jueves, 31 de mayo de 2018

NORITA


    En el geriátrico, igual que en  “Tiempos modernos” de Chaplin, el cronómetro regulaba la existencia de todos. Los dueños, temerosos, dejaron de pasar esa película, no fuera a ser que algún viejo se avivara.
    La vida se había convertido en una rutina de pañales, chatas  y pastilleros. Ésos y no otros eran los protagonistas. Los ancianos eran  actores de reparto en el mejor de los casos. Todo lo que alguna vez fue deseo, rabia, amor o lucha andaba  atado a una silla de ruedas. Mientras tanto, el celular de la dueña, no paraba de recibir llamados de potenciales compradores. Todo se vendía. Desde los zapatos hasta los nebulizadores que las familias de los fallecidos  no querían volver a buscar. Era otoño, temporada alta. Con los primeros fríos, los viejos se congestionaban primero  y después contraían neumonía.  Las jefas de turno estaban preparadas: estiraban la situación todo lo posible y cuando ya era inútil llamaban al  servicio de emergencia. En el hospital podían durar horas, no más. Al menos se morían dos por semana. Si se mantenía el promedio, el producto de las ventas  permanecía constante igual que las comisiones.
    El empleado que llenaba las planillas de excel,  notó una tendencia anómala. El promedio de fallecidos había bajado. Enseguida se organizó un comité de crisis para analizar la situación. Aprovecharon la visita semanal de los Testigos de Jehová, siempre ávidos de auditorio para ser salvado. El personal de confianza se reunió en el fondo, cerca de la zona del lavadero. El hijo de la dueña hizo el anuncio: los números no daban. Todo el mundo deslindó responsabilidades. No obstante, con gran criterio constructivo intentaron encontrar una explicación: que la nueva cocinera hacía sopas demasiado nutritivas, que  con la profesora de yoga  trabajaban  muy bien la respiración, que las clases de música los dejaba inconvenientemente felices.
    Decidieron despedir a la cocinera y alterar levemente la temperatura de los equipos de aire acondicionado. No obstante, durante la semana en curso, era imperioso aumentar la recaudación. Como si fuera una obviedad, todos pensaron en Norita. Si bien era la más joven ─ no llegaba a los 75 años─ el hecho de ser cuadripléjica la acercaba con frecuencia al borde  de la muerte, límite  que obstinadamente se negaba a traspasar. La tecnología le había posibilitado  una vida plena en la virtualidad de la red. Desde la computadora, ella coordinaba un blog especializado en su enfermedad, participaba en foros, se mantenía informada. Norita había advertido una inquietante periodicidad en los decesos. De hecho, había escrito un informe con fechas, testimonios, e impresiones personales. Un domingo por la tarde, cuando las visitas se habían ido y los viejos se disponían a cenar, escuchó cómo alguien abría la puerta de su habitación con sigilo y no dudó. Tecleó enter y publicó su informe en las redes sociales. Fue lo último que hizo.
  


sábado, 28 de abril de 2018


Comparto una antología en la que participé. Se presenta el 3 de mayo en la Feria del Libro, en el stand de la Municipalidad de San Martín


lunes, 23 de abril de 2018


GRACIAS POR SELECCIONAR MI CUENTO "EL LADO CORRECTO"


1 h
Los ganadores del IV Certamen literario RSC
Madre mía, cuánto hemos disfrutado este año con la lectura de vuestros textos. En nuestro IV Certamen literario RSC hemos recibido un total de 227 relatos. Una pasada. Una avalancha de buenos texto…
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sábado, 21 de abril de 2018

