sábado, 10 de agosto de 2019

.: Entrevistas: Graciela De Mary : “ Escribir fue una...

.: Entrevistas: Graciela De Mary : “ Escribir fue una...: Es de San Martín desde siempre…Tiene un blog que se llama “Desde el Conurbano” en el que figuran algunos de sus cuentos. Graciela pre...

El portal de Nicasia
 Empezaron sacando los toldos, y los negocitos cercanos a la estación se afearon hasta morir de la vergüenza. Luego fueron por el puesto de tortilla asada, que se obstinaba en aromar la vuelta a casa de los changarines.
   Cuando los inspectores grises y los policías azules le leyeron a doña Nicasia sus ordenanzas impías, ella dejó de tejer, levantó la manito bulbosa como el jengibre,  y les señaló la línea de la vereda. Sus bolsas, fragantes de limones y especias, ocupaban un portal estrecho al que no llegaban las leyes del municipio.
   ─Compremé unos ajitos ─.El pregón de la señora se pegó a las orejas de los hombres que se fueron bufando de la rabia

domingo, 28 de julio de 2019

La voz de la ahorcadita

 


                                                                             



  ─¿Acaso no querías ser famosa, Gómez?
   La cantante no respondió a la provocación. Su nombre artístico era Ana Guillén. A veces se tenía que meter las quejas en el culo, como le sugería el esposo cuando se le agotaba la paciencia y la llamaba por su verdadero apellido.
   Ambos ─la cantante y el marido─ se dirigían a un festival folclórico de los que abundan durante el verano. Este era en San Juan. Los músicos y los equipos viajaban en un transporte especial, pero ellos dos habían decidido aprovechar la gira para visitar los parques nacionales de la zona antes del recital. El marido-representante había pensado que transitar el espacio sin tiempo del Valle de la Luna conmovería a su mujer-estrella y que tal vez así dejaría de sufrir por el supuesto sobrepeso, por las arrugas que empezaban a notarse o cosas por el estilo. De la voz no se podía quejar: ascendía desde su garganta con la pureza del agua mineral. Al tomar contacto con el aire, el sonido se fundía en tantos matices que algunos creían ver colores. Ella adoraba el jazz y la bossa nova, pero se había hecho conocida cantando zambas y chacareras tradicionales. Su repertorio era popular. El vestuario, en cambio, parecía el de una estanciera rica más que el de una cantora de pueblo. O tal vez fuera su figura esbelta y las ondas negras del cabello, siempre peinadas hacia un costado, lo que desviaba la atención del público hacia su belleza lánguida, reñida en algún punto con la intensidad de sus canciones. Como sea, la gente la ovacionaba en cada presentación.
    Andaban por una ruta solitaria flanqueada de rocas color tiza. El marido había agotado su colección de lugares comunes: “Bajá la ventanilla para respirar el aire puro”, o “¡Qué país grandioso que tenemos…!” Ana Guillén no le daba el gusto de seguirle la corriente. Bebía agua de una botellita dorada, inmune al encanto del camino. Ya era la hora del almuerzo. Divisaron un ranchito. “Almacén y comedor” rezaba un cartel oxidado. Otro cartel igual de antiguo anunciaba: “Plato del día: cazuela de cabrito”. El hombre estacionó en la amplitud de la banquina polvorienta.
    ─Debería decir “Único plato que sabemos hacer”. ─Ana se fastidió pero decidió no mencionar el asunto de su dieta.
    Entraron. En el saloncito solo había cuatro mesas cubiertas con manteles de hule cuadrillé algo pegoteados; en el fondo, una estantería enclenque sostenía paquetes de yerba y latas con etiquetas descoloridas. Una mujer menuda y muy vieja permanecía acodada en el centro del mostrador.
