viernes, 30 de noviembre de 2018

ACTO PÚBLICO










    El mes de marzo se empecinaba en alargar el sofocón de ese verano húmedo. Los maestros se estacionaban obedientes en la escalera de acceso al Consejo Escolar. La oficina propiamente dicha era muy estrecha, razón por la cual la gente debía esperar el inicio del acto público en la escalera de acceso. Si no hubiera sido porque la luz era muy mezquina, se habrían ido enterando de las novedades publicadas en las fotocopias que jalonaban la pared. Pero como nadie veía nada, no había más remedio que preguntarle ─una vez arriba─ al empleado de la mesa de entrada que al mediodía ya estaba harto y contestaba cualquier cosa. La señorita Mabel se había acercado al Consejo con la ilusión de conseguir una suplencia larga en alguna escuela “potable” como le gustaba decir. Todavía no era titular, por lo tanto aceptaba penosamente ese manoseo al que debía someterse: la fila ordenada en la escalera, los retos como si fueran chicos, los empujones cuando llegaba cerca del mostrador, el tortuoso seguimiento del listado, las impugnaciones de los que estaban más desesperados que ella por un trabajo.
    Ese día el acto público se venía desarrollando con bastante fluidez. Había una inspectora con mucha experiencia que allanaba las dificultades y cortaba de raíz los conatos de discusión. La señorita Mabel estaba cuarta en el listado. Había una escuela que le interesaba y como estaba a mitad de la escalera, es decir, bastante lejos del sancta sanctorum donde se otorgaban los cargos, intentaba agudizar el oído para dar el presente en cuanto la nombraran. Todos estaban en la misma, por lo tanto habían bajado prudentemente la voz. Salvo Cassiroto, el más conocido de los profesores de música del distrito.
    ─¡Más fuerte, desde acá no se oye! ─vociferaba desde su lugar en la fila.
     Nadie se explicaba qué hacía buscando trabajo si ya tenía edad suficiente como para jubilarse. Cargaba con el sambenito de muchos docentes varones del área de artística, es decir, se  lo consideraba un perverso en potencia. Nunca había tenido ninguna denuncia por abuso ni nada parecido, pero la gente lo esquivaba si podía. La señorita Mabel no podía. Lo tenía pegado a ella en la escalera oscura. Como era alto y flaco, a pesar de que estaba en escalón más abajo, ella sentía el calor de su aliento justo en la nuca. Reprimió las ganas de darse vuelta y decirle algo. Se aguantó, tampoco podía moverse. Trató de despegarse todo lo que pudo, de tal suerte que la mujer que estaba un escalón arriba agarró la cartera con las dos manos y le hizo notar su incomodidad. Mabel estaba cercada. La respiración del hombre se hizo más sutil. No era evidente para nadie, salvo para ella. Las exhalaciones de Cassiroto producían un arrullo que al pasar por su glotis semi cerrada  creaba un clima de intimidad ajeno a los demás. La mujer lo ignoró todo lo que pudo, pero, a los pocos minutos su propio ritmo respiratorio se acopló al de su eventual compañero de ruta. El flujo sanguíneo se saturó de hormonas y el bienestar se expandió, ligero, por todo su cuerpo.  El hálito tibio del profesor la envolvió en la frescura de la menta. La rigidez de su espalda fue  cediendo y el cuello se acomodó en una posición relajada. La cabeza descendió levemente. El cuero cabelludo de la señorita Mabel se distendió bajo el efecto de un  masaje etéreo. Ella entrecerró  los ojos para entregarse mansamente a la delicia del roce.
   ─Número cuatro en el listado: Mabel Adriana Argucedo.¡ Argucedo! ¡Argucedooo! ─ El eco de la voz de la inspectora resonaba en la escalera.
  La señorita Mabel sintió un estremecimiento repentino en la boca del estómago y, temiendo no llegar a tiempo al llamado, acometió a los codazos haciéndose paso entre los asistentes al acto público.



