miércoles, 22 de febrero de 2017

LOS NI-NI.

El olor a pan tostado inundó su dormitorio y la despertó.
En el instante confuso en el que se separó del sueño, cuando los malos presagios atacan la conciencia amargando prematuramente el día, se acordó de que estaba peleada con su hijo. Por lo tanto no se levantaría hasta que él se hubiera ido.
Le duraba la bronca. Mejor dicho el miedo; sí,  el miedo a que su hijo no tuviera futuro. Se ilusionaba con la idea de que esta vez, él fuera  a encaminarse.
Tadeo, su compañero ya se había ido a trabajar muy temprano,  como siempre. Era pintor de obra, de los buenos.
Ella, dolida y enojada como estaba iba a correr el riesgo de llegar tarde a la óptica con tal de no cruzarse con el chico. Y eso que llegar tarde a su trabajo era lo último que necesitaba.
El alemán, su patrón, era muy exigente con los horarios. Bueno, con casi todo. Solamente Dios sabe lo que le costaba conformarlo.  Ella atendía el mostrador en la óptica,  recibía las recetas y asistía  a los clientes que buscaban marcos para sus anteojos. Con paciencia infinita buscaba en las vitrinas, tratando de acertar con la forma más adecuada a las caras o intuyendo los gustos de cada cliente. Lo mismo con los lentes de sol. Nunca entendería cómo cierta gente pagaba tanto por una marca.
¡ Le había costado tanto conseguir ese empleo! Empezó haciendo la limpieza y como era observadora y quería progresar, puso atención en la forma en que atendían las empleadas que iban desfilando y que se cansaban del régimen disciplinario y las observaciones críticas del alemán, quien, desde el taller, en la habitación contigua, no se perdía detalle de lo que pasaba en la parte delantera del negocio. Implacable, el alemán no perdía oportunidad de indicar lo que se hacía mal, pero también tomaba nota de los aciertos. Por supuesto que nunca los destacaba. Pero cuando ella tomó coraje y le insinuó que tal vez podría ocuparse del mostrador, el hombre no rechazó la idea de entrada y terminó dándole un voto de confianza. Mirta lo respetaba, después de todo era inmigrante, como ella. Para el alemán, el trabajo era sagrado y eso los unía.
También ella, siendo una chiquilina, había dejado su barrio en Asunción para buscar un trabajo en Buenos Aires, ante la pena de su madrina, quien la había criado con severidad y afecto.
-¿Y esto es Buenos Aires?-dijo cuando se instaló en la casa de unos parientes.
Y si. Era Buenos Aires, pero no el de las avenidas con edificios lujosos y vidrieras atrayentes que había visto en revistas. Era el Gran Buenos Aires, de calles de tierra, veredas de yuyos altos, paredes sin revocar y perros flacos y queribles que duermen al sol.
Para un inmigrante, casi nada es lo esperado. Tal vez al alemán le había pasado lo mismo; quien sabe.
Por eso, cuando a los pocos meses de llegar, supo que iba a tener un hijo, y también supo que lo criaría sola, dejó de lado toda nostalgia, toda queja, y juró que iba a luchar con toda el alma por esa sensación que se insinuaba en su vientre, que la llenaba de una alegría difícil de justificar dada su posición y que vaya a saber por que remota razón iba a llamarse Kevin.
Había silencio en la cocina. Se levantó y se cambió rápidamente.
Se hacía tarde, iba a tener que tomar el colectivo.
Aunque estuviera a doce cuadras de la óptica, por lo general iba caminando. No porque no pudiera gastar en el boleto-como en otras épocas-, sino porque era su única oportunidad de hacer algo de ejercicio. Desde que vivía con Tadeo, hacía ya cinco años, se había mudado con él cerca de la estación.
El calor de febrero se hacía sentir así que llegar a la óptica y prender el aire acondicionado fue un verdadero alivio. La mañana estuvo muy movida. Desde que habían empezado a atender varias obras sociales, los clientes se habían multiplicado, así que Mirta no tuvo mucho tiempo para pensar en sus cosas.
“Sus cosas”, es decir, aquello que la preocupaba,  se resumía en el nombre de su hijo.
 La noche anterior le había exigido a los gritos que buscara una ocupación y que dejara de juntarse con unos chicos que tenían mala fama en el barrio.  Pero esta vez, él había actuado con mucha violencia. Una violencia que Mirta no entendía, no merecía  y cuyo origen, aunque evidente, intentaba no reconocer.
-Menos mal que Tadeo no había llegado- pensó. No quería involucrarlo.
Kevin había cumplido dieciocho años y  después de repetir muchas veces no podría retomar la escuela secundaria común. Debería ir a una nocturna.
Su madre pensaba que era necesario tenerlo ocupado, que hiciera algo útil, sacarlo de la calle.
Recurría a conocidos para procurar un trabajo para él. Por una clienta supo que necesitaban un cadete en un negocio de telas para tapicería en la calle Bartolomé Mitre, en el Once.
-Si no estás ahí mañana antes de las nueve, no vuelvas a casa, basura!
Siguió desplegando todo el repertorio de reproches, de amenazas, de insultos, Todo lo que su impotencia le dictaba.  Se había alterado de tal manera, que hasta su hijo, a pesar del empujón que le propinó, pareció tomarla en serio. Tanto como para levantarse temprano al otro día, servirse un vaso de gaseosa , prepararse una tostada  e irse.
