sábado, 6 de enero de 2018

LOS DEL FONDO







Acorralada  y vieja como estaba, Carmen por fin admitió los hechos.
Le venían sobrando los  indicios.
Recordaba el fondo de su casa como un lugar abierto a los gatos y a las cañas; a las lunas llenas y las sudestadas.
Con el tiempo, el espacio de su juventud se  fue poblando de límites.
A la derecha,-mejor dicho hacia el sur- estaban los nuevos ricos que habían llegado en la década del 90. No molestaban, vivían de  fiesta pero eran discretos. Construyeron  una pared altísima de ladrillos de verdad,  bien macizos. No como los huecos que se usaron después en las villas  para levantar ranchos de varios pisos.
 Carmen había tenido que plantar una línea parejita de brincos multicolores para aligerar el paredón. También plantó dos rosas chinas, una de flores rojas y otra de flores amarillas. Ambas cayeron fulminadas la noche que desapareció por completo el agua de su piscina, suceso que nadie pudo explicar. Por recomendación de un cura amigo, la vieja había hecho rellenar con tierra el espacio vacío de  la pileta. “ Hay que tomar ciertos recaudos” le había dicho el hombre mientras hacía la señal de la cruz.
El lado contrario, es decir, el que daba al  norte, nunca había tenido pared. Un laurel enorme indicaba el límite con el terreno poblado de pequeñas prefabricadas en las que siempre había alboroto. Estaban dispuestas una al lado de la otra a lo largo de un pasillo.  Los habitantes furtivos  de esas casillas no se metían con los vecinos salvo para vender, de vez en cuando, el producto de sus andanzas.
El laurel siempre hacía sonreír a Carmen. En los últimos años  se acercaba  solamente  cuando hacía  estofado.  Arrancaba dos o tres hojas y se embriagaba con el aroma que le  hacía recordar a aquel novio italiano que se las daba de muy instruído. Muchas veces le había  hablado de los laureles que aún se erguían en las ruinas del Foro Romano.  Según él, habían servido de sombra inspiradora para los senadores que planearon la conquista del mundo en la época del Imperio. Silvio, que así se llamaba el novio, juraba y perjuraba que la sombra de los laureles era más fresca que la de cualquier  otro árbol.
Sobre el mismo sector, siguiendo la línea del laurel, la vieja había plantado el brote debilucho de un sauce llorón que creció y creció sin parar. Se había deleitado muchas tardes tomando mate bajo su sombra hasta que una vez creyó morirse ahogada entre las hojas melancólicas que  se estiraban hasta tocar la tierra. Decidió sacarlo. Después de todo, ¿Qué hacía un sauce llorón tan lejos del río?
Lo que nunca se animó a sacar fue el manzano. Junto con el laurel y el sauce (durante su efímera vida) completaba la frontera con el terreno de los malandrines. El manzano era el más antiguo de todos. Ella estaba segura  de que cuando era muy chica, había visto una manzana colgando de una rama inaccesible por lo alta. Una manzana en toda su vida. Era perfecta;  verde y bien formada. De niña había sabido esperar que se cayera sola, cosa que nunca ocurrió. Seguramente se la comieron los loros que asolaban las siestas, pero ella nunca perdió las esperanzas. Por eso, el manzano siguió allí, ostentando su digna inutilidad.
El problema para la vieja comenzó cuando se vendió el terreno que lindaba con su propiedad por el este. Siempre había sido un montecito de paraísos que se reproducían a su antojo.
