lunes, 27 de junio de 2016

EL 54.



Cruzando la Gral. Paz, el colectivo lo dejó en una esquina con el piso de cemento resquebrajado  por cuyas grietas se colaban unos yuyos largos y amarillentos.
Al principio le costó identificar los edificios, como cuando una luz deslumbra a quien viene de un ámbito oscuro y lleva un tiempo acostumbrarse a la nueva situación. Pero José sabía demasiado esa cuestión de acomodarse a las cosas.
A poco de caminar reconoció la Iglesia-que no había cambiado - , pero nada más.
La mayoría de las fábricas tenían las ventanas tapadas por afiches que se iban acumulando uno sobre otro y al final formaban una masa informe de colores más o menos desvaídos.
Era el mediodía sobre la avenida y el recuerdo de otros mediodías lo invadió.
 Las imágenes de los obreros sentados a la entrada de los almacenes, en algún escalón, con sus ropas de trabajo color verde militar, o azul oscuro. La distensión del almuerzo compartido y la complicidad de alguna cargada mientras se preparaban unos sandwiches con el fiambre envuelto en papel blanquísimo.
 Eran las mismas calles, si, pero sin rastros de los almacenes ni los obreros, ni el ruido de los telares, ni don Jacobo saludando desde su auto grande y lustroso en el  barrio industrial que él había recorrido tantas veces en su bicicleta con el bolso de las herramientas al hombro.
 En esos años  de mucho trabajo, vivía de changas y tanto podía cortar el pasto como pintar una reja o destapar una cañería.
Cuando por recomendación llegó a la casa de don Jacobo para realizar un arreglo en la terraza, y luego se hizo cargo del mantenimiento del parque empezó a creer que su situación podía mejorar.
-Mande patrón-era su respuesta ante los requerimientos del empresario, a quien consideraba un ejemplo para su vida.
¿Acaso don Jacobo no había llegado escapando de Polonia siendo un muchacho y no había vendido por la calle hasta que pudo ubicarse como aprendiz en el taller de un paisano y con el tiempo montar su fábrica textil?
Su visión de lo social lo convirtió en un hombre influyente de la colectividad judía.  Había  fundado el club y la cooperativa de crédito de la que era presidente.
José lo valoraba y lo admiraba. Era un hombre de trabajo como él, y aunque había hecho mucha plata, no lo miraba desde arriba. Siempre estaba ocupado con nuevos proyectos, y a su lado, todo parecía posible.
-¿De qué se quejan ustedes?- era la pregunta recurrente  de don Jacobo cuando sus hijas, que  gustaban demasiado de las alhajas de oro, rezongaban por algo.
José se esforzaba por cuidar esa relación y no lo hacía porque fuera calculador, sino porque sabía que podía aprender mucho de aquel hombre, quien como nadie en la vida, lo aconsejaba y le daba oportunidades. Las ganas de progresar lo hicieron  pensar en pedirle un favor grande.
Las fábricas atraían grandes cantidades de trabajadores que se movían en el transporte público. Desde los bordes mismos del partido, allí donde las villas miseria se recuestan en la costa irregular del pequeño río agobiado de basura y químicos, los colectivos llegaban cada madrugada repletos de obreros de caras curtidas y miradas esquivas.
La línea necesitaba más coches y con un capital relativamente accesible los emprendedores como José podían asociarse y  convertirse en componentes de la empresa.
-Hablalo al viejo- le insistía su compadre.
-Hablalo al viejo- repetía su mujer.
Y josé estuvo muchos meses con la idea rondando su cabeza. No era hombre de precipitarse.
Fue don Jacobo, al verlo más pensativo que de costumbre, quien una tarde, mientras supervisaba su trabajo de pintura en la casa grande, le preguntó qué le andaba pasando.
Y entonces José intentó despacharse con todo.
 Intuyendo la seriedad del asunto, don Jacobo lo paró en seco:
- El lunes venga a la cooperativa y hablamos.
La noche anterior, José no pudo dormir. Ensayó mil veces los argumentos: que era una oportunidad;  que su compadre tenía experiencia como chofer;  que ya tenía visto el colectivo que quería comprar: sería el número 54 de la línea 109.
El lunes temprano llegó a la esquina de la cooperativa, iba a solicitar un crédito sin más  garantías que su honestidad.  Tuvo el impulso de salir corriendo,  pero entró.
Don Jacobo lo escuchó, hizo preguntas. Estaba acostumbrado a evaluar los negocios y sabía hacerlo. Era mucha plata, pero le pareció viable y sobre todo confiaba en ese hombre que a pesar de las muchas diferencias, le recordaba a sí mismo cuando también tenía más sueños que certezas.
-Ahora va a hablar con el gerente y arregla los papeles.- Sentenció desde su escritorio sin lujo alguno.
José lloró. Disimulando las lágrimas volvió para su casa. Los siguientes días fueron de una excitación desconocida para él.
Cuando después de los trámites de rigor, por fin le entregaron el cheque, su entusiasmo era tan grande que no midió la magnitud del riesgo y confió.
Atareado y feliz volvió una tarde a su casa con la intención de seguir haciendo cuentas. Desde el umbral ya percibió algo raro, como un silencio cargado de culpa.
 Su mujer y el compadre habían desaparecido con la plata.
 Apenas repuesto del aturdimiento inicial, los buscó durante semanas con la intención de matarlos y  no los halló.
Toda su entereza no alcanzó para enfrentar a don Jacobo.
 Escapó, y su vida se redujo a seguir la ruta de las cosechas. El trabajo como peón golondrina lo endureció aún más. La vergüenza y el alcohol terminaron con lo que quedaba de su dignidad.
Ahora , después de veinte años en los que no pudo dejar de sentirse como un ladrón, el remordimiento lo hacía volver al barrio.
Un ruido impiadoso de hierros y ladrillos  que se niegan a desaparecer lo devolvió al presente.
El edificio de la cooperativa  está siendo demolido.
Van a construir un bingo.
 Eso le ha dicho el capataz de la cuadrilla que siguió haciendo su trabajo como si nada.




