jueves, 9 de febrero de 2017

Obvio que sí.




Siempre se preguntaba qué encontraría debajo del andén.
Tenía miedo que la mandaran a limpiar.
  ¿ Pero, para qué la mandarían justo ahí? “ Para joder” se contestaba segura de que algún jefe tendría esa intención.  No los dejaban estar ni un minuto  sin hacer nada.
 Igual, ella prefería estar siempre ocupada porque si no, se ponía más nerviosa y  las horas no pasaban nunca.
Que los trenes ahora pasaran a horario y que fueran más o menos decentes los ponía a todos en la mira porque entonces las estaciones también tenían que parecer más limpias y no había tiempo para andar tomando mate y había que esconder el celular y no reírse fuerte con los chistes de los muchachos.
Últimamente habían entrado muchos pibes. Ella ya  no era una piba pero también había entrado hacía poco por una amiga de la madre que le debía un favor. Era la primera vez que tenía un trabajo en blanco. No estaba agradecida. ¿Por qué iba a estarlo? Sobre todo después de ver como tiraban bajo las vías a un vendedor para sacarle la mochila, ahí delante de ella y como se quedó inmóvil cuando la gente le gritaba que hiciera algo y todo por tener ese uniforme con tiras fosforescentes que le daba vergüenza  y ese chaleco enorme que le colgaba por todas partes.
También le colgaba al pobre hombre el hueso de la pierna y la sangre le salía como de un bombeador y todo el mundo gritando y el tipo que también empezó a mover el cuerpo al ritmo del chorro que la salpicaba, hasta que se empezó a ahogar y entonces no se movió más y la quedó mirando con ojos horrorizados, justo a ella que estaba como una imbécil con el escobillón en la mano.
Durante las horas pico todo era más fácil porque no se podía hacer mucho y el andén y las escaleras estaban roñosos  pero no era su culpa que la gente fuera tan sucia.  Todo el mundo tiraba los papeles en cualquier lado y  revoleaba  por las ventanillas bandejas de plástico, latitas y bolsas de todos los colores que iban a parar a las vías y parecían de lejos florcitas artificiales ofrendadas al gauchito Gil.
Cuando pasaba la hora en la que todos van a sus trabajos, la estación quedaba semivacía y entonces tenía que tirar un líquido verde en el piso del túnel para asentar la mugre que se superponía con la mugre del día anterior en una especie de pasta grisácea que si no había humedad se secaba más o menos rápido y la dejaba en paz hasta el otro día.
Los domingos se aburría porque no hablaba con nadie desde que el pelotudo de uno de sus compañeros  amagara con tocarla y entonces ahí nomás  ella le pegó una piña que lo hizo trastabillar y se corrió la bola de que “con Andrea no se jode” y no la molestaron más pero la miraban de costado y se reían y hablaban en voz baja y  volvían a reírse mientras se escondían para comer facturas  y nunca más la convidaron.
 Entonces como la estación estaba más silenciosa no podía dejar de escuchar la conversación repetida de los gendarmes que si era invierno se soplaban las manos  y las refregaban  para entrar en calor y si era verano transpiraban debajo de la gorra y hablaban de sus familias que estaban en el Chaco o en Corrientes y que a esa hora estarían comiendo un asado y ellos ahí y encima como era domingo el chino que preparaba comida estaba cerrado y no iban a tener más remedio que comprar un pancho en el kiosco.
Fue un domingo a la tarde cuando la vio por primera vez. Estaba parada en el medio del andén y hablaba por el celular. Parecía que no le importaba otra cosa. Debía andar entre los treinta y treinta y cinco. Se notaba que quería disimular la imagen de chica rubiona, hija de tanos de la “alta Italia”.
 Tenía el pelo claro que le hubiera caído por la espalda como una marea creciente de bucles si no fuera porque estaba tan corto que las ondas parecían pintadas en la cabeza. El celeste le llenaba casi toda la superficie de los ojitos. De mediana estatura y robusta, usaba unos borceguíes negros que a simple vista se notaba que eran pesadísimos. Negros también eran los pantalones anchos que tenían bolsillos por todos lados, igual que la campera.
 Andrea se acercó y pudo ver que,  como único adorno, llevaba  una cadenita de oro y una medalla con forma de lágrima y un número quince en relieve junto con una piedrita de color rosa. La reconoció enseguida porque era igual a la suya: ésa que había dejado  de usar hacía mucho tiempo porque ya no era la persona a quien se la habían regalado. En esa mujer, lucía tan absurda como le hubiera quedado a ella.
-Hola, soy yo, ¿Cómo quién? Yo…….Carla.-A la desconocida no le importaba que los demás escucharan. Tiró al piso con bronca la colilla del cigarrillo.
Andrea pasó cerca  juntó el pucho con la pala. La otra ni la registró mientras volvía a llamar.
-No cortes. Todavía estoy acá. Te espero……..-sacó otro cigarrillo y lo encendió.
Carla dejó pasar dos trenes. Se subió al tercero  pero antes se dio vuelta mirando la escalera de acceso al andén, como esperando un milagro.
La semana volvió a empezar con su rutina de gente apurada: algún arrebato, una que otra corrida, chicos pidiendo; lo de siempre.
Cuando por fin llegó el siguiente domingo y tal vez porque había mucho sol,  Andrea tenía una esperanza que no estaba dispuesta a admitir del todo. ¿Para qué ilusionarse?
Sin embargo,Carla volvió a aparecer , enfundada en su ropa negra y sus botas pesadas. Estaba triste.
 Se sentó en el banco de cemento con las piernas separadas y los antebrazos apoyados en los muslos. Bajó la cabeza clavando la vista en el piso.  Sacó el paquete de cigarrillos del bolsillo de la campara.  Empezó a fumar.
Andrea siguió retirando las bolsas de basura de los cestos. Vio venir el tren a lo lejos y sintió alivio. No iba a tener tiempo de encararla. Pero al instante se le sublevó la sangre de la bronca.  No sabía si era porque venía el tren o porque volvía a tener miedo.
 Calculó: menos de un minuto.
 Como si la urgencia se debiera a  la llegada del tren, sacó un cigarrillo del bolsillo y mirando a Carla con sus ojazos marrones, le preguntó:
-¿Tenés fuego?
Carla levantó la vista, miró la puerta del vagón que se abría, parpadeó como queriendo soltar las lágrimas arracimadas en las pestañas diminutas. Tanteó en todos los bolsillos de la campera y cuando por fin encontró el encendedor le dijo:   
- Si, obvio.
Mientras las dos quedaron solas en el andén, fumando,  el tren se deslizó en silencio, como para no molestar, y cruzando el puente sobre la autopista, se perdió entre los edificios de la capital.

