sábado, 4 de noviembre de 2017

PASO A SALUDAR



Cuando era chica quería ser astronauta. Acá estoy, por fin, apreciando la curvatura del planeta.
Una vez, hace mucho tiempo, sentada sobre una roca en el borde del lago Nahuel Huapi, había vivido algo parecido a esta felicidad que tengo ahora. Ni siquiera puedo sentir pesar al recordar a  mis hijitos llorando bajo la mesa de la cocina. Ahora sé que a ellos también les llegará la recompensa de sentirse disparados hacia arriba,  livianitos.  Es cuestión de tiempo. Después de todo, no fue tan doloroso. Supe que la cosa no venía bien antes de preparar la cena. Era fin de mes y no me quedaba casi nada para cocinar.  Lo de siempre: papas y cebollas. Le pedí tres huevos a la vecina. Pobre, más tarde la vi vomitar en el umbral de mi puerta. Le pedí los huevos para hacer una tortilla. Yo sabía. Como sea, a mí la tortilla me sale bárbara, pero a él no le gusta. Y yo lo sabía y la preparé igual.” Tomá la tortilla”, le dije. Y él que agarró el plato del borde, como para no ensuciarse y  me apuntó a la cabeza y lo estrelló contra la pared. Lo esquivé como pude. Mis hijitos se   quedaron paralizados mientras la comida se mezclaba con  los colgajos de pintura vieja. Por experiencia, ellos sabían que la situación se iba a poner peor.  Se escabulleron debajo de la mesa con la ilusión de hacerse invisibles. Abrazados.  Me quedé parada y él que esperaba  que yo saliera corriendo  como siempre y en vez de eso le grité “¡Pegame maldito hijo de puta! Si, ya cumplí los cuarenta,  por qué no te vas maldito!” .  Al principio dudó como si no entendiera la situación pero enseguida yo vi  cómo se encrespó de rabia el fuego verde de sus ojos.  Me tiró de los pelos y entonces agarró la sartén de hierro con la mano libre. Entró a darme golpes en la cabeza y me abrIó el cuero cabelludo y vi volar por el aire un mechón rubio. Sentí el filo de la sartén contra el hueso  pero no me dolió en el momento porque  me invadió  una conmoción en todo el cuerpo, como si estuviera en medio de  un choque de trenes. Trastabillé. Caí. Desde el piso escuché los alaridos de mis chiquitos mientras él me pateaba la espalda. Una gelatina púrpura salió de mi nariz. La  sangre me atravesó  todos los sentidos hasta ahogarme.
Ahora ya puedo  ver toda la tierra. El silencio es delicioso. Los colores también. Las luces del hemisferio norte son un espectáculo magistral comparadas con las del resto del mundo. Hay un resplandor especial sobre México que me atrae. Parece que son miles de velas. Una caricia para el alma. Siento que me quieren. Yo nunca estuve ahí, sin embargo muchas personas rezan por mí en este mismo instante. No puedo irme así, sin saludar. Quisiera expresarles mi gratitud.  Después de todo ya no tengo ninguna urgencia. Desciendo. La ciudad  entera desfila por una avenida. Los niños piden a los gritos calaveras de azúcar. Hay altares por todos lados con flores y comida. Las mujeres visten unas blusas bellísimas. Me mezclo con ellas. Los coágulos  sanguinolentos que salen de mi oreja son bien evidentes, pero asustan menos que algunas de sus máscaras.




