sábado, 4 de noviembre de 2017

PASO A SALUDAR



Cuando era chica quería ser astronauta. Acá estoy, por fin, apreciando la curvatura del planeta.
Una vez, hace mucho tiempo, sentada sobre una roca en el borde del lago Nahuel Huapi, había vivido algo parecido a esta felicidad que tengo ahora. Ni siquiera puedo sentir pesar al recordar a  mis hijitos llorando bajo la mesa de la cocina. Ahora sé que a ellos también les llegará la recompensa de sentirse disparados hacia arriba,  livianitos.  Es cuestión de tiempo. Después de todo, no fue tan doloroso. Supe que la cosa no venía bien antes de preparar la cena. Era fin de mes y no me quedaba casi nada para cocinar.  Lo de siempre: papas y cebollas. Le pedí tres huevos a la vecina. Pobre, más tarde la vi vomitar en el umbral de mi puerta. Le pedí los huevos para hacer una tortilla. Yo sabía. Como sea, a mí la tortilla me sale bárbara, pero a él no le gusta. Y yo lo sabía y la preparé igual.” Tomá la tortilla”, le dije. Y él que agarró el plato del borde, como para no ensuciarse y  me apuntó a la cabeza y lo estrelló contra la pared. Lo esquivé como pude. Mis hijitos se   quedaron paralizados mientras la comida se mezclaba con  los colgajos de pintura vieja. Por experiencia, ellos sabían que la situación se iba a poner peor.  Se escabulleron debajo de la mesa con la ilusión de hacerse invisibles. Abrazados.  Me quedé parada y él que esperaba  que yo saliera corriendo  como siempre y en vez de eso le grité “¡Pegame maldito hijo de puta! Si, ya cumplí los cuarenta,  por qué no te vas maldito!” .  Al principio dudó como si no entendiera la situación pero enseguida yo vi  cómo se encrespó de rabia el fuego verde de sus ojos.  Me tiró de los pelos y entonces agarró la sartén de hierro con la mano libre. Entró a darme golpes en la cabeza y me abrIó el cuero cabelludo y vi volar por el aire un mechón rubio. Sentí el filo de la sartén contra el hueso  pero no me dolió en el momento porque  me invadió  una conmoción en todo el cuerpo, como si estuviera en medio de  un choque de trenes. Trastabillé. Caí. Desde el piso escuché los alaridos de mis chiquitos mientras él me pateaba la espalda. Una gelatina púrpura salió de mi nariz. La  sangre me atravesó  todos los sentidos hasta ahogarme.
Ahora ya puedo  ver toda la tierra. El silencio es delicioso. Los colores también. Las luces del hemisferio norte son un espectáculo magistral comparadas con las del resto del mundo. Hay un resplandor especial sobre México que me atrae. Parece que son miles de velas. Una caricia para el alma. Siento que me quieren. Yo nunca estuve ahí, sin embargo muchas personas rezan por mí en este mismo instante. No puedo irme así, sin saludar. Quisiera expresarles mi gratitud.  Después de todo ya no tengo ninguna urgencia. Desciendo. La ciudad  entera desfila por una avenida. Los niños piden a los gritos calaveras de azúcar. Hay altares por todos lados con flores y comida. Las mujeres visten unas blusas bellísimas. Me mezclo con ellas. Los coágulos  sanguinolentos que salen de mi oreja son bien evidentes, pero asustan menos que algunas de sus máscaras.




2 comentarios:

  1. Que trágico precio el de su escape, el de encontrar esa paz.
    Aunque pudo volver a agradecer.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar