jueves, 20 de octubre de 2016



Presentación del libro "Al otro lado del mundo", una antología donde figura mi cuento "Terremoto en Buenos Aires". 





¡Gracias editorial Dunken !










 

sábado, 1 de octubre de 2016

CARTONERA





Tira de su carro
Y solo ve,
pálido, el cartón
que la ayudará a comer

Tira y  todo esquiva,
con pudor.
Ella sabe que murmuran
de su ropa sin color.

Calles y  peligros
que se mezclan con su sed.
Rabia contenida
que no logra resolver.
Nunca hubo otro infierno
que se vea tan natural,
fundirse en sus sombras
y esperar.

Tira y a la villa va a volver.
Suburbio intranquilo
detrás del atardecer.
Un arroyo denso,
unos ladridos
Después un silencio tenso
bajo un cielo ensombrecido.
Refugio escondido
que la separa del frío.
De los que la ignoran
o la hieren sin motivo.
Porque sienten miedo
como cuando grita el tero,
que hace ruido
solo por cuidar su nido.

Tira y a la villa va a volver.
Suburbio intranquilo
detrás del atardecer.
Un arroyo denso,
unos ladridos
Después un silencio tenso
bajo un cielo ensombrecido.
Refugio escondido
que la separa del frío.
De los que la ignoran
o la hieren sin motivo.
Porque sienten miedo
como cuando grita el tero,
que hace ruido
solo por cuidar su nido.


lunes, 12 de septiembre de 2016

El fin de la gauchada.



