sábado, 6 de enero de 2018

LOS DEL FONDO







Acorralada  y vieja como estaba, Carmen por fin admitió los hechos.
Le venían sobrando los  indicios.
Recordaba el fondo de su casa como un lugar abierto a los gatos y a las cañas; a las lunas llenas y las sudestadas.
Con el tiempo, el espacio de su juventud se  fue poblando de límites.
A la derecha,-mejor dicho hacia el sur- estaban los nuevos ricos que habían llegado en la década del 90. No molestaban, vivían de  fiesta pero eran discretos. Construyeron  una pared altísima de ladrillos de verdad,  bien macizos. No como los huecos que se usaron después en las villas  para levantar ranchos de varios pisos.
 Carmen había tenido que plantar una línea parejita de brincos multicolores para aligerar el paredón. También plantó dos rosas chinas, una de flores rojas y otra de flores amarillas. Ambas cayeron fulminadas la noche que desapareció por completo el agua de su piscina, suceso que nadie pudo explicar. Por recomendación de un cura amigo, la vieja había hecho rellenar con tierra el espacio vacío de  la pileta. “ Hay que tomar ciertos recaudos” le había dicho el hombre mientras hacía la señal de la cruz.
El lado contrario, es decir, el que daba al  norte, nunca había tenido pared. Un laurel enorme indicaba el límite con el terreno poblado de pequeñas prefabricadas en las que siempre había alboroto. Estaban dispuestas una al lado de la otra a lo largo de un pasillo.  Los habitantes furtivos  de esas casillas no se metían con los vecinos salvo para vender, de vez en cuando, el producto de sus andanzas.
El laurel siempre hacía sonreír a Carmen. En los últimos años  se acercaba  solamente  cuando hacía  estofado.  Arrancaba dos o tres hojas y se embriagaba con el aroma que le  hacía recordar a aquel novio italiano que se las daba de muy instruído. Muchas veces le había  hablado de los laureles que aún se erguían en las ruinas del Foro Romano.  Según él, habían servido de sombra inspiradora para los senadores que planearon la conquista del mundo en la época del Imperio. Silvio, que así se llamaba el novio, juraba y perjuraba que la sombra de los laureles era más fresca que la de cualquier  otro árbol.
Sobre el mismo sector, siguiendo la línea del laurel, la vieja había plantado el brote debilucho de un sauce llorón que creció y creció sin parar. Se había deleitado muchas tardes tomando mate bajo su sombra hasta que una vez creyó morirse ahogada entre las hojas melancólicas que  se estiraban hasta tocar la tierra. Decidió sacarlo. Después de todo, ¿Qué hacía un sauce llorón tan lejos del río?
Lo que nunca se animó a sacar fue el manzano. Junto con el laurel y el sauce (durante su efímera vida) completaba la frontera con el terreno de los malandrines. El manzano era el más antiguo de todos. Ella estaba segura  de que cuando era muy chica, había visto una manzana colgando de una rama inaccesible por lo alta. Una manzana en toda su vida. Era perfecta;  verde y bien formada. De niña había sabido esperar que se cayera sola, cosa que nunca ocurrió. Seguramente se la comieron los loros que asolaban las siestas, pero ella nunca perdió las esperanzas. Por eso, el manzano siguió allí, ostentando su digna inutilidad.
El problema para la vieja comenzó cuando se vendió el terreno que lindaba con su propiedad por el este. Siempre había sido un montecito de paraísos que se reproducían a su antojo.
Cuando empezaron las obras, armaron una empalizada y colocaron una lona oscura que impidió seguir las alternativas de la construcción. El proceso fue raro desde el comienzo. No se escuchaba el barullo propio de los albañiles riendo, rezongando, dándose ánimo en las mañanas frías o en los mediodías tórridos. No. Esto era diferente. Apenas un ruido mecánico, como si el trabajo lo hiciera un robot gigante. Una vez, mientras intentaba limpiar  la canaleta que bajaba de su techo, la vieja se las ingenió para espiar el avance de la obra. La superficie gris oscura de un techo pizarra le sugirió dos opciones: se trataba de gente refinada o siniestra.  Como se cayó de la escalera y nunca más volvió a ser la misma, se olvidó por un tiempo de curiosear.
 No obstante, buscó otras formas más seguras de obtener información. Mientras pudo, con cualquier excusa salía a la calle y pasaba por la vereda de la casa misteriosa. Lo único que se veía era una muralla custodiada por cámaras de seguridad que se desplazaban siguiendo el movimiento de las personas.
Después de dos largos años, cuando ya estaba acostumbrada a la imagen monótona de la lona, que era lo primero que veía cuando se asomaba a la ventana de la cocina, una mañana quedó boquiabierta.  En su lugar,  apareció un cerco similar a la ligustrina, pero más oscuro, más alto y compacto. Todo el conjunto estaba reforzado por seis líneas de alambre  de púa. Una  medianera sombría de arbustos que no se conmovían ni con los temporales del mes de abril,  que son los más bravos, como todo el mundo sabe.
Desde el principio, Carmen se sintió intimidada por el impenetrable muro vegetal. Salía menos al fondo. Ya no guardaba las semillas de los brincos para plantarlas durante la primavera, razón  por la que se fueron extinguiendo. En su lugar, trasplantó unas alegrías del hogar, que, aunque modestas, se extendían solitas. Si caía lluvia abundante, le regalaban algún color entre los yuyos altos.
 Un atardecer frío,  la vieja se estaba calentando la sopa en un jarrito. Todavía no había corrido la cortina de la ventana de la cocina porque quería aprovechar la última claridad del día. Entonces lo vio. Un resplandor azulado que levitaba sobre el cerco del fondo. Era una luz extraña, parecida a la de los patrulleros, pero menos intensa.
Al principio pensó que era una deformación producto de las cataratas. Sin embargo, aún con sus mejores anteojos y después de colocarse las gotitas, seguía viendo el aura  que a veces desprendía fulgores violetas.  Se hacía más fuerte al avanzar la noche, por eso la vieja tomó la costumbre de retirarse de la cocina cada vez más temprano. Apenas cenaba y con el tiempo prescindió de cualquier alimento más allá de las seis de la tarde.
De a poco, se fue acostumbrando a su nueva rutina. A medida que se iba apartando de las ventanas que daban al fondo, se dio cuenta que la luz avanzaba y se colaba por las persianas bajas y hasta por las cerraduras. Hubiera podido convivir con eso, siempre se había adaptado a su suerte. Sin embargo, cuando caminaba  por las habitaciones en penumbras, empezó a percibir una vibración. De la misma forma en que se conmueve el asfalto al paso de un camión con acoplado, las baldosas gastadas de su casa retumbaban, como  si alguien diera pasos sigilosos que se aceleraban dando lugar a un latido enloquecido.
La inquietud la agotaba de tal forma que durante el día se derrumbaba. El deterioro minaba todo aquello que había sido bueno en ella.
 La última madrugada del invierno, la mujer se rebeló.  Cuando empezaron los primeros susurros que se convirtieron pronto en una estampida que conmovió los cristales y las paredes, ella abrió la puerta.  Cruzó el breve patio y pisó descalza el pasto escarchado del fondo.
 El cutis de muñeca y los ojos chiquitos de Carmen, resplandecieron como nunca al contacto con el aire azul.
 Salvo su amigo cura, nadie la extrañó.





2 comentarios:

  1. ¿Algo buscaba una víctima que nadie extrañara?
    Un misterio inquietante.
    Un abrazo

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  2. Hay algún fragmento autoreferencial. Gracias por leer.

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