lunes, 30 de octubre de 2017

Jesús de los cardos



 Jesús sabía obedecer. Por eso, aunque  le ardían los ojos, siguió vigilando cualquier movimiento más allá del río.
 Ya no había malones, pero nadie estaba seguro. Madame Odette temblaba de miedo cuando escuchaba galopar, y a la señorita Claire se le cerraba el pecho y a todos les entraba un susto de muerte.
Don Gaspar Arrieta, el dueño de la estancia “Los espinillos”, iba y venía secreteando  con los otros hacendados de la zona. “Todo está perdido” le habían escuchado decir los peones más viejos.  Jesús siempre andaba entre ellos. También era un peón, pero los patrones lo distinguieron con un trato casi familiar, cada vez más distante a medida que se hacía hombre.  A él lo habían encontrado acurrucado al pie de un algarrobo cuando todavía se llamaba Quenicó.  Calcularon que tendría cinco años. Al principio lo creyeron muerto porque ni siquiera intentaba espantar las moscas que lo cubrían. Había corrido durante dos días enteros. Tenía su carita de niño y los brazos lastimados  por la paja brava. Los abrojos se le mezclaban con  la sangre  de las heridas  formando coágulos morados. Hijo de un capitanejo pampa y una cautiva,  Quenicó, había escapado de la toldería durante el ataque de los huincas. El chico debía su nombre a los ojos celestes que endulzarían luego los rasgos duros del rostro. La herencia gringa de su madre denunciaba mansamente la ignominia de la esclavitud.
 Para Madame Odette, joven y recién casada con el patrón, el niño fue un motivo para no morirse de pena tan lejos de Paris. Lo cuidó como a un hijo, pero eso duró solamente un año hasta que empezó a parir a los propios. Después desterró su identidad. Lo hizo bautizar con el nombre de Jesús y lo entregó a las indias que servían en  la cocina. El chico creció en los límites de la provincia,  arreando el ganado de los primeros estancieros de la zona.
En esos años fueron naciendo los hijos de Don Gaspar y Madame Odette.  El primero murió en el parto. Luego, dos varones aseguraron la continuidad del apellido. Por último nació la niña Claire.  Siempre estaba enferma, las pocas veces que se sentaba en el sillón de  la galería, su madre la rodeaba de almohadones y le leía historias en francés hasta que el aire  se ponía fresco y empezaba a ahogarse entre silbidos. Jesús la vio hacerse mujer desde lejos. Se aprendió de memoria el canela de su cabello, sedoso como las cintas que apenas lo sujetaban.
 Igual que los lirios blancos cultivados por Madame Odette, la joven era el milagro de la pureza en medio de la llanura feraz.
 La casona de la familia Arrieta era sólida y sin grandes lujos, como la noble sencillez del campo. Se destacaban los muebles oscuros que le daban un aire de severidad al comedor. La cocina se construyó separada de la casa principal. El techo y la paredes estaban tiznadas por la falta de ventilación y desde el amanecer las criadas preparaban el mate con galleta para los hombres que salían a trabajar temprano.
Jesús, fiel a su naturaleza mestiza, a veces se sentía afortunado y a veces resentido. Pero una vez fue feliz;  pendiente como siempre  de  la leve  presencia de Claire, una mañana de verano la vio a lo lejos volviendo de un paseo en bote  por la laguna con su madre.  Los camalotes les impedían acercarse a la orilla. Entonces él no dudó, se metió en el lecho barroso  y con el agua al cuello, empujó la pequeña embarcación hasta la tierra. La risa de ella fue como el tintineo de cien campanitas de plata juntas. Mientras le daba la mano para ayudarla a bajar, Claire le sonrió.  Jesús guardó el “gracias” de la muchacha en cada célula de su cuerpo. Desde ese entonces, sus insomnios fueron como espacios de luz en la oscuridad del rancho.
Durante la primavera de 1839  los ganaderos de la zona estaban arruinados.  No tardó en gestarse una conspiración. Entre sospechas mutuas se  organizó la rebelión contra el gobierno. Don Gaspar se comprometió en ella. No tenía ninguna experiencia en el ejército  así que contribuyó con armas y con su gente. Ya fueran criollos, indios o negros, la peonada no tenía opción.
 Las noticias falsas iban y venían. Las lealtades se ponían a prueba y la delación circulaba por ambos bandos.
Los hacendados que encabezaban el movimiento se prepararon para la lucha. En la estancia de los Arrieta, solamente quedaron las mujeres y un puestero armado. Los objetos de valor ya habían sido guardados en dos baúles.
 A Jesús, joven y buen jinete, lo pusieron al frente de una partida que debería unirse a los sublevados.  Una madrugada le ordenaron salir.  En el trayecto se fueron sumando hombres de otras estancias. Una columna leal al gobierno que venía desde Azul, les cortó el paso. Los gauchos sucumbieron ante la embestida de los soldados y se dispersaron. Jesús los reagrupó y ordenó la marcha hacia la laguna grande donde el grueso de las milicias rebeldes se preparaba para la batalla definitiva.  La superioridad de los soldados profesionales se impuso desde el principio. Uno de los jefes de la sublevación cayó muerto enseguida. Ahí nomás, le cortaron la cabeza. La novedad se expandió como un aliento envenenado. A partir de entonces, Jesús solamente pensó en escapar.  Lo espantó la idea de  los degüellos. Pero más lo aterraba imaginar las represalias contra las mujeres de la estancia. Le latía en las sienes la imagen de las enaguas desgarradas de Claire. Aprovechó la confusión y se escondió. Cuando pudo galopó como un demonio hacia  “Los espinillos”.  En su retirada  se topó con un milico que le abrió el muslo de un lanzazo. Él soportó el dolor de la carne desgarrada   y siguió  huyendo. Pronto se dio cuenta de que era inútil. El pelo del caballo se tiñó al contacto tibio con la arteria cortada de su pierna. Loco de dolor y debilitado por la sangría, se desplomó sobre una franja de  cardos  que bordeaba el camino y expiró malamente.
 El mismo sol que lo torturó hasta el final, golpeaba de lleno la cubierta del  barco que esperaba en la bahía de Samborombón a  los estancieros derrotados para llevarlos a Montevideo. La familia de Don Gaspar fue la primera en subir a bordo.
 Pocos días después, se anunció el indulto para los paisanos que habían participado en el levantamiento.  Todos aclamaron vivamente al Ilustre  Restaurador de la Leyes.






