sábado, 22 de abril de 2017

EL MEDIO LIBRO.


El remisero le preguntó qué iba a hacer a un lugar tan alejado de su casa.
 A ella le dieron ganas de contarle “me voy al velorio de mi papá”.  Así, con cierto orgullo. Le pareció rara la idea de mencionar que también había tenido uno, como cualquier hija de vecino; que ella  no era una anomalía de la naturaleza, que no había nacido de un repollo, y que aunque el padre se le había hecho presente esa tarde,  justamente a través de  la noticia de su muerte, era una manera de reafirmar que alguna vez existió.
De todas formas, no le contestó al odioso del  remisero y siguió mirando por la ventanilla mientras el otro daba vueltas con el auto y no le acertaba a la dirección en cuestión.
-La voy a tener que dejar acá, en la avenida. Hace rato que terminó mi turno- el hombre intentaba excusarse.
-Mejor.
Le pagó lo que el tipo le pidió y bajó casi aliviada. “Estúpido” pensó y enseguida buscó a alguien que la orientara para llegar. La vereda estaba colmada de paradas de colectivos.  Había mucha gente regresando del trabajo.
Les preguntó a algunos hombres con paso cansado y a  mujeres  cargadas con bolsas  de verduras,  que volvían de limpiar casas ajenas. Caminó muchas cuadras entre ellos, hasta que los puestos precarios que ofrecían medias, chipá, y ratoncitos de goma se fueron espaciando hasta desaparecer. Siguió por calles solitarias.
No sentía  miedo porque la ansiedad la agobiaba. Todavía no era dolor. Cuando por fin dio con la dirección, creyó estar equivocada. La sencillez de la sala velatoria hacía juego con el barrio. No había ningún cartel. Se notaba que era una vivienda apenas acondicionada.
 En lo que había sido el comedor estaba el ataúd, conteniendo medio cuerpo. Arrimadas contra la pared,  unas pocas sillitas vacías.
 La ventana que daba a la calle tenía la persiana levantada y una cortina de color indefinido impedía ver desde afuera.
 Algunas horas antes, mientras estaba trabajando, se enteró de la noticia. Por supuesto que no pidió salir antes ni comentó nada. Pasó por su departamento y conmocionada como estaba, buscó su medio libro y lo guardó en la cartera: la única herencia que había recibido.
Hacía tiempo que no lo miraba pero lo había leído muchas veces. Contaba la historia del regimiento glorioso que se cansó de ganar batallas contra los déspotas, pero al final de la guerra, aprovechando la ausencia del general, se sublevó y se unió al enemigo.
¿Qué tipo de persona lee algo así? 
Nunca supo como terminó la historia porque al libro le faltaba justo la mitad. Era una edición barata, de bolsillo.  Tenía una dedicatoria ilegible. Ella lo había rescatado de las ruinas del hogar.
Llegaba a la página 35 y estaba perfectamente separado del resto, con un corte limpio y prolijo. Posiblemente tan exacto como  el que amputó las  piernas del padre.
-Todo lo que sé de mi papá se puede resumir en una hoja de cuaderno- había confesado una vez.
En esa hoja, hubiera podido escribir algunos datos sueltos. No obstante ignoraría para siempre  las razones  profundas del fracaso paterno. Lo mismo que le pasaba con la historia de los soldados que se hartaron de pelear.
En silencio empezó a llorar. Sentada sola, sin una sola flor, sin una palabra de ocasión que pudiera reconfortarla, como si  ninguno de los dos la mereciera.
 El crucifijo de rigor en la pared  cobijando los restos de una vida desconocida y mutilada. Y ella con su querido medio libro en el regazo. Se acercó al ataúd, y con mucho cuidado,  como si se tratara de una ofrenda, lo acomodó junto al medio cuerpo de su padre.
De algún lado le llegó algo parecido al afecto, como una paz inaudita.
-Chau viejo.
Salió despacio. Ya era noche cerrada.
 Definitivamente sería un problema emprender el regreso desde un suburbio tan apartado.





miércoles, 22 de marzo de 2017

El vaso de vascolet y el mantelito verde manzana.


-¿Te vas a poner a encerar ahora?-el marido apenas  esbozó una  queja.
-¿Y cuándo querés que lo haga?-la mujer respondió  con  relativa moderación. Era muy temprano para pelear.
-Es que ese olor….-desdobló con cuidado el diario.
-Ojalá tuviera tiempo para desayunar tranquila como ustedes-la esposa esparcía la pasta anaranjada por el damero blanco y negro del piso de la cocina.
-¡La leche está muy caliente!-el chico revolvía  con su cuchara y mordisqueaba un biscuit.
El olor de la cera vuelve a embriagar a Guzmán mientras recuerda la escena acodado junto al teclado.
Se ha comprometido  a entregar el diagnóstico inicial de los catorce cursos  en los que deberá enseñar Literatura. Las catorce planillas están llenas de nombres y apellidos a los que intenta acostumbrarse. El ciclo lectivo recién empieza con su rutina de informes sobre chicos que aún no conoce.
Él quisiera llevarlos a escribir graffitis con Cortázar, a que se  enamoren con Benedetti en alguna esquina rota; que se estremezcan con Poe y se conmuevan con los personajes aparentemente derrotados de Rozenmacher.
 Y algún día… Tal vez…
 No escribe. Las planillas siguen ahí, en blanco. Está demasiado aburrido  y sabe que eso puede afectar su criterio.
 Además, no puede cambiar la imagen que le llega desde el pasado.
Mira por la ventana: el cielo del lunes es un collage desganado.
No sabe a ciencia cierta por qué se ha acordado de ese episodio.
- Qué raro que funciona la mente- se masajea suavemente las sienes mientras intenta concentrarse en el trabajo.
Sin embargo, vuelve a Ciudadela y a la cocina de su niñez.
La casita era chica y muy prolija. Tanto que desentonaba en medio de los galpones y los talleres mecánicos por los que se colaba un hollín pegajoso que tenía la costumbre de aterrizar en su casa, para hacerla rabiar a  la madre.
-Tomá la leche que se enfría- su padre le guiñó el ojo.
-No me gusta el vascolet-el pequeño Guzmán hablaba bajito para no despertar la furia materna.
-Bueno, dale que te ayudo- el padre se estiró sigiloso para tomar del vaso y no calculó bien, de modo que la larguísima página de La Nación desató una pequeña catarata de leche marrón sobre el mantelito verde manzana con bordes tejidos al crochet.
En ese apartado lugar de Ciudadela, lo que no brillaba estaba tejido a mano o bordeado de puntillas.
Los dos se miraron conmocionados,  el padre cruzó el dedo índice sobre los labios con energía. Las lágrimas del chico no se animaban a deslizarse por la cara.  El desastre era de tal magnitud que el hombre solamente atinó a recoger el mantel empapado, envolverlo en el diario y meter todo el conjunto en su maletín de visitador médico.
-Nos vemos a la noche –  llegó a decir el padre que salió casi corriendo.
 La madre siguió arrodillada refregando el piso. El niño entró en pánico.
Guzmán se levanta y se sirve otro café. Los recuerdos parecen escurrirse y aunque no son alegres, sonríe. Mientras lo hace, se le ilumina la cara y vuelve rápidamente a su escritorio.
Los textos ajenos pueden esperar. La burocracia también.
Sus manos se deslizan sobre el teclado como si alguien las manejara:

 ”Las persianas  se levantaban temprano, lo suficiente para ventilar los ambientes. El resto del día permanecían  bajas para  defender a la familia de la inmundicia del mundo”

Vuelve a mirar por la ventana y  ya no le presta atención a los nubarrones. Dos pibes de guardapolvo blanco que corren en la plaza como si fueran  conejitos,  lo hacen llorar de felicidad.




miércoles, 22 de febrero de 2017

LOS NI-NI.

El olor a pan tostado inundó su dormitorio y la despertó.
En el instante confuso en el que se separó del sueño, cuando los malos presagios atacan la conciencia amargando prematuramente el día, se acordó de que estaba peleada con su hijo. Por lo tanto no se levantaría hasta que él se hubiera ido.
Le duraba la bronca. Mejor dicho el miedo; sí,  el miedo a que su hijo no tuviera futuro. Se ilusionaba con la idea de que esta vez, él fuera  a encaminarse.
Tadeo, su compañero ya se había ido a trabajar muy temprano,  como siempre. Era pintor de obra, de los buenos.
Ella, dolida y enojada como estaba iba a correr el riesgo de llegar tarde a la óptica con tal de no cruzarse con el chico. Y eso que llegar tarde a su trabajo era lo último que necesitaba.
El alemán, su patrón, era muy exigente con los horarios. Bueno, con casi todo. Solamente Dios sabe lo que le costaba conformarlo.  Ella atendía el mostrador en la óptica,  recibía las recetas y asistía  a los clientes que buscaban marcos para sus anteojos. Con paciencia infinita buscaba en las vitrinas, tratando de acertar con la forma más adecuada a las caras o intuyendo los gustos de cada cliente. Lo mismo con los lentes de sol. Nunca entendería cómo cierta gente pagaba tanto por una marca.
¡ Le había costado tanto conseguir ese empleo! Empezó haciendo la limpieza y como era observadora y quería progresar, puso atención en la forma en que atendían las empleadas que iban desfilando y que se cansaban del régimen disciplinario y las observaciones críticas del alemán, quien, desde el taller, en la habitación contigua, no se perdía detalle de lo que pasaba en la parte delantera del negocio. Implacable, el alemán no perdía oportunidad de indicar lo que se hacía mal, pero también tomaba nota de los aciertos. Por supuesto que nunca los destacaba. Pero cuando ella tomó coraje y le insinuó que tal vez podría ocuparse del mostrador, el hombre no rechazó la idea de entrada y terminó dándole un voto de confianza. Mirta lo respetaba, después de todo era inmigrante, como ella. Para el alemán, el trabajo era sagrado y eso los unía.
También ella, siendo una chiquilina, había dejado su barrio en Asunción para buscar un trabajo en Buenos Aires, ante la pena de su madrina, quien la había criado con severidad y afecto.
-¿Y esto es Buenos Aires?-dijo cuando se instaló en la casa de unos parientes.
Y si. Era Buenos Aires, pero no el de las avenidas con edificios lujosos y vidrieras atrayentes que había visto en revistas. Era el Gran Buenos Aires, de calles de tierra, veredas de yuyos altos, paredes sin revocar y perros flacos y queribles que duermen al sol.
Para un inmigrante, casi nada es lo esperado. Tal vez al alemán le había pasado lo mismo; quien sabe.
Por eso, cuando a los pocos meses de llegar, supo que iba a tener un hijo, y también supo que lo criaría sola, dejó de lado toda nostalgia, toda queja, y juró que iba a luchar con toda el alma por esa sensación que se insinuaba en su vientre, que la llenaba de una alegría difícil de justificar dada su posición y que vaya a saber por que remota razón iba a llamarse Kevin.
Había silencio en la cocina. Se levantó y se cambió rápidamente.
Se hacía tarde, iba a tener que tomar el colectivo.
Aunque estuviera a doce cuadras de la óptica, por lo general iba caminando. No porque no pudiera gastar en el boleto-como en otras épocas-, sino porque era su única oportunidad de hacer algo de ejercicio. Desde que vivía con Tadeo, hacía ya cinco años, se había mudado con él cerca de la estación.
El calor de febrero se hacía sentir así que llegar a la óptica y prender el aire acondicionado fue un verdadero alivio. La mañana estuvo muy movida. Desde que habían empezado a atender varias obras sociales, los clientes se habían multiplicado, así que Mirta no tuvo mucho tiempo para pensar en sus cosas.
“Sus cosas”, es decir, aquello que la preocupaba,  se resumía en el nombre de su hijo.
 La noche anterior le había exigido a los gritos que buscara una ocupación y que dejara de juntarse con unos chicos que tenían mala fama en el barrio.  Pero esta vez, él había actuado con mucha violencia. Una violencia que Mirta no entendía, no merecía  y cuyo origen, aunque evidente, intentaba no reconocer.
-Menos mal que Tadeo no había llegado- pensó. No quería involucrarlo.
Kevin había cumplido dieciocho años y  después de repetir muchas veces no podría retomar la escuela secundaria común. Debería ir a una nocturna.
Su madre pensaba que era necesario tenerlo ocupado, que hiciera algo útil, sacarlo de la calle.
