miércoles, 15 de abril de 2020




Si esto fuera lo último




    Yo vi morir a mi mamá. Fue un mediodía cualquiera de abril, mi mes preferido. No estaba enferma. O tal vez sí, pero se las arreglaba para hacerse la distraída, ponerse su jogging verde oscuro y salir a caminar por la plaza. Desde mi escritorio, en la planta alta de la casa que compartíamos, me bastaba girar la cabeza levemente hacia la izquierda para verla pasar presurosa. Le conocía el tranco por eso acertaba el instante en que volvía a pasar hasta completar las diez vueltas.  Ahora, si por un momento dejo de escribir para voltear la mirada, solo veo una foto de la peste: los árboles plegándose sobre sí mismos; las hojas abandonadas a su suerte; los toboganes embalados como si estuvieran de mudanza; las hamacas desmontadas. Inédita soledad de domingo por la tarde.
   Vivimos juntas toda la vida. O sea, la vida hasta mis cincuenta y cinco años. Ella estuvo sin mí veintiocho, lo que para los criterios de la época bordeaba el límite aceptable. Tal vez yo fui el resultado de su apuro. Quién sabe. Si hubiera llegado a los treinta sin ser madre, habría tenido que dar explicaciones. Con el tiempo anduvo por la vida sin pedir permiso, pero para eso hizo falta mucho sufrimiento. Y mucha valentía.  A mamá le gustaba que yo le prestara libros de cuentos y novelas piolas. Pero su género preferido era la poesía. Y si bien ella no se animaba a escribir ─que yo sepa─, las recitaba con el oficio de una actriz de radioteatro.
   Siempre estamos dando todo por sentado. Suponemos en contra de toda evidencia, que controlamos el microcosmos que nos habita, que la gente no se muere sin previo aviso, que las pandemias solamente ocurren en la tele. Si estas fueran las últimas palabras que voy a escribir, quisiera usarlas como testimonio de gratitud a mi madre y a Louisa M. Alcott. A mamá por el humilde montoncito de libros que había en mi casa, que no llegaba a ser una biblioteca, pero que me alcanzó para soltar amarras cuando era una nena escondida detrás de un par de anteojos. Y a Louisa por los diálogos crédulos y las escenas burguesas con alfombras y sillones mullidos que se colaban impertinentes en la prosapia fabriquera de mi barrio natal. Me explico. Yo no sabía qué eran las grosellas y no necesité verlas. De todas maneras me deleité con su aroma ácido mientras bullían mezcladas con el azúcar en la olla de cobre. Las vi deslizarse convertidas en una especie de jarabe, desde el cucharón hasta los frascos, chorreando y pegoteando el piso y las enaguas de la joven recién casada. Meg, una de las “Mujercitas”, lloraba desconsolada porque el dulce no tomaba su punto. Yo también lo lamenté. Y entonces decidí que urdir historias para que los lectores descubrieran otros mundos posibles sería un buen oficio para mí.
  Si me fuera concedido el don de burlar mis armaduras ─tan tiesas ellas─, combinaría las palabras, siempre esquivas, para celebrar el amor. También para romper el conjuro del miedo que me viene mordiendo el seso desde antes de nacer. Las usaría como un ariete para reírme de él. Justamente ahora cuando la muerte nos muestra los dientes desde las pantallas, negando los adioses y apilando gente en fosas comunes.
   Quisiera dejar escrito que hemos tomado nota del mensaje del universo. Eso de atar nuestra suerte a la del vecino, porque no fuimos concebidos para estar aislados. Tampoco para partir en soledad.
   Agradezco haber estado ahí.