Rosales andaba por un montecito de algarrobos oscuros cuando vio venir desde lejos el auto plateado. No salió aunque sabía lo que iba a pasar; es más, se escondió y enfiló con el caballo para el lado opuesto al camino.
 El auto se hamacaba en la superficie inestable de barro hasta que en un momento  perdió el rumbo y se deslizó  hacia la cuneta inundada. La trompa se hundió mansamente. El agua le llegó justo hasta el parabrisas y las dos ruedas de atrás quedaron en el aire, pero Rosales ya no veía la escena porque lejos de ahí, se dedicaba a juntar las vacas que con pereza se movían entre  las liebres color miel que andaban a los saltos, en total libertad.  Iba arreando el ganado por los potreros, abriendo y cerrando tranqueras, con movimientos certeros pero desganados.
Miró el sol otoñal que caía  sobre las lagunas que rodean al río Salado. ¿Por qué le prestaba tanta atención si había crecido en comunión con ese cielo que a la hora del atardecer se teñía de grises y rosas, para dar luego lugar al azul profundo? Y aunque no pudiera ponerlo en palabras, él sabía que era una de las últimas veces  que podría observarlo sin tener que dar testimonio de nada, solo mirarlo e hincharse los ojos de belleza pura, nunca igual, y sentirse satisfecho y dueño de si mismo, como los teros y las lechuzas.
Anduvo toda la tarde ocupado en sus labores. Empezaba a refrescar cuando encaró despacio el regreso al casco de la estancia; la casa grande que estaba por convertirse en hotel. La misma que había sido confiscada por Rosas en tiempos de los Libres del Sur y vendida después a un escocés y después a un vasco y así de generación en generación. Todavía mantenía la dignidad de los edificios coloniales, de una sola planta, ventanas generosas, paredes anchas y sólidas. No tenía el lujo de los palacetes de estilo francés que se edificarían más tarde pero tenía la nobleza de las primeras estancias de la zona y de sus dueños. Los que se habían atrevido a enfrentar al Restaurados de las Leyes y a los degolladores, dejando en la miseria a sus deudos.
 La estancia cambiaba de nombre y de destino. Ya no se dedicaría al  engorde de esas vaquitas que, aunque ajenas, habían sido toda la vida de Rosales.
Ahora iban a sembrar soja. La empresa que vendía las semillas se encargaría de todo. Él ya lo había visto en otras propiedades. Un silencio de sepulcro en los campos eternamente verdes,  interrumpido  solamente por el ruido de  las avionetas que fumigaban y mataban todo lo que creciera sin permiso de los gringos, sus patentes y  sus ingenieros.
¿Para qué necesitarían peones si hasta las cosechadoras se alquilaban y listo?
Es cierto que le habían ofrecido quedarse y atender a la gente que se alojaría en la casa grande. También estaban los otros dormitorios, un poco apartados, unidos por una galería que daba al parque central  y en la que había bancos de madera y canastos con troncos de quebracho para alimentar las salamandras.
-Vamos hombre, piénselo.-le había dicho el patrón.
 Y él lo había pensado. Demasiado. Sobre todo desde que se había quedado solo y el día era eterno y no tenía más remedio que imaginar cómo sería su vida, como acomodarse a la nueva situación.
-El asado me gusta hacerlo para mí- fue la respuesta cortante y definitiva.
-Usted sabrá.
El patrón tampoco tenía voluntad de andar rogando.
Ya era de noche cuando Rosales, después de encerrar el ganado, venía al trotecito por la entrada enmarcada por eucaliptus que se erguían en disciplinadas hileras hacia lo alto.  Iba a rodear la casa hacia el fondo, cerca de la caballeriza, donde estaban las piezas del personal que había sabido ser numeroso.
Fingió sorpresa cuando vio al contador sentado en el piso de mosaicos blancos y negros, con la espalda apoyada en la puerta de madera maciza de la entrada principal. Lo vio  incorporarse  con el traje embarrado. Estaba maltrecho y furioso. Se tomaba la frente con un pañuelo ensangrentado.
-¡Pero, digame!,¿ no le avisaron que yo venía hoy?-
-Buenas noches, doctor-Rosales ni siquiera se bajó del caballo- No señor, no me han dicho nada.
-¿No le anda el celular? Lo estuve llamando toda la tarde- Se notaba que el contador estaba haciendo un esfuerzo para no insultarlo.
-Es que casi nunca hay señal por acá- Movía la cabeza con gesto ingenuo.
-Escúcheme, no sabía que el camino estaba tan malo. Tuve un accidente. Venía con mi auto,  perdí el control y me caí a una zanja.
-¿Pero dónde fue eso?- Rosales disfrutaba el momento.
-Como a tres kilómetros de la salida de la ruta.
-¿Y no lo pudo sacar?
-Gracias que pude salir yo.-el contador estaba cansado y dolorido. –Había quedado con el dueño en que esta noche me alojaba acá porque mañana tenemos una reunión muy importante. ¿Cómo, no le avisaron?
-Y no, el patrón está atareado con tanto cambio.
-Escúcheme, vamos a tratar de sacar el auto.
-¿Ahora?  No se puede. Mañana tendrá que ser- la expresión del peón tenía una falsa tranquilidad.
-Si, claro, ahora no se ve nada. Tiene razón-  hizo un esfuerzo por calmarse.- ¿Puede abrir la puerta así me lavo esta herida y me cambio?
-¿De la casa grande?- Rosales seguía interpretando su papel.
-SI, claro.
-Pero no me dejaron la llave.
-¡Cómo que no tiene llave! ¿Dónde me voy a quedar esta noche?- Ahora si el contador estaba al borde del llanto.
-y….le dije que el patrón anda medio mareado.
Los dos hombres se quedaron en silencio.
Rosales, dueño de la situación, dijo al fin:
-Si quiere, se puede acomodar por esta noche en una de las piezas de los peones, total, están todas vacías.
-Le agradezco. Mañana, cuando venga el dueño, se irá aclarando el panorama
-Si usted lo dice, doctor, será así nomás. Tiempos jodidos, doctor, tiempos jodidos.
Rosales siguió derecho con el caballo hacia el fondo donde estaba su pieza. Le quedaban unas pocas cosas para embalar.  




miércoles, 17 de agosto de 2016

DESENCUENTRO .