Recurría a conocidos para procurar un trabajo para él. Por una clienta supo que necesitaban un cadete en un negocio de telas para tapicería en la calle Bartolomé Mitre, en el Once.
-Si no estás ahí mañana antes de las nueve, no vuelvas a casa, basura!
Siguió desplegando todo el repertorio de reproches, de amenazas, de insultos, Todo lo que su impotencia le dictaba.  Se había alterado de tal manera, que hasta su hijo, a pesar del empujón que le propinó, pareció tomarla en serio. Tanto como para levantarse temprano al otro día, servirse un vaso de gaseosa , prepararse una tostada  e irse.
  Mirta no pudo salir de  la óptica hasta la una. Tenía que volver a las cuatro. Horario de verano.
Cuando por fin llegó a su casa prendió la radio como siempre mientras se preparaba algo para comer. Su oído, acostumbrado como estaba a las voces conocidas, notó enseguida que algo pasaba. Algo muy malo.
-Volvemos al móvil, parece que aumentó el número de víctimas. –dijo secamente el locutor lejos de su habitual tono amable.
-¿Víctimas?- repitió Mirta con curiosidad.
Subíó el volumen  como si eso de por sí le proporcionara más información. La voz del cronista  apenas se escuchaba   sobre un fondo de sirenas y gritos.
Impaciente, cambió de radio.  Nuevamente hablaban de muertos y heridos pero sin explicar el origen.  Ya  con inquietud, olvidando su almuerzo, siguió moviendo el dial hasta que escuchó la palabra tren.
Ya no era inquietud; era miedo.
Atinó a prender el televisor.
En el canal de noticias, la pantalla estaba dividida entre la imagen de un tren incrustado en el extremo del andén y un zócalo que indicaba: “Decenas de muertos en el accidente de tren del FF.CC  Sarmiento, el choque fue a las 8.33 hs “
Ahora sí, el pánico se dibujaba en el rostro de Mirta.
En otro canal, imágenes de personas buscando a sus familiares.
Era el tren que Kevin debía haber tomado en Merlo para llegar antes de las 9 al negocio de Once.
“¡Si no estás ahí mañana  antes de las nueve, no vuelvas a casa, basura!”.
Y entonces imaginó a su hijo cruzando la avenida rumbo a la estación, ubicándose con dificultad en el andén atestado de gente y subiendo al tren con su mochila gastada.
Ya no quiso imaginarse más nada. Se maldijo por esas palabras de la noche anterior,  brotadas de la bronca y del amor más profundo.
Sintió que tenía que serenarse. ¿A quién recurrir? Tadeo no usaba celular y su hijo jamás atendía sus llamadas. Lo intentó, sin embargo, con el resultado esperado.
La opresión en el pecho la hacía respirar con dificultad y como una autómata, enfiló para la óptica.
El alemán no volvía a su casa al mediodía. Se quedaba trabajando con las persianas del local bajas. Cuando Mirta  golpeó con desesperación, el hombre se asomó y le abrió rápidamente.
Con palabras entrecortadas, intentó explicarle la situación y por primera vez notó una expresión solidaria en los ojos grises de su patrón.
-Vaya en remis- le ordenó mientras le extendía la mano con unos cuantos billetes.
¿Cómo explicar la ansiedad por llegar a un lugar al que no se quiere ir?
El paisaje cambiante del conurbano, a medida que el auto avanzaba hacia la capital, pasaba como una película ante los ojos de Mirta.
Fue llegar a la estación, en el barrio de Once,  y aturdirse en un remolino de policías más preocupados por el orden que por la pena de la gente. Ya eran  casi las cuatro de la tarde.  Alguien le indicó una lista de hospitales. ¿Por dónde empezar si eran más de trece?
Como pudo, junto con otras madres, padres, hermanos, deambuló por diferentes guardias hasta que ya no pudo. Era de noche.  Sintió que su mundo se derrumbaba.
 Necesitaba el apoyo de su compañero y, no sin dificultad, encaró el  regreso.
Cuando llegó a su casa, las luces apagadas terminaron con la leve esperanza que aún albergaba. Se sentó en una de las sillas de la cocina, escenario de su enojo de la noche anterior, y hundió la cabeza entre las manos para tratar de apaciguar el latido de sus sienes.
No escuchó el ruido de las llaves y para cuando pudo reaccionar , se encontró con el gesto adusto de Tadeo .
Como otras veces, en el camino de regreso del trabajo, él había pasado por la larguísima cuadra de la fábrica abandonada cuyo paredón, sobre todo de noche, invitaba a cruzar la calle.
 En este sector del conurbano profundo aún se apreciaban las huellas de los gobiernos que habían producido el cierre de muchas industrias, con su herencia de predios abandonados con edificios grises lentamente carcomidos por el tiempo y el vandalismo. La esquina solitaria de la fábrica fantasma era la elegida por algunos pibes del barrio, los que ni estudiaban ni trabajaban y que a esa hora ya estaban pasados de cerveza.  Uno de ellos había sido  arrebatado del brazo, al pasar, por su padrastro.
Los ojos enrojecidos de Kevin miraron sin ver y su gesto extraviado, impregnado de alcohol y  marihuana no se conmovió cuando Mirta se echó en el piso, se  abrazó a sus rodillas, y, gimiendo, vertió durante largo rato todas las lágrimas retenidas en ese día fatal.