miércoles, 18 de marzo de 2020


La guerra de las flores



    ─¿Cuánto hace que aparecieron los arbustos?─preguntó Belén Asturia, la bióloga designada para estudiar el fenómeno.
   ─Ni idea ─contestó el chofer con la vista fija en las curvas del camino.
   El personal del Parque Nacional había recibido la orden de replegarse. Los guardaparques destinados en los puestos cercanos al lago no querían irse. Estaban fascinados.
   El gobierno de la provincia había dispuesto que la policía facilitara la evacuación de la población. Muchas familias de San Martín de los Andes desistieron. No obstante, una caravana de micros ascendió por la ruta pegada al lago Lácar para transportar a los niños y a los ancianos. El resto de la población se atrincheró en sus casas. Evitaban por cualquier medio el contacto con el exterior.
  Unos días antes, las matas desconocidas habían brotado entre las piedras y sus tallos lechosos tejían mandalas delicados sobre la superficie de las rocas.  Unas flores carmesí completaban el ciclo de apenas unas horas. Un halo nutrido de mil hierbas frescas atraía a los insectos que morían al solo contacto con el polvillo suspendido en el aire. Los arbustos ponían en duda todo el conocimiento sobre la flora del lugar; de cualquier lugar.  Los turistas andaban desprevenidos ascendiendo por los senderos cuando se dieron cuenta de que lo que estaban observando no era normal. El afán por las selfies hizo que advirtieran tarde el colchón de insectos muertos que tapizaba el suelo. Primero se asombraron, luego huyeron en estampida cuando vieron a los primeros ratones que bajaban de las copas de los pinos. Los roedores les pasaban por encima de los pies para atiborrarse con los tallos fragantes.  A las pocas horas, todas las personas que habían estado en la montaña fueron internadas con el mismo cuadro: la piel se tornaba de un color gris ceniza, las piernas se aflojaban y empezaban a vomitar sangre. Los médicos tomaban muestras de los tejidos inflamados del aparato digestivo y estabilizaban a los pacientes, pero no sabían lo que causaba las hemorragias.  El hospital colapsó en un par de días.
  La Dra. Belén Asturia había vuelto hacía muy poco al país. Acababa de cumplir cuarenta años, pero no aparentaba muchos más de treinta. No era especialmente linda pero el detalle de su piel no pasaba inadvertido y las mujeres eran las primeras en notarlo. A diferencia de la leyenda de El Dorado con su lago y sus caciques cubiertos de oro fino, Belén parecía haber emergido de las aguas mansas del litoral, con el color del tabaco y la arcilla. Muy alta y delgada, mantenía su pelo corto y la sonrisa blanqueada hacía contraste con el tono castaño que resplandecía en su cuerpo. Con grandes aspiraciones para su carrera, ni siquiera lo pensó demasiado cuando recibió el llamado desesperado de las autoridades. Pero ahora que estaba en el terreno, donde le gustaba trabajar a ella, tomaba conciencia del gran lío en el que se había metido. La precariedad de medios la asustaba. Los mails iban y venían:
  “Necesito apoyo. Este es un fenómeno de proyección mundial y solamente tengo a mi disposición una camioneta y un chofer. Parecen no entender la gravedad de lo que enfrentamos”
  “Tomamos nota, doctora. El ministro está informado. Le pedimos discreción con los medios”
  Belén se instaló en la sede de la universidad. Se ocupó de recoger testimonios de las personas que habían caminado entre los matorrales. Creyó que la gente fabulaba o exageraba hasta que vio los primeros videos borrosos y confusos que algunos habían filmado con sus celulares. Los ratones desconocidos eran más pequeños que los colilargos, transmisores del hantavirus, pero a diferencia de estos eran de pelaje gris y tenían la panza de color rosado, parecido a la carne de las truchas que abundaban en los lagos. Se alimentaban de los tallos y las flores del arbusto que había colonizado en pocas semanas las laderas de las montañas, y amenazaba con asfixiar el casco urbano. Y luego de ingerir el alimento que crecía a raudales, los ratones se hinchaban hasta quedar tendidos. Desangrados. El espectáculo era asqueroso y preocupante. Nadie sabía qué tipo de gérmenes estaban siendo liberados al aire puro de la montaña. Durante el día, los restos de los ratones se pudrían al sol y al amanecer siguiente, vuelta a empezar. Los cuerpitos que no caían al agua, se superponían como capas geológicas palpitantes.