lunes, 11 de septiembre de 2017

UN DIARIO PARA YAMILA




Día 1.
 Hoy salimos muy temprano. Desde Buenos Aires hacia el oeste, atravesamos la provincia de La Pampa por el “Camino del Desierto”.  No tiene que ver con el Sahara o algo así. Le pusieron ese nombre pero nunca estuvo despoblado. Pienso en la forma de vida de la gente antes de que los corrieran y los mataran. Pienso en las mujeres que llevaron  a servir en las casas ricas de la ciudad y en los hombres que fueron a morir lejos, en la isla Martín García. También pienso en los gringos atacados por los malones. En fin, me enfoco en el paisaje. La vegetación es chata y de un color verde pálido. El horizonte es perfecto y pudimos ver una tormenta viniendo de lejos. Impactó con furia en el parabrisas. No sentí nada de miedo, al contrario, disfrute total. Hacia el atardecer llegamos al hotel “del cruce” donde paran todos los que se aprestan a entrar en la Patagonia. Parece de otra época, cuando no se mezquinaban materiales nobles. El clima es familiar a pesar de que los pasajeros raramente pasan más de una noche aquí.



 La pareja  se registró en la recepción.   No habían almorzado, así que fueron los primeros en entrar al comedor para cenar.
 -Hay parrillada. ¡Qué suerte qué tenés!-la mujer le hablaba en tono burlón.
-Mirá todo lo que hay para vos- él le señaló una mesa rebosante de ensaladas -¿Estás muy cansada esta noche, no?
-¿ Y a vos qué te parece?
-Entonces voy a pedir vino.



Dia 2.
 Salimos de la Pampa y entramos en Río Negro. La aridez va cediendo y cuando nos acercamos a los grandes ríos,  se empiezan a ver plantas y arbustos que forman manchones verdes en las orillas; hay árboles altísimos que enmarcan las plantaciones de fruta.  Llegamos a Bariloche y nos sofoca el aire con cenizas volcánicas. Se acumulan sobre los techos de tejas afeando los colores. Nos entristece la gran nube gris que desdibuja las marquesinas de los negocios y arruina los jardines.



 Dejaron sus valijas en el hotel céntrico y caminaron por la avenida pegada al lago.  Se acercaron a la orilla. El hombre se puso a tirar piedritas al agua. Ella se sentó sobre una roca aplanada y dio gracias a Dios porque no había ningún chico cerca. No quería que la distrajeran. Necesitaba absorber el momento para poder escribir las sensaciones más tarde. Era su manera de sostener el viaje.
-¿Volvemos al hotel?- dijo el hombre cuando se cansó de tirar piedras.
-Volvé vos. Yo voy a ver si encuentro el negocio donde vendían los duendecitos que le gustaban a Yamila -se levantó y enseguida cruzó la avenida.
 El marido la quedó mirando sin tiempo para reaccionar.



Dia 3:
 Nos fuimos de Río Negro y entramos en Chubut ansiosos por llegar a Cholila. Es una pequeña ciudad de calles anchísimas y casi solitarias. En las afueras está  la posada  que es como un oasis. El comedor, revestido en madera, tiene un ventanal que se abre a un jardín cuajado de rosas.  La  cocina es enorme y ¡tan acogedora! Todos los ambientes están  llenos de luz. La comida, exquisita. Jamás probaremos un dulce de cerezas tan rico como el que nos sirvió  la Sra. Lidia.



-Vamos a entrar al Parque Los Alerces por acá- el hombre desplegó el mapa después de correr la taza y los platos del desayuno.-la encargada me dijo que es el mejor acceso.
-ah, qué bueno-ella siguió mirando por la ventana.
-¿No te importa, no?-él guardó el mapa y con amargura le preguntó-¿Para qué vinimos?
-Porque nos gustaba viajar.