viernes, 17 de febrero de 2017

EL FISCAL



 No reniego  más por las noches de insomnio que se apilaban una sobre otra llenándome la cara de arrugas.
 Por supuesto, también había momentos de una dulce  excitación,  que también me mantenían con los ojos como si fueran el dos de oro mientras escuchaba el segundero del despertador avanzando implacable y me imaginaba la mañana inminente y cómo iba a preparar el desayuno y qué ropa le iba a poner a los chicos.  Pensaba en eso porque de algún lado tenía que aferrarme a la idea de que todavía podía ser una buena esposa y madre.  Necesitaba convencerme de que el amor seguía siendo un lugar cuidado e intangible. Innegociable.
-Aflojá un poco, no te exijas tanto- me decía mi marido. Pobre.
 Y yo le  contestaba con expresión ingenua:
-Si, tenés razón, lo que pasa es que el trabajo que tengo que presentar está buenísimo y una se engancha y bla, bla-. Ahora me doy cuenta de  que la estúpida era yo.
El tipo que irrumpió en mi vida para completarla, -ese que no me dejaba dormir-, era profesor en el doctorado. Una verdadera autoridad en lo suyo.
Nunca me voy a olvidar de la primera vez que lo vi.
Yo entraba medio tarde al aula y él estaba por cerrar la puerta. Al verme, con un gesto simple me dejó pasar y yo percibí su expresión sorprendida, y estoy segura de que por unos instantes le hice perder  ese aire de  seguridad tan suyo.  Enseguida se recompuso y disimuló la leve turbación que mi presencia le había causado. Atesoro el momento como si fuera una cajita de plata porque al fin y al cabo fue lo único bueno que tuvimos.
Él era una mezcla de eminencia y galán informal que te acorralaba con sus ojos de color indescifrable. Te  tiraba una definición genial, fruto de su experiencia de años en los Tribunales, y a los pocos minutos, decía alguna grosería que te hacía reír; todo el conjunto te desarmaba de admiración.
Estaba por cumplir los cincuenta y todas morían por una mirada suya. Supe enseguida que yo le interesaba.
Me dejé envolver en la obviedad de su pavoneo, bien consciente de la situación en la que me  estaba involucrando.
Cuando me citó en su casa, no me tomó por sorpresa. No le conté a nadie y me preparé como quien va a su consagración definitiva. La  empleada  vieja que me abrió   la puerta me miró con cara de  “Si, ya se, lo viene a ver al Doctor, pase que  no es la primera ni será la última” Y yo le agradecí  con cara de “Qué carajo me importa lo que pienses”.  Y entré como dopada, con la sensación de no pisar el suelo al caminar.
En el primer encuentro, los dos nos entregamos a la farsa del reconocido jurista orientando a su joven discípula.
Disfruté mucho esa rutina de entrar en la casona y ser conducida al escritorio  por la mucama que desaparecía convenientemente.
 Llegué a conocer muy bien, la comodidad mullida de los sillones y la tersura de las alfombras caras de ese estudio.
¡Me sentía tan halagada por ser el objeto de su atención…! ¡Qué me iba a importar su vulgaridad!
Al poco tiempo, ignoro si porque ya lo fastidiaba mi presencia o porque realmente me apreciaba, me ofreció un cargo.
Yo, que vengo de abajo, ¿Cómo mierda iba a entrar al Poder Judicial si soy la primera  de veinte generaciones que pisó la Facultad?
 Me propuso entrar directo a trabajar en un Juzgado sin pasar ni siquiera una semana por el mostrador de la mesa de entrada.
 Estaba  entusiasmada.
El día que tenía que contestarle, llegué más tarde que lo habitual.
La empleada dudó, pero al cabo de unos minutos de examinarme de arriba abajo, me dejó pasar.
-Gracias, ya conozco el camino- Se lo dije con seguridad, para que no pudiera contrariarme. La señora frunció levemente la boca y siguió con sus cosas.
Abrí la puerta pesada. El ambiente estaba en penumbras, salvo por la lámpara de bronce que  brillaba soberbia, iluminando  el escritorio enorme y oscuro. Su luz formaba pequeños arco iris  en la base de cristal de un vaso de whisky vacío.
El fiscal roncaba con la boca abierta, despatarrado en su sillón de cuero. Tenía la camisa desabotonada hasta la cintura. Un hilo de saliva viscosa subía y bajaba de la comisura del labio, al ritmo de su respiración.
Me senté enfrente. Ni se mosqueó. Menos mal, así pude pensar tranquila. Y ahí nomás mientras lo miraba dormir pesadamente, lo ví tan vulnerable, tan indigno,  tan poca cosa, que un asco profundo se me pegó en la piel.
Y a pesar de que no soy ninguna santa, pasó por mi mente, como si fuera una película muda el recuerdo de las noches que pasé estudiando en la biblioteca del Congreso, muerta de hambre y de sueño; volví a ver  las lágrimas calladas de mi abuela gallega cuando recibí el diploma. Me acordé de la emoción que me había causado de chica el alegato final del fiscal Strassera en el Juicio a los dictadores. Me imaginaba que estaba en su lugar y que la gente me aplaudía a mí.
 Como una autómata, arranqué una hoja de mi agenda y le escribí una nota en la que declinaba el nombramiento.
La dejé sobre unas carpetas  y me fui sin hacer ruido.
Ninguno de los dos buscó un nuevo encuentro.
¿Me preguntás si me arrepentí?
 Si, todos los días.
 Pienso que fui una imbécil.
 Me enteré por el diario que ya lo nombraron Procurador General de la Nación.



jueves, 9 de febrero de 2017

Obvio que sí.