viernes, 9 de noviembre de 2018

UN MUERTO POR LA MITAD


   El remisero le preguntó qué iba a hacer a un lugar tan alejado de su casa. A Laura le dieron ganas de contarle con cierto orgullo “me voy al velorio de mi papá”. Le pareció rara la idea de mencionar que también había tenido un padre, como cualquier hija de vecino; que ella no era una anomalía de la naturaleza, que no había nacido de un repollo, y que aunque su padre se le había hecho presente esa tarde,  justamente a través de  la noticia de su muerte, era una manera de reafirmar que alguna vez había existido.
   De todas formas, no le contestó al odioso del chofer y siguió mirando por la ventanilla mientras el hombre daba vueltas con el auto y no le acertaba a la dirección en cuestión.
   ─La voy a tener que dejar acá, en la avenida. Hace rato que terminó mi turno.
   ─Mejor.
   Le pagó lo que el tipo le pidió y bajó casi aliviada. “Estúpido” pensó y enseguida buscó a alguien que la orientara para llegar. La avenida estaba colmada de paradas de colectivos. Había mucha gente regresando del trabajo. Les preguntó a algunos hombres que caminaban con paso cansado y a mujeres  cargadas con bolsas llenas de verduras, que volvían de limpiar casas ajenas. Caminó muchas cuadras entre ellos, hasta que los puestos precarios que ofrecían medias, chipá, y ratoncitos de goma se fueron espaciando y desaparecieron. Anduvo por calles solitarias. Y oscuras. Mientras caminaba, sintió          que alguien la seguía. Un muchacho se adelantó y le cortó el paso.
    ─¡Quedate quieta, dame el celular hija de puta, rápido! ─dijo el ladrón  que simulaba tener un arma en el bolsillo.
    Ella no se asustó porque la ansiedad por el reencuentro era más fuerte.
   ─¡No puedo, no puedo, dejame ir por favor! ─. Empezó a correr esperando un tiro por la espalda.
   El ladrón inexperto tardó en reaccionar. Luego miró a su alrededor para comprobar que no había testigos de su impericia.
    Cuando  Laura por fin  dio con la dirección, creyó estar equivocada. La sencillez de la sala velatoria hacía juego con el barrio. No había ningún cartel. Se notaba que era una vivienda apenas acondicionada. En lo que había sido el comedor estaba el ataúd. El medio cadáver ocupaba la cabecera. Alguien había colocado un crucifijo con flores de plástico en el otro extremo, no tanto como homenaje sino más bien para balancear el peso y evitar el vuelco del cajón.   Arrimadas contra la pared,  unas pocas sillitas vacías. La ventana que daba a la calle tenía la persiana levantada y una cortina de color indefinido impedía ver desde afuera.
   Algunas horas antes, mientras trabajaba en la oficina,  Laura se había enterado de la noticia. Por supuesto que no había pedido salir antes ni había comentado  nada. Antes de ir al velorio pasó por su departamento,  buscó  la única herencia que había recibido y la metió en su cartera: un pedazo de libro. Lo había leído muchas veces. Contaba la historia del regimiento glorioso que se cansó de ganar batallas contra los déspotas en México, y que al final de la revolución, aprovechando la ausencia del general, se sublevó y se unió al enemigo.
  ¿Cómo era el hombre que guardaba libros así? 
   Nunca supo el fin la historia porque al libro le faltaba justo la mitad. Era una edición barata, de bolsillo. Tenía una dedicatoria ilegible. Ella lo había rescatado de las ruinas de su hogar. Llegaba a la página 25 y estaba perfectamente separado del resto, con un corte limpio y prolijo. Posiblemente tan exacto como  el que le  amputó las  piernas al padre.
  ─Todo lo que sé de mi papá se puede resumir en una hoja de cuaderno─ había confesado una vez.
  En esa hoja, hubiera podido escribir algunos datos sueltos. No obstante ignoraría para siempre  las razones  profundas por las que su padre se había hundido en el fracaso. Lo mismo que le pasaba con la historia de los soldados que se habían hartado de pelear.
   En silencio empezó a llorar. Sentada sola, sin una flor, sin una palabra que pudiera reconfortarla, como si ni ninguno de los dos la mereciera. El crucifijo de rigor en la pared  cobijaba los restos de una vida desconocida y mutilada. Ella permaneció largo rato  con su querido medio libro en el regazo.  Por último se acercó al ataúd, y con mucho cuidado,  como si se tratara de una ofrenda, lo acomodó junto al medio cuerpo de su padre.
  -Chau viejo.
  Salió despacio. Ya era noche cerrada. En la vereda de enfrente, el ladrón humillado que la había seguido en las sombras, esperaba su momento.