Día 4:
Hoy  Paseamos por el Parque Nacional Los alerces. Desde la entrada se accede a un camino que bordea un lago de color azul con una playita protegida del sol por la sombra de los alerces. El parque es tan enorme que es muy fácil encontrar privacidad. Hay cientos de otros árboles identificados con unos cartelitos diminutos. No tenemos ganas de detenernos a leer. Igual agradecemos su frescura.



 Estacionaron a orillas del lago. Bajaron las sillas plegables y extendieron una lona. La mujer se puso a leer enseguida. El hombre se tomó su tiempo para apreciar el silencio y los perfumes del aire.
-¿Qué loco no?-él hablaba bajito.
-¿Qué?
-Estar acá, en este paraíso, comiendo atún de la lata.
-Bueno, en el paraíso debe haber de todo-ella sonrió con calidez, dejó de lado el libro y le sirvió gaseosa en un vasito de plástico.
El marido se dio por satisfecho. Pasaron el resto del día intercambiando cortesías en el marco verde profundo del parque



Día 5:
 Volvemos a cruzar la Patagonia. Esta vez desde los Andes al mar. Ahora sí, la estepa se abre y expone toda su soledad. No podemos menos que admirar la entereza que se necesita para vivir aquí.  Los colores de la tierra van desde el marrón al ocre y el amarillo. No hay árboles, solo arbustos bajos. Las estaciones de servicio de esta ruta son como las fuentes de agua que todavía existen en Roma para saciar la sed de los peregrinos.  Íbamos con la nafta justa.  Llegamos a Gayman con alivio. Seguramente a los galeses les pasó lo mismo, aunque ellos no llegaron en auto., Nosotros disfrutamos el resultado de sus esfuerzos. Lamentamos llegar tarde para la hora del té.



-Qué lindo vivir acá-la mujer bajó del auto.
-No sé, mucha quietud para mi gusto- él hombre estaba feliz de estirar las piernas.
-En Buenos Aires, la gente no te deja pensar.
- Uno puede pensar en cualquier lado.
-No. Yo necesito esto para pensar en Yamila. La gente no entiende…y yo…me canso de escuchar y de suponer-la mujer caminaba por la avenida principal de Gayman mirando el piso.
-Nosotros  tenemos que  pensar en cuidarnos, nada más-el hombre la tomó del brazo para cruzar.
Entraron en la hostería en la que iban a pasar esa noche.



Día 6:
 Partimos de Gayman con el objetivo de llegar al mar. Las Grutas nos recibió con el ajetreo de un balneario en lo mejor de la temporada.  Nos animamos a un hostel ¿Por qué no? Como no es precisamente barato, no hay tantas diferencias con un hotel convencional. Lo que no es convencional es la costa. El mar va y viene con libertad creando dos paisajes totalmente distintos.  Por la tarde la marea baja y queda al descubierto una enorme superficie de roca y arena. Todos vamos migrando con el equipo playero a cuestas.


-No parece una playa argentina-dijo ella.
-Es cierto, pero lo es. Por lo visto, tenemos playas para todos los gustos. ¡ La Argentina no termina en Buenos Aires!-el hombre se entusiasmó con la posibilidad de una buena charla.
- Tenés razón. A mi me gusta la energía de las olas y del viento del sur. Prefiero este aire fresco al  aire caliente del Caribe.
-Vos estás loca-dijo él sonriente.
-¡Me encanta venir a la playa con el mate y  la campera!-los ojos de la mujer brillaron por un instante fugaz. Enseguida se nublaron con el recuerdo de otras imágenes.
 El marido supo que debía cambiar de tema.
-Volvamos temprano, me prometiste que esta noche me vas a  acompañar al casino.



Día 7:
 Dejamos la Patagonia. Encaramos la ruta de sur a norte y recorremos la “patita “ de Buenos Aires, pegados a la costa. Los campos sembrados van pasando uno detrás de otro. Kilómetros de alambre. La llanura, si bien monótona, nos brinda la seguridad de lo conocido. Entramos a  una localidad surcada por los camiones de carga que van perdiendo granos por la calle.  Como al final del camino, el balneario de Reta nos espera con sus playas salvajes a las que cuesta llegar caminando. Los médanos son muy altos. Hay un animalito-no tengo idea a qué especie pertenece- que está cavando una cueva en la arena. Solamente se ven sus patitas armando remolinos entre unos yuyos. Acá no hay asfalto ni centros comerciales. Es un lugar ideal.