Siempre se preguntaba qué encontraría debajo del andén.
Tenía miedo que la mandaran a limpiar.
  ¿ Pero, para qué la mandarían justo ahí? “ Para joder” se contestaba segura de que algún jefe tendría esa intención.  No los dejaban estar ni un minuto  sin hacer nada.
 Igual, ella prefería estar siempre ocupada porque si no, se ponía más nerviosa y  las horas no pasaban nunca.
Que los trenes ahora pasaran a horario y que fueran más o menos decentes los ponía a todos en la mira porque entonces las estaciones también tenían que parecer más limpias y no había tiempo para andar tomando mate y había que esconder el celular y no reírse fuerte con los chistes de los muchachos.
Últimamente habían entrado muchos pibes. Ella ya  no era una piba pero también había entrado hacía poco por una amiga de la madre que le debía un favor. Era la primera vez que tenía un trabajo en blanco. No estaba agradecida. ¿Por qué iba a estarlo? Sobre todo después de ver como tiraban bajo las vías a un vendedor para sacarle la mochila, ahí delante de ella y como se quedó inmóvil cuando la gente le gritaba que hiciera algo y todo por tener ese uniforme con tiras fosforescentes que le daba vergüenza  y ese chaleco enorme que le colgaba por todas partes.
También le colgaba al pobre hombre el hueso de la pierna y la sangre le salía como de un bombeador y todo el mundo gritando y el tipo que también empezó a mover el cuerpo al ritmo del chorro que la salpicaba, hasta que se empezó a ahogar y entonces no se movió más y la quedó mirando con ojos horrorizados, justo a ella que estaba como una imbécil con el escobillón en la mano.
Durante las horas pico todo era más fácil porque no se podía hacer mucho y el andén y las escaleras estaban roñosos  pero no era su culpa que la gente fuera tan sucia.  Todo el mundo tiraba los papeles en cualquier lado y  revoleaba  por las ventanillas bandejas de plástico, latitas y bolsas de todos los colores que iban a parar a las vías y parecían de lejos florcitas artificiales ofrendadas al gauchito Gil.
Cuando pasaba la hora en la que todos van a sus trabajos, la estación quedaba semivacía y entonces tenía que tirar un líquido verde en el piso del túnel para asentar la mugre que se superponía con la mugre del día anterior en una especie de pasta grisácea que si no había humedad se secaba más o menos rápido y la dejaba en paz hasta el otro día.
Los domingos se aburría porque no hablaba con nadie desde que el pelotudo de uno de sus compañeros  amagara con tocarla y entonces ahí nomás  ella le pegó una piña que lo hizo trastabillar y se corrió la bola de que “con Andrea no se jode” y no la molestaron más pero la miraban de costado y se reían y hablaban en voz baja y  volvían a reírse mientras se escondían para comer facturas  y nunca más la convidaron.
 Entonces como la estación estaba más silenciosa no podía dejar de escuchar la conversación repetida de los gendarmes que si era invierno se soplaban las manos  y las refregaban  para entrar en calor y si era verano transpiraban debajo de la gorra y hablaban de sus familias que estaban en el Chaco o en Corrientes y que a esa hora estarían comiendo un asado y ellos ahí y encima como era domingo el chino que preparaba comida estaba cerrado y no iban a tener más remedio que comprar un pancho en el kiosco.
Fue un domingo a la tarde cuando la vio por primera vez. Estaba parada en el medio del andén y hablaba por el celular. Parecía que no le importaba otra cosa. Debía andar entre los treinta y treinta y cinco. Se notaba que quería disimular la imagen de chica rubiona, hija de tanos de la “alta Italia”.
 Tenía el pelo claro que le hubiera caído por la espalda como una marea creciente de bucles si no fuera porque estaba tan corto que las ondas parecían pintadas en la cabeza. El celeste le llenaba casi toda la superficie de los ojitos. De mediana estatura y robusta, usaba unos borceguíes negros que a simple vista se notaba que eran pesadísimos. Negros también eran los pantalones anchos que tenían bolsillos por todos lados, igual que la campera.
 Andrea se acercó y pudo ver que,  como único adorno, llevaba  una cadenita de oro y una medalla con forma de lágrima y un número quince en relieve junto con una piedrita de color rosa. La reconoció enseguida porque era igual a la suya: ésa que había dejado  de usar hacía mucho tiempo porque ya no era la persona a quien se la habían regalado. En esa mujer, lucía tan absurda como le hubiera quedado a ella.
-Hola, soy yo, ¿Cómo quién? Yo…….Carla.-A la desconocida no le importaba que los demás escucharan. Tiró al piso con bronca la colilla del cigarrillo.
Andrea pasó cerca  juntó el pucho con la pala. La otra ni la registró mientras volvía a llamar.
-No cortes. Todavía estoy acá. Te espero……..-sacó otro cigarrillo y lo encendió.
Carla dejó pasar dos trenes. Se subió al tercero  pero antes se dio vuelta mirando la escalera de acceso al andén, como esperando un milagro.
La semana volvió a empezar con su rutina de gente apurada: algún arrebato, una que otra corrida, chicos pidiendo; lo de siempre.
Cuando por fin llegó el siguiente domingo y tal vez porque había mucho sol,  Andrea tenía una esperanza que no estaba dispuesta a admitir del todo. ¿Para qué ilusionarse?
Sin embargo,Carla volvió a aparecer , enfundada en su ropa negra y sus botas pesadas. Estaba triste.
 Se sentó en el banco de cemento con las piernas separadas y los antebrazos apoyados en los muslos. Bajó la cabeza clavando la vista en el piso.  Sacó el paquete de cigarrillos del bolsillo de la campara.  Empezó a fumar.
Andrea siguió retirando las bolsas de basura de los cestos. Vio venir el tren a lo lejos y sintió alivio. No iba a tener tiempo de encararla. Pero al instante se le sublevó la sangre de la bronca.  No sabía si era porque venía el tren o porque volvía a tener miedo.
 Calculó: menos de un minuto.
 Como si la urgencia se debiera a  la llegada del tren, sacó un cigarrillo del bolsillo y mirando a Carla con sus ojazos marrones, le preguntó:
-¿Tenés fuego?
Carla levantó la vista, miró la puerta del vagón que se abría, parpadeó como queriendo soltar las lágrimas arracimadas en las pestañas diminutas. Tanteó en todos los bolsillos de la campera y cuando por fin encontró el encendedor le dijo:   
- Si, obvio.
Mientras las dos quedaron solas en el andén, fumando,  el tren se deslizó en silencio, como para no molestar, y cruzando el puente sobre la autopista, se perdió entre los edificios de la capital.

sábado, 24 de diciembre de 2016

LOS NIÑOS-PLUMERILLO.