-No vas a ningún lado- la madre estira el cuello para ver el cielo desde la ventanita de la cocina.
-¿Por qué?- la hija se hace la desentendida, mientras se saca los hilos de la ropa.
-¿ Adela, no ves cómo está?-insiste la madre- .
-¡Pero si todavía no llueve!-ahora apila los bolsillos recién cosidos.
- ¿Adónde vas a ir vos? Si se viene una tormenta-el hermano mayor entra y se calienta las manos en la hornalla prendida. –Poné la pava, vieja.
-vos saliste igual-la hermana guarda ahora la tijera en el cajón de la máquina de coser.
-A trabajar... Dale,  hacete unos mates- y la orden vino disfrazada de pedido.
- Y yo recién termino de coser, todo el día con el pedal dale que va- la chica se estira la blusa.
-Si, escuchando a los Pérez García  y chusmeando con las de enfrente, lindo trabajo. Te lo cambio por el taller-se despatarra el hermano en la silla con asiento de paja y respaldo de madera apenas lijada.
-Y vos que llegás y tenés todo listo para ir tranquilito a las carreras…..
-No empiecen-la madre llena la pava inmensa y la pone sobre la hornalla; corta el pan.
-Me voy, vuelvo enseguida- la chica se escurre hacia la puerta y sale a la galería.
-Te digo que viene una tormenta fuerte- el hermano se impacienta y la agarra del brazo.
-¿Qué pasa acá?- El padre abre la puerta de la calle, se saca la boina azul oscuro y se la pone debajo del brazo.
-¡Ésta, que quiere salir ahora con este tiempo! Qué van a decir los vecinos, que es una atorranta, que no tiene familia- el hijo no la suelta.
-¿Adónde va m’hijita?-el padre la mira con ojos bondadosos.
-A lo de Elisa, por los trajes…- los ojos de la chica le imploran al padre-
-¡Mentira!, Seguro se va a ver con alguno- se indigna el hermano.
-¡Cuidado con lo que decís!- suena gastada la voz del padre.-
-A lo de Elisa podés ir mañana, faltan dos semanas para carnaval- la madre le tiende un mate al marido.
-Pero quedé en ir hoy!- La chica casi suplica pero su voz se pierde porque el aguacero  se precipita y retumba como una catarata de clavos sobre el techo de chapas de la galería.
-Entren- dice la madre.
-Adentro- el padre toma del hombro a la hija que ha empezado a lagrimear.
-Es por tu culpa-grita la chica y revolea un cono de hilo directo al ojo del hermano que apenas tiene tiempo de esquivarlo.
-Pero que hacés desgraciada!- Y la corre alrededor de la mesa enorme de madera maciza pintada de verde oscuro.
-Hacé algo!-la madre intenta frenar lo que se veía venir.
-Basta, mierda! paren los dos- el hombre viejo que solo quiere descansar intenta poner orden con gesto más cansado que enojado- Mirá que sos grande, vos- se dirige al muchacho.
-Buenas…!-La vecina  ha entrado a la galería y golpea el vidrio de la puerta de la cocina pero nadie la escucha – Buenas!-repite casi gritando con un plato cubierto con un repasador y protegido con todo su cuerpo. Entra-  Les traje unas tortas fritas.
-Pase, pase- el muchacho disimula y deja en paz a la hermana. Todos miran a la vecina que chorrea agua como si fuera un paraguas recién usado.
-Pero por qué se molestó- la madre aparenta tranquilidad.
-No, al contrario, no es molestia- y la vecina se mira la punta de los zapatos y levanta la mirada santurrona y la clava en los ojos del hombre joven
 -Pero siéntese, ¿Quiere un mate?¿Ha visto qué tormenta? Está lindo para comer unas buenas tortas fritas.-Le devuelve la mirada, pero casi maliciosa.
-Yo sé que usted le gustan.- se sienta la vecina y se acomoda los mechones debajo de la vincha.
-¿Y cómo anda su madre?- el viejo le sigue el juego al hijo.
-¿Se mejoró su abuela?-La madre se sienta al lado de la vecina.
-Si, la abuela ya está mejor, gracias, le manda saludos-la mujer se arregla la ropa mojada.
-¡Y a mi qué me importa todo eso, vos hacés lo que querés por ser varón!-cruza una mirada con odio a su hermano y se va a la pieza de adelante.
- ¿Qué decía? Ah! Sí, su abuela, pero mire cómo se ha mojado, ¿Le traigo una toalla?-Sobreactúa el joven. Disimula.  Intenta  tapar el llanto furioso de Adela.