sábado, 11 de junio de 2016

De cómo el Laucha Blanca pasó a ser el Lauchón.





Mientras esperaba en la parada,  Ignacio se fastidió porque el colectivo vino rápido. Sin embargo, lo que le dolía era haber perdido su puesto en la Municipalidad.  El nuevo intendente lo había  echado como a un perro sarnoso. A él y a unos cuantos más.
Subió y enseguida se puso a escuchar música con los auriculares ostentosos que se había comprado con el último sueldo.
No eran más que treinta cuadras, pero el paisaje cambiaba mucho. Desde la plaza hasta la avenida que era el límite del municipio, los pozos de las calles se iban agrandando y los autos tenían que hacer maniobras inesperadas para esquivarlos.
Ya no se veían edificios sino casitas bajas: las antiguas, sin otra cosa para mostrar más que sus  revoques con urgencia de pintura; las más nuevas, ostentando sus fachadas de ladrillos desnudos y ventanas sin persianas.
  No había lugar para jardines y en algunas veredas, los vecinos armaban sus piletas de lona compradas con el aguinaldo. Un lujo proletario que era el desahogo de los pibes a la hora de la siesta.
La mirada de Ignacio se perdía en las calles que tan bien conocía pero que había dejado de frecuentar últimamente.
Bajó del colectivo y caminó unos metros.
-Qué hacés viejo- saludó a su padre sin ganas, sin interés, deseando estar en cualquier lado menos en la verdulería, su nuevo lugar de trabajo.
- Hola hijo- respondió Don Mamani, con la voz ronca de tanto dar órdenes desde el cajón de manzanas en el que se sentaba y que parecía el puente de mando de un barco carguero.
-Llegó el Nacho! – dijo casi con alegría su hermana Nancy,  quien con aspecto de Pachamama del siglo XXI, reinaba en la caja.  Desde la fila interminable de clientes que acababan de servirse de las góndolas rebosantes de verduras y frutas,  la miraron con impaciencia.
- Ayudá a los muchachos- se escuchó la consigna breve y terminante de Don Mamani.
“Los muchachos” a saber: El Negro Mamani, hermano mayor de Ignacio,  el Rodri y el Chaco. Los dos empleados  miraron sin entender al segundo de los Mamani, tan diferente al primero como podría ser un vendedor de la Salada y otro del Alto Palermo.
Sin ningún preámbulo, el Negro le lanzó una bolsa de zanahorias.
-Paráaaa…! – atinó a gritar Ignacio, quien cayó desparramado en el piso con la bolsa encima.
-Jaja, se burló el Chaco- este es muy flaquito, parece una laucha.
-Boludo, ¿Dónde viste una laucha blanca? – Dijo el Rodri mientras cargaba dos cajones de acelga y esquivaba a una vieja que acababa de entrar al negocio.
-Acá, este el auténtico Laucha Blanca, papi!- Lo gozaba el Negro.
-Prefiero ser laucha blanca y no rata negra como vos- vomitó Ignacio pateando las zanahorias que ahora rodaban libremente por el piso.
-¿Qué dijiste? Parate y decímelo en la cara, boludo.
-¿Acá no labura nadie, carajo?- Don Mamani se había puesto de pie.
- ¿Quién sigue? – Nancy levantó la voz como para no dar importancia a la situación que se tornaba cada vez más tensa.
Desde la muerte de Rosa, la madre de los tres Mamani, Nancy se encargaba de poner paños fríos cuando el asunto de las diferencias con Ignacio se hacía evidente.
 Rosa y Don Mamani habían tenido un matrimonio matizado por los disgustos y las separaciones.
El hombre viajaba seguido a Bolivia -donde ambos habían nacido - y pasaba largas temporadas.
 A la vuelta de uno de esos viajes, Don Mamani se reencontró con Rosa embarazada de dos meses. En virtud de un acuerdo al que nadie tuvo acceso, el chico que nació, blanco como la leche y de pelo castaño claro, se llamó Ignacio Mamani y nadie en su sano juicio osaba cuestionar la paternidad del hombre.