sábado, 24 de diciembre de 2016

LOS NIÑOS-PLUMERILLO.

                                                                                                                      
Como todo el mundo sabe en el barrio, las cañas que crecen en los terrenos baldíos no se pueden erradicar.
Al principio se pensaba que varios hombres juntos blandiendo palas de punta,  trabajando a un promedio de ocho horas diarias, podían eliminar las cañas de,  digamos, un terreno pequeño  capaz de albergar una calesita modesta  durante quince días. Pero ese tipo de soluciones solamente era aplicable a proyectos itinerantes,  como carruseles o circos  pobres sin animales ni pretensiones.
L os domingos se organizaron jornadas solidarias.  Siguiendo las prácticas de los inmigrantes  que se juntaban para levantar las paredes de las futuras casitas, los vecinos se reunían para limpiar los predios con un entusiasmo que iba decreciendo a medida que subía el sol.
 Resultó que el tremendo esfuerzo demandado no se justificaba ya que, por caso, los martes a la tarde, los primero brotes verdes se dejaban ver abriéndose paso entre las raíces lechosas.
La solución pareció llegar desde el Paraguay. Allí, una vez cercenadas las cañas al ras del piso, se rociaba las raíces con kerosén. Esta operación debía repetirse a lo largo de veinte días y luego la tierra quedaba libre.
Con el tiempo se descubrió que la latitud del hermano país incidía en la intensidad de los rayos solares, lo que contribuía al éxito de la operación.
Según los resultados que se dieron en el barrio, es seguro que la calidad del kerosén paraguayo era superior al que se conseguía en el conurbano de Buenos Aires.
  Además del incendio de un quiosco que proveía el combustible y que estalló por los aires, no se registró ningún avance. El kerosén fue un rotundo fracaso.
 Tampoco ayudó el hecho de estar en el sur del mundo.
Con los ánimos alicaídos, los vecinos ya no se escandalizaron cuando las cañas colonizaron las macetas de malvones, las veredas polvorientas y los gallineros.
Para los niños, los cañaverales feraces eran sus aliados. Podían esconderse cuando los llamaban para bañarse en los fuentones; podían  imaginarse en lejanas  selvas e imitar el sonido de cualquier animal salvaje.  Hasta podían atenuar el efecto de las tardes desoladas  armando con las cañas cortadas por la mitad,  barriletes que casi nunca volaban.
El juego preferido era perderse entre los tallos altísimos  coronados por espiguillas parecidas a plumeros  (que por lejos era lo más valioso que podían encontrar) e intentar capturar los ejemplares más hermosos.
 Los osados arremetían la búsqueda entrando en el espacio apretado de los tallos, sin poder apoyar bien los pies y cortándose con los bordes de las hojas estilizadas y arduas.
Por pura intuición comenzaban a sacudir la caña que creían más grande,  guiados por los gritos de los chicos que tomaban distancia para ver mejor.
 Se escuchaba:
- ¡Ésa no, la de al lado!
-Más atrássss, ahí, ¡no! La otra.
Cuando estaban seguros, derribaban con gran esfuerzo la caña y cortaban el penacho
Los adultos, impotentes frente a lo avance parejo del cañaveral y del desempleo, apostaban sobre una manta raída todo lo que les quedaba: “Te juego mi mochila a que Luisito baja el plumerillo más grande”. “Mi cuchara de albañil a que Juanita encuentra el más suave”.
 Y como estaban tan entusiasmados, nadie se dio cuenta de que la pareja más joven de la cuadra se desgañitaba pidiendo ayuda. De tal suerte que solitos se arreglaron y  recibieron al bebé más hermoso que hubiera nacido a la vera de la autopista.
 Tan amada era la criatura que todos sus  cabellos eran rosados y crecían hacia arriba sin parar. Los flamantes padres dieron por sentado que al paso de los días  la suave cabellera sería más dócil  y dejaría de irradiar luz.
 Como ya  era noche cerrada,  el juego terminaba y los niños fueron saliendo del cañaveral como siempre. Sin embargo algunos adultos vieron un cambio, al principio sutil.
De las cabecitas alborotadas de los niños, comenzaron a crecer brotes tiernos, tornándose en espigas delicadas. Todas destellaban colores de acuerdo a las necesidades :  verdes, para quienes tenían a sus abuelos enfermos;  azules, para los chicos cuyos  padres  habían perdido la voluntad;  violetas, para los esperanzados.
Y en los aviones que llegaban al aeropuerto cercano,  cargados con regalos del exterior, los pasajeros dejaron por un momento sus computadoras y sus celulares. Todos miraron con inquietud hacia abajo y muchos de ellos juraron solemnemente  sobre las pantallas de sus tablets, que jamás se había visto una navidad más luminosa.