lunes, 3 de septiembre de 2018

El fantasma del cuartel

   El Flaco venía manejando cuando  sintió la vibración del celular en el bolsillo. No atendió. Dos mujeres de la policía local fumaban cerca de la parada. No hubieran reaccionado así llevara una bomba atada al cuerpo. El colectivero volvía a capital sin pasajeros Entró a Campo de Mayo y evitó acelerar aunque sabía que lo esperaban con la cena de Nochebuena: lo de siempre, matambre con rusa. Cuando se acercaba al río Reconquista, le pareció ver algo raro. La arboleda era muy densa y había poca luz. A menos de veinte metros del puente, frenó de golpe. Los faros iluminaron a una chica. Estaba parada en medio del asfalto, vestida con ropa de combate. Llevaba una boina con una estrella roja. Era rubia, pero no teñida.
   -Sacame de acá- ordenó  mientras le apuntaba con la ametralladora.
   El Flaco no supo cómo, pero de pronto la vio esconderse en el hueco de la puerta del medio. Aturdido pisó el acelerador y siguió. Pasaron por un cuartel. Los milicos de la entrada le hicieron un gesto con la cabeza. Al Flaco se le secó la boca. Ni bien pasaron la garita se animó a mirar por el espejo. Ella estaba sentada en el primer asiento.
   -Nos estaban esperando. ¡Hijos de puta! –la voz de la mujer era seca como la pólvora.-Mandaron al frente a los soldados. Los tuve que cagar a tiros ¡Todo inútil! ¡Sacame de acá!
   El colectivero dejó atrás la oscuridad del campo. Ahora iba por el suburbio desierto. Tenía el cuello entumecido de mirar para adelante. Por fin entró al playón de la cabecera. Bajó del colectivo vacío haciendo arcadas y se metió corriendo en el baño sin saludar a sus compañeros.
   López, el inspector, se puso serio y lo siguió.  El Flaco, con la cabeza en el borde del inodoro, seguía vomitando.





lunes, 25 de junio de 2018

MADRE FUGITIVA



    Tuve que irme a la cama para no flaquear.  Me saqué la vincha y la remera que había comprado en la entrada del estadio. Me acosté. Estaba confundida. Cuando empecé a entender la situación salté de la cama y cerré con llave la puerta del dormitorio. Desesperada, empecé a planear la huida.
   Había llegado a mi casa antes de lo previsto, me extrañó ver las luces encendidas. El recital de Phill Collins  se había suspendido-maldito cambio climático- por una tormenta con ráfagas y granizo. 
   -Reunión cumbre- dije sin malicia, cuando mi nuera abrió la puerta.
   -Estás mojada, te preparo un café-dijo ella mientras escapaba hacia la cocina.
    La entrada al recital había sido una gentileza de mis hijos. Desde la muerte de mi marido, ellos se deshacían en atenciones. Primero fue el fin de semana en la isla Martín García, una roca en medio del estuario del Río de la Plata, encantada de bosques umbríos; destino maldito de generales caídos en desgracia y donde se consigue el mejor pan dulce del mundo. Luego, proyectaron la remodelación de la casa:
  -Mamá, renovarse es vivir-repetían.
  Y fue así que se levantaron los antiguos pisos de madera y se arrancaron los revestimientos. Las paredes fueron agujereadas por técnicos que decían buscar humedad y los plomeros despanzurraban antiguas cañerías a su antojo.
   La noche del recital fallido, luego de encerrarme en mi cuarto y cambiarme la ropa, pegué la oreja a la puerta para seguir el movimiento de mis hijos. Andaban por la cocina vaciando los muebles. Luego, escuché con escalofrío el ruido de la pala hundiéndose en el cantero de los rosales, única superficie que se había salvado de los albañiles. A nadie preocupaba mi presencia. Tenía que pensar rápido. Segura de que no encontrarían lo que andaban buscando, dado que yo lo había encontrado antes, salí muy despacio de mi habitación.   A través del vidrio esmerilado de la ventana que da al fondo, vi sus siluetas  inclinadas en torno a un montón de barro removido. El aroma del café me alertó.  Me deslicé por la superficie pulida del porcelanato italiano hasta el vestíbulo. Nadie lo advirtió. A dos metros de la puerta principal, Me detuve frente al tapiz que habíamos comprado en el viaje a Cuzco con motivo de nuestras bodas de plata. Bendije el momento en que se me ocurrió coser la llave de la caja de seguridad en el reverso de esa  piel suave de vicuña que todas mis visitas elogiaban. Después de arrancarla, guardé la llave en la cartera. Salí sin hacer ruido. Corrí hacia la avenida. Volví a mojarme las zapatillas en los charcos que habían quedado después de la tormenta. Gracias a Dios encontré un taxi libre. Me faltaba el aire, entonces practiqué la respiración que me enseñaron en las clases de yoga y recobré la calma. De ninguna manera quería llamar la atención del chofer. Con disimulo miré hacia atrás por única vez. Nadie nos seguía. Hice una llamada breve.  Eran las diez de la noche. Mi amante me esperaba en su departamento. Al otro día, más tranquilos, retiramos de la caja de seguridad del banco la fortuna que mi difunto esposo el prestamista, supo acumular y esconder.


