lunes, 3 de septiembre de 2018

El fantasma del cuartel

   El Flaco venía manejando cuando  sintió la vibración del celular en el bolsillo. No atendió. Dos mujeres de la policía local fumaban cerca de la parada. No hubieran reaccionado así llevara una bomba atada al cuerpo. El colectivero volvía a capital sin pasajeros Entró a Campo de Mayo y evitó acelerar aunque sabía que lo esperaban con la cena de Nochebuena: lo de siempre, matambre con rusa. Cuando se acercaba al río Reconquista, le pareció ver algo raro. La arboleda era muy densa y había poca luz. A menos de veinte metros del puente, frenó de golpe. Los faros iluminaron a una chica. Estaba parada en medio del asfalto, vestida con ropa de combate. Llevaba una boina con una estrella roja. Era rubia, pero no teñida.
   -Sacame de acá- ordenó  mientras le apuntaba con la ametralladora.
   El Flaco no supo cómo, pero de pronto la vio esconderse en el hueco de la puerta del medio. Aturdido pisó el acelerador y siguió. Pasaron por un cuartel. Los milicos de la entrada le hicieron un gesto con la cabeza. Al Flaco se le secó la boca. Ni bien pasaron la garita se animó a mirar por el espejo. Ella estaba sentada en el primer asiento.
   -Nos estaban esperando. ¡Hijos de puta! –la voz de la mujer era seca como la pólvora.-Mandaron al frente a los soldados. Los tuve que cagar a tiros ¡Todo inútil! ¡Sacame de acá!
   El colectivero dejó atrás la oscuridad del campo. Ahora iba por el suburbio desierto. Tenía el cuello entumecido de mirar para adelante. Por fin entró al playón de la cabecera. Bajó del colectivo vacío haciendo arcadas y se metió corriendo en el baño sin saludar a sus compañeros.
   López, el inspector, se puso serio y lo siguió.  El Flaco, con la cabeza en el borde del inodoro, seguía vomitando.





lunes, 25 de junio de 2018

MADRE FUGITIVA



    Tuve que irme a la cama para no flaquear.  Me saqué la vincha y la remera que había comprado en la entrada del estadio. Me acosté. Estaba confundida. Cuando empecé a entender la situación salté de la cama y cerré con llave la puerta del dormitorio. Desesperada, empecé a planear la huida.
   Había llegado a mi casa antes de lo previsto, me extrañó ver las luces encendidas. El recital de Phill Collins  se había suspendido-maldito cambio climático- por una tormenta con ráfagas y granizo. 
   -Reunión cumbre- dije sin malicia, cuando mi nuera abrió la puerta.
   -Estás mojada, te preparo un café-dijo ella mientras escapaba hacia la cocina.
    La entrada al recital había sido una gentileza de mis hijos. Desde la muerte de mi marido, ellos se deshacían en atenciones. Primero fue el fin de semana en la isla Martín García, una roca en medio del estuario del Río de la Plata, encantada de bosques umbríos; destino maldito de generales caídos en desgracia y donde se consigue el mejor pan dulce del mundo. Luego, proyectaron la remodelación de la casa:
  -Mamá, renovarse es vivir-repetían.
  Y fue así que se levantaron los antiguos pisos de madera y se arrancaron los revestimientos. Las paredes fueron agujereadas por técnicos que decían buscar humedad y los plomeros despanzurraban antiguas cañerías a su antojo.
   La noche del recital fallido, luego de encerrarme en mi cuarto y cambiarme la ropa, pegué la oreja a la puerta para seguir el movimiento de mis hijos. Andaban por la cocina vaciando los muebles. Luego, escuché con escalofrío el ruido de la pala hundiéndose en el cantero de los rosales, única superficie que se había salvado de los albañiles. A nadie preocupaba mi presencia. Tenía que pensar rápido. Segura de que no encontrarían lo que andaban buscando, dado que yo lo había encontrado antes, salí muy despacio de mi habitación.   A través del vidrio esmerilado de la ventana que da al fondo, vi sus siluetas  inclinadas en torno a un montón de barro removido. El aroma del café me alertó.  Me deslicé por la superficie pulida del porcelanato italiano hasta el vestíbulo. Nadie lo advirtió. A dos metros de la puerta principal, Me detuve frente al tapiz que habíamos comprado en el viaje a Cuzco con motivo de nuestras bodas de plata. Bendije el momento en que se me ocurrió coser la llave de la caja de seguridad en el reverso de esa  piel suave de vicuña que todas mis visitas elogiaban. Después de arrancarla, guardé la llave en la cartera. Salí sin hacer ruido. Corrí hacia la avenida. Volví a mojarme las zapatillas en los charcos que habían quedado después de la tormenta. Gracias a Dios encontré un taxi libre. Me faltaba el aire, entonces practiqué la respiración que me enseñaron en las clases de yoga y recobré la calma. De ninguna manera quería llamar la atención del chofer. Con disimulo miré hacia atrás por única vez. Nadie nos seguía. Hice una llamada breve.  Eran las diez de la noche. Mi amante me esperaba en su departamento. Al otro día, más tranquilos, retiramos de la caja de seguridad del banco la fortuna que mi difunto esposo el prestamista, supo acumular y esconder.


jueves, 31 de mayo de 2018

NORITA


    En el geriátrico, igual que en  “Tiempos modernos” de Chaplin, el cronómetro regulaba la existencia de todos. Los dueños, temerosos, dejaron de pasar esa película, no fuera a ser que algún viejo se avivara.
    La vida se había convertido en una rutina de pañales, chatas  y pastilleros. Ésos y no otros eran los protagonistas. Los ancianos eran  actores de reparto en el mejor de los casos. Todo lo que alguna vez fue deseo, rabia, amor o lucha andaba  atado a una silla de ruedas. Mientras tanto, el celular de la dueña, no paraba de recibir llamados de potenciales compradores. Todo se vendía. Desde los zapatos hasta los nebulizadores que las familias de los fallecidos  no querían volver a buscar. Era otoño, temporada alta. Con los primeros fríos, los viejos se congestionaban primero  y después contraían neumonía.  Las jefas de turno estaban preparadas: estiraban la situación todo lo posible y cuando ya era inútil llamaban al  servicio de emergencia. En el hospital podían durar horas, no más. Al menos se morían dos por semana. Si se mantenía el promedio, el producto de las ventas  permanecía constante igual que las comisiones.
    El empleado que llenaba las planillas de excel,  notó una tendencia anómala. El promedio de fallecidos había bajado. Enseguida se organizó un comité de crisis para analizar la situación. Aprovecharon la visita semanal de los Testigos de Jehová, siempre ávidos de auditorio para ser salvado. El personal de confianza se reunió en el fondo, cerca de la zona del lavadero. El hijo de la dueña hizo el anuncio: los números no daban. Todo el mundo deslindó responsabilidades. No obstante, con gran criterio constructivo intentaron encontrar una explicación: que la nueva cocinera hacía sopas demasiado nutritivas, que  con la profesora de yoga  trabajaban  muy bien la respiración, que las clases de música los dejaba inconvenientemente felices.
    Decidieron despedir a la cocinera y alterar levemente la temperatura de los equipos de aire acondicionado. No obstante, durante la semana en curso, era imperioso aumentar la recaudación. Como si fuera una obviedad, todos pensaron en Norita. Si bien era la más joven ─ no llegaba a los 75 años─ el hecho de ser cuadripléjica la acercaba con frecuencia al borde  de la muerte, límite  que obstinadamente se negaba a traspasar. La tecnología le había posibilitado  una vida plena en la virtualidad de la red. Desde la computadora, ella coordinaba un blog especializado en su enfermedad, participaba en foros, se mantenía informada. Norita había advertido una inquietante periodicidad en los decesos. De hecho, había escrito un informe con fechas, testimonios, e impresiones personales. Un domingo por la tarde, cuando las visitas se habían ido y los viejos se disponían a cenar, escuchó cómo alguien abría la puerta de su habitación con sigilo y no dudó. Tecleó enter y publicó su informe en las redes sociales. Fue lo último que hizo.
  


sábado, 28 de abril de 2018


Comparto una antología en la que participé. Se presenta el 3 de mayo en la Feria del Libro, en el stand de la Municipalidad de San Martín