Cuando empezaron las obras, armaron una empalizada y colocaron una lona oscura que impidió seguir las alternativas de la construcción. El proceso fue raro desde el comienzo. No se escuchaba el barullo propio de los albañiles riendo, rezongando, dándose ánimo en las mañanas frías o en los mediodías tórridos. No. Esto era diferente. Apenas un ruido mecánico, como si el trabajo lo hiciera un robot gigante. Una vez, mientras intentaba limpiar  la canaleta que bajaba de su techo, la vieja se las ingenió para espiar el avance de la obra. La superficie gris oscura de un techo pizarra le sugirió dos opciones: se trataba de gente refinada o siniestra.  Como se cayó de la escalera y nunca más volvió a ser la misma, se olvidó por un tiempo de curiosear.
 No obstante, buscó otras formas más seguras de obtener información. Mientras pudo, con cualquier excusa salía a la calle y pasaba por la vereda de la casa misteriosa. Lo único que se veía era una muralla custodiada por cámaras de seguridad que se desplazaban siguiendo el movimiento de las personas.
Después de dos largos años, cuando ya estaba acostumbrada a la imagen monótona de la lona, que era lo primero que veía cuando se asomaba a la ventana de la cocina, una mañana quedó boquiabierta.  En su lugar,  apareció un cerco similar a la ligustrina, pero más oscuro, más alto y compacto. Todo el conjunto estaba reforzado por seis líneas de alambre  de púa. Una  medianera sombría de arbustos que no se conmovían ni con los temporales del mes de abril,  que son los más bravos, como todo el mundo sabe.
Desde el principio, Carmen se sintió intimidada por el impenetrable muro vegetal. Salía menos al fondo. Ya no guardaba las semillas de los brincos para plantarlas durante la primavera, razón  por la que se fueron extinguiendo. En su lugar, trasplantó unas alegrías del hogar, que, aunque modestas, se extendían solitas. Si caía lluvia abundante, le regalaban algún color entre los yuyos altos.
 Un atardecer frío,  la vieja se estaba calentando la sopa en un jarrito. Todavía no había corrido la cortina de la ventana de la cocina porque quería aprovechar la última claridad del día. Entonces lo vio. Un resplandor azulado que levitaba sobre el cerco del fondo. Era una luz extraña, parecida a la de los patrulleros, pero menos intensa.
Al principio pensó que era una deformación producto de las cataratas. Sin embargo, aún con sus mejores anteojos y después de colocarse las gotitas, seguía viendo el aura  que a veces desprendía fulgores violetas.  Se hacía más fuerte al avanzar la noche, por eso la vieja tomó la costumbre de retirarse de la cocina cada vez más temprano. Apenas cenaba y con el tiempo prescindió de cualquier alimento más allá de las seis de la tarde.
De a poco, se fue acostumbrando a su nueva rutina. A medida que se iba apartando de las ventanas que daban al fondo, se dio cuenta que la luz avanzaba y se colaba por las persianas bajas y hasta por las cerraduras. Hubiera podido convivir con eso, siempre se había adaptado a su suerte. Sin embargo, cuando caminaba  por las habitaciones en penumbras, empezó a percibir una vibración. De la misma forma en que se conmueve el asfalto al paso de un camión con acoplado, las baldosas gastadas de su casa retumbaban, como  si alguien diera pasos sigilosos que se aceleraban dando lugar a un latido enloquecido.
La inquietud la agotaba de tal forma que durante el día se derrumbaba. El deterioro minaba todo aquello que había sido bueno en ella.
 La última madrugada del invierno, la mujer se rebeló.  Cuando empezaron los primeros susurros que se convirtieron pronto en una estampida que conmovió los cristales y las paredes, ella abrió la puerta.  Cruzó el breve patio y pisó descalza el pasto escarchado del fondo.
 El cutis de muñeca y los ojos chiquitos de Carmen, resplandecieron como nunca al contacto con el aire azul.
 Salvo su amigo cura, nadie la extrañó.