   “No puedo investigar desde un escritorio. Por favor, necesito apoyo logístico para tomar muestras. El ejército, si es necesario. Ya no hay margen para seguir esperando. Si no tengo novedades en 24 horas, regreso a Buenos Aires”  
    El capitán Fernán Míguez fue el primero en llegar con cincuenta efectivos a su cargo. Cumplía funciones en un regimiento de Junín de los Andes, una ciudad apacible, ajena a todo el desastre en torno al lago Lácar. Era un hombre joven, diplomado en química. De figura maciza, tan rubio que las cejas parecían canas. Los ojos muy chicos, presumiblemente celestes o tal vez verdes.  Tenía las mejillas invadidas por una rosácea pertinaz. Parecía un hombre pacífico, casi bonachón. Una especie de Papá Noel joven. Sin embargo, sus músculos trabajados por el entrenamiento arduo bajo el sol y el tatuaje de las costas sinuosas de Malvinas en el bíceps izquierdo, invitaban a muchas mujeres y a no pocos camaradas a imaginarlo desnudo. No estaba interesado en el protocolo ni las jerarquías. Católico ferviente, colaboraba en la Iglesia de Nuestra Señora de las Nieves. Todos los domingos, repartía hostias a diestra y siniestra. Después de la misa, junto a su mujer y sus cuatro hijos varones, caminaba dos cuadras hasta la costa del río Chimehuin, donde organizaba partidos de fútbol con los vecinos. Admiraba la imagen del Cristo que pendía del techo de esa Iglesia. Tal vez porque ahí, el hijo de Dios no estaba crucificado sino suspendido en el aire y en actitud de marcha. Ese Cristo no era un ser sufriente. Era un militante con los rasgos de la gente originaria, para más datos. Los modos y preferencias del capitán escandalizaban un poco a sus superiores. En otras épocas, no hubieran dudado en señalarlo como subversivo.  Pero otros vientos soplaban y el profesionalismo de Fernán Míguez así como sus cualidades morales y su patriotismo, le auguraban un futuro prometedor en las Fuerzas Armadas. La doctora Belén Asturia lo recibió en el laboratorio e intentó negar el impacto. No pudo. La gruesa alianza de oro en el dedo del capitán fue, de entrada, una piedra en el zapato.
  ─Doctora, tengo órdenes de asistirla ─dijo el hombre con voz firme, mientras le tendía la mano.
  ─ Me llamo Belén. Estamos retrasados, ya habrás visto la magnitud del problema.  Necesito recolectar muestras de plantas y animales y adecuar este lugar, no tengo idea a qué nos enfrentamos ─. Su mano descansó en la firmeza del hombre. Por un instante ella pareció frágil pero se recompuso y lo interpeló con la mirada.
  ─Cuente con eso ─Él giró la cabeza para tomar conocimiento del lugar y disponerse a dar las primeras órdenes.
  ─Gracias Fernán.
  Las personas internadas no mejoraban. Los médicos no podían explicar el daño de los tejidos del estómago y el intestino.  Los nuevos pacientes debieron ser trasladados en helicópteros sanitarios hasta Bariloche. El pánico hizo huir a los pobladores que aún quedaban. Se iban temprano, cuando todavía estaba oscuro para evitar el horrendo espectáculo. Llevaban máscaras especiales que cubrían la nariz y los ojos. El capitán Míguez organizó el cerco sanitario. En un par de días, solo quedaron operativos el hospital y la sede de la universidad. Estaban aislados.
    Belén se había armado una especie de escritorio para trabajar. También tenía un sofá donde dormía unas pocas horas. Una noche, mientras participaba en una video conferencia, de pronto perdió la conexión con internet. Sus puteadas se escuchaban desde la portería de la universidad donde había una cocina pequeña en la que había cenado Fernán con algunos de sus hombres. Los soldados ya se habían retirado a vigilar la ciudad para prevenir posibles saqueos. Él calentó un poco de leche y la volcó en un tazón.  Sacó una barra de chocolate de la mochila y la introdujo en la leche. La fue deshaciendo con la cuchara. Recordó la carita de sus hijos esperando la chocolatada en la mesa familiar. Sonrió. Se acercó al cuarto donde Belén seguía maldiciendo su suerte y golpeó la puerta.
   ─ Tomá, esto que te va a calmar ─le dijo.
   Ella se indignó. Hacía años que no aceptaba que ningún hombre le ordenara lo que tenía que hacer.
   ─Estaría calmada si no estuviera en esta mierda de lugar. ─Tuvo ganas de insultarlo pero bajó el tono. Él la había tuteado.
  El capitán seguía con el brazo estirado sosteniendo el tazón. El relieve de las Islas Malvinas tomaba vida sobre el músculo tensionado.
  ─Dale que se enfría.
  El chocolate caliente relajó las defensas de Belén. Mientras bebía, las lágrimas se amontonaron en las pestañas hasta deslizarse de a una por el satén de sus mejillas.  Lloraba a pesar suyo. Con impotencia, con vergüenza. Se abrazó a Fernán de manera impulsiva. La erección inmediata los sorprendió a los dos. Él reaccionó apartándose; ella, en cambio, se pegó a su cuerpo y cerró la puerta.
   Las amenazas de Belén hicieron crujir a la burocracia de la capital. Rodaron algunas cabezas inútiles. Se organizó un puente aéreo para transportar víveres, medicamentos y equipos. Los trajes de bioseguridad que enviaron eran similares a los que se habían usado para el tratamiento del ébola. El capitán y su gente acondicionaron una sala para recibirlos.
  ─Tenemos que salir, ya perdimos mucho tiempo ─insistía Belén.
  ─Vamos a ir solamente vos y yo. No quiero exponer a mis hombres.
  ─Necesitamos que nos ayuden a ponernos los trajes. ¿Sabés que hay un protocolo, no? ─dijo ella mientras se refregaba las manos con alcohol en gel por quinta vez.
   ─ Hace mucho participé en una misión de los Cascos Blancos en África. ─Con movimientos profesionales, él comenzó a manipular los equipos.
   ─No sabía, qué gran experiencia ─Ella pasó su dedo índice por el brazo de él. Notó que los pelitos casi blancos se erizaban.
   ─Hay muchas cosas que no sabés ─dijo él y le guiñó un ojo.
    Fernán tomó el traje enterizo hecho de un material laminado.
   ─Sentate.
  Belén Asturia obedeció como una niña buena.
    El capitán se arrodilló ante ella y la ayudó a calzarse las botas que formaban una sola pieza con el traje. Después le indicó que se parara y fue deslizando el resto del overol hasta los hombros. Subió el cierre.  Le puso la cofia. Tomó el barbijo especial sin contactar la parte interna y deslizó el elástico hacia atrás de la cabeza. Estuvo tentado a besar, otra vez, la exquisitez de esa nuca.  Tragó saliva. Por un momento la turbación le hizo dudar cómo seguir. El ingreso del Teniente Platz, su segundo en el mando, lo devolvió a la realidad.
  ─Yo termino, capitán.
  Fernán le dejó su lugar, aliviado. Platz ayudó a Belén a calzarse el primer par de guantes. Los deslizó por debajo de las mangas. Después le puso el segundo par, de un material más grueso y cubrió los extremos con cinta adhesiva. Por último, le colocó las antiparras y la máscara de protección facial. Ella le agradeció levantando los pulgares. El teniente repitió el procedimiento con Fernán. Cuando ambos estuvieron listos, fueron trasladados hasta el camino que se abría de la ruta y subía a la montaña. A partir de ahí, eran ellos dos y la posibilidad concreta de enfermarse o dilucidar el asunto del arbusto que alimentaba a los roedores que nadie había visto antes.
  Era la hora de la mañana en que el aire es fresco. Ellos no lo sentían, protegidos en el aislamiento de sus equipos. Caminaron un kilómetro hasta el mirador. Los techos a dos aguas de las casas, los árboles, los rosales de las veredas, todo formaba parte de una postal feliz. Difícil era abstraerse de esa visión pacífica y adentrarse en el bosque infectado. Ambos sentían una aversión profunda. Siguieron. A medida que ascendían, el temido polvillo rojo era un aura siniestra que esperaba por ellos.

