lunes, 14 de agosto de 2017

Miss Argentina



 Los robles parduzcos, oprimidos en el cemento gris de la plaza, parecían los caballeros de la isla de miel. Ella había visto sus armaduras con brillos gastados, vigilando el mar desde lo alto.
A la ex Miss Argentina se le mezclaban los recuerdos de los lugares en los que había posado cuando era la modelo más famosa. También confundía los relatos que había escuchado en sus viajes por el Mediterráneo, escenario de sus días de gloria.
 Había sido la época en que las marcas más importantes se peleaban por tenerla como protagonista de sus campañas. Podían ser cigarrillos o relojes, perfumes o carteras. Podía ser la isla de Capri o la de Malta o tal vez los edificios soñados por Gaudí en Barcelona.
 Su rostro no era sensual, pero irradiaba el  optimismo  prometedor de los amaneceres  en el mar. Simplemente hacía feliz a la gente, aumentando la facturación de todo lo que tocaban sus manos.
Igual que ella, los árboles que observaba esa tarde-objetos de su atención reciente- eran generosos. Las copas nutridas, que ya no tenían edad a fuerza de cobijar generaciones enteras de pájaros, habían dejado de crecer. Estaban simplemente ahí, perennes, sin tomar nota del paso de las estaciones.
 Pero a diferencia de ella, seguían siendo necesarios.
No le molestaba el olvido. Lo entendía, lo  había estado esperando después de cada temporada en las pasarelas o de las largas sesiones de fotos en las que era la estrella indiscutida. Sin embargo, parecía que  siempre habría   tiempo para algo más;  un evento, alguien que la reconocía en la calle y le pedía un autógrafo. ¡Todavía no existían los celulares!
Jamás le faltaron los hombres. Tenía la esperanza de que también llegaría el indicado. Mientras tanto, no podía quejarse de su suerte y esto duró  hasta que su  hermana  murió en un accidente.  Entonces se dio cuenta  de que el indicado no llegaba y que solamente la buscaban para promocionarse o sacarle plata.
Se tentó con la idea de retocarse un poco. La propuesta venía bien armadita, y le hicieron creer que sería como sacarse una muela o algo así. Sufrió mucho por cierto, pero los resultados fueron tan buenos que se olvidó pronto del dolor.
Se hizo clienta del cirujano de moda. Él le inspiraba confianza y con el paso del tiempo ella se ponía más interesante, como le pasa a las mujeres que tienen algo para decir. Pero a ella nadie  quería escucharla hablar. En realidad todo el mundo pretendía comprobar a través de su sonrisa blanquísima y su piel tostada y tersa, que no había pasado la vida y que desde la pantalla de algún televisor en blanco y negro, los días  se sucedían sin desempleo ni torturadores. Las arrugas de su cara condenaban a los televidentes al desamparo general.
-Mirá, esta señora fue la Miss Argentina más linda que hubo.- le dijo un hombre a su hijo al verla pasar por la esquina de Córdoba y Callao.
-¿Qué es una Miss Argentina?-había preguntado  el chico.
Y ella que escuchó el breve diálogo no se puso contenta, al contrario. Tuvo que admitir  que a pesar de todas las cirugías y las dolorosas secuelas, a pesar  de sus facciones grotescas ahora deformadas por el botox y de su cuerpo moldeado como una caricatura de sí mismo,  a pesar del dinero y la ropa cara, el elogio venía conjugado en tiempo pasado,  irreverente y hostil.
Después de eso, ya no quiso vivir en el centro, caja de resonancia de todas las novedades y radar implacable de las almas lastimadas.
 Estuvo un tiempo recorriendo  el conurbano y se decidió una mañana de domingo andando despacio con el auto por las calles anchas de Bella Vista: la virgencita con ofrendas de plástico escuchando el pedido de una señora sentada discretamente en un banco  de madera reseca ;  las casonas escondidas tras los alambrados cubiertos de coronas de novia; la sucesión de perfumes en el aire como si fueran  notas de una melodía ejecutada en la flauta dulce de algún escolar.
Su mirada se entretuvo en la senda que acompaña el trazado de las vías muertas, por la que circulaba gente trotando. Se imaginó a si misma en esa paz y se sintió reconfortada.
Eligió  un chalecito de estilo inglés sobre el boulevard con palmeras jóvenes. Lo que verdaderamente la decidió fue el palo borracho que dominaba el parque del fondo. Solamente se lamentó de los aguijones que cubrían el verde nuevo del tronco. “Está claro que no voy a poder abrazarlo”-pensó mientras amagaba una sonrisa triste-.
El living oscuro  tenía un ventanal con vista a una plaza  habitada por los robles y también por los ombúes que no se conformaban con un pedacito de tierra. Ocupaban con sus raíces todo lo que podían de tal manera que el espacio domesticado por los empleados municipales debía rendirse a sus antojadizas  formas.
Una vez instalada en la casa,  se dejó envolver por la primavera.
En eso estaba esa tarde, evaluando  desde su ventana las fortalezas  y desventajas de tal o cual rama, cuando sonó el teléfono.
El más famoso de sus antiguos amantes la convocaba para trabajar. Nada importante; una participación como panelista de un programa  en los que se habla de cualquier cosa; “Tenés mucha presencia todavía” “La gente quiere saber de vos” le había dicho para convencerla. Agregó además otras generalidades adulonas que ninguno de los dos creía.
La ex Miss Argentina lo pensó un momento y aceptó.
 Bien podía postergar por unos días la difícil elección del árbol en el que iba a ahorcarse.  Evidentemente, no podía ser cualquiera.
 Después de todo, ella había sido una reina.