-Me gusta este hotel, es muy aristocrático ¿no?-l la mujer iba subiendo por la escalera y acariciaba la suavidad de la baranda. Todo estaba impregnado con el olor del  lustramuebles.
-Parece muy tradicional. Está bueno para descansar unos días antes de volver a casa-el marido abrió la puerta de la habitación y dejó las valijas en el piso.
-Sí, necesito descansar.



Último día.
Querida hija: Hasta acá llegué. Creo que te va a  gustar el estilo de mi diario. Me inspiré en vos. Estuve pensando y creo que es lo mejor que te puedo dejar. Lo escribí porque  tengo la esperanza de que vuelvas. Y espero que regreses y no que “te encuentren” porque no me cabe en la cabeza esa posibilidad. Últimamente me gusta pensarte en alguna sierra, tal vez Córdoba, siguiendo el curso de un río transparente; o pedaleando por la calle de un pueblo despoblado al que ya no llega ningún tren. Te criamos en libertad y así quiero recordarte. También el mío es un acto que me libera del infierno de tu desaparición. Ojalá me perdonen.



El hombre se despertó tarde. Se levantó y esperó que la mujer saliera del baño. Le llamó la atención ver sobre la mesita de luz el cuaderno de tapas duras en  el que ella escribía. Siempre lo guardaba en la mochila. Siguió esperando hasta que golpeó tímidamente la puerta. Nada. Entró. Ella no estaba. Se cambió y bajó al comedor.
Desde la escalera, recorrió con la vista las mesas que a esa hora ya empezaban a desocuparse. No estaba.
-Buenos días, disculpe-le dijo al conserje.
-Buenos días.
-¿No vió a mi señora? Estamos en la habitación 215.
-Sí, salió temprano, me preguntó por el camino más corto a la playa. Yo le advertí que estaba muy ventoso, pero me dijo que a ella le gustaba el viento  del sur. ¿Quién entiende a las mujeres, no?-el empleado le guiñó un ojo y siguió atendiendo a los turistas que a esa hora hacían fila frente al mostrador de la recepción.