 Nadie, excepto el Negro.
Y en ese clima de recelo mutuo, del fantasma de lo no dicho, Ignacio volvió a trabajar en el negocio de la familia.
-¡Dale Laucha Blanca, el camión no se descarga solo!- el hijo mayor hostigaba a su hermano desde temprano.
-Pará boludo,  ayudalo ¿no ves que no puede?- se animó a intervenir el Chaco, viendo como Ignacio pugnaba por llevar en un hombro dos cajones de tomates.
- ¡Si no puede que se quede en la casa!
-¿Qué te hacés, pelotudo?- Se defendía Ignacio.
 Después de dos semanas se había curtido bastante pero no olvidaba su trabajo anterior en el playón de la intendencia donde iban a parar los autos mal estacionados. Ser empleado municipal le dio la posibilidad de alquilar un monoambiente cerca de la estación.  Habían sido sus modestas victorias;  las que lo habían alejado de la animosidad de su hermano y de la compasión de su hermana.
-¡Vamos, vamos que es sábado! ¿ Están dormidos o qué?- Don Mamani arengaba desde su puesto en la vereda.
Todas las mañanas, el camión que venía directamente de las quintas cercanas a La Plata, se estacionaba enfrente del negocio. Era  enorme, con una caja que parecía el vagón de carga de un tren.
 El trabajo duro que recomenzaba cada día, no le daba tiempo a Ignacio para pensar demasiado. Su tarea era descargar el camión.
-Te pedí los duraznos primero- Se quejaba el Rodri, encargado de proveer las góndolas.
-Che, falta el precio de la palta- dirigía Nancy.
-¡Eh doña, me toca a mí!-, algunos clientes se indignaban contra los que querían pasarse.
Desde la puerta del negocio el Chaco notó un movimiento en la mercadería que aún estaba en el camión y  le gritó a Ignacio con indiscutible experiencia en el asunto:
- ¡Guarda con las sandías, están mal acomodadas!
-¿Qué, ahora tenés miedo, vieja? Fanfarroneaba Ignacio desde arriba de la caja.
-¡Te digo que se vienen…! – insistía el empleado
-Dejálo, que éste se las sabe todas, debe ser  por eso que  lo rajaron del laburo- el Negro Mamani no desaprovechaba ninguna oportunidad.
Cuando Ignacio se incorporó para contestarle a su hermano, notó el suave deslizamiento de las sandías que estaban  acomodadas en la base de algo parecido a una  pirámide. Todo el conjunto empezó a desmoronarse.
-¡Cuidado! –gritaron todos mirando alternativamente al camión y a la camioneta último modelo que estaba pasando en ese momento por la calle.
-¡La puta madre…….!-atinó a gritar Ignacio.  En una fracción de segundo se volvió hacia las sandías que prometían convertirse en una catarata sobre el asfalto. Midiendo el riesgo del posible impacto con la camioneta, estiró su cuerpo debilucho  como si fuera un arquero atajando un penal y empujó  la pesada puerta del camión, aguantando toda la presión de la carga. Había sacado fuerzas de su orgullo malherido.
-No puede ser, ¿Cómo carajo hizo?- se preguntaron todos.
-Bueno, vamos, a seguir- se recompuso el Negro y subiendo al camión dijo como al pasar: - y vos Lauchón, bancá que a los dos tenemos que salir para la cancha.
- Si Lauchón, vení con nosotros, a lo mejor nos das suerte, boludo- dijo el Chaco mientras ayudaba a acomodar el desastre.
-¡Si son unos muertos….!.- Ignacio se incorporó como si nada, disimulando  el dolor que se  le clavaba en la espalda, a la altura de los riñones.
Esa tarde de sábado festejaron el triunfo de su equipo y se fueron a tomar unas cervezas al kiosco donde paraban los hinchas menos violentos.







domingo, 29 de mayo de 2016

LA DRA. IRIS.




-Una vez, mientras caminaba por Madrid,-  hizo una pausa para crear suspenso y examinar al auditorio de adolescentes-  estaba distraída mirando una vidriera y un hombre se me  acercó y me dijo:
-¿Usted nació en abril?
-¿Por qué?-le contesté.
-Porque su cara es una rosa.
-Pero profesora, ¿Por qué nunca se casó?-alguien se atrevió a preguntar.
-Porque el que vino no convino y el que convino no vino.-sentenció de modo terminante
Iris Brunetto era titular de varias cátedras en el Colegio Nacional que funcionaba en un viejo e imponente edificio, justo enfrente de la plaza principal de un municipio de la Prov de Buenos Aires, cercano a la Capital. También había sido profesora de muchas promociones de maestras en la Escuela Normal del mismo distrito.
Famosa por su oratoria vehemente, lograba adhesiones algo temerosas. Los  detractores hablaban en voz muy baja. No obstante era difícil sustraerse al encanto de sus anécdotas:
Los alumnos de la escuela secundaria, seducidos por sus historias pero sobre todo por la forma de contarlas, no estaban muy seguros de sonreir o quedarse serios.
-¡Qué vieja podrida ¡ Me tiene harta. ¿A quién le importa lo que dice?- Griselda Russo, de 4º 1º no se conmovía. Desconfiaba y la miraba con recelo. Cada vez que veía el Renault 4 bordó estacionado en la calle, un nudo en el estómago le recordaba que ese día tenía clase con ella.
Lo cierto es que esta profesora no era como las demás.
 Se presentaba como “la Dra. Brunetto, profesora de Historia y abogada”. Lo decía como al pasar, sin atribuirle importancia, pero bastaba eso y su mirada azul que se perdía en el horizonte cercano de las ventanas del aula para que todos se callaran.
 Su rostro no era bello. La  teatralidad de su forma de hablar había profundizado las líneas de expresión. Por eso mismo no exageraba con el maquillaje.
Su presencia se destacaba. Se notaba que había sido muy delgada. La madurez le había aportado algunos kilos que hacían imponente su figura. Caminaba lentamente  llevando una cartera grande colgada del antebrazo y una bolsa con libros y evaluaciones para corregir en la otra mano.
Se movía con seguridad, con pasos largos y pausados.
Parecía estar al margen de ajetreo general, como una torre solitaria.
Era hija única y había perdido hacía mucho tiempo a sus padres.
Tenía una colección de trajecitos de pollera y saco tejidos al crochet por ella misma. Usaba zapatos bajos clásicos haciendo juego. Jamás se vestía con pantalones.
 Su piel era tan pálida que se le notaban algunas venas, sobre todo en el cuello largo, como de cisne.
 -¡Ese tipejo……!
Calificaba a algún candidato  en la post dictadura, cuando los políticos y la democracia eran una novedad.
Y bastaba eso para que se creyera que el personaje en cuestión era execrable de verdad.
-Cualquier cosa va a ser mejor que un gobierno militar. Hay que acostumbrarse a respetar lo que la gente vota.-retrucaba Griselda con una audacia que admiraba  a sus compañeros.
-Por supuesto, aunque no creo que “cualquier cosa” como Ud. dice. Además, antes de opinar hay que informarse -respondía la Dra.
-Si, como nos informan en la escuela...
Los intercambios con Griselda eran tensos. La aparente calma de la profesora apenas contenía la ira que esta mocosa le producía.
Testigo de una época que se terminaba, el discurso de Iris era conservador.
Estaba culminando su carrera en la docencia justamente en momentos de transición hacia una libertad que sus estudiantes empezaban a descubrir. La educación no alentaba las preguntas ni la participación. Su personalidad encajaba perfectamente con esas premisas. Por eso, la media sonrisa que esbozaba siempre, podía ser de aprobación pero también era un arma cargada de ironía.
Griselda no le temía. Eso la hacía muy popular entre los amigos a quienes invitaba a su casa a escuchar discos de los Rolling Stones. Era de baja estatura, la sonrisa siempre dispuesta y los ojitos marrones que parecían comprenderlo todo. Sin embargo, lo que la caracterizaba físicamente era su pelo incontrolable. Algo así como un manojo de resortes que crecían ignorando la ley de gravedad y que se escapaban insolentes de cualquier dispositivo  que pretendiera atraparlos.
-Yo tengo un tío que desapareció.-le confió una vez a la compañera de banco.
-¿Cómo que desapareció?
- Lo fueron a buscar una noche a la casa. Cortaron la calle y entraron rompiendo la puerta. Le pegaron, revolvieron todo y se lo llevaron. Hace varios años de esto y nunca apareció. Era del sindicato de los metalúrgicos.
-¿Y no lo denunciaron en la policía?
-No, nena. No entendés nada. Fueron ellos. No tenían uniformes, pero se sabe que eran militares y también polícías.
-Ah!
Los nuevos tiempos permitían comportamientos que los jóvenes alumnos ni siquiera habían imaginado.  
Todo en lo que habían creído se venía abajo de repente, como si un sismo moviera todas las estructuras. No todos estaban preparados.
Griselda Russo, sí.
Fue una de las primeras en querer  formar el Centro de Estudiantes. Su familia, no obstante, se opuso. Tan fresco estaba el espanto de desconocer el destino de uno de los suyos. Pero los nuevos vientos que soplaban eran imparables.