                                                                                                                      
Como todo el mundo sabe en el barrio, las cañas que crecen en los terrenos baldíos no se pueden erradicar.
Al principio se pensaba que varios hombres juntos blandiendo palas de punta,  trabajando a un promedio de ocho horas diarias, podían eliminar las cañas de,  digamos, un terreno pequeño  capaz de albergar una calesita modesta  durante quince días. Pero ese tipo de soluciones solamente era aplicable a proyectos itinerantes,  como carruseles o circos  pobres sin animales ni pretensiones.
L os domingos se organizaron jornadas solidarias.  Siguiendo las prácticas de los inmigrantes  que se juntaban para levantar las paredes de las futuras casitas, los vecinos se reunían para limpiar los predios con un entusiasmo que iba decreciendo a medida que subía el sol.
 Resultó que el tremendo esfuerzo demandado no se justificaba ya que, por caso, los martes a la tarde, los primero brotes verdes se dejaban ver abriéndose paso entre las raíces lechosas.
La solución pareció llegar desde el Paraguay. Allí, una vez cercenadas las cañas al ras del piso, se rociaba las raíces con kerosén. Esta operación debía repetirse a lo largo de veinte días y luego la tierra quedaba libre.
Con el tiempo se descubrió que la latitud del hermano país incidía en la intensidad de los rayos solares, lo que contribuía al éxito de la operación.
Según los resultados que se dieron en el barrio, es seguro que la calidad del kerosén paraguayo era superior al que se conseguía en el conurbano de Buenos Aires.
  Además del incendio de un quiosco que proveía el combustible y que estalló por los aires, no se registró ningún avance. El kerosén fue un rotundo fracaso.
 Tampoco ayudó el hecho de estar en el sur del mundo.
Con los ánimos alicaídos, los vecinos ya no se escandalizaron cuando las cañas colonizaron las macetas de malvones, las veredas polvorientas y los gallineros.
Para los niños, los cañaverales feraces eran sus aliados. Podían esconderse cuando los llamaban para bañarse en los fuentones; podían  imaginarse en lejanas  selvas e imitar el sonido de cualquier animal salvaje.  Hasta podían atenuar el efecto de las tardes desoladas  armando con las cañas cortadas por la mitad,  barriletes que casi nunca volaban.
El juego preferido era perderse entre los tallos altísimos  coronados por espiguillas parecidas a plumeros  (que por lejos era lo más valioso que podían encontrar) e intentar capturar los ejemplares más hermosos.
 Los osados arremetían la búsqueda entrando en el espacio apretado de los tallos, sin poder apoyar bien los pies y cortándose con los bordes de las hojas estilizadas y arduas.
Por pura intuición comenzaban a sacudir la caña que creían más grande,  guiados por los gritos de los chicos que tomaban distancia para ver mejor.
 Se escuchaba:
- ¡Ésa no, la de al lado!
-Más atrássss, ahí, ¡no! La otra.
Cuando estaban seguros, derribaban con gran esfuerzo la caña y cortaban el penacho
Los adultos, impotentes frente a lo avance parejo del cañaveral y del desempleo, apostaban sobre una manta raída todo lo que les quedaba: “Te juego mi mochila a que Luisito baja el plumerillo más grande”. “Mi cuchara de albañil a que Juanita encuentra el más suave”.
 Y como estaban tan entusiasmados, nadie se dio cuenta de que la pareja más joven de la cuadra se desgañitaba pidiendo ayuda. De tal suerte que solitos se arreglaron y  recibieron al bebé más hermoso que hubiera nacido a la vera de la autopista.
 Tan amada era la criatura que todos sus  cabellos eran rosados y crecían hacia arriba sin parar. Los flamantes padres dieron por sentado que al paso de los días  la suave cabellera sería más dócil  y dejaría de irradiar luz.
 Como ya  era noche cerrada,  el juego terminaba y los niños fueron saliendo del cañaveral como siempre. Sin embargo algunos adultos vieron un cambio, al principio sutil.
De las cabecitas alborotadas de los niños, comenzaron a crecer brotes tiernos, tornándose en espigas delicadas. Todas destellaban colores de acuerdo a las necesidades :  verdes, para quienes tenían a sus abuelos enfermos;  azules, para los chicos cuyos  padres  habían perdido la voluntad;  violetas, para los esperanzados.
Y en los aviones que llegaban al aeropuerto cercano,  cargados con regalos del exterior, los pasajeros dejaron por un momento sus computadoras y sus celulares. Todos miraron con inquietud hacia abajo y muchos de ellos juraron solemnemente  sobre las pantallas de sus tablets, que jamás se había visto una navidad más luminosa.


lunes, 19 de diciembre de 2016

La sed.



                                                                                 "Hoy vas a entrar en mi pasado..."
                                                                                                         Enrique Cadícamo.