   Fernán se adelantó por un sendero empinado dejando atrás a Belén. Se subió a una roca y miró en todas direcciones como buscando algo. Caminó hacia lo que parecía una cueva en la pared de la montaña.  Se detuvo, con un gesto muy firme se sacó la máscara de protección y la tiró al piso. Hizo lo mismo con el barbijo y las antiparras.
  ─¡Qué estás haciendo, estás loco? ─Belén, aterrada le gritó desde varios metros más abajo.
    Semi oculta en la entrada de la cueva había una mujer vieja. Estaba sentada en un tronco tumbado por un antiguo incendio. Tenía una vincha de tela rematada en la frente con una especie de moño con muchos pliegues, como el de los ramos de flores que venden en los puestos de la ciudad. Vestía unas polleras amplias y una camisa colorida. Un delantal azul con voladitos blancos cubría el conjunto. Si no hubiera sido por el broche de plata labrada que sujetaba una capa de lana negra, habría parecido una pastora más. Su sonrisa desdentada era un hoyo oscuro. Acariciaba un ratón aterciopelado. El animalito pugnaba por huir de sus manos bulbosas.  La Machi estaba esperando a Fernán desde el alba.
    ─Lindos disfraces, m’hijo ─dijo la vieja con sorna─. Como pa’l Nguillatún
  ─¿Así que todo es cosa tuya? ─preguntó Fernán con total naturalidad.
  ─Mía no. Vos no cumplís tu palabra y los espíritus pidieron un escarmiento. Soy la Machi y hago lo que me dicen. ─Los ojos nublados de la vieja ignoraban al capitán.
─Estoy de tu lado.
─Entonces hacé tu parte. Queremos que nos devuelvan lo nuestro.
─ ¿Machi? ¿Qué pelotudez están diciendo? ¡Contestame! ─Belén interpelaba a Fernán pero no se animaba a acercarse.
─ M´hija, nuestros dioses saben lo que sufrimos. Nos amontonan, nos matan….se creen poderosos pero un yuyito nomás y quedan patas pa´ arriba . No se juega con la gente de la tierra. Es un aviso. Deciles eso vos ─Lo miró fijo a Fernán.─ No nos vuelvas a fallar.
  La chamana dejó ir al ratoncito de panza rosada amorosamente, como si nada en el mundo fuera más importante. Luego tomó un cacharro del suelo y bebió un líquido verde, como savia nueva. Lo escupió con fuerza y un arco iris atravesó las gotitas del brebaje que se fue depositando sobre la vegetación rala. Sacó un pañuelito de la manga y se limpió los labios con delicadeza.  Se puso de pie, dio unos pasitos cortos y se mimetizó con la densidad vegetal del bosque. Le cubría las espaldas un séquito de abejas zumbonas, hartas de néctar.
   La doctora estaba atontada, pero la parte entrenada de su cerebro reaccionó rápido.
  ─¿Por quién me tomaste? Exijo una explicación. Te voy a denunciar ─la voz de Belén se oía distorsionada por el equipo y por la rabia. Se abalanzó sobre Fernán.
  ─Vos no vas a denunciar nada. ─La tomó del brazo y la zamarreó con violencia─. Vas a tomar muestras. ¿No viniste a eso? Y después veremos. El informe va a decir que la anomalía se debió al arsénico que usan las mineras. ¿Entendiste? Vas a escribir que las empresas son las responsables, que están envenenando la tierra y el agua. ¿Está claro o te lo tengo que repetir? ─La empujó y ella cayó al piso.