   ─Buenos días, señora. Queremos probar el plato del día ─dijo el hombre.
   ─Señora, por favor, ¿dónde queda el baño? ─preguntó Ana.
   ─Afuera, m’hija. ─La anciana le señaló una casilla de madera atrás del comedor.
  Al salir, Ana respiró profundo. El lienzo azul del cielo le golpeó los ojos. Se permitió admirarlo, luego siguió un sendero que a falta de flores avanzaba entre piedras amarillas y ocres. Cuanto volvió al salón, su marido la esperaba parado al lado de  una  de las mesas. Al verla, separó una silla y la invitó a sentarse. Era como fumar la pipa de la paz. La vieja apartó con un codo la cortina de tiras de plástico que dividía la cocina del comedor. Traía dos platos de lata que exhalaban la mistura del guiso. Cualquier olfato entrenado hubiera distinguido sin mayor esfuerzo el aroma de pimientos y carne, tomillo y laurel. El matrimonio no se detuvo en esos detalles pero valoró el gusto de la comida casera, tan escasa durante los viajes. Comieron en silencio. Al terminar, el hombre aceptó el quesillo con miel de caña que le ofrecieron de postre. Ana pidió un té de hierbas. Se cansó de mirar por la ventana y empezó a examinar las fotos que colgaban de la pared. La cara preciosa de una chica aparecía en todas.
    ─¿Es su nieta? ─preguntó la cantante.
    ─ Estudiaba en la ciudad ─dijo la vieja, luego carraspeó─. Venía los viernes. Hace un año que apareció ahorcadita. ─Su mirada húmeda se perdió más allá de la puerta de vidrio repartido, esmerilado por el viento. 
    ─¿Qué? ─Ana abandonó la expresión aburrida. Sus ojos interpelaron a la señora.
    La vieja señaló un chañar solitario, cerca del horno de barro. Después sacó  de abajo del mostrador una hoja de cuaderno protegida por un folio transparente. La nota estaba escrita con una letra firme, como macerada en un dolor pertinaz.
   ─Es  todo lo que me ha dejao.
   Ana tomó el papel. Temblaba. Tardó unos instantes en reponerse, después lo leyó:
    “Tengo una pena en el pecho que me tira para abajo. Le juro que no es su culpa. No es culpa de nadie. Perdone abuelita”.
   Los tres salieron del comedor. La silueta retorcida del árbol maldito impresionó a la cantante. La abuela de la ahorcadita le hizo un gesto para que se acercara. El tronco estaba rodeado por un montoncito de cuarzo cristal. Una cruz de madera blanca remataba el conjunto.
    Ana empezó a cantar una canción que le había escuchado hacía tiempo a  un artista callejero en Río de Janeiro. Su voz dulce  evocaba la tristeza sin fin que doblega las voluntades y las hunde en un mar oscuro. La vieja no levantó la cabeza. El reflejo de las piedras que ella misma había escogido iluminó su cara de pierrot sin maquillaje.
    El matrimonio volvió a la ruta. Anduvieron muchos kilómetros sin hablar. Cuando el silencio se tornó insoportable, pararon en una estación de servicio.  Ana  bajó del auto con la excusa de ir al baño. Había varios micros estacionados esperando a los turistas que compraban chucherías y cargaban agua caliente para el mate. La cantante  se puso unos  anteojos oscuros  que le cubrían casi toda la cara y rogando que nadie la reconociera, aprovechó el momento  para escabullirse dentro de un colectivo que estaba partiendo hacia  el norte.
   El marido esperó unos minutos,  la buscó por todos lados y cuando estaba a punto de llamar a la policía, recibió un audio de Ana. Le exigía que suspendiera los recitales y que no la buscara. A diferencia de la ahorcadita, ella no pidió perdón.