Le había dicho al sargento de su escuadra que tenía que despedirse.
Era uno de los mayores y tenía experiencia en combate. Hizo valer esos antecedentes.
Su superior lo autorizó.  ¡Qué locura! No se sabe quién de los dos fue más boludo.
Andrés (de aquí en adelante se usará su nombre de guerra), se estaba preparando en una casa  operativa desde hacía varias semanas.
 Su misión era manejar uno de los camiones.
 A pesar de su compromiso, venía dando muestras de cansancio, de distracciones que ponían en peligro a los otros.
 Al principio demostraba carácter y animaba a los más jóvenes, pero últimamente se le acababa  la paciencia, la convicción; o tal vez no. Tal vez solamente necesitaba estar cerca de Luisa aunque fuera por un rato. Quién sabe.
 Lo cierto es que se acercó de noche a la casa de la calle Mitre, su casa, qué locura. Si sabía que los estaban acorralando. Sabía que estaban cayendo como moscas y que no todos aguantaban. Se les había ido la doctrina a la mierda. Tanto entrenamiento y resulta que no pasaban la primera noche sin largar todo. Había excepciones pero no eran muchas.
 Igual,  Andrés pidió ir a su casa, a ver a Luisa.
 Obvio que no era el único al que se le atragantaba el llanto antes de dormir.
¿Quién carajo habrá inventado la Navidad?
Fue con uno de los autos robados y con documentos falsos. Tenía tres juegos con nombres diferentes.
Manejó por calles solitarias para evitar puestos de control de la policía. Dio varias vueltas antes de estacionar. Tenía que estar seguro de que no lo seguían. Apagó el motor y esperó. Nadie por ningún lado.
Le pareció tan triste el barrio. O el triste era él.  En las reuniones sobre autocrítica le machacaban con lo de la moral alta. Le venían pidiendo demasiado.
Reaccionó y miró para el frente de la casa. Todas las luces apagadas.
Bajó del auto tratando de no hacer ruido.
Intentó abrir la puerta con su llave pero no pudo. ¿Habían cambiado la cerradura?
Insistió pero fue inútil. Se dio cuenta que lo empezaba a ganar la ira. Otra vez.
  Pero ¿para qué volvía si las cosas con Luisa estaban mal desde hacía mucho tiempo?  Últimamente no se podía controlar, se enfurecía y no dejaba de pegarle.
¿Qué tipo de cobardía le permitía  manejar un camión con explosivos y al mismo tiempo castigar a su mujer?  Se negaba a pensar en eso, como negaba el menosprecio por las mujeres de su grupo.
-Falta poco, compañeros. La ofensiva contra el enemigo será definitiva- había dicho uno de los comandantes.
Tenía que ver a Luisa.
Ella había escuchado el ruido de las llaves desde la cama. Su habitación daba a la calle y a pesar que hacía dos meses que su marido no andaba por la casa, siempre estaba alerta.  Le tenía miedo.  Al saberlo cerca se le despertaban todas las fibras del cuerpo que tenían memoria de los gritos, los insultos, los golpes. Esta vez estaba entera, no la iba a joder nunca más. Saltó de la cama a la cocina donde estaba el teléfono para pedir ayuda.
No obstante dudó. Aunque no tenía certeza  y no quería tenerla, intuía que él ya estaba marcado. “En todo caso va a ser una cuestión de tiempo”, se dijo a sí misma mientras dejaba el teléfono y cruzaba, descalza, el breve pasillo de mosaicos grises que separaba la cocina de la entrada.
-¿Qué querés?

-Luisa…yo…abrime -susurró el hombre.
-¿Para qué?
-Tenemos que hablar.

