lunes, 28 de noviembre de 2016




Ni siquiera los muertos están muertos.
Diseminados sus miembros pero no inertes,
crispados más bien.
Libres de polvo ¿Quién podrá sepultarlos?
Están los gritos y también el relincho y el mugido,
que replican en nosotros
el sofocón ardiente y luminoso que llega desde el cielo.
Plegarias que a fuerza de silencio
traspasan los límites
y ruedan  por el mundo;
a diferencia de las manos
que se han quedado acunando,
y de los puños, que olvidaron la derrota
y auguran la vida.
Los despojos nos interpelan aún.
Ni siquiera están muertos.




domingo, 6 de noviembre de 2016

El sonido del caracol.



Tengo que lavar las carpetitas. Están grises.  Una no las mira y pueden pasar meses hasta  que un día se fija y se da cuenta  de que están sucias.  Parece que soy una roñosa que nunca limpia.  
¿Para qué servirán las carpetitas? ¡Ah si!, están ahí para que no se marquen los muebles. Parece que hay que evitar todas las marcas a cómo de lugar.
Sobre la cómoda hay demasiadas cosas. ¿Para qué tanto, no? Cosas inútiles. El caracol ese ya me tiene podrida. No se por qué lo sigo teniendo y no lo tiro. Será porque me hace acordar a  la rambla de  Mar del Plata y al puestito donde lo compré.
-Escuche, escuche el ruido del mar,¿ vio como se mantiene?, - había dicho el vendedor cuando me enchufó el caracol en la oreja.
Y yo se lo compré porque me gustó la idea de llevarme algo de la playa a mi casa y porque si bien era áspero, la parte de adentro es lisita y brillante y a mi me gustaba el contacto con las yemas de los dedos
 En el alhajero solamente tengo pares incompletos de aros. Las cosas de oro ya las perdí. Y eso que tenía muchas. Las esclavas que eran como diez y los dos anillos con piedras.  Se las dí a él para un negocio. A lo mejor las recupero, igual ya no se usan. No vas a andar con eso por la calle. Tampoco puedo andar con este ojo negro que ahora se va poniendo entre verde y violeta. Qué loco. No, él no, el ojo que va cambiando de color.
Él no está loco porque cuando habla con la gente se le entiende bastante bien. La mayoría se ríe con sus chistes. Ni se imaginan. Yo tampoco cuento. ¿Para qué? Igual se escuchan sus gritos. Menos mal que después salgo con los anteojos de sol y no miro a nadie.
Yo no peleo con él. Seguro que pierdo.
Anoche volví a soñar que no tengo cara y que me insulto a mi misma. Se me puso la idea  de que toda la vida me la pasé repitiendo las mismas cosas: qué no sirvo, que no tengo voz, que soy sucia, ahora peor que cumplí los cuarenta. ¿Qué loco, no? Me parece que ya se por qué no me defiendo. ¡Si él me grita lo mismo que yo me vengo diciendo en los sueños desde chica¡  Igual que el caracol que ya se olvidó del mar pero que todavía lo trae adentro y no lo puede callar.
Si, mañana voy a salir. La mancha alrededor del ojo se va a poner amarilla.
 Va a parecer que tengo hepatitis. Qué loco.