Griselda empezó a organizar las reuniones. Hablaba con todos, iba de curso en curso.
 Convencía, cuestionaba, inspiraba.
 Los directivos sabían que no podían evitarlo. Tímidamente, algunos docentes, sobre todo los que habían tenido militancia y habían sufrido el miedo y la censura, alentaban estas actividades.
Pero ella era una chica de dieciséis años y además de la política y tal vez con más fuerza aún,  la atraían los varones.  Y el Colegio Nacional, pensado como estaba para ser el puente hacia la Universidad, rebosaba de chicos. Había uno en especial, de 5º año, a quien Griselda no le perdía pisada. Podía ubicarlo precisamente en cualquier momento ¡Y eso que el Colegio era enorme!
Por suerte para ella, a él también le gustaba la política. Esta circunstancia los hizo inseparables.
Un día de setiembre, los dos pidieron una reunión con la jefa de preceptores.  A pesar de  los cambios, las autoridades ponían reparos para que los chicos salieran en horas de clase para reunirse.
 Los citaron en la preceptoría.  En ese momento, la jefa fue requerida de urgencia. Una chica de primer año se había desmayado y varios docentes la estaban asistiendo mientras esperaban la ambulancia.
 Los dejaron solos, esperando.
Sentados uno al lado del otro, tomaron conciencia de que siempre habían estado ocupados por los problemas del Colegio, y en ese momento no sabían de qué hablar. El breve espacio que los separaba se volvió  una barrera que le impedía a Griselda mirar y solamente dejaba pasar el aroma de la loción para después de afeitar. Fue como si su cuerpo despertara entero al llamado del perfume y ya no quiso controlar la emoción que le nacía en  el pecho y le invadía el alma de chiquilina enamorada.
El muchacho, mirándola con fijeza, le rozó la cara con el dorso de la mano con la excusa de acomodar un bucle irredento. Y como no encontró resistencia, rodeó con la palma su mejilla y parte del cuello. La atrajo con cautela y empezó a apoyar sus labios en los de ella. 
 Al lado de la oficina había un pequeño cuarto donde se guardaban los materiales didácticos. Griselda se dejó guiar hasta ahí.
La Dra. Brunetto, mientras tanto, iba caminando por una de las galerías cuando vio el revuelo de la alumna descompuesta rodeada por casi todos los preceptores que intentaban auxiliarla. Decidió que la situación ya estaba lo  bastante desbordada como para sumarse al grupo que, lejos de ayudar, sofocaba cada vez más a la pobre chica.
Pasó por la oficina de la jefa y recordó que necesitaba un mapa para su clase. Como no había a quién pedírselo, decidió entrar y tomarlo ella misma de lo que ampulosamente llamaban “mapoteca”.
Entró a la preceptoría. No había nadie. Escuchó un ruido tenue, como un roce y lo asoció a las dos sillas que acababa de ver y que estaban raramente enfrentadas. Pensó que exageraba su sentido de la intuición. De todas formas, sospechando, se asomó al cuartito contigüo.
Sentados en el suelo, entre láminas, escuadras tamaño pizarrón y un esqueleto de plástico que, colgando de un armazón hasta parecía divertido, los candidatos a delegados,  se besaban con avidez. En el momento en que el chico comenzaba a desprender los botones del guardapolvo de Griselda,  se escuchó:
-Pero, qué es esto! ¿Qué están haciendo? –Iris pensó enseguida que la respuesta a su pregunta era obvia.
Parada frente a ellos, parpadeó. La indignación empezó a subirle por el cuerpo y le estalló en el rostro como una oleada de sangre que tiñó sus mejillas.
Los chicos se quedaron inmóviles sin posibilidad de reaccionar ni disimular.
 La profesora hizo una pausa, como para seguir gritando.
Al ver que se trataba de Griselda- no conocía al chico-, se enojó aún más. Pensó en tranquilizarse y respiró profundo. Al fin y al cabo, esa chica le había demostrado tener más iniciativa que muchas mujeres de su generación.
 Entonces, ocurrió lo impensado: la invadió una sensación de ternura inusual en ella.
 Tal vez fuera por  la patética expresión de susto de los dos o tal vez  por el recuerdo de una  historia que había comenzado una tarde lejana en las calles de Madrid, lo cierto es que se compuso y con una expresión ensayada, como el de una reina que les habla a sus súbditos, les espetó una de sus famosas frases:
-¡Cubramos esto con un manto de piedad! 
Y haciendo un esfuerzo por parecer más severa dijo:
. Váyanse de acá y que no los vuelva a ver.
 Salieron corriendo.
 Griselda lloraba de bronca. Si bien estaba avergonzada pesaba más la humillación de que fuera justamente esa profesora quien la descubriera. No entendía su actitud.
Hubiera preferido una sanción. Estaba más preparada para la confrontación que para ese gesto inesperado.
Las cosas entre ellas siguieron más o menos igual, solamente que la alumna ya no pudo mirarla a los ojos.
Poco tiempo después, la Dra Iris se jubiló y enseguida cayó enferma de gravedad.
No se supo más nada de ella, salvo que se reunió con unos parientes lejanos para resolver las cuestiones relativas a su inminente entierro.