El viejo y las palomas 


   El viejo apenas diferenciaba el día de la noche dentro del departamento oscuro. Le daba lo mismo el almanaque. Pero si algo conservaba  de su vida en el penal, además de la obsesión por el orden, era la depresión de los  domingos.  La amargura empezaba cuando olía el caramelo de las garrapiñadas que vendían en la plaza. Entonces se imaginaba a la gente caminando sin apuro por Callao, y el disgusto le  tensionaba  las venas verdes que sobresalían de sus sienes.
    A él nunca lo había apenado  el encierro, excepto los domingos, claro, cuando los otros se ponían locos después de las visitas y los suicidios alborotaban la rutina. Él repetía que la cárcel es el lugar para la gente incomprendida.
   Desde que le otorgaron la prisión domiciliaria, lo obligaron a vivir en ese monoambiente lleno de humedad que habitaba ahora.
   -Mire doctor, a mí no me importa seguir así-le había dicho al defensor oficial.
   -¿Usted se quiere morir acá? -el abogado dio por terminada la conversación.
   En contra de su voluntad, se acomodó como pudo. Le repugnaba el lugar. Todos los días había gente  cortando el tránsito de las avenidas. Los gritos de la muchedumbre y el ruido de los bombos subían desde la calle y él se cocinaba en su propia rabia.
  Tenía prohibido salir; tampoco lo deseaba. Los lunes a la mañana alguien le dejaba en la puerta una bolsa con arroz, fideos y algunas conservas como  para no morirse de hambre. El viejo le pasaba por debajo de la puerta una lista de mercaderías para la próxima semana. Además de alimentos, él pedía productos de limpieza y desinfectantes. También ácidos para limpiar el baño y los pisos.
  En la cárcel, por lo menos, hablaba de vez en cuando.  Con los reclusos comunes no.  A esos los despreciaba. Los que entraron con él-“mis compañeros de promoción”, como le gustaba llamarlos- se fueron muriendo.  Pero  los carceleros a veces tenían ganas de escucharlo, entonces  podía explayarse y recordar los viejos tiempos.
   A poco de instalarse, la vecina del departamento de al lado le tocó el timbre. Él se sobresaltó y la atendió por la mirilla sin abrir la puerta. La chica tenía el pelo violeta. El viejo se restregó los ojos y volvió a mirar.
  -¿Qué quiere?
  -Ah… qué tal soy Vanesa, del “B” le quería pedir un favor- La chica no se intimidó.
  -No sé en qué la puedo ayudar-las palabras no le salían fácil.
  -Mañana tengo que viajar, voy a estar afuera dos semanas. A lo mejor usted puede desde su balcón regar mis plantas  y llenar el recipiente de comida para las palomas. Yo le acerco todo a su baranda para que no se tenga que estirar tanto-Vanesa, muy segura, levantó la mano hasta la mirilla y le mostró un paquete con alimento balanceado.
   Al viejo no le quedó más remedio que entreabrir la puerta. Ahora podía ver a la chica de cuerpo entero. Vestía un pullover agrandado por el uso que le hacía juego con el pelo y un pantalón verde loro que arrastraba por el piso. Por más que quiso, no pudo reconocer la silueta de una mujer en ella. Agarró la bolsa mecánicamente.
  -Gracias señor-Vanesa le dio un beso sonoro en la mejilla y desapareció.
   Él se  quedó paralizado de estupor. Ahora entendía el origen de las palomas que ensuciaban su ventana. ¡Cómo lo obsesionaban! Las de su infancia eran palomitas  de un blanco inmaculado. Recordaba que en su libro de lecturas de primero superior casi siempre llevaban una ramita de laurel en el pico. Las de ahora se empecinaban en ser oscuras, cuando no de un indignante tono casi marrón.  Malograban  sus siestas con arrullos vulgares, sin encanto. Arruinaban la ropa colgada al sol.
  Unos días después, no obstante, reconoció que a partir del pedido de su joven vecina, se mantuvo bastante ocupado. Hasta se sintió agradecido.
   Un domingo  mientras padecía la agonía de las horas que no pasaban nunca, se sentó en el único sillón raído que tenía. Al rato, quiso estirar las piernas y salió al balcón estrecho. Se arrepintió enseguida. El aire frío se hacía sentir en la altura. Al darse vuelta para volver a entrar, vio  a la primera. Estaba muy quieta en el piso. Inmóvil. No parecía estar  empollando ni nada parecido. Esperó a que reaccionara. Una leve excitación lo llevó a la cocina donde se sirvió un té de tilo. Había suspendido el café y el mate pero igual el agua tibia del té le horadó las tripas como si fuera lava hirviente cayendo  sobre la nieve.
  Ya no podía mantenerse sentado, caminaba en círculos, cada vez más nervioso. Buscó sus anteojos maltrechos  a los que les faltaba una patita  para examinar el cuerpo inerte de la paloma. El viejo no le sacaba la mirada de encima. Con el palo de la escoba la dio vuelta. Un ligero hilo de sangre le salía por el pico.  No aguantó la ansiedad  y decidió que tenía que salir a la calle. Valía la pena exponerse. No le importaba un carajo que lo delatara la pulsera magnética que le habían puesto para que no se escapara.
   Abrió la puerta y enfiló para las escaleras. Llevaba un jogging  gastado y pantuflas de franela. A medida que bajaba, el aire se le hacía más denso.  En el tercer piso se tuvo que sentar en los escalones para recobrar el aliento.   Por fin llegó a la planta baja. Eran las seis de la tarde, la hora  que él más odiaba.  En la vereda, otra paloma aleteaba entre espasmos.  Una madre y sus dos mellizas estaban arrodilladas en círculo alrededor de ella. La señora no dejaba que las criaturas la tocaran.  Las nenas lloraban a los gritos: “Mami, ¿Qué le pasa? Vamos a llevarla a casa pobrecita”. Él las esquivó, caminó  hasta  la plaza del Congreso y ya no tuvo dudas: un tapiz de plumas coloreadas con grises infinitos palpitaba sobre las vereditas y el césped. La gente escasa se horrorizaba e intentaba rescates de improbable éxito.
  Satisfecho, el viejo se encendíó de alegría y el cielo dominguero que ya se tornaba de un violeta abrumador, se desplegó para él como  un prodigio de  tonos esperanzadores.
  Por fin, la mezcla  venenosa  que con tanta fe había esparcido desde el balcón de la vecina, empezaba a hacer su trabajo.