domingo, 28 de abril de 2019

LANARI Y COMPAÑÍA



  ─No escuches el contestador ─dijo la señora de Lanari ni bien el hombre entró a la casa.
  ─¿Qué? ─El marido entró al recibidor, apoyó las llaves en la mesita de madera de guindo  y arrimó  el maletín contra la pared, sobre el piso─ ¿Qué dijiste?
  ─Que no escuches el contestador. ─Ella se interpuso entre el marido y el teléfono.
  ─¿ Me lo hacés a propósito? Dame el teléfono. ─El hombre empezó a aflojarse la corbata.
  ─No te conviene. ─La mujer seguía sin moverse
  ─No seas boluda, correte, ¿Para qué me lo dijiste? Te lo hubieras fumado vos sola ya que me cuidás tanto. ─Él la empujó y la apartó sin mayor esfuerzo.
  ─¡Encima la boluda soy yo! Ya no puedo más. Te lo dije, te advertí que esto iba mal. Mirá lo que tenemos que pasar ahora…Llamemos a la policía
  ─¿ Policía?  Dentro de poco la policía me va a venir a buscar a mí. Dejame escuchar. ─Lanari apretó el botón del contestador y una voz distorsionada atravesó el aire y le heló la sangre:

   “¿Viste lo que le pasó al hijo de puta de tu socio? Con vos va a ser peor”


   Duarte, el hombre de confianza del secretario del sindicato de la construcción lo había citado a Lanari en un café de mala muerte, frente a la estación de Ciudadela. Llegó antes que el empresario, con dos guardaespaldas que se ubicaron cerca de la salida. El sindicalista lucía una campera de cuero marrón, una chomba patito  y unos jeans planchados con raya. Se notaba que no andaba por las obras desde hacía décadas. Cuando entró Lanari, de traje, y todos los borrachines se dieron vuelta para escrutarlo, él se adelantó con un ademán protector. Su lenguaje corporal transmitía algo así como “Quedate al lado de mí, papá, que nosotros te protegemos siempre y cuando vos  te pongas” Duarte fue al grano. No tenía tiempo porque el gobierno había licitado muchas obras públicas y el trabajo se multiplicaba. El sindicato, siempre atento al bienestar de sus afiliados, no daba abasto.”Se la hago corta, Lanari. Le vamos a facilitar la terminación de la obra en Glew para que pueda cobrar. Como usted sabe, nosotros nos encargamos de contener a la familia del pobre compañero después del derrumbe …en fin, una desgracia. Su socio no nos interpreta. Pero quédese  tranquilo, entre nosotros seguro que vamos a arreglar un número que nos cierre a todos”.
  Lanari escuchaba a Duarte sin mirarlo, mientras revolvía su capuchino. Estaba acostumbrado a negociar con todos. Ése era el atributo más importante de los empresarios como él, que tanto podían construir un puente como importar baratijas para navidad. Sabía que no tenía ningún sentido hacerse el héroe republicano ni excusarse con la inminente bancarrota que estaba enfrentando. Cuando Duarte terminó de hablar, Lanari se paró y le dio la mano. Miró de reojo a los dos monos que se pusieron de pie como un resorte y encaró hacia la puerta del boliche con la sensación de estar dando un gran salto al vacío. Sin red.

  “Pensar que yo insistí para que nos casemos porque quería que me dijeran señora de Lanari y ahora me arrancaría el apellido como me arranco los pelos del cavado ojalá fuera tan fácil pero donde voy no me conocen así que vuelvo a ser yo como dice mi psicóloga seguro que ella estaría de acuerdo con que me raje ya y no siga esperando no sé qué milagro porque las cosas vienen mal desde hace tiempo y yo lo presentía igual para qué si no me da bola pero de ahora  en más me borro y empiezo de nuevo claro que voy a poder seguro todo el mundo puede si quiere y no me importa aunque tenga que trabajar de mesera en Amsterdam no se me van a caer los anillos ya llaman para embarcar adiós pampa mía”