domingo, 31 de diciembre de 2017

SILENCIO

  
El abuelito lloró, decepcionado. La navidad en soledad no fue gran cosa. El aniquilamiento había sido inútil.

lunes, 18 de diciembre de 2017

RECUPERATORIO



Hacia mediados de diciembre, las familias argentinas recordaron que sus retoños iban a la escuela.  Muchos de ellos debían aprobar tantas materias como días tiene la semana,  en el mismo oprobioso plazo.  Los chicos pusieron manos a la obra. He aquí un ejemplo de sus esfuerzos:

Tema 1.  Reseña de Historia Americana:

“Cuando Bartalomé Mitre triunfó en el  Combate de la Vuelta de Obligado, pronto se dio cuenta de la inutilidad de la victoria, pués no pudo vender casi nada de la mercancía que custodiaban sus barcos. En realidad,  ya lo había anticipado José de San Martín al descubrir América, cuando dijo “Serás lo que debas ser o no serás nada”. O sea, Mitre era buen escritor pero pésimo comerciante. Lo mismo que Rosas, quien no supo negociar su rescate y en vez de oro,  entregó baratijas por lo que fue guillotinado junto con Cristóbal Colón, quien lo asesoró en tan penoso trámite.  Mucho tiempo después, Atahualpa aprendió la lección y cuando entró triunfal en Asunción después de arrasar en la guerra de la Triple Alianza,  no se dejó engañar por los niños soldados, de modo que los exterminó cual  gladiadores bárbaros en el Coliseo. Menos mal que al final, Luis XVI, un rey como Dios manda, cruzó la cordillera y fue ovacionado en el festival de Viña. Francés tenía que ser y no como estos mapuches roñosos.”

El profesor era tan comprensivo, que aprobó al estudiante. Eso sí, le puso cuatro.

sábado, 4 de noviembre de 2017

PASO A SALUDAR



Cuando era chica quería ser astronauta. Acá estoy, por fin, apreciando la curvatura del planeta.
Una vez, hace mucho tiempo, sentada sobre una roca en el borde del lago Nahuel Huapi, había vivido algo parecido a esta felicidad que tengo ahora. Ni siquiera puedo sentir pesar al recordar a  mis hijitos llorando bajo la mesa de la cocina. Ahora sé que a ellos también les llegará la recompensa de sentirse disparados hacia arriba,  livianitos.  Es cuestión de tiempo. Después de todo, no fue tan doloroso. Supe que la cosa no venía bien antes de preparar la cena. Era fin de mes y no me quedaba casi nada para cocinar.  Lo de siempre: papas y cebollas. Le pedí tres huevos a la vecina. Pobre, más tarde la vi vomitar en el umbral de mi puerta. Le pedí los huevos para hacer una tortilla. Yo sabía. Como sea, a mí la tortilla me sale bárbara, pero a él no le gusta. Y yo lo sabía y la preparé igual.” Tomá la tortilla”, le dije. Y él que agarró el plato del borde, como para no ensuciarse y  me apuntó a la cabeza y lo estrelló contra la pared. Lo esquivé como pude. Mis hijitos se   quedaron paralizados mientras la comida se mezclaba con  los colgajos de pintura vieja. Por experiencia, ellos sabían que la situación se iba a poner peor.  Se escabulleron debajo de la mesa con la ilusión de hacerse invisibles. Abrazados.  Me quedé parada y él que esperaba  que yo saliera corriendo  como siempre y en vez de eso le grité “¡Pegame maldito hijo de puta! Si, ya cumplí los cuarenta,  por qué no te vas maldito!” .  Al principio dudó como si no entendiera la situación pero enseguida yo vi  cómo se encrespó de rabia el fuego verde de sus ojos.  Me tiró de los pelos y entonces agarró la sartén de hierro con la mano libre. Entró a darme golpes en la cabeza y me abrIó el cuero cabelludo y vi volar por el aire un mechón rubio. Sentí el filo de la sartén contra el hueso  pero no me dolió en el momento porque  me invadió  una conmoción en todo el cuerpo, como si estuviera en medio de  un choque de trenes. Trastabillé. Caí. Desde el piso escuché los alaridos de mis chiquitos mientras él me pateaba la espalda. Una gelatina púrpura salió de mi nariz. La  sangre me atravesó  todos los sentidos hasta ahogarme.
Ahora ya puedo  ver toda la tierra. El silencio es delicioso. Los colores también. Las luces del hemisferio norte son un espectáculo magistral comparadas con las del resto del mundo. Hay un resplandor especial sobre México que me atrae. Parece que son miles de velas. Una caricia para el alma. Siento que me quieren. Yo nunca estuve ahí, sin embargo muchas personas rezan por mí en este mismo instante. No puedo irme así, sin saludar. Quisiera expresarles mi gratitud.  Después de todo ya no tengo ninguna urgencia. Desciendo. La ciudad  entera desfila por una avenida. Los niños piden a los gritos calaveras de azúcar. Hay altares por todos lados con flores y comida. Las mujeres visten unas blusas bellísimas. Me mezclo con ellas. Los coágulos  sanguinolentos que salen de mi oreja son bien evidentes, pero asustan menos que algunas de sus máscaras.