lunes, 26 de marzo de 2018

 Encuentro en Jurerê



   - Me pudrí de esperarte-el chico obeso increpó a la madre.
   -Manejé muchas horas-la doctora miró el plato lleno de dulces que  su hijo sostenía con las dos manos.- Ah… el café de manhá, qué exquisito, ¿No?- quiso sonreír, pero no le salió.
    -Allá hay  una mesa.
    El comedor del hotel de Santana do Livramento era un hervidero de turistas argentinos de paso hacia Florianópolis.
   Casi a mediodía salieron para Santa Catalina. Más allá de Porto Alegre, la ruta seguía obediente las ondulaciones del suelo. A la doctora le daba terror pasar a los camiones.  Solamente lo hacía cuando los bufidos del chico no se podían aguantar.
  -¿Querés conectar tu música, hijo? Así escuchamos los dos.
  -No te va a gustar.
   La mujer lo miró de reojo. El chico movía la cabeza como si tuviera convulsiones. Se había puesto unos auriculares enormes de color amarillo. Los granos inflamados de la cara subían y bajaban al ritmo del bajo; algunos tomados por el pus, otros apenas enrojecidos.
   Al atardecer llegaron a Canasvieiras. El departamento que habían alquilado estaba en el primer piso de un complejo retirado del centro. Por la ventana del comedor, se colaba  un aroma a frutas  que subía desde una verdulería ubicada justo enfrente.
   -Mirá qué suerte qué tenemos, voy a bajar a comprar mangos y papayas-dijo la mujer.
   -Papá siempre dice que hay que probar las comidas típicas de los lugares a los que viajamos.
   -Ah…sí. Tu padre el mochilero. Bueno, los mangos y las papayas son de acá.
   El chico la miró con desprecio, agarró de mal modo los auriculares y se metió en su dormitorio hasta el otro día.
   El sol de la mañana taladró todos los ambientes. El olor del café recién hecho inundó la pequeña barra de la cocina. El chico se levantó con hambre. La doctora se esmeró con el desayuno. Sirvió  ensalada de frutas en unas copas elegantes. Exprimió  naranjas y untó las tostadas con queso crema. El hijo comía con la boca abierta. Alarmada, se dio cuenta de que nunca había visto dientes tan amarillos. Aguantó  con estoicismo. Al rato, mientras levantaba las tazas, dijo como al pasar:
   -Bueno, nos lavamos los dientes y salimos. Ya tengo preparada la canasta.
  -Yo ya me los lavé.
  -Si, claro. Pero hay que repetir el cepillado para eliminar los restos de azúcar que producen las caries.
  -Ni loco.
 Cerca del mediodía (“la peor hora para salir” según la mujer) enfilaron para la playa. Ella con un pareo de diseño y una capelina italiana. El hijo con un bermuda llena de bolsillos y una remera negra con el logo de un grupo de rock pesado. Ni bien pisaron la arena, los recibió un vocerío cadencioso.
   -Voy a comer algo.
   -Esperá…-la  mujer no pudo detenerlo.
   El chico fue derecho a un puesto atendido por un hombre negro vestido con un pantalón y una musculosa impecablemente blancos. Volvió con un milho cozido y dos trozos de queijo coalho ensartados en un palito. Un hilo de manteca derretida caía desde el choclo hasta las ojotas. La madre se alteró un poco. “Está bien, es adolescente, está probando mi paciencia” pensó. Se dispuso a pasar la tarde bajo una sombrilla, instalada en su reposera y observando a las mujeres. Después de todo, el éxito de su carrera como nutricionista y cirujana plástica se debía a la capacidad para interpretar las necesidades  de sus pacientes. A muchas de las argentinas que invadían la playa las conocía bien. Formaban parte de un sector social que había sido la materia prima de su fama. Pero ahora intentaba hacer foco en las brasileñas, porque quería expandir el negocio. Las envidiaba un poco. Parecían no tener ese miedo obsesivo a los rayos solares ni  a los kilos de más que adornaban con gracia y colores chillones. Mientras las veía  jugar al vóley, felices y extrovertidas,  le pareció que la imagen que había construido de ella misma, tan rigurosa, era como una prolija torrecita de mierda. La ocurrencia no le hizo gracia. Al contrario, la puso seria.  En eso estaba cuando vio venir a su hijo con un plato repleto de camarones fritos. No pudo controlar la furia.
