miércoles, 13 de julio de 2016

La plata no cae de los árboles.


Ezequiel Arriaga había leído mucho pero no sabía nada de literatura.
 Sus autores preferidos no eran poetas ni novelistas. Mucho menos filósofos o científicos, sino escritores con trayectorias incomprobables que contaban su patrimonio por millones y cuyos libros ocupaban los lugares más expuestos en las librerías de moda de los mejores shoppings. Sus lecturas trataban sobre el pragmatismo necesario para alcanzar la única finalidad  de su vida: hacerse rico.
No vivía lujosamente, eso podía esperar. Tampoco tenía pareja, solamente compañías ocasionales, porque eso también podía esperar.
Tenía amigos. Cultivaba amistades calculando los posibles beneficios. Sinceramente creía que todas las amistades se entablaban por interés. No compraba el discurso de las almas gemelas ni eso de ponerse en el lugar del otro. Lo juzgaba de una enorme hipocresía generalizada. Simples remilgos que encubren los verdaderos objetivos de todo el mundo: hacerse rico.
Comenzó a trabajar como gestor, aprovechando al máximo la libertad de movimientos que esta actividad le permitía.
Recorría el sur del conurbano en un auto importado. Era un modelo viejo. Lo suficientemente antiguo como para no tentar a los ladrones y lo bastante lujoso como para no olvidarse de su meta: hacerse rico.
De apariencia seductora,  era muy joven aún,  razón por la cual se vestía con un estudiado estilo clásico. Lo juzgaba necesario para generar mayor confianza.
 Estaba siempre atento a las oportunidades que ofrece la calle para el ojo  entrenado: los contratos de las empresas de servicios públicos, los riesgos, las necesidades de préstamos;  los intersticios legales, fuentes de ventajas  que siempre aparecen como consecuencia  de los contactos apropiados. En fin, todo aquello que lo acercara al fin declarado de su vida: hacerse rico.
Cuando hizo pie en el terreno del tráfico de influencias, cenagoso para la mayoría, arremetió con el discurso político, muy conciente de que la consumación de su anhelo  era más bien compatible con la anti-política, es decir: hacerse rico.
En los círculos en los que se movía, se daba por sentado que la Historia del mundo había finalizado. Lo decía uno de sus libros de cabecera. Esa  trama forjada con sueños, desengaños, consensos y exterminios  se había terminado;  que ya no había lugar para mayores discusiones y que las utopías habían mutado hacia un horizonte más individual y promisorio: hacerse rico.
En este escenario de puro presente alguien como él , tan adaptado a la realidad de los nuevos tiempos, encajaba perfectamente en ese lugar en el que se toman las decisiones y al que iba acercándose con cautela pero con la convicción del experto arquero que sabe que dará con su flecha en el blanco. Un blanco decidido desde siempre: hacerse rico.
La facilidad de palabra de Ezequiel - ¡Después de todo había leído mucho!-, sus relaciones, cierta ductilidad para participar de los grupos adecuados, lo fueron posicionando como un candidato con posibilidades.  Era un desconocido, es cierto. Pero como tenía el don de resolver las situaciones complejas a su favor  se presentaba como alguien  incontaminado por la vieja política. Esa política desprestigiada que estaba tan consagrada, igual que la nueva, a una pertinaz obsesión: hacerse rico.
No sin algún traspié, inevitable cuando se incursiona en territorio de barones suburbanos, y con deudas originadas por lo mismo, logró que su nombre apareciera en la lista de concejales del partido político, que según las encuestas estaba más cercano a las preferencias  de la “gente”.
El hecho de que fuera suplente no lo desanimó, al contrario. Después de todo, ¿Cuántas veces había fracasado Thomas Alva Edison hasta dar con la famosa lamparita? También él esperaría su turno aunque su intención no era alumbrar al mundo sino hacerse rico.
Su lista ganó las elecciones.
Fuese por la intensidad de su deseo o porque la candidata que lo antecedía en la lista era la amante del gobernador electo, lo cierto es que la señora renunció a su puesto  para ocupar un cargo en el gabinete provincial.   Ezequiel se convirtió en el concejal Arriaga.
Había llegado al Concejo Deliberante en su primer intento.
 Debió admitir que tal vez era demasiado para él.
 El municipio en cuestión estaba ubicado muy cerca de los grandes centros fabriles del primer cordón del conurbano y se extendía casi hasta el comienzo de los campos eternamente verdes. 
La influencia  política de su partido llegaba entonces hasta el límite con ese paisaje que parece  tan natural para los desprevenidos. y que sin embargo  era considerado artificial y peligroso  por los molestos militantes que  atentaban contra los intereses de quienes  aspiraban a ser ricos.
Los potenciales negocios fluían en forma de expedientes: contratos de obras públicas, permisos para la radicación de fábricas y centros comerciales,  pedidos de excepción para construir torres en lugares otrora residenciales, tercerización de servicios básicos.
 Los proyectos de ordenanzas iban  y venían en una danza agotadora de esgrima verbal, cintura política y oportunismo. El intendente no necesitaba concejales sino más bien arietes para aplastar toda posible oposición. Con la convicción y la fidelidad de un converso, él ocupó todo el espacio que pudo en el camino que, aunque sinuoso, tenía una única dirección: hacerse rico.
En su afán por proteger todos los flancos, pronto entendió la conveniencia  de acercarse a los sindicatos. Porque a pesar de las apariencias, era fundamental tenerlos como aliados.