lunes, 14 de agosto de 2017

Miss Argentina



 Los robles parduzcos, oprimidos en el cemento gris de la plaza, parecían los caballeros de la isla de miel. Ella había visto sus armaduras con brillos gastados, vigilando el mar desde lo alto.
A la ex Miss Argentina se le mezclaban los recuerdos de los lugares en los que había posado cuando era la modelo más famosa. También confundía los relatos que había escuchado en sus viajes por el Mediterráneo, escenario de sus días de gloria.
 Había sido la época en que las marcas más importantes se peleaban por tenerla como protagonista de sus campañas. Podían ser cigarrillos o relojes, perfumes o carteras. Podía ser la isla de Capri o la de Malta o tal vez los edificios soñados por Gaudí en Barcelona.
 Su rostro no era sensual, pero irradiaba el  optimismo  prometedor de los amaneceres  en el mar. Simplemente hacía feliz a la gente, aumentando la facturación de todo lo que tocaban sus manos.
Igual que ella, los árboles que observaba esa tarde-objetos de su atención reciente- eran generosos. Las copas nutridas, que ya no tenían edad a fuerza de cobijar generaciones enteras de pájaros, habían dejado de crecer. Estaban simplemente ahí, perennes, sin tomar nota del paso de las estaciones.
 Pero a diferencia de ella, seguían siendo necesarios.
No le molestaba el olvido. Lo entendía, lo  había estado esperando después de cada temporada en las pasarelas o de las largas sesiones de fotos en las que era la estrella indiscutida. Sin embargo, parecía que  siempre habría   tiempo para algo más;  un evento, alguien que la reconocía en la calle y le pedía un autógrafo. ¡Todavía no existían los celulares!
Jamás le faltaron los hombres. Tenía la esperanza de que también llegaría el indicado. Mientras tanto, no podía quejarse de su suerte y esto duró  hasta que su  hermana  murió en un accidente.  Entonces se dio cuenta  de que el indicado no llegaba y que solamente la buscaban para promocionarse o sacarle plata.
Se tentó con la idea de retocarse un poco. La propuesta venía bien armadita, y le hicieron creer que sería como sacarse una muela o algo así. Sufrió mucho por cierto, pero los resultados fueron tan buenos que se olvidó pronto del dolor.
Se hizo clienta del cirujano de moda. Él le inspiraba confianza y con el paso del tiempo ella se ponía más interesante, como le pasa a las mujeres que tienen algo para decir. Pero a ella nadie  quería escucharla hablar. En realidad todo el mundo pretendía comprobar a través de su sonrisa blanquísima y su piel tostada y tersa, que no había pasado la vida y que desde la pantalla de algún televisor en blanco y negro, los días  se sucedían sin desempleo ni torturadores. Las arrugas de su cara condenaban a los televidentes al desamparo general.
-Mirá, esta señora fue la Miss Argentina más linda que hubo.- le dijo un hombre a su hijo al verla pasar por la esquina de Córdoba y Callao.
-¿Qué es una Miss Argentina?-había preguntado  el chico.
Y ella que escuchó el breve diálogo no se puso contenta, al contrario. Tuvo que admitir  que a pesar de todas las cirugías y las dolorosas secuelas, a pesar  de sus facciones grotescas ahora deformadas por el botox y de su cuerpo moldeado como una caricatura de sí mismo,  a pesar del dinero y la ropa cara, el elogio venía conjugado en tiempo pasado,  irreverente y hostil.
Después de eso, ya no quiso vivir en el centro, caja de resonancia de todas las novedades y radar implacable de las almas lastimadas.
 Estuvo un tiempo recorriendo  el conurbano y se decidió una mañana de domingo andando despacio con el auto por las calles anchas de Bella Vista: la virgencita con ofrendas de plástico escuchando el pedido de una señora sentada discretamente en un banco  de madera reseca ;  las casonas escondidas tras los alambrados cubiertos de coronas de novia; la sucesión de perfumes en el aire como si fueran  notas de una melodía ejecutada en la flauta dulce de algún escolar.
Su mirada se entretuvo en la senda que acompaña el trazado de las vías muertas, por la que circulaba gente trotando. Se imaginó a si misma en esa paz y se sintió reconfortada.
Eligió  un chalecito de estilo inglés sobre el boulevard con palmeras jóvenes. Lo que verdaderamente la decidió fue el palo borracho que dominaba el parque del fondo. Solamente se lamentó de los aguijones que cubrían el verde nuevo del tronco. “Está claro que no voy a poder abrazarlo”-pensó mientras amagaba una sonrisa triste-.
El living oscuro  tenía un ventanal con vista a una plaza  habitada por los robles y también por los ombúes que no se conformaban con un pedacito de tierra. Ocupaban con sus raíces todo lo que podían de tal manera que el espacio domesticado por los empleados municipales debía rendirse a sus antojadizas  formas.
Una vez instalada en la casa,  se dejó envolver por la primavera.
En eso estaba esa tarde, evaluando  desde su ventana las fortalezas  y desventajas de tal o cual rama, cuando sonó el teléfono.
El más famoso de sus antiguos amantes la convocaba para trabajar. Nada importante; una participación como panelista de un programa  en los que se habla de cualquier cosa; “Tenés mucha presencia todavía” “La gente quiere saber de vos” le había dicho para convencerla. Agregó además otras generalidades adulonas que ninguno de los dos creía.
La ex Miss Argentina lo pensó un momento y aceptó.
 Bien podía postergar por unos días la difícil elección del árbol en el que iba a ahorcarse.  Evidentemente, no podía ser cualquiera.
 Después de todo, ella había sido una reina.






martes, 25 de julio de 2017

IMÁGENES CON SAL


Los niños rubios hacían fila  con los brazos en cruz, esperando que la madre los untara con bloqueador solar. Los nuestros,  saltaban como pajaritos por la playa empedrada de Niza.

El camino serpenteaba por la isla ventosa en busca del ferry que nos acercaría a Puerto Montt. El agua helada se escurría  por los pantalones y mojaba el asiento trasero del auto.

 La única palmera  del cayo cubano nos mezquinaba su sombra. En torno al tronco, juntábamos coraje para correr por la arena ardiente hasta las olas diminutas.