lunes, 30 de octubre de 2017

Jesús de los cardos



 Jesús sabía obedecer. Por eso, aunque  le ardían los ojos, siguió vigilando cualquier movimiento más allá del río.
 Ya no había malones, pero nadie estaba seguro. Madame Odette temblaba de miedo cuando escuchaba galopar, y a la señorita Claire se le cerraba el pecho y a todos les entraba un susto de muerte.
Don Gaspar Arrieta, el dueño de la estancia “Los espinillos”, iba y venía secreteando  con los otros hacendados de la zona. “Todo está perdido” le habían escuchado decir los peones más viejos.  Jesús siempre andaba entre ellos. También era un peón, pero los patrones lo distinguieron con un trato casi familiar, cada vez más distante a medida que se hacía hombre.  A él lo habían encontrado acurrucado al pie de un algarrobo cuando todavía se llamaba Quenicó.  Calcularon que tendría cinco años. Al principio lo creyeron muerto porque ni siquiera intentaba espantar las moscas que lo cubrían. Había corrido durante dos días enteros. Tenía su carita de niño y los brazos lastimados  por la paja brava. Los abrojos se le mezclaban con  la sangre  de las heridas  formando coágulos morados. Hijo de un capitanejo pampa y una cautiva,  Quenicó, había escapado de la toldería durante el ataque de los huincas. El chico debía su nombre a los ojos celestes que endulzarían luego los rasgos duros del rostro. La herencia gringa de su madre denunciaba mansamente la ignominia de la esclavitud.
 Para Madame Odette, joven y recién casada con el patrón, el niño fue un motivo para no morirse de pena tan lejos de Paris. Lo cuidó como a un hijo, pero eso duró solamente un año hasta que empezó a parir a los propios. Después desterró su identidad. Lo hizo bautizar con el nombre de Jesús y lo entregó a las indias que servían en  la cocina. El chico creció en los límites de la provincia,  arreando el ganado de los primeros estancieros de la zona.
En esos años fueron naciendo los hijos de Don Gaspar y Madame Odette.  El primero murió en el parto. Luego, dos varones aseguraron la continuidad del apellido. Por último nació la niña Claire.  Siempre estaba enferma, las pocas veces que se sentaba en el sillón de  la galería, su madre la rodeaba de almohadones y le leía historias en francés hasta que el aire  se ponía fresco y empezaba a ahogarse entre silbidos. Jesús la vio hacerse mujer desde lejos. Se aprendió de memoria el canela de su cabello, sedoso como las cintas que apenas lo sujetaban.
 Igual que los lirios blancos cultivados por Madame Odette, la joven era el milagro de la pureza en medio de la llanura feraz.
 La casona de la familia Arrieta era sólida y sin grandes lujos, como la noble sencillez del campo. Se destacaban los muebles oscuros que le daban un aire de severidad al comedor. La cocina se construyó separada de la casa principal. El techo y la paredes estaban tiznadas por la falta de ventilación y desde el amanecer las criadas preparaban el mate con galleta para los hombres que salían a trabajar temprano.
Jesús, fiel a su naturaleza mestiza, a veces se sentía afortunado y a veces resentido. Pero una vez fue feliz;  pendiente como siempre  de  la leve  presencia de Claire, una mañana de verano la vio a lo lejos volviendo de un paseo en bote  por la laguna con su madre.  Los camalotes les impedían acercarse a la orilla. Entonces él no dudó, se metió en el lecho barroso  y con el agua al cuello, empujó la pequeña embarcación hasta la tierra. La risa de ella fue como el tintineo de cien campanitas de plata juntas. Mientras le daba la mano para ayudarla a bajar, Claire le sonrió.  Jesús guardó el “gracias” de la muchacha en cada célula de su cuerpo. Desde ese entonces, sus insomnios fueron como espacios de luz en la oscuridad del rancho.
Durante la primavera de 1839  los ganaderos de la zona estaban arruinados.  No tardó en gestarse una conspiración. Entre sospechas mutuas se  organizó la rebelión contra el gobierno. Don Gaspar se comprometió en ella. No tenía ninguna experiencia en el ejército  así que contribuyó con armas y con su gente. Ya fueran criollos, indios o negros, la peonada no tenía opción.
 Las noticias falsas iban y venían. Las lealtades se ponían a prueba y la delación circulaba por ambos bandos.
Los hacendados que encabezaban el movimiento se prepararon para la lucha. En la estancia de los Arrieta, solamente quedaron las mujeres y un puestero armado. Los objetos de valor ya habían sido guardados en dos baúles.
 A Jesús, joven y buen jinete, lo pusieron al frente de una partida que debería unirse a los sublevados.  Una madrugada le ordenaron salir.  En el trayecto se fueron sumando hombres de otras estancias. Una columna leal al gobierno que venía desde Azul, les cortó el paso. Los gauchos sucumbieron ante la embestida de los soldados y se dispersaron. Jesús los reagrupó y ordenó la marcha hacia la laguna grande donde el grueso de las milicias rebeldes se preparaba para la batalla definitiva.  La superioridad de los soldados profesionales se impuso desde el principio. Uno de los jefes de la sublevación cayó muerto enseguida. Ahí nomás, le cortaron la cabeza. La novedad se expandió como un aliento envenenado. A partir de entonces, Jesús solamente pensó en escapar.  Lo espantó la idea de  los degüellos. Pero más lo aterraba imaginar las represalias contra las mujeres de la estancia. Le latía en las sienes la imagen de las enaguas desgarradas de Claire. Aprovechó la confusión y se escondió. Cuando pudo galopó como un demonio hacia  “Los espinillos”.  En su retirada  se topó con un milico que le abrió el muslo de un lanzazo. Él soportó el dolor de la carne desgarrada   y siguió  huyendo. Pronto se dio cuenta de que era inútil. El pelo del caballo se tiñó al contacto tibio con la arteria cortada de su pierna. Loco de dolor y debilitado por la sangría, se desplomó sobre una franja de  cardos  que bordeaba el camino y expiró malamente.
 El mismo sol que lo torturó hasta el final, golpeaba de lleno la cubierta del  barco que esperaba en la bahía de Samborombón a  los estancieros derrotados para llevarlos a Montevideo. La familia de Don Gaspar fue la primera en subir a bordo.
 Pocos días después, se anunció el indulto para los paisanos que habían participado en el levantamiento.  Todos aclamaron vivamente al Ilustre  Restaurador de la Leyes.