jueves, 31 de mayo de 2018

NORITA


    En el geriátrico, igual que en  “Tiempos modernos” de Chaplin, el cronómetro regulaba la existencia de todos. Los dueños, temerosos, dejaron de pasar esa película, no fuera a ser que algún viejo se avivara.
    La vida se había convertido en una rutina de pañales, chatas  y pastilleros. Ésos y no otros eran los protagonistas. Los ancianos eran  actores de reparto en el mejor de los casos. Todo lo que alguna vez fue deseo, rabia, amor o lucha andaba  atado a una silla de ruedas. Mientras tanto, el celular de la dueña, no paraba de recibir llamados de potenciales compradores. Todo se vendía. Desde los zapatos hasta los nebulizadores que las familias de los fallecidos  no querían volver a buscar. Era otoño, temporada alta. Con los primeros fríos, los viejos se congestionaban primero  y después contraían neumonía.  Las jefas de turno estaban preparadas: estiraban la situación todo lo posible y cuando ya era inútil llamaban al  servicio de emergencia. En el hospital podían durar horas, no más. Al menos se morían dos por semana. Si se mantenía el promedio, el producto de las ventas  permanecía constante igual que las comisiones.
    El empleado que llenaba las planillas de excel,  notó una tendencia anómala. El promedio de fallecidos había bajado. Enseguida se organizó un comité de crisis para analizar la situación. Aprovecharon la visita semanal de los Testigos de Jehová, siempre ávidos de auditorio para ser salvado. El personal de confianza se reunió en el fondo, cerca de la zona del lavadero. El hijo de la dueña hizo el anuncio: los números no daban. Todo el mundo deslindó responsabilidades. No obstante, con gran criterio constructivo intentaron encontrar una explicación: que la nueva cocinera hacía sopas demasiado nutritivas, que  con la profesora de yoga  trabajaban  muy bien la respiración, que las clases de música los dejaba inconvenientemente felices.
    Decidieron despedir a la cocinera y alterar levemente la temperatura de los equipos de aire acondicionado. No obstante, durante la semana en curso, era imperioso aumentar la recaudación. Como si fuera una obviedad, todos pensaron en Norita. Si bien era la más joven ─ no llegaba a los 75 años─ el hecho de ser cuadripléjica la acercaba con frecuencia al borde  de la muerte, límite  que obstinadamente se negaba a traspasar. La tecnología le había posibilitado  una vida plena en la virtualidad de la red. Desde la computadora, ella coordinaba un blog especializado en su enfermedad, participaba en foros, se mantenía informada. Norita había advertido una inquietante periodicidad en los decesos. De hecho, había escrito un informe con fechas, testimonios, e impresiones personales. Un domingo por la tarde, cuando las visitas se habían ido y los viejos se disponían a cenar, escuchó cómo alguien abría la puerta de su habitación con sigilo y no dudó. Tecleó enter y publicó su informe en las redes sociales. Fue lo último que hizo.