lunes, 12 de septiembre de 2016

El fin de la gauchada.



Rosales andaba por un montecito de algarrobos oscuros cuando vio venir desde lejos el auto plateado. No salió aunque sabía lo que iba a pasar; es más, se escondió y enfiló con el caballo para el lado opuesto al camino.
 El auto se hamacaba en la superficie inestable de barro hasta que en un momento  perdió el rumbo y se deslizó  hacia la cuneta inundada. La trompa se hundió mansamente. El agua le llegó justo hasta el parabrisas y las dos ruedas de atrás quedaron en el aire, pero Rosales ya no veía la escena porque lejos de ahí, se dedicaba a juntar las vacas que con pereza se movían entre  las liebres color miel que andaban a los saltos, en total libertad.  Iba arreando el ganado por los potreros, abriendo y cerrando tranqueras, con movimientos certeros pero desganados.
Miró el sol otoñal que caía  sobre las lagunas que rodean al río Salado. ¿Por qué le prestaba tanta atención si había crecido en comunión con ese cielo que a la hora del atardecer se teñía de grises y rosas, para dar luego lugar al azul profundo? Y aunque no pudiera ponerlo en palabras, él sabía que era una de las últimas veces  que podría observarlo sin tener que dar testimonio de nada, solo mirarlo e hincharse los ojos de belleza pura, nunca igual, y sentirse satisfecho y dueño de si mismo, como los teros y las lechuzas.
Anduvo toda la tarde ocupado en sus labores. Empezaba a refrescar cuando encaró despacio el regreso al casco de la estancia; la casa grande que estaba por convertirse en hotel. La misma que había sido confiscada por Rosas en tiempos de los Libres del Sur y vendida después a un escocés y después a un vasco y así de generación en generación. Todavía mantenía la dignidad de los edificios coloniales, de una sola planta, ventanas generosas, paredes anchas y sólidas. No tenía el lujo de los palacetes de estilo francés que se edificarían más tarde pero tenía la nobleza de las primeras estancias de la zona y de sus dueños. Los que se habían atrevido a enfrentar al Restaurados de las Leyes y a los degolladores, dejando en la miseria a sus deudos.
 La estancia cambiaba de nombre y de destino. Ya no se dedicaría al  engorde de esas vaquitas que, aunque ajenas, habían sido toda la vida de Rosales.
Ahora iban a sembrar soja. La empresa que vendía las semillas se encargaría de todo. Él ya lo había visto en otras propiedades. Un silencio de sepulcro en los campos eternamente verdes,  interrumpido  solamente por el ruido de  las avionetas que fumigaban y mataban todo lo que creciera sin permiso de los gringos, sus patentes y  sus ingenieros.
¿Para qué necesitarían peones si hasta las cosechadoras se alquilaban y listo?
Es cierto que le habían ofrecido quedarse y atender a la gente que se alojaría en la casa grande. También estaban los otros dormitorios, un poco apartados, unidos por una galería que daba al parque central  y en la que había bancos de madera y canastos con troncos de quebracho para alimentar las salamandras.
-Vamos hombre, piénselo.-le había dicho el patrón.
 Y él lo había pensado. Demasiado. Sobre todo desde que se había quedado solo y el día era eterno y no tenía más remedio que imaginar cómo sería su vida, como acomodarse a la nueva situación.
-El asado me gusta hacerlo para mí- fue la respuesta cortante y definitiva.
-Usted sabrá.
El patrón tampoco tenía voluntad de andar rogando.
Ya era de noche cuando Rosales, después de encerrar el ganado, venía al trotecito por la entrada enmarcada por eucaliptus que se erguían en disciplinadas hileras hacia lo alto.  Iba a rodear la casa hacia el fondo, cerca de la caballeriza, donde estaban las piezas del personal que había sabido ser numeroso.
Fingió sorpresa cuando vio al contador sentado en el piso de mosaicos blancos y negros, con la espalda apoyada en la puerta de madera maciza de la entrada principal. Lo vio  incorporarse  con el traje embarrado. Estaba maltrecho y furioso. Se tomaba la frente con un pañuelo ensangrentado.
-¡Pero, digame!,¿ no le avisaron que yo venía hoy?-
-Buenas noches, doctor-Rosales ni siquiera se bajó del caballo- No señor, no me han dicho nada.
-¿No le anda el celular? Lo estuve llamando toda la tarde- Se notaba que el contador estaba haciendo un esfuerzo para no insultarlo.
-Es que casi nunca hay señal por acá- Movía la cabeza con gesto ingenuo.
-Escúcheme, no sabía que el camino estaba tan malo. Tuve un accidente. Venía con mi auto,  perdí el control y me caí a una zanja.
-¿Pero dónde fue eso?- Rosales disfrutaba el momento.
-Como a tres kilómetros de la salida de la ruta.
-¿Y no lo pudo sacar?
-Gracias que pude salir yo.-el contador estaba cansado y dolorido. –Había quedado con el dueño en que esta noche me alojaba acá porque mañana tenemos una reunión muy importante. ¿Cómo, no le avisaron?
-Y no, el patrón está atareado con tanto cambio.
-Escúcheme, vamos a tratar de sacar el auto.
-¿Ahora?  No se puede. Mañana tendrá que ser- la expresión del peón tenía una falsa tranquilidad.
-Si, claro, ahora no se ve nada. Tiene razón-  hizo un esfuerzo por calmarse.- ¿Puede abrir la puerta así me lavo esta herida y me cambio?
-¿De la casa grande?- Rosales seguía interpretando su papel.
-SI, claro.
-Pero no me dejaron la llave.
-¡Cómo que no tiene llave! ¿Dónde me voy a quedar esta noche?- Ahora si el contador estaba al borde del llanto.
-y….le dije que el patrón anda medio mareado.
Los dos hombres se quedaron en silencio.
Rosales, dueño de la situación, dijo al fin:
-Si quiere, se puede acomodar por esta noche en una de las piezas de los peones, total, están todas vacías.
-Le agradezco. Mañana, cuando venga el dueño, se irá aclarando el panorama
-Si usted lo dice, doctor, será así nomás. Tiempos jodidos, doctor, tiempos jodidos.
Rosales siguió derecho con el caballo hacia el fondo donde estaba su pieza. Le quedaban unas pocas cosas para embalar.