  Mirta no pudo salir de  la óptica hasta la una. Tenía que volver a las cuatro. Horario de verano.
Cuando por fin llegó a su casa prendió la radio como siempre mientras se preparaba algo para comer. Su oído, acostumbrado como estaba a las voces conocidas, notó enseguida que algo pasaba. Algo muy malo.
-Volvemos al móvil, parece que aumentó el número de víctimas. –dijo secamente el locutor lejos de su habitual tono amable.
-¿Víctimas?- repitió Mirta con curiosidad.
Subíó el volumen  como si eso de por sí le proporcionara más información. La voz del cronista  apenas se escuchaba   sobre un fondo de sirenas y gritos.
Impaciente, cambió de radio.  Nuevamente hablaban de muertos y heridos pero sin explicar el origen.  Ya  con inquietud, olvidando su almuerzo, siguió moviendo el dial hasta que escuchó la palabra tren.
Ya no era inquietud; era miedo.
Atinó a prender el televisor.
En el canal de noticias, la pantalla estaba dividida entre la imagen de un tren incrustado en el extremo del andén y un zócalo que indicaba: “Decenas de muertos en el accidente de tren del FF.CC  Sarmiento, el choque fue a las 8.33 hs “
Ahora sí, el pánico se dibujaba en el rostro de Mirta.
En otro canal, imágenes de personas buscando a sus familiares.
Era el tren que Kevin debía haber tomado en Merlo para llegar antes de las 9 al negocio de Once.
“¡Si no estás ahí mañana  antes de las nueve, no vuelvas a casa, basura!”.
Y entonces imaginó a su hijo cruzando la avenida rumbo a la estación, ubicándose con dificultad en el andén atestado de gente y subiendo al tren con su mochila gastada.
Ya no quiso imaginarse más nada. Se maldijo por esas palabras de la noche anterior,  brotadas de la bronca y del amor más profundo.
Sintió que tenía que serenarse. ¿A quién recurrir? Tadeo no usaba celular y su hijo jamás atendía sus llamadas. Lo intentó, sin embargo, con el resultado esperado.
La opresión en el pecho la hacía respirar con dificultad y como una autómata, enfiló para la óptica.
El alemán no volvía a su casa al mediodía. Se quedaba trabajando con las persianas del local bajas. Cuando Mirta  golpeó con desesperación, el hombre se asomó y le abrió rápidamente.
Con palabras entrecortadas, intentó explicarle la situación y por primera vez notó una expresión solidaria en los ojos grises de su patrón.
-Vaya en remis- le ordenó mientras le extendía la mano con unos cuantos billetes.
¿Cómo explicar la ansiedad por llegar a un lugar al que no se quiere ir?
El paisaje cambiante del conurbano, a medida que el auto avanzaba hacia la capital, pasaba como una película ante los ojos de Mirta.
Fue llegar a la estación, en el barrio de Once,  y aturdirse en un remolino de policías más preocupados por el orden que por la pena de la gente. Ya eran  casi las cuatro de la tarde.  Alguien le indicó una lista de hospitales. ¿Por dónde empezar si eran más de trece?
Como pudo, junto con otras madres, padres, hermanos, deambuló por diferentes guardias hasta que ya no pudo. Era de noche.  Sintió que su mundo se derrumbaba.
 Necesitaba el apoyo de su compañero y, no sin dificultad, encaró el  regreso.
Cuando llegó a su casa, las luces apagadas terminaron con la leve esperanza que aún albergaba. Se sentó en una de las sillas de la cocina, escenario de su enojo de la noche anterior, y hundió la cabeza entre las manos para tratar de apaciguar el latido de sus sienes.
No escuchó el ruido de las llaves y para cuando pudo reaccionar , se encontró con el gesto adusto de Tadeo .
Como otras veces, en el camino de regreso del trabajo, él había pasado por la larguísima cuadra de la fábrica abandonada cuyo paredón, sobre todo de noche, invitaba a cruzar la calle.
 En este sector del conurbano profundo aún se apreciaban las huellas de los gobiernos que habían producido el cierre de muchas industrias, con su herencia de predios abandonados con edificios grises lentamente carcomidos por el tiempo y el vandalismo. La esquina solitaria de la fábrica fantasma era la elegida por algunos pibes del barrio, los que ni estudiaban ni trabajaban y que a esa hora ya estaban pasados de cerveza.  Uno de ellos había sido  arrebatado del brazo, al pasar, por su padrastro.
Los ojos enrojecidos de Kevin miraron sin ver y su gesto extraviado, impregnado de alcohol y  marihuana no se conmovió cuando Mirta se echó en el piso, se  abrazó a sus rodillas, y, gimiendo, vertió durante largo rato todas las lágrimas retenidas en ese día fatal.






2 comentarios:

  1. Se salvó de ese accidente, pero no de algo más.
    Y ese accidente dejó marcas, tanto que si planteó si era corrector incluir en una ficción televisiva un accidente de tren.
    Saludos.

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  2. Desgraciadamente, las marcas y los cambios son siempre posteriores a los accidentes. Gracias por el comentario.

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