lunes, 11 de septiembre de 2017

UN DIARIO PARA YAMILA




Día 1.
 Hoy salimos muy temprano. Desde Buenos Aires hacia el oeste, atravesamos la provincia de La Pampa por el “Camino del Desierto”.  No tiene que ver con el Sahara o algo así. Le pusieron ese nombre pero nunca estuvo despoblado. Pienso en la forma de vida de la gente antes de que los corrieran y los mataran. Pienso en las mujeres que llevaron  a servir en las casas ricas de la ciudad y en los hombres que fueron a morir lejos, en la isla Martín García. También pienso en los gringos atacados por los malones. En fin, me enfoco en el paisaje. La vegetación es chata y de un color verde pálido. El horizonte es perfecto y pudimos ver una tormenta viniendo de lejos. Impactó con furia en el parabrisas. No sentí nada de miedo, al contrario, disfrute total. Hacia el atardecer llegamos al hotel “del cruce” donde paran todos los que se aprestan a entrar en la Patagonia. Parece de otra época, cuando no se mezquinaban materiales nobles. El clima es familiar a pesar de que los pasajeros raramente pasan más de una noche aquí.



 La pareja  se registró en la recepción.   No habían almorzado, así que fueron los primeros en entrar al comedor para cenar.
 -Hay parrillada. ¡Qué suerte qué tenés!-la mujer le hablaba en tono burlón.
-Mirá todo lo que hay para vos- él le señaló una mesa rebosante de ensaladas -¿Estás muy cansada esta noche, no?
-¿ Y a vos qué te parece?
-Entonces voy a pedir vino.



Dia 2.
 Salimos de la Pampa y entramos en Río Negro. La aridez va cediendo y cuando nos acercamos a los grandes ríos,  se empiezan a ver plantas y arbustos que forman manchones verdes en las orillas; hay árboles altísimos que enmarcan las plantaciones de fruta.  Llegamos a Bariloche y nos sofoca el aire con cenizas volcánicas. Se acumulan sobre los techos de tejas afeando los colores. Nos entristece la gran nube gris que desdibuja las marquesinas de los negocios y arruina los jardines.