   -¡Por favor, no te hagas esto!
  -¿Qué me  hago?
  -Desde que llegamos estás comiendo grasas, vos lo sabés.
  -Yo no soy paciente tuyo.
   Fin de la discusión. El chico desapareció. Por la noche, se encontraron en el condominio. La madre fingió entusiasmo.
  -Te invito a cenar a un restaurant. Me lo recomendaron. Mirá qué linda camisa que te compré-desplegó con gracia la prenda de algodón finísimo.
  -Está bien-el chico estaba calmado.
   El lugar era un salón enorme con pisos de cerámica roja. En el centro, una isla de acero brillante repleta de bandejas con ensaladas, guisados de carne, mariscos y legumbres.
  -Te traigo ensaladas-la madre no le preguntó si quería o no.
  -Ya te dije que yo pruebo la comida típica.
   El chico se sirvió una cazuela con feijoada y un plato rebosante de coxinhas. Se sentaron a la mesa
  - Hasta para elegir la comida te parecés a tu padre-ella desplegó la servilleta con amargura
  -Vivo con él.
  -Fue tu elección.
  -Yo tenía ocho años, mamá.
  La cena transcurrió lenta, incómoda. Los dos examinaban cualquier detalle banal con detenimiento: el pliegue del mantel, la sal humedecida que se negaba a escurrirse por los orificios del salero y cosas así. Tosían nerviosos. Cualquier cosa con tal de no encontrarse con los ojos del otro. A la salida, tomaron rumbos diferentes. La madre estuvo sentada un rato largo sobre la arena iluminada de la costa.
  Al otro dia el cielo amaneció nublado. La doctora decidió que sería bueno pasear un poco y conocer las otras playas de la isla. Manejó hasta Jurerê. Caminaron por un puentecito de madera que unía los acantilados. Se acodaron en la baranda de madera. Con la mirada perdida en el mar, ella empezó a hablar. Quiso agarrar la mano del chico, pero él la rechazó.
  -No había manera de convivir con tu padre. En ese entonces yo me estaba haciendo conocida. Toda mi energía estaba en la clinica. No podía ser la persona que él necesitaba.
  - Tampoco pudiste ser mi madre
  -Siempre estuve presente.
  -No como papá.
   Hicieron silencio.  Los distrajo la delicadeza efímera de un arco iris.
  -¿Cómo está  él ahora?-quiso saber ella.
 -Mal. No responde al tratamiento-el chico sacó su celular y le mostró una foto del padre. La espesura de las cejas grises avanzaba sobre el rostro hundido. La piel tenía el color de los cirios que los creyentes prenden en las Iglesias. La madre-doctora examinó la imagen con profesionalismo.
-Nunca te va a faltar nada, quedate tranquilo-dijo mientras le devolvía el celular.
-Ya lo sé.  Prestame tu tarjeta que quiero comprar algo.
 La mujer abrió presurosa el bolso y sacó una billetera de cuero fino. El chico se la arrebató y sin darle tiempo a nada,  empezó a tirar, una por una, las tarjetas de crédito que aleteaban como pajaritos dorados antes de hundirse en los remolinos de espuma.
 -¡Pero qué hacés, animal!  ¿Por qué, qué te hice yo? – la madre manoteaba en el aire por puro instinto.-Siempre dando la nota, vos. ¡Me das asco!-algunas personas empezaron a murmurar mientras miraban la escena.
 -Por fin lo dijiste-el chico se sentó pesadamente en el piso. Apoyó la espalda en la baranda. Los rasgos adolescentes se habían atenuado, parecía más maduro.
  Los curiosos se fueron. La mujer se quedó mirando las olas, agotada. Al rato, también se sentó. Se acurrucó al lado del chico.
  -Mostrame otra vez la foto-estuvo unos minutos con el celular del hijo entre las manos. Empezó a llorar despacio. Las lágrimas caían y caían en cascada lavando el maquillaje. Se le hincharon los ojos. Hacía rato que el viento le había arruinado el peinado. Se abrazaron.
  -Tengo hambre-las dos voces se superpusieron.
  El hijo sacó unos reales arrugados de su mochila.
  -Yo te invito, má.
Se acercó a un puestito que recién abría y compró dos pasteles fritos rellenos de pescado y rebosantes de salsa picante. Le ofreció uno a la madre.
-¿Sabés qué?- dijo ella.- Nos faltaría una cerveza bien fría.
-Mejor dos- el chico se puso de pie y le hizo señas a un vendedor que justo pasaba por ahí cargando una heladerita llena de bebidas.