martes, 24 de mayo de 2016


Un aporte a mi blog de Marisa Barrera


ANOCHECER TANGUERO 



Estaba oscuro, muy oscuro
la noche cerrada
sin luna acompañaba
aquella sala enrarecida
por el humo del tabaco.

A lo lejos, el bandoneón
se quejaba en su letanía
tal vez conocedor
de las penas de ese día.

Tabaco rancio
sonido magistral
del viejo fuelle matador
y allí, en una mesa
con lágrimas saladas
difusas, heladas
la perdida mirada
de un malevo tardío
de una época ida
de un tugurio porteño.

ya terminan los acordes
ya se apura la grapa
ya se secan las lágrimas
aprontando el cigarro

Sube la solapa
y sale a caminar
en esa noche cerrada.
Silencio...

 Marisa Barrera

sábado, 21 de mayo de 2016

RAZONES PARA ESCRIBIR.




Cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”
                                                                                      Jean Paul Sartre



Como estamos en el siglo XXI, y con el permiso de Sartre, afirmo que también las mujeres hacemos lo que podemos con lo que hicieron de nosotras.
En el mismo sentido que el gran filósofo francés, José Pablo Feinmann destaca el hecho de que toda la cultura es impuesta por otros. De ese modo la vida puede ir transcurriendo entre cuestiones menores y, si se toma conciencia del peligro de vivir así, llega un momento  en que es necesario  hacer conocer la palabra propia.
 Y es entonces cuando uno se queda en soledad asumiendo la responsabilidad de esa decisión.
Esa ha sido mi motivación. Valerme de los vocablos ya establecidos (como dice Neruda, los españoles se llevaron todo y nos dejaron todo al legarnos la palabra) para combinarlos de manera única y expresar lo que quiero en el marco de lo que me fue dado vivir. Es posible que en algún intersticio  de la trama  heredada pueda vivenciar algo parecido a la libertad.
 Eximida de las obligaciones laborales que por más de treinta años ocuparon casi excluyentemente mi tiempo, decidí que tenía muchas cosas para decir.
Buceando en los recuerdos-¡vaya a saber lo que hay en el inconsciente!-, podría rescatar algunas situaciones que tal vez me motivaron a escribir: una habitación semi oscura  y una nena cursando primer grado obligada a unir las sílabas con gran dificultad; los cuentos regalados por las maestras de la escuelita del barrio; la magia de una estantería  en la librería  “Gallito de oro”; un lugar en la casa donde se apilaban libros con títulos aburridos; historias como ventanas a otros mundos felices; ciertas palabras acertadas para describir una foto de París; silencio interior y tiempo para pensar cosas graves e importantes que no se podían expresar; admiración por quienes leían.
Debo expresar mi gratitud a quien me encerró creyendo que iba a aprender a leer más rápido, a quienes me regalaron cuentos con figuritas encantadas de purpurina, a quien guardaba libros y no me llegó a decir ni siquiera si le gustaban, a quien me daba tareas imposibles  para una niña como realzar las virtudes de la Torre Eiffel en pocas líneas, a quienes me importunaban señalando el  carácter hosco que me caracterizó,  a quienes me enseñaron que hubo un Siglo de Oro en España,  en fin, a quienes me iniciaron en el camino de la lectura.
Asumo gustosa el reto que me impongo.
 Y como antes afirmaba que se puede ser frecuentemente feliz  al  trabajar  en un aula, ahora sostengo que ante un teclado se pueden vivir instantes fugaces de intensa plenitud.


jueves, 12 de mayo de 2016



                                             Terremoto en Buenos Aires.



Todos sabemos que la realidad es un espejo donde nos miramos  Es por eso que cada uno ve aquello que  quiere ver.  Lo que no está tan claro es que eso que llamamos realidad no nos involucra solamente a los mortales.
Por supuesto que esta  información  es reservada. Algunos sucesos son inexplicables de no mediar la voluntad de entidades sutiles, que pueden materializarse a  su antojo.
Hay circunstancias extraordinarias en las que intervienen otros seres. Y no son fantasmas; no.
Se trata de deidades que pueden vivir en diferentes planos y para quienes el tiempo no existe.
Como todo el mundo tiene que revalidar sus títulos de vez en cuando, aunque más no sea para no perder la confianza en si mismo, es obvio que los dioses del Olimpo incursionan por estas playas más de lo que estamos capacitados para comprender.
Por esa circunstancia, si se quiere hasta burocrática, es que Zeus debió bajar hace unos años terrestres, que son algo así como un parpadeo cósmico.
Formó una familia. No era una novedad para él ya que lo viene haciendo desde el principio de los tiempos. Pero lo raro esta vez es que todos los integrantes-salvo él- eran cien por ciento humanos.
Como no quería parecer un fraude, no utilizó sus súper  poderes ya que temió que lo confundieran con un  especialista en efectos especiales, de esos que abundan últimamente en esta época de videojuegos y películas de alto presupuesto.
Así que se abstuvo de producir truenos, lanzar rayos y proferir maldiciones.
Su superioridad se manifestaba en actos más simples, y su crueldad tenía dimensiones acordes con las personas con quienes convivía.
Romper objetos queridos por sus hijos,  ciertas formas de humillación, golpes que no dejaban marcas, eran acciones cotidianas en las que se ejercitaba sin demasiado interés, justo es reconocerlo.
Su numerosa prole se multiplicaba y fue la mirada aterrada de su hijo más pequeño la que lo hartó de la obligación de dominar.
O tal vez fue el remoto recuerdo de su propio miedo.
Decidió tener piedad. También era un atributo de los dioses, después de todo.
En el preciso instante en que dejó de apalear al niño,  en que cedió a la tentación de la misericordia,  Cronos, el padre de Zeus, volvió de su destierro, y aprovechó ese momento de debilidad  para engullirlo.
Cronos devoraba  a sus hijos por un mandato ancestral, para evitar que se cumpliera una oscura profecía.
Era  la hora en que la mayoría de la gente volvía a su casa después de un día de trabajo.
 La Tierra  tembló, luego se abrió debajo de los pies de Zeus quien desapareció de a poco ante la mirada azorada de quienes lo rodeaban.
 Medido en términos terrestres, ocurrió en setiembre de 2015 y “este honrado padre de familia” como lo presentaron los medios de comunicación, fue la única víctima del terremoto en Buenos Aires.


jueves, 28 de abril de 2016

GUANTES BLANCOS.



Hoy resulta un acto inútil tratar de identificar el frente. Y no es que no haya  puesto empeño.
Una serie de talleres mecánicos, negocios, fachadas reconvertidas, hacen imposible ubicar la entrada que aquella mañana fría de 1971 se aprontaba a recibir a las familias de la comunidad.
 Tampoco entonces era evidente la función del edificio. Solamente el Escudo Nacional sobre la puerta de dos hojas anunciaba la presencia de la escuela.
Mi maestra de tercer grado, la señorita Elena, me había designado escolta de la bandera para el acto del 20 de junio.
Durante  las dos semanas previas se habían acentuado mis expectativas. Todos los días, después del recreo, la Directora había dispuesto que ensayáramos las canciones patrias, en especial el Himno a la Bandera.
Todos juntos en el patio entrañable de la escuelita de barrio, en filas perfectas, después de tomar distancia, arremetíamos con las estrofas: “Aquí está la bandera idolatrada ……”
No teníamos profesora de música, así que supongo que el aprendizaje se basaba en la repetición.
 A los más chiquitos nos entusiasmaban los ensayos.  Bajo el techo de la galería, las maestras seguían atentas el desempeño de cada grado.
 El liderazgo lo ejercía sin ninguna duda ni esfuerzo, la Sra. Directora.
 Como nacida para eso, de edad madura, lucía la cabellera casi blanca, el guardapolvo inmaculado y la postura perfectamente firme aunque no rígida. Todos los días llegaba desde la Capital viajando en el ferrocarril Urquiza. Bajaba en la estación Lourdes y cruzaba la calle que separaba el andén de la escuela. Siempre vestía con una elegancia  que la distinguía del resto de las docentes.
¿La condición de esposa de un coronel tendría algo que ver con su imagen? Tal vez un poco, pero no más. El gesto de la Directora era siempre sereno, jamás gritaba. Y si bien su expresión no era dulce, transmitía seguridad y calma. Se preocupaba de verdad por nosotros. Como cuando nos instaba a llevar el portafolios alternadamente, para no sobrecargar un brazo en particular.
 Mi maestra, la señorita Elena,  era recién recibida. El primer día de clase me desconcertó. Yo creía que las maestras debían tener,  por lo menos, la edad de mi mamá.
 Sonreía con frecuencia y enseñaba con espontaneidad, como si ella también estuviera descubriendo la vida.
Llevaba suelto el cabello castaño que le llegaba a los hombros. Sus ojos eran de un color marrón claro y tenía pecas en la nariz.
Desde primer grado, dos o tres nenas nos empezamos a destacar por nuestra “aplicación”, como se decía entonces. En general, nos elegían como mejor alumna o mejor compañera y nos regalaban libros de cuentos al finalizar el ciclo lectivo. Pero ese 20 de junio, me habían elegido a mí para ser escolta.
Un día cercano a la fecha la señorita Elena me llevó a la Dirección donde estaban todos los “mejores alumnos”. La Directora nos explicó que la Bandera de Ceremonias sería portada por los de séptimo  y que los más chicos, llevaríamos la bandera del mástil, tomándola por los bordes. A mi me parecía que era como extender la ropa al sol.
-Escoltar a nuestra bandera es un honor muy grande, sobre todo en su día- nos había dicho la Directora con toda la calidez de la que era capaz.
Por tal razón, para ese acto debíamos llevar guantes blancos.
Mi mamá puso manos a la obra y preparó con esmero todo lo que nos identificaba orgullosamente como alumnos de la Escuela Pública: el guardapolvo blanquísimo y tieso con tablas perfectamente planchadas, la cinta azul oscuro formando un moño  sobre mi pecho,  las medias blancas hasta las rodillas y los zapatos tipo guillermina bien lustrados.
 Faltaban los guantes que mi mamá consiguió en la mercería del japonés, donde compraba los hilos y los cierres necesarios para su oficio de pantalonera.
Los guantes blancos eran definitivamente bellos. Tenían el brillo del raso y se adherían con precisión a las manos. Eran tan suaves que yo me pasé un rato largo acariciando con ellos mis mejillas.
-Basta, que los vas a ensuciar- ordenó mi madre.