Querida Elisa:
Te dejo la presente porque no te encontré y encima me mojé toda. Menos mal que tenía el cuaderno de corte y confección en el bolsillo del saco así te puedo escribir. Como no me dejaban salir por la lluvia, me hice la que lloraba y mientras tanto salté por la ventana de la pieza. En la cocina estaban los viejos y mi hermano con la marmota de la vecina que siempre que puede viene a ver si se lo puede levantar. Había quedado en ver al muchacho que te conté. Ahora me voy para la esquina de Mitre y Paso a ver si todavía no se fue. Si me descubren y te van  a preguntar deciles  que fuimos a ver las telas para los disfraces. Chau, después te cuento.  
                                                                                                                      Adela.

Ya sabía que no iba a venir. No tengo suerte y encima con esta tormenta y para esto pedí salir antes del laburo. Quien me mandó fijarme en esa piba. Me jorobó. O a lo mejor no vino por la lluvia. Ya pasó una hora. Y no, no viene. ¿Dónde vivirá? Seguro que por acá cerca. No, no se ve a nadie. Ya está parando. El vigilante de la esquina me está mirando feo. Y no, no espero más. A ver si todavía termino en cana. Le voy a preguntar por donde tengo que agarrar para llegar a la estación.  Me vuelvo caminando total de esta esquina de Belgrano y Paso deben ser como doce cuadras.
A lo mejor me la cruzo.






domingo, 31 de julio de 2016

Y SIN EMBARGO SE MUEVE



Siento un gran alivio al saber que ya no hay nada que temer. Pero algo me dice que la historia sigue.
 ¿Por qué no abandono el rol de víctima ?
Los miro desde lejos. Son dos. Están apilados como en los ritos de la India en los que después de rendir los honores correspondientes, se enciende una gran hoguera. Acá no hay hogueras y mucho menos honores. Apenas una habitación  que yo conozco bastante bien  y los dos cuerpos inertes encima de una mesa. Me pregunto por qué estarán uno sobre otro. Desconozco la identidad del que está en la base de esta torre siniestra. Me intranquilizo. Una parte de mi dice-Ya está, se terminó-. Pero estoy sola y no es un buen signo. Siempre estoy sola. A la distancia (claramente decido apartarme) creo ver un deslizamiento. El cuerpo de arriba parece moverse. No parece, esto está pasando. Son como espasmos pero lentos y torpes.
-Y sin embargo se mueve- cuando me pongo nerviosa me acuerdo de frases célebres.  --Tranquila- me tengo que reponer.
 Estoy como clavada en el piso. Sucede lo que yo esperaba. Se pone de pie y se estira. Empieza a mirar alrededor. El terror me impulsa a escapar por el pasillo. Llego a la vereda pero incomprensiblemente no puedo avanzar. Es una cuadra y media. Me sofoco y el aire parece oponer una resistencia insalvable. Empujo como puedo sin mirar atrás. Tengo que llegar hasta la casa de Nené. Siempre me ha calmado su buen humor. La puerta está entreabierta. No puedo hablar pero ella entiende todo. Ignoro cómo lo hace. Me dice “ es normal”. 
-¿Cómo va a ser normal que un muerto reviva? –pienso pero no digo nada. No me conviene. Prefiero creer en Nené.
Con la alegría de siempre, me muestra la colección de ataúdes. Hay un montón. Están parados uno al lado del otro, apoyados en la pared. Las luces resaltan sus hermosos colores y los laqueados perfectos. Los hay caobas, tostados y unos casi negros con herrajes lujosos.  
También hay una serie de vitrinas pero no entiendo para qué son o qué es lo que muestran. No importa. A Nené nunca le importa nada realmente. Va por la vida así, livianita.  Me pregunto cómo hace. Finjo que está todo bien y se desacelera el ritmo de mi respiración. ¿Todo bien dije? Miro de reojo hacia la calle. Y si, parece que nadie ha reparado en el asunto.

Me despierto de golpe. Ya es de día.

miércoles, 13 de julio de 2016

La plata no cae de los árboles.


