lunes, 11 de septiembre de 2017

UN DIARIO PARA YAMILA




Día 1.
 Hoy salimos muy temprano. Desde Buenos Aires hacia el oeste, atravesamos la provincia de La Pampa por el “Camino del Desierto”.  No tiene que ver con el Sahara o algo así. Le pusieron ese nombre pero nunca estuvo despoblado. Pienso en la forma de vida de la gente antes de que los corrieran y los mataran. Pienso en las mujeres que llevaron  a servir en las casas ricas de la ciudad y en los hombres que fueron a morir lejos, en la isla Martín García. También pienso en los gringos atacados por los malones. En fin, me enfoco en el paisaje. La vegetación es chata y de un color verde pálido. El horizonte es perfecto y pudimos ver una tormenta viniendo de lejos. Impactó con furia en el parabrisas. No sentí nada de miedo, al contrario, disfrute total. Hacia el atardecer llegamos al hotel “del cruce” donde paran todos los que se aprestan a entrar en la Patagonia. Parece de otra época, cuando no se mezquinaban materiales nobles. El clima es familiar a pesar de que los pasajeros raramente pasan más de una noche aquí.



 La pareja  se registró en la recepción.   No habían almorzado, así que fueron los primeros en entrar al comedor para cenar.
 -Hay parrillada. ¡Qué suerte qué tenés!-la mujer le hablaba en tono burlón.
-Mirá todo lo que hay para vos- él le señaló una mesa rebosante de ensaladas -¿Estás muy cansada esta noche, no?
-¿ Y a vos qué te parece?
-Entonces voy a pedir vino.



Dia 2.
 Salimos de la Pampa y entramos en Río Negro. La aridez va cediendo y cuando nos acercamos a los grandes ríos,  se empiezan a ver plantas y arbustos que forman manchones verdes en las orillas; hay árboles altísimos que enmarcan las plantaciones de fruta.  Llegamos a Bariloche y nos sofoca el aire con cenizas volcánicas. Se acumulan sobre los techos de tejas afeando los colores. Nos entristece la gran nube gris que desdibuja las marquesinas de los negocios y arruina los jardines.



 Dejaron sus valijas en el hotel céntrico y caminaron por la avenida pegada al lago.  Se acercaron a la orilla. El hombre se puso a tirar piedritas al agua. Ella se sentó sobre una roca aplanada y dio gracias a Dios porque no había ningún chico cerca. No quería que la distrajeran. Necesitaba absorber el momento para poder escribir las sensaciones más tarde. Era su manera de sostener el viaje.
-¿Volvemos al hotel?- dijo el hombre cuando se cansó de tirar piedras.
-Volvé vos. Yo voy a ver si encuentro el negocio donde vendían los duendecitos que le gustaban a Yamila -se levantó y enseguida cruzó la avenida.
 El marido la quedó mirando sin tiempo para reaccionar.



Dia 3:
 Nos fuimos de Río Negro y entramos en Chubut ansiosos por llegar a Cholila. Es una pequeña ciudad de calles anchísimas y casi solitarias. En las afueras está  la posada  que es como un oasis. El comedor, revestido en madera, tiene un ventanal que se abre a un jardín cuajado de rosas.  La  cocina es enorme y ¡tan acogedora! Todos los ambientes están  llenos de luz. La comida, exquisita. Jamás probaremos un dulce de cerezas tan rico como el que nos sirvió  la Sra. Lidia.



-Vamos a entrar al Parque Los Alerces por acá- el hombre desplegó el mapa después de correr la taza y los platos del desayuno.-la encargada me dijo que es el mejor acceso.
-ah, qué bueno-ella siguió mirando por la ventana.
-¿No te importa, no?-él guardó el mapa y con amargura le preguntó-¿Para qué vinimos?
-Porque nos gustaba viajar.



Día 4:
Hoy  Paseamos por el Parque Nacional Los alerces. Desde la entrada se accede a un camino que bordea un lago de color azul con una playita protegida del sol por la sombra de los alerces. El parque es tan enorme que es muy fácil encontrar privacidad. Hay cientos de otros árboles identificados con unos cartelitos diminutos. No tenemos ganas de detenernos a leer. Igual agradecemos su frescura.



 Estacionaron a orillas del lago. Bajaron las sillas plegables y extendieron una lona. La mujer se puso a leer enseguida. El hombre se tomó su tiempo para apreciar el silencio y los perfumes del aire.
-¿Qué loco no?-él hablaba bajito.
-¿Qué?
-Estar acá, en este paraíso, comiendo atún de la lata.
-Bueno, en el paraíso debe haber de todo-ella sonrió con calidez, dejó de lado el libro y le sirvió gaseosa en un vasito de plástico.
El marido se dio por satisfecho. Pasaron el resto del día intercambiando cortesías en el marco verde profundo del parque



Día 5:
 Volvemos a cruzar la Patagonia. Esta vez desde los Andes al mar. Ahora sí, la estepa se abre y expone toda su soledad. No podemos menos que admirar la entereza que se necesita para vivir aquí.  Los colores de la tierra van desde el marrón al ocre y el amarillo. No hay árboles, solo arbustos bajos. Las estaciones de servicio de esta ruta son como las fuentes de agua que todavía existen en Roma para saciar la sed de los peregrinos.  Íbamos con la nafta justa.  Llegamos a Gayman con alivio. Seguramente a los galeses les pasó lo mismo, aunque ellos no llegaron en auto., Nosotros disfrutamos el resultado de sus esfuerzos. Lamentamos llegar tarde para la hora del té.



