viernes, 14 de julio de 2017

CUMPLEAÑOS EN LA PLAZA



 Las llagas en la boca no la habían dejado dormir. Recién cuando el sol empezaba a salir, un sueño dulzón le acompasó el aliento.
Cerca del mediodía, Karen se despertó de golpe.
 Como de costumbre, encendió el televisor desde la cama y se aburrió enseguida. Puso música.  Se arregló.
Ya en la cocina  tomó su tecito de hierbas para acompañar el primer analgésico del día.
 Miró el reloj;  y llamó a su amiga.
-Si yo no te llamo…… , aflojá con la cocina. Comprá comida hecha. ¿Te acordaste de la consulta con mi cosmiatra? Si, la de la calle Guido, en Recoleta. No es tan cara, además no podés ponerte en manos de cualquiera. Ya estuve averiguando por un cirujano que te hace un tratamiento no invasivo con botox. Después te cuento. Me lo recomendaron en el crucero que hice en marzo. Si, ese que vos no quisiste venir. Igual era de solos y solas. Ahí conocí al candidato a intendente ¿Te acordás? Un divino. Lo iba a llamar pero como no ganó  debe estar bajoneado. Además Germán me invitó a ir a Miami para fin de año. No sé, a lo mejor voy.  ¿Qué te vas a poner para los cincuenta de Ana? Yo ya alquilé un disfraz de Sultana. ¿Qué cómo es? Qué sé yo… cómo de odalisca pero más tranqui. Te aviso para que alquiles otra cosa. Le dije a Germán pero no quiere ir. Viste cómo es. Y bueno, es así. Mejor, no lo tengo que aguantar. ¿Te acordás del alemán que salía conmigo cuando estábamos en quinto año? De la que me salvé…..lo ví el otro día: pelado y panzón. ¡Mamadera! Y la mujer…..un desastre, una gorda con el pelo colorado que parecía mi mamá. Hablando de madres, tengo que regalar la ropa de la mía  y no tengo idea. Después me decís dónde puedo ir. Casi me olvido, ya te cambié el jean.  Te conseguí uno con  más onda,  elastizado y con strass en los bolsillos, para usar con las bucaneras.¿ Cómo qué bucaneras? Las que te regalé porque me quedaban grandes. El sábado arreglamos con las chicas de salsa para ir a bailar, Ni te digo porque seguro que no podés .  Siempre igual vos. Ay.., te dejo que me tocan el timbre.
Miró por la ventana.  Era uno de los  chicos  que siempre  pasaban pidiendo.  Los conocía bien. Flaquitos a morir, pelo rapado, marcas en las caras de antiguos piercings, unas gorras que parecían ollas invertidas sobre las cabezas. Éste tendría más o menos veinte años. El primer impulso fue no salir. El pibe volvió a tocar el timbre.
Fastidiada, Karen abrió la puerta.
-Disculpe doña.
-Te disculpo pero no me digas doña-se arregló el pañuelo de seda.
-Eh……disculpe…-el chico titubeaba.
-¿Otra vez?-ella lo increpó con impaciencia.
-¿No tiene algo patrona?
Karen lo volvió a examinar y no le pareció peligroso.
-Esperá. Plata no te voy a dar.- le dijo secamente.
Entró y buscó en la alacena. Metió en una bolsa un paquete de fideos, galletitas  y dos latas de atún.
Al pasar por el living, miró la manta peruana que ya estaba descolorida por lo vieja y que tantas veces estuvo a punto de tirar. Hacía años que cubría el respaldo de uno de los sillones de cuero.
Tomó la manta, la dobló y la puso en la bolsa.
Salió y se ingenió para pasarle las cosas sin tener que abrir la reja.
-Gracias patrona-el chico estaba incómodo.
Ella retuvo la bolsa.
-No soy tu patrona. Decime, ¿Por qué no trabajás vos?
-Trabajo. En un lavadero de autos, pero hace dos días que llueve. De día paramos acá en la plaza.
-¿Cómo que paran en la plaza?¿Quiénes?
- Yo, mi novia y la nena.
Los ojos de Karen permanecieron grandes y quietos. Es cierto que desde que se había retocado  parpadeaba menos, pero esta vez la expresión le venía de adentro.
-¿Tenés  una hija?-Sabía que era una pregunta  estúpida.
-Hoy cumple cuatro-la cara del pibe se iluminó.-¡Gracias doña!-alargó la mano y le sacó la bolsa. Se fue casi corriendo.
-No me digas doña-se dio media vuelta y dijo bajito “pelotudo”.
Salió a hacer unas compras. Podía tomar otro camino, pero pasó por la plaza.  A lo lejos, vio al pibe que revolvía la bolsa que ella le había dado.
 “¿Tendrá abrelatas?”Enseguida pensó que no era su problema.  Sin embargo, se quedó pegada a la imagen del chico.
Entró a la panadería, un espacio casi desconocido para ella.
- Quiero una torta de cumpleaños-usó el tono simpático que usaba  para las mujeres ; para los hombres sabía tener  una variedad de otros tonos.
-Buenos días ¿No?-le contestó la empleada.
-Hola ¿ qué tal?- Le mostró el blanco exagerado de sus dientes  mientras pensaba “Gorda resentida”.
-¿Qué va a llevar?-la chica que atendía el mostrador le hizo repetir el pedido.
-Te decía: una torta de cumpleaños.
-¿Cómo la quiere?
A esa altura, la seriedad de la vendedora  había alterado a Karen. Su encanto no funcionaba con ella. Qué le iba a hacer. Pura envidia.  Miró la variedad inaudita de postres y pasteles, masas y budines.
 -No sé, algo tranquilo…-no le importaba la impaciencia de la gente que esperaba detrás de ella.
-¿Y cómo sería una torta tranquila?-la cara de la chica gorda parecía tallada en madera.
Karen sintió un calor que se subía por el cuello y el deseo de estar en otra parte.
-¿Y señora?-la empleada la apuró.
-Menos mal que no me dijiste doña.
Enseguida  empezó a evaluar otra vez la vitrina. Era un muestrario de colores y formas. Eligió una torta de crema bordeada por un enrejado de chocolate bien oscuro. En el medio, un montecito de pequeños merengues coronado por golosinas  diminutas y guindas de verdad.
-Llevo esa- dijo entusiasmada por la elección.
-Ah…bueno. Pensé que quería algo sencillo-la empleada se dispuso a envolverla.
Cortó un buen trozo de papel blanco con el nombre de la confitería en dorado. Protegió la torta con dos tiras de cartón. La envolvió y la ató con una cinta brillante, como de seda.
-Son quinientos pesos.
Karen sacó una hermosa billetera de cuero color suela, que hacía juego con la cartera y las botas. Pagó con un billete nuevito y salió con paso triunfal a la vereda. La torta pesaba más de lo que creía. Caminó dos cuadras hasta la plaza, tratando de no resbalar en el piso húmedo.
En un banco apartado, estaba el chico, al lado su mujer con una camperita de jean diminuta y  un tatuaje en el cuello. La nena jugaba a patinar, pero sin patines.
La vieron llegar con el paquete prometedor.
-Es para tu hija- Karen estiró los brazos.
-Gracias doña…yo…-el pibe miraba alternadamente  a Karen  y a su chica.
-¡No me digas doña, la puta madre!
En eso, giró la vista y vio una parte de su manta sobresaliendo de uno de los cestos de la basura que el municipio había instalado en la plaza. El chico la  había desechado.
A Karen se le cruzó por la mente el momento en que la había comprado,  durante  una parada en el Valle Sagrado, camino a Machu Picchu,  en compañía de un tipo casado que le gustaba en serio.
 Retuvo la torta en sus manos, y con un gesto de profunda indignación les endilgó un: “Ustedes no valoran nada” mientras volvía sobre sus pasos.
La pareja miró con ojos inexpresivos la retirada  de la mujer.
 La nena siguió en su mundo de juguetes inventados.
Karen llegó a su casa y volvió a llamar a la amiga desde el teléfono fijo que estaba sobre la mesita del living.
-¿Ya te desocupaste? Menos mal, a ver si me das bola. Sí, tengo la voz un poco tomada. Nada…No, no es la medicación. Es este país de mierda. No se arregla más. Bueno, ¿Ya te decidiste por lo del botox? Dale que están de promoción. Dos por uno. La semana que viene te acompaño. Fui averiguar al nuevo gimnasio. Es sencillo pero está bueno. El mes que viene empezamos.  Avisale a las chicas. ¿Tenés que salir? ¿Qué te cierra el banco? Tu marido te va a dar la medalla a la mejor empleada del mes. Siempre apurada vos. Chau, si te acordás mi dirección podés venir un día que tengo el perro atado. Ah…también tengo una torta para el té. Si, si. Chau.
Cortó con bronca. A través de la ventana  podía ver las hojas del liquidámbar que a esa altura del año ya se estaban poniendo amarillas.
Se sentó en el sillón y tomó el celular. Le escribió algo a la amiga.  Se había olvidado de decirle lo más importante:
“Acordate que mañana tengo la última sesión de quimioterapia. ¿Me vas a acompañar, no es cierto?”
 Al final del mensaje, le mandó una carita sonriente.






2 comentarios:

  1. Interesante que los matices de la personalidad de Karen. Frívola y capaz de preocuparse por otros, por la hija de los que viven en la plaza. Le encuentro sentido su disgusto cuando tiraron la manta que les dio. Una manta puede ser útil en un día de frío.
    Y al final resultó que estuvo afrontando algo dificil.

    Bien contado.

    ResponderEliminar
  2. Todo en la vida vibra con diferentes frecuencias, de ahí, creo, que tengamos tantos matices. En tiempos de intolerancia como estamos viviendo, tendemos a juzgar de manera binaria: bueno-malo. Nos fuimos para el lado de la metafísica...! Gracias por el comentario.

    ResponderEliminar