Entonces, como si tuvieran la fragilidad de una trama  hecha con polvo de perlas, los dejé sobre  la sillita baja que usaba para jugar.
Como yo iba al turno tarde, no necesitaba levantarme temprano. Y si bien no estaba acostumbrada  a madrugar,  ese día no tuve ninguna dificultad para hacerlo.
Ya estaba lista. Al margen de la excitación que me producía ir a la escuela en un horario diferente y de ser escolta, tal vez lo que más me gustaba era pensar en el alfajor que la Cooperadora nos regalaba a la salida de todos los actos.
-Andá a buscar los guantes y salimos- me dijo mamá.
Los busqué sobre la sillita;  no estaban. Miré alrededor, arriba de la cama, sobre la mesa. No estaban por ningún lado.
Impaciente, mi mamá revisó todo. No aparecían.  Ya con lágrimas en los ojos, empecé a buscar por el piso.
 Entonces ví la escena: mi perro, desde un rincón, nos miraba   expectante con sus ojitos culpables, las orejas paradas, inmóvil y con uno de los guantes entre los dientes.
Con desesperación, iniciamos una lucha desigual entre él y nosotras. Desgraciadamente,  Charly, -así se llamaba nuestra mascota- creyó que era un juego, por eso corría alegremente mientras el guante parecía saludar aleteando en el aire.
Cuando el perro se cansó , se dejó atrapar. Entonces, tironeamos del guante  derecho solamente para comprobar que ya no tenía el dedo índice. Mi mamá lo sostuvo en sus manos como si eso fuera a animarlo. Estaba mutilado. Parecía una mano cansada de señalar vaya a saber qué horizonte promisorio. El izquierdo nunca apareció.
Habíamos perdido mucho tiempo. Caminamos las ocho cuadras que nos separaban de la escuela con bronca y tristeza. Llegamos y fui a la fila. La señorita Elena me vino a buscar.
-Vamos a la Dirección, Gracielita, que se hace tarde.
No pude más y me puse a llorar. La señorita me apartó de la fila y me llevó al aula. Allí, mi mamá le explicó la situación.
-Sin guantes no quiero ir, la Directora se va a enojar!- me ardían los ojos por tanta lágrima y por la tensión de mi pelo estirado, sacrificando el cuero cabelludo hasta el límite,  todo para lucir un rodete perfecto.
-Esperen acá, dijo la maestra.
Mientras enfilaba hacia la Dirección, la señorita Elena iba pensando en la estrategia a seguir. Debía convencer a la directora de apartarse de las formalidades. y creyó que el episodio del perro sería considerado por ella un descuido imperdonable
 -Señora, la familia de mi alumna está muy contrariada. Son muy humildes y no pudieron comprar los guantes blancos.
-Bueno, pero es el protocolo. ¿Por qué no lo dijeron antes? Lo hubiéramos solucionado con un aporte de la cooperadora.
-Es que tenían vergüenza, señora. Yo estuve pensando si por esta vez no podríamos obviar el protocolo. Después de todo, las manos que cosieron la bandera, allá en las barrancas del Paraná, no estaban enguantadas ¿Verdad? Tampoco las que desoyendo las órdenes conservadoras de Buenos Aires,  la llevaron triunfal hacia el norte en la hora más heroica del Gral. Manuel Belgrano.
La señorita Elena terminó su breve discurso  recordando el lugar preferencial del retrato de Belgrano en la Dirección y sin querer confrontar.
 Con gesto inocente bajó la mirada, como observando la punta de sus zapatos.
La Directora la escuchó con atención. Desconfiaba de esta  maestra que ocupaba sus fines de semana alfabetizando a la gente  de las villas.
Eran tiempos de rebeldía y los jóvenes se volcaban a la política, actividad que había estado  prohibida durante mucho tiempo por hombres como su esposo, el coronel.
 Sin embargo, el argumento de la señorita Elena era impecable.
-Traiga a la alumna, y que ocupe su lugar- le ordenó secamente.
Elena me fue a buscar, me tomó del brazo,  secó mi cara y abriéndose paso hacia la Dirección entre la asistencia que colmaba el patio, me sonrió con sus dientes nacarados, como de luna llena.
 Mucho tiempo después entendí el significado del gesto: con discreción, me guiñó un ojo,  bajó su mano y casi escondida en los pliegues del guardapolvo, formó la V con sus dedos delgados.






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