  La doctora Belén Asturia permaneció en el suelo. Aturdida. Hubiera sido fácil para Fernán arrojarla al vacío. Ella entendió que él la necesitaba y decidió seguirle el juego. Se levantó; la hostilidad del hombre era una mochila sobre su ego.  Con gran dificultad, tomó muestras de los pocos arbustos tóxicos que se pulverizaban al contacto de sus guantes. No encontró ningún resto de roedores.
   ─¿Soy tu prisionera?
   ─No seas imbécil.
   Al volver a la ciudad, recibieron el parte diario del hospital. Los enfermos empezaban a mejorar.
  ─¿No te lo dije, linda?─le susurró él al oído─ El problema son los gringos. Vienen por todo y no vamos a aflojar. ─Con gran solemnidad, agregó─  “ Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” Romanos 8: 31.
   ─Salí de acá, loco hijo de puta.
   Los médicos no podían explicar la repentina mejoría de los pacientes.  Las laderas volvieron a cubrirse con el amarillo de la retama. Las matas de lupinos irrumpieron con sus azules y sus lilas. Belén tampoco podía explicarlo. De regreso en la sede de la universidad, Fernán le quitó la computadora.
    ─Te voy a dictar lo que quiero que escribas. Después lo disfrazás con tus palabras difíciles de doctorcita. ¡Pero que quede bien claro que los culpables son los extranjeros que se llevan nuestros minerales!
    ─ Eso no va a suceder. ─Los ojos de Belén brillaban con malicia─. Cuando puedas, mirá el videíto que te acabo de mandar y después hablamos. Tené cuidado que no lo vayan a ver tus hijos.
  El capitán, incrédulo, encendió su celular. Las venitas rojas formaron laberintos abigarrados bajo la piel de su cara. En la pantalla y en primer plano, su brazo tatuado retenía a Belén contra la pared de la habitación. Sus cuerpos  unidos subían y bajaban plácidos, gozosos, como una marea tranquila que se hizo estruendo de sal y sudor cuando, entre gemidos, se deslizaron hasta el piso del cuartucho.
  Él quedó inmóvil, procesando el golpe. Ella tomó el control.
  ─Esto se resuelve así: vos firmás mi informe, a no ser que quieras que se haga viral nuestro encuentro ─La voz de la mujer había cambiado, era fría y desafiante─ ¡Vamos mi amor! ¿Cómo podés tener trato con una vieja pordiosera? No me voy a gastar en discutir. Allá vos. Que te quede claro que lo que provocó este desastre fue un virus.  Lo acabo de inventar. Y da la casualidad que yo trabajo para el laboratorio que tiene la vacuna. Un porcentaje de la patente es mía, así que nos vamos a concentrar en agitar el miedo. Este brote se puede repetir en cualquier parte, en cualquier momento. Y la próxima vez será letal. ¿Ok?
   Durante la ceremonia oficial, la esposa de Fernán, una pelirroja regordeta, moqueó cuando el Presidente de la Nación condecoró al marido por su eficaz desempeño en la crisis.  Los cuatro hijos del matrimonio, cansados de los discursos y con los pies doloridos por los zapatos nuevos, se molestaban entre sí y reían por lo bajo.  A la doctora le ofrecieron un ministerio.
  Luego de la entonación del Himno Nacional, se sirvió un vino de honor y todos brindaron por la patria.