Ezequiel Arriaga había leído mucho pero no sabía nada de literatura.
 Sus autores preferidos no eran poetas ni novelistas. Mucho menos filósofos o científicos, sino escritores con trayectorias incomprobables que contaban su patrimonio por millones y cuyos libros ocupaban los lugares más expuestos en las librerías de moda de los mejores shoppings. Sus lecturas trataban sobre el pragmatismo necesario para alcanzar la única finalidad  de su vida: hacerse rico.
No vivía lujosamente, eso podía esperar. Tampoco tenía pareja, solamente compañías ocasionales, porque eso también podía esperar.
Tenía amigos. Cultivaba amistades calculando los posibles beneficios. Sinceramente creía que todas las amistades se entablaban por interés. No compraba el discurso de las almas gemelas ni eso de ponerse en el lugar del otro. Lo juzgaba de una enorme hipocresía generalizada. Simples remilgos que encubren los verdaderos objetivos de todo el mundo: hacerse rico.
Comenzó a trabajar como gestor, aprovechando al máximo la libertad de movimientos que esta actividad le permitía.
Recorría el sur del conurbano en un auto importado. Era un modelo viejo. Lo suficientemente antiguo como para no tentar a los ladrones y lo bastante lujoso como para no olvidarse de su meta: hacerse rico.
De apariencia seductora,  era muy joven aún,  razón por la cual se vestía con un estudiado estilo clásico. Lo juzgaba necesario para generar mayor confianza.
 Estaba siempre atento a las oportunidades que ofrece la calle para el ojo  entrenado: los contratos de las empresas de servicios públicos, los riesgos, las necesidades de préstamos;  los intersticios legales, fuentes de ventajas  que siempre aparecen como consecuencia  de los contactos apropiados. En fin, todo aquello que lo acercara al fin declarado de su vida: hacerse rico.
Cuando hizo pie en el terreno del tráfico de influencias, cenagoso para la mayoría, arremetió con el discurso político, muy conciente de que la consumación de su anhelo  era más bien compatible con la anti-política, es decir: hacerse rico.
En los círculos en los que se movía, se daba por sentado que la Historia del mundo había finalizado. Lo decía uno de sus libros de cabecera. Esa  trama forjada con sueños, desengaños, consensos y exterminios  se había terminado;  que ya no había lugar para mayores discusiones y que las utopías habían mutado hacia un horizonte más individual y promisorio: hacerse rico.
En este escenario de puro presente alguien como él , tan adaptado a la realidad de los nuevos tiempos, encajaba perfectamente en ese lugar en el que se toman las decisiones y al que iba acercándose con cautela pero con la convicción del experto arquero que sabe que dará con su flecha en el blanco. Un blanco decidido desde siempre: hacerse rico.
La facilidad de palabra de Ezequiel - ¡Después de todo había leído mucho!-, sus relaciones, cierta ductilidad para participar de los grupos adecuados, lo fueron posicionando como un candidato con posibilidades.  Era un desconocido, es cierto. Pero como tenía el don de resolver las situaciones complejas a su favor  se presentaba como alguien  incontaminado por la vieja política. Esa política desprestigiada que estaba tan consagrada, igual que la nueva, a una pertinaz obsesión: hacerse rico.
No sin algún traspié, inevitable cuando se incursiona en territorio de barones suburbanos, y con deudas originadas por lo mismo, logró que su nombre apareciera en la lista de concejales del partido político, que según las encuestas estaba más cercano a las preferencias  de la “gente”.