miércoles, 17 de abril de 2019

EN TUS BRAZOS




 Habíamos pasado la mañana riendo con los chistes de un cómico de la radio. Nos reímos de la crisis económica, de la deuda externa, del presidente. Sobre todo del presidente.
   Vos me habías elegido una blusa azul francia y unos pantalones de tela ligera con florcitas ocres. Yo quería calzado cómodo, pero  fuiste  terminante: “Nada de pantuflas ─dijiste─ que eso es para gente enferma” . Yo me  puse mis mejores sandalias sin chistar.
   El almuerzo iba a ser un trámite. En realidad, se nos hacía agua la boca al pensar en las masitas con crema pastelera que siempre comprabas para  la hora del mate. Habías invitado a  las mujeres de la familia. A vos te gustaban esos encuentros cómplices. A mí también.
  Los dos platos de sopa humeante reposaban sobre la mesa, pero mis labios se empezaron a poner blancos.  Me llevaste a tu cama. Las piernas me respondieron ágiles como siempre, y eso te tranquilizó. Me acostaste y yo no podía inhalar el aire que vos alborotabas torpemente con mi abanico verde, el más lindo de todos. Y ahí estábamos, como al principio de nuestra historia pero al revés. Ahora era yo la que boqueaba  mientras  vos trazabas figuras raras sobre mi pecho e invocabas ángeles que yo no conocía.  Me desprendí del cuerpo  con suavidad y te vi, hija, arrodillada a mi lado dándome las gracias. Porque tu corazón supo que yo elegí una muerte íntima y luminosa para sellar ese amor tenaz que  todavía nos une.



  

jueves, 21 de febrero de 2019

ROSAS AMARILLAS



   ¡Qué país generoso, viejo! Ni pagando conseguís que te hagan bien las cosas.  Mirá que les dije a los pelotudos del salón que el malbec no iba en la heladera. Probalo, esta frío. Y las minas que sirven  arrastran los pies, fijate,  parecen las azafatas del tren fantasma. Yo pago, loco, lo que me piden, por la guita no hay problema. Quería para Norma lo mejor de lo mejor. Cincuenta años cumple, y treinta que estamos juntos. ¿Viste los ramos de rosas amarillas que hay por todos lados? Ni se lo esperaba, hasta en los baños hay.  Cuando nos juntamos y nos fuimos a vivir  a Grand Bourg, lo primero que hizo fue plantar rosales amarillos alrededor de la prefabricada ¿Te acordás de eso? Ella no quería festejar pero yo insistí y les dije a los chicos que la convencieran. Se lo merece, fue una gran compañera pero ahora está retobada.  Viste cómo son. Les das todo, porque vos sabés que yo le doy lo que me pide. La tengo como a una reina. Vos conocés mi casa. Un palo verde viejo, eso me la tasaron. Vive como  una gran señora, nunca laburó ni nada. Lo único que le pido es que no me rompa las pelotas, hermano, y ni así podés estar tranquilo. Espero que el maitre no haya entendido al revés y sirva el Chandon tibio…éste es capaz.  Norma vivió siempre sin tener que preocuparse por la guita.  Nunca le pedí nada, cuando la conocí le dije “vos tenés que estar siempre arreglada porque así cuando paso a buscarte no te tengo que esperar” Era la época en que yo manejaba el camión. ¡Cómo laburaba entonces!  Anduvimos por toda la Argentina.  Ella me acompañó muchas veces, parábamos en hoteles de mala muerte sobre la ruta.  Después ya sabés, lo del sindicato y eso. Pero a ella nunca le faltó nada. Hace poco se me paró de manos. Norma digo. Si, decía que quería irse al departamento de Punta del Este a vivir sola, que quería hacer algo por ella misma. ¡Qué la reparió! ¿Y qué carajo hizo hasta ahora?  Cuatro hijos tuvimos. Si eso no es hacer algo en tu vida, no sé…Fijate ese mozo, casi se prende fuego él en vez de prender la pata de cerdo, qué boludo.  Le di plata para  que se comprara el vestido más caro, uno que la levantara un poco, como a las pendejas ésas, ¡Qué buenas que están! y mirá lo que se puso, parece una viuda. Me lo hace a propósito. Me provoca y yo entro siempre como un caballo. Antes de recibir a los invitados la fui a ver a la suite de arriba,  y me estaba esperando con ese vestido de mierda, todo negro, abotonado hasta el gañote. Era la viva imagen de la parca. Me agarró la tanada y la zamarreé un poco, nada, de la bronca, y mirá la cara de culo que tiene ahora. Ni me acerco a brindar, que brinde con los hijos. El otro día me amenazó con contar lo que sabe. Lo debe haber sacado de alguna serie de esas que mira en la tele. Lo que sabe. ¡Debe creer que sabe mucho la muy forra! Es así, viejito, gasté una fortuna al pedo.