Y si bien la Historia se había terminado, a él siempre le había parecido provechoso conocerla.  Tal vez ese conocimiento le sería útil. Y así  fue como aprendió que los lazos familiares funcionaron durante siglos como reguladores en el juego del poder. Por lo tanto creyó que una búsqueda en ese sentido no sería del todo insensata dado su interés, -precedido por blasones de toda laya-, de hacerse rico.
“Quien busca encuentra” sentencia el dicho popular, lo que traducido al dialecto new age, quiere decir que todo en el universo vibra y las personas que emiten una misma vibración, se atraen.
 Lo cierto es que la hija del Secretario General del Sindicato de Empleados Municipales se casó con él. Fue una alianza acertada y no exenta de cariño, efectivamente. Después de todo tenían en común la motivación de sus vidas, es decir, hacerse ricos.
Habían pasado unos pocos años desde su desembarco  como arribista al conurbano. Era el momento de establecerse.
Proyectó la construcción de  su casa;  lo suficientemente cómoda como para satisfacer sus anhelos pero sin el lujo obsceno que ostentaban las casas de otros dirigentes, tal vez menos inteligentes.
 Los verdaderos activos de Ezequiel no estaban a la vista.
El tiempo que invirtió en su carrera entre comercial y política fue agotador.
 Por supuesto que había valido la pena, pero ahora se imponía cierto alineamiento con lo que era común a todo el mundo. Es decir, adoptar los convencionalismos que hacen que todo parezca normal.
 Era diciembre, el mes de las fiestas.
Ahora sí, había llegado el momento de contactar a su padre a  quien no veía desde hacía mucho e invitarlo a su hogar. Se sorprendió cuando le avisaron que estaba internado. Nada grave, una descompensación como consecuencia del calor. En nochebuena ya estaría repuesto seguramente.
Entonces,  como  faltaba poco para el 24,  se dedicó a preparar la celebración.
 En un momento de debilidad cedió a la tentación de los adornos costosos que engalanaron su casa. Hizo colocar arreglos navideños,  con hojas verdes y  esferas rojas y doradas, en todo el parque. En  la superficie de la piscina de fondo turquesa ubicaron velas flotantes. En el pino más grande, luces azules se desvanecían como lágrimas desde las ramas más altas.
 Después de todo era la primera vez que su padre salía de la capital para verlo, tan reticente como siempre fue para acercarse al gran Buenos Aires, lugar considerado por el viejo como la suma de todos los males.
Ya fuera por las obligaciones, el entusiasmo por los preparativos o la falta de costumbre de cuidar a otro, la cuestión es que Ezequiel ni siquiera se planteó la posibilidad de ir al hospital. Después de todo, no era más que un malestar propio de un hombre de edad. Tal vez por eso, el llamado telefónico fue un golpe descomunal e inesperado en la tarde previa al encuentro.
Su padre había muerto.
Se quedó sentado en la  amplia  galería con pisos de mármol  color miel, con el celular en la mano, incapaz de moverse, respirando con dificultad. Un sudor frío brotó de su frente.
Entonces,  sintió un malestar desconocido; una puntada en el pecho.
Miró  alrededor como para encontrar evidencias que lo trajeran de nuevo a su realidad, para aferrarse a lo suyo.
 Pero solo sintió vergüenza por ese entorno que súbitamente había perdido sentido y que ahora parecía tan desubicado  como  un escenario con cortinas de terciopelo rojo plantado en el medio de una feria de barrio.
 Lo aletargaba el zumbido del comprensor que alimentaba la figura inflable de un reno de dos metros  con ojos estúpidos que, no obstante, parecían interpelarlo.
El jardinero que trabajaba en el parque, extrañado, apagó la bordeadora para escuchar lo que creyó un lamento prolongado de su patrón. Sólo atinó a gritar:
-Señora, venga rápido!
Alarmada por los gritos de su empleado, la hija del sindicalista se acercó  y azorada escuchó los gemidos de su marido,  quien ajeno a todo, se perdía en una sucesión  de sensaciones que iban desde la rabia hasta el viejo desamparo que había sentido en numerosas noches de niñez temerosa, en las que era necesario inventarse una realidad menos sórdida y violenta.
Con desconcierto, la mujer vio como aumentaban los sollozos descontrolados propios de un chico que hubiera necesitado de una mano firme y cariñosa que nunca llegó.
Un chico con carencias de escucha atenta y complicidades filiales, de esas que llenan el alma, fortalecen la autoestima y templan amorosamente el corazón.
-Por Dios Ezequiel,¿ qué pasa?¿ qué te pasa?
 Los espasmos dieron lugar al vómito, y la mujer, a esta altura desencajada, intentaba descifrar los balbuceos de su marido, a quien  apenas reconocía y que hecho un bollo en el piso frío  repetía una frase  como si fuera una letanía.
-¿Qué decís? No te entiendo!-se desesperaba ella.
 Y él seguía repitiendo la única manifestación de algo acaso parecido al afecto que había recibido de su padre. Unas pocas  palabras avaras  que recordaba en momentos de soledad en los que hubiera necesitado un beso o un reto.
La frase grabada a fuego en su inconciente y que ahora afloraba con la violencia y  la devastación del resentimiento.
 Ezequiel,  ajeno a todo lo que no fuera su propio dolor,  gritó mientras se golpeaba  la cara con ambas manos:  
-Vos pibe, laburá;  porque la plata no cae de los árboles.












1 comentario:

  1. Y ahí se reveló que aprendió la lección de su padre. Y la puso en práctica.

    ResponderEliminar