 Dejaron sus valijas en el hotel céntrico y caminaron por la avenida pegada al lago.  Se acercaron a la orilla. El hombre se puso a tirar piedritas al agua. Ella se sentó sobre una roca aplanada y dio gracias a Dios porque no había ningún chico cerca. No quería que la distrajeran. Necesitaba absorber el momento para poder escribir las sensaciones más tarde. Era su manera de sostener el viaje.
-¿Volvemos al hotel?- dijo el hombre cuando se cansó de tirar piedras.
-Volvé vos. Yo voy a ver si encuentro el negocio donde vendían los duendecitos que le gustaban a Yamila -se levantó y enseguida cruzó la avenida.
 El marido la quedó mirando sin tiempo para reaccionar.



Dia 3:
 Nos fuimos de Río Negro y entramos en Chubut ansiosos por llegar a Cholila. Es una pequeña ciudad de calles anchísimas y casi solitarias. En las afueras está  la posada  que es como un oasis. El comedor, revestido en madera, tiene un ventanal que se abre a un jardín cuajado de rosas.  La  cocina es enorme y ¡tan acogedora! Todos los ambientes están  llenos de luz. La comida, exquisita. Jamás probaremos un dulce de cerezas tan rico como el que nos sirvió  la Sra. Lidia.



-Vamos a entrar al Parque Los Alerces por acá- el hombre desplegó el mapa después de correr la taza y los platos del desayuno.-la encargada me dijo que es el mejor acceso.
-ah, qué bueno-ella siguió mirando por la ventana.
-¿No te importa, no?-él guardó el mapa y con amargura le preguntó-¿Para qué vinimos?
-Porque nos gustaba viajar.



Día 4:
Hoy  Paseamos por el Parque Nacional Los alerces. Desde la entrada se accede a un camino que bordea un lago de color azul con una playita protegida del sol por la sombra de los alerces. El parque es tan enorme que es muy fácil encontrar privacidad. Hay cientos de otros árboles identificados con unos cartelitos diminutos. No tenemos ganas de detenernos a leer. Igual agradecemos su frescura.



 Estacionaron a orillas del lago. Bajaron las sillas plegables y extendieron una lona. La mujer se puso a leer enseguida. El hombre se tomó su tiempo para apreciar el silencio y los perfumes del aire.
-¿Qué loco no?-él hablaba bajito.
-¿Qué?
-Estar acá, en este paraíso, comiendo atún de la lata.
-Bueno, en el paraíso debe haber de todo-ella sonrió con calidez, dejó de lado el libro y le sirvió gaseosa en un vasito de plástico.
El marido se dio por satisfecho. Pasaron el resto del día intercambiando cortesías en el marco verde profundo del parque



Día 5:
 Volvemos a cruzar la Patagonia. Esta vez desde los Andes al mar. Ahora sí, la estepa se abre y expone toda su soledad. No podemos menos que admirar la entereza que se necesita para vivir aquí.  Los colores de la tierra van desde el marrón al ocre y el amarillo. No hay árboles, solo arbustos bajos. Las estaciones de servicio de esta ruta son como las fuentes de agua que todavía existen en Roma para saciar la sed de los peregrinos.  Íbamos con la nafta justa.  Llegamos a Gayman con alivio. Seguramente a los galeses les pasó lo mismo, aunque ellos no llegaron en auto., Nosotros disfrutamos el resultado de sus esfuerzos. Lamentamos llegar tarde para la hora del té.



-Qué lindo vivir acá-la mujer bajó del auto.
-No sé, mucha quietud para mi gusto- él hombre estaba feliz de estirar las piernas.
-En Buenos Aires, la gente no te deja pensar.
- Uno puede pensar en cualquier lado.
-No. Yo necesito esto para pensar en Yamila. La gente no entiende…y yo…me canso de escuchar y de suponer-la mujer caminaba por la avenida principal de Gayman mirando el piso.
-Nosotros  tenemos que  pensar en cuidarnos, nada más-el hombre la tomó del brazo para cruzar.
Entraron en la hostería en la que iban a pasar esa noche.