lunes, 21 de enero de 2019

 

EL ATUENDO DE UN MUERTO INVISIBLE


La doctora llegó temprano a la salita del barrio. La señora de la limpieza estaba subida arriba del escritorio tratando de colgar unas cortinas de color lila. Si uno las miraba de lejos, y obviaba ciertas partes más descoloridas que otras, había que reconocer que  los arabescos bordados le aportaban una sobria elegancia al ventanuco del consultorio.
   ¡Cuidado, qué se va a matar! Le advirtió la doctora.
   ¡Qué va doc! Ya está. ¿Usted  se quejaba de que se veía todo para afuera? ¡Dios aprieta pero no ahorca doctorcita!  Las donó una señora de la parroquia. Las trajo ayer dijo la mujer mientras bajaba del escritorio.
   ¡Pero quedan cortas!
   Me extraña doc, ¡A caballo regalado, no se le miran los dientes!
   La doctora asintió con la cabeza y sonrió. La frase le recordó  el día en que su madre, bajo el marco de la puerta del ranchito  en el que vivían,  a contraluz y con un paquete desmayado en los brazos, le había parecido la imagen viva de La Pietá  de Miguel Ángel. 
  Tomá, ayudame le había dicho  a la hija.
  ¿Qué es?
  Abrilo vos.
    La chica había puesto el  paquete  prometedor sobre la cama. Era de papel madera, estaba unido en los extremos con alfileres que tenían  bolitas de color en las puntas. Lo habían armado en la tintorería con paciencia oriental. La piba había sacado los alfileres con cuidado y los había puesto todos juntos en un cenicero de lata con la propaganda de aperitivo Gancia.  Había apartado las hojas del papel y allí estaba el blazer de pana negra, estiradito y con las mangas cruzadas  por delante. Parecía el último atuendo de un muerto invisible.
  ¿Es cómo el que vos querías, no? Se había entusiasmado la madre.
   había dicho la chica mientras lo desabotonaba. Con evidente decepción había agregado, ¡Tiene la marca de la plancha !
  Fijate, está nuevo, es una pena no usarlo. Aparte que uno lo usa de noche cuando todos los gatos son pardos ¿Quién se va a andar fijando? ¡Probátelo, probátelo! Las mangas justitas, el talle, el largo.  Y es negro, combina con todo. Viene bien para media estación. Lástima la marca de la plancha. Justo adelante. Pero si llevás la cartera medio de costado, la tapás. ¿Ves? así. Tendrías que tener una cartera con las tiras más largas. Tengo una tejida al crochet aunque me parece que no pega. Pero bueno, a caballo regalado no se le miran los dientes. Era de la hija de la patrona. Como no sabe nada de nada, lo quiso alisar y le apoyó la plancha re caliente así nomás, sobre la tela.
    Qué boluda.
   Y así fue como el blazer de pana pasó a integrar la lista de los objetos averiados  que madre e hija atesoraban a pesar de su inutilidad, como  la licuadora con el vaso rajado o la lámpara de pie que se torcía igual que una jirafa melancólica.
  Al lado de todo eso, la cortina le pareció a la doctora un verdadero primor.