Nunca supimos  resistirnos al mar.



viernes, 14 de julio de 2017

CUMPLEAÑOS EN LA PLAZA



 Las llagas en la boca no la habían dejado dormir. Recién cuando el sol empezaba a salir, un sueño dulzón le acompasó el aliento.
Cerca del mediodía, Karen se despertó de golpe.
 Como de costumbre, encendió el televisor desde la cama y se aburrió enseguida. Puso música.  Se arregló.
Ya en la cocina  tomó su tecito de hierbas para acompañar el primer analgésico del día.
 Miró el reloj;  y llamó a su amiga.
-Si yo no te llamo…… , aflojá con la cocina. Comprá comida hecha. ¿Te acordaste de la consulta con mi cosmiatra? Si, la de la calle Guido, en Recoleta. No es tan cara, además no podés ponerte en manos de cualquiera. Ya estuve averiguando por un cirujano que te hace un tratamiento no invasivo con botox. Después te cuento. Me lo recomendaron en el crucero que hice en marzo. Si, ese que vos no quisiste venir. Igual era de solos y solas. Ahí conocí al candidato a intendente ¿Te acordás? Un divino. Lo iba a llamar pero como no ganó  debe estar bajoneado. Además Germán me invitó a ir a Miami para fin de año. No sé, a lo mejor voy.  ¿Qué te vas a poner para los cincuenta de Ana? Yo ya alquilé un disfraz de Sultana. ¿Qué cómo es? Qué sé yo… cómo de odalisca pero más tranqui. Te aviso para que alquiles otra cosa. Le dije a Germán pero no quiere ir. Viste cómo es. Y bueno, es así. Mejor, no lo tengo que aguantar. ¿Te acordás del alemán que salía conmigo cuando estábamos en quinto año? De la que me salvé…..lo ví el otro día: pelado y panzón. ¡Mamadera! Y la mujer…..un desastre, una gorda con el pelo colorado que parecía mi mamá. Hablando de madres, tengo que regalar la ropa de la mía  y no tengo idea. Después me decís dónde puedo ir. Casi me olvido, ya te cambié el jean.  Te conseguí uno con  más onda,  elastizado y con strass en los bolsillos, para usar con las bucaneras.¿ Cómo qué bucaneras? Las que te regalé porque me quedaban grandes. El sábado arreglamos con las chicas de salsa para ir a bailar, Ni te digo porque seguro que no podés .  Siempre igual vos. Ay.., te dejo que me tocan el timbre.
Miró por la ventana.  Era uno de los  chicos  que siempre  pasaban pidiendo.  Los conocía bien. Flaquitos a morir, pelo rapado, marcas en las caras de antiguos piercings, unas gorras que parecían ollas invertidas sobre las cabezas. Éste tendría más o menos veinte años. El primer impulso fue no salir. El pibe volvió a tocar el timbre.
Fastidiada, Karen abrió la puerta.
-Disculpe doña.
-Te disculpo pero no me digas doña-se arregló el pañuelo de seda.
-Eh……disculpe…-el chico titubeaba.
-¿Otra vez?-ella lo increpó con impaciencia.
-¿No tiene algo patrona?
Karen lo volvió a examinar y no le pareció peligroso.
-Esperá. Plata no te voy a dar.- le dijo secamente.
Entró y buscó en la alacena. Metió en una bolsa un paquete de fideos, galletitas  y dos latas de atún.
Al pasar por el living, miró la manta peruana que ya estaba descolorida por lo vieja y que tantas veces estuvo a punto de tirar. Hacía años que cubría el respaldo de uno de los sillones de cuero.
Tomó la manta, la dobló y la puso en la bolsa.
Salió y se ingenió para pasarle las cosas sin tener que abrir la reja.
-Gracias patrona-el chico estaba incómodo.
Ella retuvo la bolsa.
-No soy tu patrona. Decime, ¿Por qué no trabajás vos?
-Trabajo. En un lavadero de autos, pero hace dos días que llueve. De día paramos acá en la plaza.
-¿Cómo que paran en la plaza?¿Quiénes?
- Yo, mi novia y la nena.
Los ojos de Karen permanecieron grandes y quietos. Es cierto que desde que se había retocado  parpadeaba menos, pero esta vez la expresión le venía de adentro.
-¿Tenés  una hija?-Sabía que era una pregunta  estúpida.
-Hoy cumple cuatro-la cara del pibe se iluminó.-¡Gracias doña!-alargó la mano y le sacó la bolsa. Se fue casi corriendo.
-No me digas doña-se dio media vuelta y dijo bajito “pelotudo”.
Salió a hacer unas compras. Podía tomar otro camino, pero pasó por la plaza.  A lo lejos, vio al pibe que revolvía la bolsa que ella le había dado.
 “¿Tendrá abrelatas?”Enseguida pensó que no era su problema.  Sin embargo, se quedó pegada a la imagen del chico.
Entró a la panadería, un espacio casi desconocido para ella.