El hecho de que fuera suplente no lo desanimó, al contrario. Después de todo, ¿Cuántas veces había fracasado Thomas Alva Edison hasta dar con la famosa lamparita? También él esperaría su turno aunque su intención no era alumbrar al mundo sino hacerse rico.
Su lista ganó las elecciones.
Fuese por la intensidad de su deseo o porque la candidata que lo antecedía en la lista era la amante del gobernador electo, lo cierto es que la señora renunció a su puesto  para ocupar un cargo en el gabinete provincial.   Ezequiel se convirtió en el concejal Arriaga.
Había llegado al Concejo Deliberante en su primer intento.
 Debió admitir que tal vez era demasiado para él.
 El municipio en cuestión estaba ubicado muy cerca de los grandes centros fabriles del primer cordón del conurbano y se extendía casi hasta el comienzo de los campos eternamente verdes. 
La influencia  política de su partido llegaba entonces hasta el límite con ese paisaje que parece  tan natural para los desprevenidos. y que sin embargo  era considerado artificial y peligroso  por los molestos militantes que  atentaban contra los intereses de quienes  aspiraban a ser ricos.
Los potenciales negocios fluían en forma de expedientes: contratos de obras públicas, permisos para la radicación de fábricas y centros comerciales,  pedidos de excepción para construir torres en lugares otrora residenciales, tercerización de servicios básicos.
 Los proyectos de ordenanzas iban  y venían en una danza agotadora de esgrima verbal, cintura política y oportunismo. El intendente no necesitaba concejales sino más bien arietes para aplastar toda posible oposición. Con la convicción y la fidelidad de un converso, él ocupó todo el espacio que pudo en el camino que, aunque sinuoso, tenía una única dirección: hacerse rico.
En su afán por proteger todos los flancos, pronto entendió la conveniencia  de acercarse a los sindicatos. Porque a pesar de las apariencias, era fundamental tenerlos como aliados.
Y si bien la Historia se había terminado, a él siempre le había parecido provechoso conocerla.  Tal vez ese conocimiento le sería útil. Y así  fue como aprendió que los lazos familiares funcionaron durante siglos como reguladores en el juego del poder. Por lo tanto creyó que una búsqueda en ese sentido no sería del todo insensata dado su interés, -precedido por blasones de toda laya-, de hacerse rico.
“Quien busca encuentra” sentencia el dicho popular, lo que traducido al dialecto new age, quiere decir que todo en el universo vibra y las personas que emiten una misma vibración, se atraen.
 Lo cierto es que la hija del Secretario General del Sindicato de Empleados Municipales se casó con él. Fue una alianza acertada y no exenta de cariño, efectivamente. Después de todo tenían en común la motivación de sus vidas, es decir, hacerse ricos.
Habían pasado unos pocos años desde su desembarco  como arribista al conurbano. Era el momento de establecerse.
Proyectó la construcción de  su casa;  lo suficientemente cómoda como para satisfacer sus anhelos pero sin el lujo obsceno que ostentaban las casas de otros dirigentes, tal vez menos inteligentes.
 Los verdaderos activos de Ezequiel no estaban a la vista.
El tiempo que invirtió en su carrera entre comercial y política fue agotador.
 Por supuesto que había valido la pena, pero ahora se imponía cierto alineamiento con lo que era común a todo el mundo. Es decir, adoptar los convencionalismos que hacen que todo parezca normal.
 Era diciembre, el mes de las fiestas.
Ahora sí, había llegado el momento de contactar a su padre a  quien no veía desde hacía mucho e invitarlo a su hogar. Se sorprendió cuando le avisaron que estaba internado. Nada grave, una descompensación como consecuencia del calor. En nochebuena ya estaría repuesto seguramente.