 
 
 
 
 


 



domingo, 5 de enero de 2020


El mejor día de Reyes






   El ministro llegó tarde al consultorio. No escuchó las razones de Gladys, la secretaria, y exigió que lo atendieran. La psicóloga lo hizo pasar.
   ─Muy bien, recuéstese por favor. En el sofá.
   ─Gracias.
   ─¿Por qué quiere iniciar terapia?
   ─ Los amigos opinan que estoy algo agresivo. Como Ud. sabrá, acabo de hacerme cargo de ministerio del Interior.
   ─O sea que vino contra su voluntad. ─La psicóloga se puso los anteojos─. Le voy a pedir que se relaje unos instantes y me diga cómo se siente.
   ─Con poco tiempo, imagínese.
   ─Por supuesto. Hábleme de su infancia.
   ─¿Qué parte?
   ─Lo primero que recuerde.
   ─No tengo grandes recuerdos de mi infancia. Bueno, no sé, lo normal. ─El hombre empezó a moverse, nervioso.
   ─¿Qué piensa Ud. sobre la opinión de sus amigos?
   ─¿ Sobre mi supuesta agresividad? ¡Exageran! Confunden firmeza con maltrato.
   ─¿Se sintió maltratado alguna vez?
   ─Nunca. Estoy agradecido por la educación rigurosa de mis padres.
   ─Hábleme de ese rigor, pero antes practiquemos dos o tres respiraciones profundas. Yo le muestro. ─La mujer dejó la libreta de notas y apoyó las manos en su abdomen, que subía y bajaba al paso del aire─.
   Al cabo de unos minutos el ministro, que la había imitado de mala gana, cerró los ojos y comenzó a hablar.
   ─Una vez, un 6 de enero… Sí, ahora me acuerdo, tal vez haya sido el día más feliz de mi vida. Estaba con mis padres en la chacra de San Pedro, como todos los veranos. Me levanté  temprano para buscar mi obsequio. El día anterior había dispuesto todo para los camellos. En vez de pasto, corté una gran cantidad de  espinacas y lechugas de la huerta porque creía que era más apropiado y también porque era más fácil que arrancar el césped duro del parque.  ─Se produjo un silencio grave, incómodo. Sin embargo, el rostro del hombre irradiaba una paz profunda. Por fin abrió los ojos y continuó─. Los reyes me hicieron el mejor regalo para esa ocasión. Sobre mis zapatitos de charol  negro, había unas cuantas herramientas de labranza. Pasé toda la mañana carpiendo la tierra, cortando las malezas, en fin, reparando mi falta. Recuerdo que el sol del mediodía era un taladro caliente que me perforaba la nuca. El viento seco del oeste se colaba en mi boca llenándola de tierra.  No pedía agua porque sabía que era inútil. ¡Qué fortaleza, qué temple! Me sostenía la mirada justa y amorosa de mis padres que tomaban limonada bajo la sombra del tilo. De pronto, el cielo se cargó de una humedad densa que venía barriendo el horizonte desde las costas del Paraná. Y cuando el firmamento parecía a punto de reventar, las nubes se abrieron mansamente para dar paso a un haz de luz radiante. Por una escalera celestial vi descender a Gilberto de Nantes, el santo decapitado. Lo reconocí gracias a la devoción de mi abuela materna que me obligó a aprender de memoria el Martyrologium Sanctum. El buen Gilberto se acercó a mi y me aporreó con la mano libre ─la otra sostenía su cabeza─ hasta desmayarme.  Entre nosotros, yo nunca creí la versión del médico que atribuyó la gloria de ese día a los efectos de una vulgar insolación. ¡Por favor! Qué buenos tiempos, doctora, cuánto se lo agradezco. Se nota que Ud. es una gran profesional. No de esos que le meten cosas raras en la cabeza a sus pacientes. Una verdadera defensora de los valores de la familia, la patria y la propiedad.
   ─Bien, terminamos por hoy ─dijo ella.
El ministro se puso de pie y haciendo una gran reverencia, le besó la mano a la psicóloga. Luego salió con aire triunfal.
   La mujer esperó a que cerrara la puerta y se comunicó con su secretaria.
   ─Hola,  entretené al paciente que acaba de salir mientras me comunico con el Dr Ordóñez.
   ─¿El director del hospital neuropsiquiátrico?
   ─El mismo.
  Cuando estaba a punto de hacer la llamada, notó que no había apagado el pequeño grabador que usaba en sus sesiones. Se sacó los anteojos y  mordisqueó la punta de una de las patitas. Volvió a llamar a su secretaria.
   ─Gladys, dale un turno al ministro para la semana que viene y dejalo ir.
   La psicóloga se reclinó en el sillón mullido y sonrió. El audio de la sesión era más valioso que el oro en polvo y a ella no le gustaban los políticos.
  










jueves, 31 de octubre de 2019


Último adelanto de mi libro antes de la presentación el 2 de Noviembre a las 16 hs en Islas Malvinas 2982, San Andrés.


miércoles, 9 de octubre de 2019

sábado, 10 de agosto de 2019

.: Entrevistas: Graciela De Mary : “ Escribir fue una...

.: Entrevistas: Graciela De Mary : “ Escribir fue una...: Es de San Martín desde siempre…Tiene un blog que se llama “Desde el Conurbano” en el que figuran algunos de sus cuentos. Graciela pre...

El portal de Nicasia
 Empezaron sacando los toldos, y los negocitos cercanos a la estación se afearon hasta morir de la vergüenza. Luego fueron por el puesto de tortilla asada, que se obstinaba en aromar la vuelta a casa de los changarines.
   Cuando los inspectores grises y los policías azules le leyeron a doña Nicasia sus ordenanzas impías, ella dejó de tejer, levantó la manito bulbosa como el jengibre,  y les señaló la línea de la vereda. Sus bolsas, fragantes de limones y especias, ocupaban un portal estrecho al que no llegaban las leyes del municipio.
   ─Compremé unos ajitos ─.El pregón de la señora se pegó a las orejas de los hombres que se fueron bufando de la rabia