- Quiero una torta de cumpleaños-usó el tono simpático que usaba  para las mujeres ; para los hombres sabía tener  una variedad de otros tonos.
-Buenos días ¿No?-le contestó la empleada.
-Hola ¿ qué tal?- Le mostró el blanco exagerado de sus dientes  mientras pensaba “Gorda resentida”.
-¿Qué va a llevar?-la chica que atendía el mostrador le hizo repetir el pedido.
-Te decía: una torta de cumpleaños.
-¿Cómo la quiere?
A esa altura, la seriedad de la vendedora  había alterado a Karen. Su encanto no funcionaba con ella. Qué le iba a hacer. Pura envidia.  Miró la variedad inaudita de postres y pasteles, masas y budines.
 -No sé, algo tranquilo…-no le importaba la impaciencia de la gente que esperaba detrás de ella.
-¿Y cómo sería una torta tranquila?-la cara de la chica gorda parecía tallada en madera.
Karen sintió un calor que se subía por el cuello y el deseo de estar en otra parte.
-¿Y señora?-la empleada la apuró.
-Menos mal que no me dijiste doña.
Enseguida  empezó a evaluar otra vez la vitrina. Era un muestrario de colores y formas. Eligió una torta de crema bordeada por un enrejado de chocolate bien oscuro. En el medio, un montecito de pequeños merengues coronado por golosinas  diminutas y guindas de verdad.
-Llevo esa- dijo entusiasmada por la elección.
-Ah…bueno. Pensé que quería algo sencillo-la empleada se dispuso a envolverla.
Cortó un buen trozo de papel blanco con el nombre de la confitería en dorado. Protegió la torta con dos tiras de cartón. La envolvió y la ató con una cinta brillante, como de seda.
-Son quinientos pesos.
Karen sacó una hermosa billetera de cuero color suela, que hacía juego con la cartera y las botas. Pagó con un billete nuevito y salió con paso triunfal a la vereda. La torta pesaba más de lo que creía. Caminó dos cuadras hasta la plaza, tratando de no resbalar en el piso húmedo.
En un banco apartado, estaba el chico, al lado su mujer con una camperita de jean diminuta y  un tatuaje en el cuello. La nena jugaba a patinar, pero sin patines.
La vieron llegar con el paquete prometedor.
-Es para tu hija- Karen estiró los brazos.
-Gracias doña…yo…-el pibe miraba alternadamente  a Karen  y a su chica.
-¡No me digas doña, la puta madre!
En eso, giró la vista y vio una parte de su manta sobresaliendo de uno de los cestos de la basura que el municipio había instalado en la plaza. El chico la  había desechado.
A Karen se le cruzó por la mente el momento en que la había comprado,  durante  una parada en el Valle Sagrado, camino a Machu Picchu,  en compañía de un tipo casado que le gustaba en serio.
 Retuvo la torta en sus manos, y con un gesto de profunda indignación les endilgó un: “Ustedes no valoran nada” mientras volvía sobre sus pasos.
La pareja miró con ojos inexpresivos la retirada  de la mujer.
 La nena siguió en su mundo de juguetes inventados.
Karen llegó a su casa y volvió a llamar a la amiga desde el teléfono fijo que estaba sobre la mesita del living.
-¿Ya te desocupaste? Menos mal, a ver si me das bola. Sí, tengo la voz un poco tomada. Nada…No, no es la medicación. Es este país de mierda. No se arregla más. Bueno, ¿Ya te decidiste por lo del botox? Dale que están de promoción. Dos por uno. La semana que viene te acompaño. Fui averiguar al nuevo gimnasio. Es sencillo pero está bueno. El mes que viene empezamos.  Avisale a las chicas. ¿Tenés que salir? ¿Qué te cierra el banco? Tu marido te va a dar la medalla a la mejor empleada del mes. Siempre apurada vos. Chau, si te acordás mi dirección podés venir un día que tengo el perro atado. Ah…también tengo una torta para el té. Si, si. Chau.
Cortó con bronca. A través de la ventana  podía ver las hojas del liquidámbar que a esa altura del año ya se estaban poniendo amarillas.
Se sentó en el sillón y tomó el celular. Le escribió algo a la amiga.  Se había olvidado de decirle lo más importante:
“Acordate que mañana tengo la última sesión de quimioterapia. ¿Me vas a acompañar, no es cierto?”
 Al final del mensaje, le mandó una carita sonriente.






domingo, 25 de junio de 2017


 "Dos veces nauseabundo"

 seleccionado por la organización "La Hora del Cuento" en su antología digital 2017, Página 87.
Gracias amigos de Córdoba.