello. La atrajo con cautela y empezó a apoyar sus labios en los de ella. 
 Al lado de la oficina había un pequeño cuarto donde se guardaban los materiales didácticos. Griselda se dejó guiar hasta ahí.
La Dra. Brunetto, mientras tanto, iba caminando por una de las galerías cuando vio el revuelo de la alumna descompuesta rodeada por casi todos los preceptores que intentaban auxiliarla. Decidió que la situación ya estaba lo  bastante desbordada como para sumarse al grupo que, lejos de ayudar, sofocaba cada vez más a la pobre chica.
Pasó por la oficina de la jefa y recordó que necesitaba un mapa para su clase. Como no había a quién pedírselo, decidió entrar y tomarlo ella misma de lo que ampulosamente llamaban “mapoteca”.
Entró a la preceptoría. No había nadie. Escuchó un ruido tenue, como un roce y lo asoció a las dos sillas que acababa de ver y que estaban raramente enfrentadas. Pensó que exageraba su sentido de la intuición. De todas formas, sospechando, se asomó al cuartito contigüo.
Sentados en el suelo, entre láminas, escuadras tamaño pizarrón y un esqueleto de plástico que, colgando de un armazón hasta parecía divertido, los candidatos a delegados,  se besaban con avidez. En el momento en que el chico comenzaba a desprender los botones del guardapolvo de Griselda,  se escuchó:
-Pero, qué es esto! ¿Qué están haciendo? –Iris pensó enseguida que la respuesta a su pregunta era obvia.
Parada frente a ellos, parpadeó. La indignación empezó a subirle por el cuerpo y le estalló en el rostro como una oleada de sangre que tiñó sus mejillas.
Los chicos se quedaron inmóviles sin posibilidad de reaccionar ni disimular.
 La profesora hizo una pausa, como para seguir gritando.
Al ver que se trataba de Griselda- no conocía al chico-, se enojó aún más. Pensó en tranquilizarse y respiró profundo. Al fin y al cabo, esa chica le había demostrado tener más iniciativa que muchas mujeres de su generación.
 Entonces, ocurrió lo impensado: la invadió una sensación de ternura inusual en ella.
 Tal vez fuera por  la patética expresión de susto de los dos o tal vez  por el recuerdo de una  historia que había comenzado una tarde lejana en las calles de Madrid, lo cierto es que se compuso y con una expresión ensayada, como el de una reina que les habla a sus súbditos, les espetó una de sus famosas frases:
-¡Cubramos esto con un manto de piedad! 
Y haciendo un esfuerzo por parecer más severa dijo:
. Váyanse de acá y que no los vuelva a ver.
 Salieron corriendo.
 Griselda lloraba de bronca. Si bien estaba avergonzada pesaba más la humillación de que fuera justamente esa profesora quien la descubriera. No entendía su actitud.
Hubiera preferido una sanción. Estaba más preparada para la confrontación que para ese gesto inesperado.
Las cosas entre ellas siguieron más o menos igual, solamente que la alumna ya no pudo mirarla a los ojos.
Poco tiempo después, la Dra Iris se jubiló y enseguida cayó enferma de gravedad.
No se supo más nada de ella, salvo que se reunió con unos parientes lejanos para resolver las cuestiones relativas a su inminente entierro.





martes, 24 de mayo de 2016


Un aporte a mi blog de Marisa Barrera


ANOCHECER TANGUERO 



Estaba oscuro, muy oscuro
la noche cerrada
sin luna acompañaba
aquella sala enrarecida
por el humo del tabaco.

A lo lejos, el bandoneón
se quejaba en su letanía
tal vez conocedor
de las penas de ese día.

Tabaco rancio
sonido magistral
del viejo fuelle matador
y allí, en una mesa
con lágrimas saladas
difusas, heladas
la perdida mirada
de un malevo tardío
de una época ida
de un tugurio porteño.

ya terminan los acordes
ya se apura la grapa
ya se secan las lágrimas
aprontando el cigarro

Sube la solapa
y sale a caminar
en esa noche cerrada.
Silencio...

 Marisa Barrera

  LUNA DE MIEL EN PACHECO El club de jubilados estaba listo para su peregrinación anual a las Termas de Río Hondo. Como siempre, se presentó...