lunes, 21 de enero de 2019

 

EL ATUENDO DE UN MUERTO INVISIBLE


La doctora llegó temprano a la salita del barrio. La señora de la limpieza estaba subida arriba del escritorio tratando de colgar unas cortinas de color lila. Si uno las miraba de lejos, y obviaba ciertas partes más descoloridas que otras, había que reconocer que  los arabescos bordados le aportaban una sobria elegancia al ventanuco del consultorio.
   ¡Cuidado, qué se va a matar! Le advirtió la doctora.
   ¡Qué va doc! Ya está. ¿Usted  se quejaba de que se veía todo para afuera? ¡Dios aprieta pero no ahorca doctorcita!  Las donó una señora de la parroquia. Las trajo ayer dijo la mujer mientras bajaba del escritorio.
   ¡Pero quedan cortas!
   Me extraña doc, ¡A caballo regalado, no se le miran los dientes!
   La doctora asintió con la cabeza y sonrió. La frase le recordó  el día en que su madre, bajo el marco de la puerta del ranchito  en el que vivían,  a contraluz y con un paquete desmayado en los brazos, le había parecido la imagen viva de La Pietá  de Miguel Ángel. 
  Tomá, ayudame le había dicho  a la hija.
  ¿Qué es?
  Abrilo vos.
    La chica había puesto el  paquete  prometedor sobre la cama. Era de papel madera, estaba unido en los extremos con alfileres que tenían  bolitas de color en las puntas. Lo habían armado en la tintorería con paciencia oriental. La piba había sacado los alfileres con cuidado y los había puesto todos juntos en un cenicero de lata con la propaganda de aperitivo Gancia.  Había apartado las hojas del papel y allí estaba el blazer de pana negra, estiradito y con las mangas cruzadas  por delante. Parecía el último atuendo de un muerto invisible.
  ¿Es cómo el que vos querías, no? Se había entusiasmado la madre.
   había dicho la chica mientras lo desabotonaba. Con evidente decepción había agregado, ¡Tiene la marca de la plancha !
  Fijate, está nuevo, es una pena no usarlo. Aparte que uno lo usa de noche cuando todos los gatos son pardos ¿Quién se va a andar fijando? ¡Probátelo, probátelo! Las mangas justitas, el talle, el largo.  Y es negro, combina con todo. Viene bien para media estación. Lástima la marca de la plancha. Justo adelante. Pero si llevás la cartera medio de costado, la tapás. ¿Ves? así. Tendrías que tener una cartera con las tiras más largas. Tengo una tejida al crochet aunque me parece que no pega. Pero bueno, a caballo regalado no se le miran los dientes. Era de la hija de la patrona. Como no sabe nada de nada, lo quiso alisar y le apoyó la plancha re caliente así nomás, sobre la tela.
    Qué boluda.
   Y así fue como el blazer de pana pasó a integrar la lista de los objetos averiados  que madre e hija atesoraban a pesar de su inutilidad, como  la licuadora con el vaso rajado o la lámpara de pie que se torcía igual que una jirafa melancólica.
  Al lado de todo eso, la cortina le pareció a la doctora un verdadero primor.




4 comentarios:

  1. Me agradó la doctora, a quein imagine joven, tal vez no mu alta, atraftiva, idealista. Y preocupada plr lo demas, ya que trabaja en la saliga de un barrrio y le dice a la empleada de limpieza qje tenga cuidado, para prevenir que s2 de ungolpe.

    Un abrazo

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  2. Buen relato Gra, el Demiurgo siempre agrega cosas desde su perspectiva que suman.
    Yo no me la imaginé así, tal vez porque el recuerdo me la llevó unas cuántas décadas hacia atrás.

    Beso

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