La mujer apoyó la frente en la puerta de chapa y se reconfortó con la frescura del contacto. La casita hervía bajo el cielorraso descascarado por el abandono.
Igual que ella.
Metíó la llave en la cerradura. Se maldijo por ceder otra vez. Sin embargo algo le decía que no iba a ser igual. El “Tenemos que hablar” que ya había escuchado tantas veces, sonaba más cansado. No era súplica, no. Las súplicas las conocía bien. El tono era definitivo. No le parecía arrepentido sino como derrotado. Si. Era eso. Parecía que él hubiera superado su propia miseria y  la ofreciera  en el altar de vaya a saber qué causa. Algo que iba más allá de ellos dos.
-Soy una pelotuda- pensó y giró la llave hacia la derecha.
Retrocedió un poco y él entró rápido. Quedaron frente a frente. Dos meses no es tanto tiempo, pero igual se examinaron con la mirada. El hombre le pareció más alto con sus pantalones de gabardina azul oscuro y una camisa del mismo color.”Parece recién salido de la fábrica” pensó ella.
“Parece una nena vieja” pensó él al verla más menuda,  en su camisón de linón con florcitas celestes  y de mangas acampanadas con puntillas.
Se habían conocido siete años antes en la fábrica textil. Luisa ya trabajaba en los telares cuando él ingresó. Los compañeros los empezaron a cargar de entrada y ella  no supo  si fue por eso o porque le gustaba cómo hablaba, la cuestión es que se empezó a fijar en él.
Cuando al poco tiempo, la invitó a ir al cine, Luisa ni lo pensó. “Vamos”, fue su respuesta. De ahí en más todo fue rápido. Andrés se mudó a la casita que ella había heredado de sus viejos.
A los dos años más o menos,  y a pesar de que no había sido fácil la convivencia, ella le insinuó lo del casamiento. Con el tiempo se reprocharía tanta ingenuidad, pero en ese momento le pareció que con la libreta en mano iba a empezar otra historia. Una mejor.
-¡Si serás burguesa…!-le había dicho con una sonrisa mientras le acariciaba el pelo.
Él le dio el gusto. Luisa todavía recordaba con cariño los preparativos del casamiento. La ilusión con la que había recorrido  la calle Azcuénaga de punta a punta para  comprar la tela del trajecito rosa que se hizo hacer. La cara de él cuando le consiguió el traje azul para ir al Registro Civil.  La única foto, colgada en la pared del dormitorio, con el peinado batido de ella y el pelo con gomina del novio, que le  mantenía las ondas rebeldes hacia el costado.
La situación cambió, pero no como Luisa lo había imaginado.
A finales de 1970, el clima en la fábrica estaba enrarecido. Habían entrado a trabajar  unos muchachos nuevos. Su marido los admiraba. Se reunía con ellos fuera del trabajo. Llegaba tarde a la casa, no le daba explicaciones. Ella se puso celosa al principio y lo hostigaba por eso. Él siempre había tenido mal carácter pero ahora la trataba con una impaciencia prepotente. Empezó a subestimarla, sobre todo cuando ella se mostraba reticente a escuchar sus argumentos que daban vuelta alrededor de lo mismo.
-Vos no tenés conciencia de dónde estás parada-Le decía con frecuencia pero sin acariciarla.
 Con el tiempo, él ya no le daba explicaciones de nada. Ni siquiera el día en el que ella encontró el arma y casi se muere del susto.
Cuando los echaron del trabajo, Luisa se desesperó. El marido no se inmutó. Por un tiempo siguió trayendo plata.  A veces pasaba muchos días sin volver a la casa. Si ella se ponía pesada, él terminaba la discusión con un buen empujón y vuelta a irse.
El día que la mujer amenazó con denunciarlo, recibió la primera paliza.
Ella lo había dicho por decir, por supuesto. Además no sabía a ciencia cierta en lo que estaba metido. No es que no tuviera indicios. Aunque no había terminado el secundario, tampoco era tonta. La cuestión es que no se quería involucrar más de lo que ya estaba.
Tenía que buscar trabajo.  Entró  en un taller de costura. Ganaba menos que antes;  no le importaba. Estaba ocupada y no dependía de él y sus largas ausencias.
Durante el último año y medio, había aparecido poco y nada.  La última vez que lo vio, tenía la cara curtida por el sol y con cortes mal curados. Estaba flaco y demacrado. El monte tucumano le dolía en todo el cuerpo.
Ella, envalentonada, lo recibió con un “esto no es un aguantadero”.
 Él  le contestó con un golpe tremendo, cobarde, incomprensible,  que la desparramó por el piso. Luisa volvió a sentir el miedo que nunca había perdido  y  cuando temió que seguiría la paliza, su marido simplemente se fue.
 Ahora volvía.
Entraron en la cocina. La mesa redonda y las cuatro sillas alrededor. El mantel de hule colorido. La pavita enlozada de color naranja. El hombre miraba como  si estuviera reviviendo un recuerdo querido. Comparaba este ambiente sencillo y cálido con las casas que servían de entrenamiento y refugio. Lugares impersonales de los que muchas veces había que salir trepando por los techos vecinos con lo puesto. No pudo menos que sonreír.
La mansedumbre de Luisa se adivinaba en el orden y en los detalles sencillos como la agarradera tejida al crochet. Esa maldita mansedumbre que lo sacaba de sus cabales y lo había enfurecido tantas veces.
Se sentó. Necesitaba empezar a hablar de lo que le estaba pasando. Sin embargo, un silencio incómodo se instaló entre ambos.
 Al rato él dijo como al pasar:
-No cambiaste nada por acá.
-¿Y qué querés que cambie? ¿Te parece que hay poco quilombo por todos lados? Doy gracias que me puedo mantener. El que quiere cambiar el mundo sos vos.- Luisa se escuchó a sí misma y casi no se reconoció.
Andrés bajó la mirada. No tenía ganas de seguirle la corriente. Se preguntaba qué era lo que había ido a buscar a esa casa que nunca sintió verdaderamente como suya. La pasividad desarmó a Luisa, quien estuvo tentada de abrazarlo. Un freno invisible hecho de rencor le impidió hacerlo.
Al final, apartó una silla y se sentó frente a él. Empezó a doblar con obsesión un repasador con motivos navideños.
El hombre sintió que todo era inútil y sin conciencia verdadera del momento que estaban viviendo, dijo:
-¿Sabés lo que más me jodía de todo?
-¿Cuándo?- respondió ella como desorientada.
-La sed.
-¿Qué? Bueno…-titubeó Luisa.- Tengo las sidras que me dieron en el taller por las Fiestas.  Abrimos una- Se puso de pie como si hubiera recibido una orden.
Aturdida, la mujer se acercó a  la heladera.
Una sirena lejana sacó al hombre de su letargo y le tensó los músculos de la cara.
El ruido se fue extinguiendo y entonces él le volvió a bajar  la guardia.
- Dame que yo la destapo.
Sirvió en dos vasos que ella puso sobre la mesa,  de esos baratos y  gruesos que se compran en los bazares de barrio, entre los escobillones y las palitas para la basura.
La sidra estaba dulce y fresca. Ellos la bebieron en silencio. Sabían que estaban firmando  una paz  debilucha y mentirosa.
-¿Y cómo…?-la mujer intentó iniciar la conversación.
-No va a durar mucho, esto no da para más.-Él la miró fijo como para obligarla a entender definitivamente. Deseó que ella le dijera “Si, ya sé, te entiendo y te admiro y acá estoy para curarte las heridas y te sostengo y sos el hombre que soñé y en vos están todos los hombres que van a salvar a este país. Yo estoy con ustedes en esto”.
En cambio, a ella le salió un: “¿Abrimos otra?”
 Y a él le vinieron  unas  ganas de putearla y de llorar, y otra vez como tantas veces tuvo el impulso de pegarle a ver si despertaba pero sin embargo se despachó con un: “Bueno”.
Siguieron tomando y a los dos los invadió una pesadez bonachona y un deseo de tocarse como antes.
 Sin embargo, se dejaron  estar en ese puro presente que los absolvía del pasado.
Descorcharon la tercera botella y ya era reírse de algún recuerdo que ni siquiera estaban seguros de haber vivido juntos.
El hombre miró el reloj de la pared: las tres de la mañana.
-Me van a fusilar- pensó y sonrió por la ocurrencia.
Se paró vacilante.
-¿No te quedás? Preguntó Luisa desde la confusión producida por el alcohol.
-No, te dije que va a pasar algo grande.
-¿Vas a volver?
-Claro- contestó pensando que tanta seguridad tal vez despertaría algo de emoción en su mujer.
-Entonces, brindemos por la vuelta…-Dijo ella.
-No;  brindemos por la victoria.
Se fue, como tantas veces. Feliz, como nunca.
Faltaban tres días para Nochebuena.
Luisa se quedó en la cocina mirando la mesa con las botellas vacías y los vasitos de entrecasa. Tuvo el impulso de ordenar todo como había ordenado  su mundo doméstico: la realidad del despertador a las cinco de la mañana, colectivo  lleno y a fichar. La vida que la había separado del tipo que vino a despedirse.
 No lloró, sin embargo.
 Tampoco lo hizo cuando el miércoles  24 de diciembre  buscó su nombre como loca en los diarios que relataban el enfrentamiento en el cuartel.
 Andrés, en cambio, mientras estaba tirado boca arriba, mirando el cielo oscurecido por el humo de Monte Chingolo, no pensaba en ella.
El ruido de los  huesos crujiendo al paso de los tanques no lo atormentaba tanto como la idea de terminar así, abrasado otra vez por la sed.