Día 6:
 Partimos de Gayman con el objetivo de llegar al mar. Las Grutas nos recibió con el ajetreo de un balneario en lo mejor de la temporada.  Nos animamos a un hostel ¿Por qué no? Como no es precisamente barato, no hay tantas diferencias con un hotel convencional. Lo que no es convencional es la costa. El mar va y viene con libertad creando dos paisajes totalmente distintos.  Por la tarde la marea baja y queda al descubierto una enorme superficie de roca y arena. Todos vamos migrando con el equipo playero a cuestas.


-No parece una playa argentina-dijo ella.
-Es cierto, pero lo es. Por lo visto, tenemos playas para todos los gustos. ¡ La Argentina no termina en Buenos Aires!-el hombre se entusiasmó con la posibilidad de una buena charla.
- Tenés razón. A mi me gusta la energía de las olas y del viento del sur. Prefiero este aire fresco al  aire caliente del Caribe.
-Vos estás loca-dijo él sonriente.
-¡Me encanta venir a la playa con el mate y  la campera!-los ojos de la mujer brillaron por un instante fugaz. Enseguida se nublaron con el recuerdo de otras imágenes.
 El marido supo que debía cambiar de tema.
-Volvamos temprano, me prometiste que esta noche me vas a  acompañar al casino.



Día 7:
 Dejamos la Patagonia. Encaramos la ruta de sur a norte y recorremos la “patita “ de Buenos Aires, pegados a la costa. Los campos sembrados van pasando uno detrás de otro. Kilómetros de alambre. La llanura, si bien monótona, nos brinda la seguridad de lo conocido. Entramos a  una localidad surcada por los camiones de carga que van perdiendo granos por la calle.  Como al final del camino, el balneario de Reta nos espera con sus playas salvajes a las que cuesta llegar caminando. Los médanos son muy altos. Hay un animalito-no tengo idea a qué especie pertenece- que está cavando una cueva en la arena. Solamente se ven sus patitas armando remolinos entre unos yuyos. Acá no hay asfalto ni centros comerciales. Es un lugar ideal.



-Me gusta este hotel, es muy aristocrático ¿no?-l la mujer iba subiendo por la escalera y acariciaba la suavidad de la baranda. Todo estaba impregnado con el olor del  lustramuebles.
-Parece muy tradicional. Está bueno para descansar unos días antes de volver a casa-el marido abrió la puerta de la habitación y dejó las valijas en el piso.
-Sí, necesito descansar.



Último día.
Querida hija: Hasta acá llegué. Creo que te va a  gustar el estilo de mi diario. Me inspiré en vos. Estuve pensando y creo que es lo mejor que te puedo dejar. Lo escribí porque  tengo la esperanza de que vuelvas. Y espero que regreses y no que “te encuentren” porque no me cabe en la cabeza esa posibilidad. Últimamente me gusta pensarte en alguna sierra, tal vez Córdoba, siguiendo el curso de un río transparente; o pedaleando por la calle de un pueblo despoblado al que ya no llega ningún tren. Te criamos en libertad y así quiero recordarte. También el mío es un acto que me libera del infierno de tu desaparición. Ojalá me perdonen.



El hombre se despertó tarde. Se levantó y esperó que la mujer saliera del baño. Le llamó la atención ver sobre la mesita de luz el cuaderno de tapas duras en  el que ella escribía. Siempre lo guardaba en la mochila. Siguió esperando hasta que golpeó tímidamente la puerta. Nada. Entró. Ella no estaba. Se cambió y bajó al comedor.
Desde la escalera, recorrió con la vista las mesas que a esa hora ya empezaban a desocuparse. No estaba.
-Buenos días, disculpe-le dijo al conserje.
-Buenos días.
-¿No vió a mi señora? Estamos en la habitación 215.
-Sí, salió temprano, me preguntó por el camino más corto a la playa. Yo le advertí que estaba muy ventoso, pero me dijo que a ella le gustaba el viento  del sur. ¿Quién entiende a las mujeres, no?-el empleado le guiñó un ojo y siguió atendiendo a los turistas que a esa hora hacían fila frente al mostrador de la recepción.