-Qué lindo vivir acá-la mujer bajó del auto.
-No sé, mucha quietud para mi gusto- él hombre estaba feliz de estirar las piernas.
-En Buenos Aires, la gente no te deja pensar.
- Uno puede pensar en cualquier lado.
-No. Yo necesito esto para pensar en Yamila. La gente no entiende…y yo…me canso de escuchar y de suponer-la mujer caminaba por la avenida principal de Gayman mirando el piso.
-Nosotros  tenemos que  pensar en cuidarnos, nada más-el hombre la tomó del brazo para cruzar.
Entraron en la hostería en la que iban a pasar esa noche.



Día 6:
 Partimos de Gayman con el objetivo de llegar al mar. Las Grutas nos recibió con el ajetreo de un balneario en lo mejor de la temporada.  Nos animamos a un hostel ¿Por qué no? Como no es precisamente barato, no hay tantas diferencias con un hotel convencional. Lo que no es convencional es la costa. El mar va y viene con libertad creando dos paisajes totalmente distintos.  Por la tarde la marea baja y queda al descubierto una enorme superficie de roca y arena. Todos vamos migrando con el equipo playero a cuestas.


-No parece una playa argentina-dijo ella.
-Es cierto, pero lo es. Por lo visto, tenemos playas para todos los gustos. ¡ La Argentina no termina en Buenos Aires!-el hombre se entusiasmó con la posibilidad de una buena charla.
- Tenés razón. A mi me gusta la energía de las olas y del viento del sur. Prefiero este aire fresco al  aire caliente del Caribe.
-Vos estás loca-dijo él sonriente.
-¡Me encanta venir a la playa con el mate y  la campera!-los ojos de la mujer brillaron por un instante fugaz. Enseguida se nublaron con el recuerdo de otras imágenes.
 El marido supo que debía cambiar de tema.
-Volvamos temprano, me prometiste que esta noche me vas a  acompañar al casino.



Día 7:
 Dejamos la Patagonia. Encaramos la ruta de sur a norte y recorremos la “patita “ de Buenos Aires, pegados a la costa. Los campos sembrados van pasando uno detrás de otro. Kilómetros de alambre. La llanura, si bien monótona, nos brinda la seguridad de lo conocido. Entramos a  una localidad surcada por los camiones de carga que van perdiendo granos por la calle.  Como al final del camino, el balneario de Reta nos espera con sus playas salvajes a las que cuesta llegar caminando. Los médanos son muy altos. Hay un animalito-no tengo idea a qué especie pertenece- que está cavando una cueva en la arena. Solamente se ven sus patitas armando remolinos entre unos yuyos. Acá no hay asfalto ni centros comerciales. Es un lugar ideal.



-Me gusta este hotel, es muy aristocrático ¿no?-l la mujer iba subiendo por la escalera y acariciaba la suavidad de la baranda. Todo estaba impregnado con el olor del  lustramuebles.
-Parece muy tradicional. Está bueno para descansar unos días antes de volver a casa-el marido abrió la puerta de la habitación y dejó las valijas en el piso.
-Sí, necesito descansar.



Último día.
Querida hija: Hasta acá llegué. Creo que te va a  gustar el estilo de mi diario. Me inspiré en vos. Estuve pensando y creo que es lo mejor que te puedo dejar. Lo escribí porque  tengo la esperanza de que vuelvas. Y espero que regreses y no que “te encuentren” porque no me cabe en la cabeza esa posibilidad. Últimamente me gusta pensarte en alguna sierra, tal vez Córdoba, siguiendo el curso de un río transparente; o pedaleando por la calle de un pueblo despoblado al que ya no llega ningún tren. Te criamos en libertad y así quiero recordarte. También el mío es un acto que me libera del infierno de tu desaparición. Ojalá me perdonen.



El hombre se despertó tarde. Se levantó y esperó que la mujer saliera del baño. Le llamó la atención ver sobre la mesita de luz el cuaderno de tapas duras en  el que ella escribía. Siempre lo guardaba en la mochila. Siguió esperando hasta que golpeó tímidamente la puerta. Nada. Entró. Ella no estaba. Se cambió y bajó al comedor.
Desde la escalera, recorrió con la vista las mesas que a esa hora ya empezaban a desocuparse. No estaba.
-Buenos días, disculpe-le dijo al conserje.
-Buenos días.
-¿No vió a mi señora? Estamos en la habitación 215.
-Sí, salió temprano, me preguntó por el camino más corto a la playa. Yo le advertí que estaba muy ventoso, pero me dijo que a ella le gustaba el viento  del sur. ¿Quién entiende a las mujeres, no?-el empleado le guiñó un ojo y siguió atendiendo a los turistas que a esa hora hacían fila frente al mostrador de la recepción.



5 comentarios:

  1. Había algo que no se contaba, una ausencia que era una sombra en esas vacaciones.
    No sé si el final abierto me permite ser optimista. Me da la impresión de que la mujer pretende hacer algo drastico consigo misma.
    Bien contado.

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  2. O tal vez solo tratar de sobrellevar esa ausencia.

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  3. Debe ser algo muy difícil de sobrellevar ¿Verdad? Como siempre gracias por leer. Saludos.

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  4. No se sabía que pasaba hasta ese párrafo. Pero evidentemente había una ausencia fuerte, algo que pesaba.

    Muy buena forma de relato, intercalando el diario.

    Beso!

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  5. Gracias Frodo!!!! Lo tenía escrito hace un tiempo, pero la realidad siempre me supera.

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