Entonces,  como  faltaba poco para el 24,  se dedicó a preparar la celebración.
 En un momento de debilidad cedió a la tentación de los adornos costosos que engalanaron su casa. Hizo colocar arreglos navideños,  con hojas verdes y  esferas rojas y doradas, en todo el parque. En  la superficie de la piscina de fondo turquesa ubicaron velas flotantes. En el pino más grande, luces azules se desvanecían como lágrimas desde las ramas más altas.
 Después de todo era la primera vez que su padre salía de la capital para verlo, tan reticente como siempre fue para acercarse al gran Buenos Aires, lugar considerado por el viejo como la suma de todos los males.
Ya fuera por las obligaciones, el entusiasmo por los preparativos o la falta de costumbre de cuidar a otro, la cuestión es que Ezequiel ni siquiera se planteó la posibilidad de ir al hospital. Después de todo, no era más que un malestar propio de un hombre de edad. Tal vez por eso, el llamado telefónico fue un golpe descomunal e inesperado en la tarde previa al encuentro.
Su padre había muerto.
Se quedó sentado en la  amplia  galería con pisos de mármol  color miel, con el celular en la mano, incapaz de moverse, respirando con dificultad. Un sudor frío brotó de su frente.
Entonces,  sintió un malestar desconocido; una puntada en el pecho.
Miró  alrededor como para encontrar evidencias que lo trajeran de nuevo a su realidad, para aferrarse a lo suyo.
 Pero solo sintió vergüenza por ese entorno que súbitamente había perdido sentido y que ahora parecía tan desubicado  como  un escenario con cortinas de terciopelo rojo plantado en el medio de una feria de barrio.
 Lo aletargaba el zumbido del comprensor que alimentaba la figura inflable de un reno de dos metros  con ojos estúpidos que, no obstante, parecían interpelarlo.
El jardinero que trabajaba en el parque, extrañado, apagó la bordeadora para escuchar lo que creyó un lamento prolongado de su patrón. Sólo atinó a gritar:
-Señora, venga rápido!
Alarmada por los gritos de su empleado, la hija del sindicalista se acercó  y azorada escuchó los gemidos de su marido,  quien ajeno a todo, se perdía en una sucesión  de sensaciones que iban desde la rabia hasta el viejo desamparo que había sentido en numerosas noches de niñez temerosa, en las que era necesario inventarse una realidad menos sórdida y violenta.
Con desconcierto, la mujer vio como aumentaban los sollozos descontrolados propios de un chico que hubiera necesitado de una mano firme y cariñosa que nunca llegó.
Un chico con carencias de escucha atenta y complicidades filiales, de esas que llenan el alma, fortalecen la autoestima y templan amorosamente el corazón.
-Por Dios Ezequiel,¿ qué pasa?¿ qué te pasa?
 Los espasmos dieron lugar al vómito, y la mujer, a esta altura desencajada, intentaba descifrar los balbuceos de su marido, a quien  apenas reconocía y que hecho un bollo en el piso frío  repetía una frase  como si fuera una letanía.
-¿Qué decís? No te entiendo!-se desesperaba ella.
 Y él seguía repitiendo la única manifestación de algo acaso parecido al afecto que había recibido de su padre. Unas pocas  palabras avaras  que recordaba en momentos de soledad en los que hubiera necesitado un beso o un reto.
La frase grabada a fuego en su inconciente y que ahora afloraba con la violencia y  la devastación del resentimiento.
 Ezequiel,  ajeno a todo lo que no fuera su propio dolor,  gritó mientras se golpeaba  la cara con ambas manos:  
-Vos pibe, laburá;  porque la plata no cae de los árboles.












lunes, 27 de junio de 2016

EL 54.



Cruzando la Gral. Paz, el colectivo lo dejó en una esquina con el piso de cemento resquebrajado  por cuyas grietas se colaban unos yuyos largos y amarillentos.
Al principio le costó identificar los edificios, como cuando una luz deslumbra a quien viene de un ámbito oscuro y lleva un tiempo acostumbrarse a la nueva situación. Pero José sabía demasiado esa cuestión de acomodarse a las cosas.
A poco de caminar reconoció la Iglesia-que no había cambiado - , pero nada más.
La mayoría de las fábricas tenían las ventanas tapadas por afiches que se iban acumulando uno sobre otro y al final formaban una masa informe de colores más o menos desvaídos.
Era el mediodía sobre la avenida y el recuerdo de otros mediodías lo invadió.
 Las imágenes de los obreros sentados a la entrada de los almacenes, en algún escalón, con sus ropas de trabajo color verde militar, o azul oscuro. La distensión del almuerzo compartido y la complicidad de alguna cargada mientras se preparaban unos sandwiches con el fiambre envuelto en papel blanquísimo.
 Eran las mismas calles, si, pero sin rastros de los almacenes ni los obreros, ni el ruido de los telares, ni don Jacobo saludando desde su auto grande y lustroso en el  barrio industrial que él había recorrido tantas veces en su bicicleta con el bolso de las herramientas al hombro.
 En esos años  de mucho trabajo, vivía de changas y tanto podía cortar el pasto como pintar una reja o destapar una cañería.
Cuando por recomendación llegó a la casa de don Jacobo para realizar un arreglo en la terraza, y luego se hizo cargo del mantenimiento del parque empezó a creer que su situación podía mejorar.
-Mande patrón-era su respuesta ante los requerimientos del empresario, a quien consideraba un ejemplo para su vida.
¿Acaso don Jacobo no había llegado escapando de Polonia siendo un muchacho y no había vendido por la calle hasta que pudo ubicarse como aprendiz en el taller de un paisano y con el tiempo montar su fábrica textil?
Su visión de lo social lo convirtió en un hombre influyente de la colectividad judía.  Había  fundado el club y la cooperativa de crédito de la que era presidente.
José lo valoraba y lo admiraba. Era un hombre de trabajo como él, y aunque había hecho mucha plata, no lo miraba desde arriba. Siempre estaba ocupado con nuevos proyectos, y a su lado, todo parecía posible.
-¿De qué se quejan ustedes?- era la pregunta recurrente  de don Jacobo cuando sus hijas, que  gustaban demasiado de las alhajas de oro, rezongaban por algo.
José se esforzaba por cuidar esa relación y no lo hacía porque fuera calculador, sino porque sabía que podía aprender mucho de aquel hombre, quien como nadie en la vida, lo aconsejaba y le daba oportunidades. Las ganas de progresar lo hicieron  pensar en pedirle un favor grande.
Las fábricas atraían grandes cantidades de trabajadores que se movían en el transporte público. Desde los bordes mismos del partido, allí donde las villas miseria se recuestan en la costa irregular del pequeño río agobiado de basura y químicos, los colectivos llegaban cada madrugada repletos de obreros de caras curtidas y miradas esquivas.
La línea necesitaba más coches y con un capital relativamente accesible los emprendedores como José podían asociarse y  convertirse en componentes de la empresa.
-Hablalo al viejo- le insistía su compadre.
-Hablalo al viejo- repetía su mujer.
Y josé estuvo muchos meses con la idea rondando su cabeza. No era hombre de precipitarse.
Fue don Jacobo, al verlo más pensativo que de costumbre, quien una tarde, mientras supervisaba su trabajo de pintura en la casa grande, le preguntó qué le andaba pasando.
Y entonces José intentó despacharse con todo.
 Intuyendo la seriedad del asunto, don Jacobo lo paró en seco:
- El lunes venga a la cooperativa y hablamos.
La noche anterior, José no pudo dormir. Ensayó mil veces los argumentos: que era una oportunidad;  que su compadre tenía experiencia como chofer;  que ya tenía visto el colectivo que quería comprar: sería el número 54 de la línea 109.
El lunes temprano llegó a la esquina de la cooperativa, iba a solicitar un crédito sin más  garantías que su honestidad.  Tuvo el impulso de salir corriendo,  pero entró.
Don Jacobo lo escuchó, hizo preguntas. Estaba acostumbrado a evaluar los negocios y sabía hacerlo. Era mucha plata, pero le pareció viable y sobre todo confiaba en ese hombre que a pesar de las muchas diferencias, le recordaba a sí mismo cuando también tenía más sueños que certezas.
-Ahora va a hablar con el gerente y arregla los papeles.- Sentenció desde su escritorio sin lujo alguno.
José lloró. Disimulando las lágrimas volvió para su casa. Los siguientes días fueron de una excitación desconocida para él.
Cuando después de los trámites de rigor, por fin le entregaron el cheque, su entusiasmo era tan grande que no midió la magnitud del riesgo y confió.
Atareado y feliz volvió una tarde a su casa con la intención de seguir haciendo cuentas. Desde el umbral ya percibió algo raro, como un silencio cargado de culpa.
 Su mujer y el compadre habían desaparecido con la plata.
 Apenas repuesto del aturdimiento inicial, los buscó durante semanas con la intención de matarlos y  no los halló.
Toda su entereza no alcanzó para enfrentar a don Jacobo.
 Escapó, y su vida se redujo a seguir la ruta de las cosechas. El trabajo como peón golondrina lo endureció aún más. La vergüenza y el alcohol terminaron con lo que quedaba de su dignidad.
Ahora , después de veinte años en los que no pudo dejar de sentirse como un ladrón, el remordimiento lo hacía volver al barrio.
Un ruido impiadoso de hierros y ladrillos  que se niegan a desaparecer lo devolvió al presente.
El edificio de la cooperativa  está siendo demolido.
Van a construir un bingo.
 Eso le ha dicho el capataz de la cuadrilla que siguió haciendo su trabajo como si nada.




     Samanta Schweblin  Una escritora argentina  que arrasa en el mundo      Querida Samanta Schweblin:   Ignoro si alguna vez buscaste ...