lunes, 19 de diciembre de 2016

La sed.



                                                                                 "Hoy vas a entrar en mi pasado..."
                                                                                                         Enrique Cadícamo.

Le había dicho al sargento de su escuadra que tenía que despedirse.
Era uno de los mayores y tenía experiencia en combate. Hizo valer esos antecedentes.
Su superior lo autorizó.  ¡Qué locura! No se sabe quién de los dos fue más boludo.
Andrés (de aquí en adelante se usará su nombre de guerra), se estaba preparando en una casa  operativa desde hacía varias semanas.
 Su misión era manejar uno de los camiones.
 A pesar de su compromiso, venía dando muestras de cansancio, de distracciones que ponían en peligro a los otros.
 Al principio demostraba carácter y animaba a los más jóvenes, pero últimamente se le acababa  la paciencia, la convicción; o tal vez no. Tal vez solamente necesitaba estar cerca de Luisa aunque fuera por un rato. Quién sabe.
 Lo cierto es que se acercó de noche a la casa de la calle Mitre, su casa, qué locura. Si sabía que los estaban acorralando. Sabía que estaban cayendo como moscas y que no todos aguantaban. Se les había ido la doctrina a la mierda. Tanto entrenamiento y resulta que no pasaban la primera noche sin largar todo. Había excepciones pero no eran muchas.
 Igual,  Andrés pidió ir a su casa, a ver a Luisa.
 Obvio que no era el único al que se le atragantaba el llanto antes de dormir.
¿Quién carajo habrá inventado la Navidad?
Fue con uno de los autos robados y con documentos falsos. Tenía tres juegos con nombres diferentes.
Manejó por calles solitarias para evitar puestos de control de la policía. Dio varias vueltas antes de estacionar. Tenía que estar seguro de que no lo seguían. Apagó el motor y esperó. Nadie por ningún lado.
Le pareció tan triste el barrio. O el triste era él.  En las reuniones sobre autocrítica le machacaban con lo de la moral alta. Le venían pidiendo demasiado.
Reaccionó y miró para el frente de la casa. Todas las luces apagadas.
Bajó del auto tratando de no hacer ruido.
Intentó abrir la puerta con su llave pero no pudo. ¿Habían cambiado la cerradura?
Insistió pero fue inútil. Se dio cuenta que lo empezaba a ganar la ira. Otra vez.
  Pero ¿para qué volvía si las cosas con Luisa estaban mal desde hacía mucho tiempo?  Últimamente no se podía controlar, se enfurecía y no dejaba de pegarle.
¿Qué tipo de cobardía le permitía  manejar un camión con explosivos y al mismo tiempo castigar a su mujer?  Se negaba a pensar en eso, como negaba el menosprecio por las mujeres de su grupo.
-Falta poco, compañeros. La ofensiva contra el enemigo será definitiva- había dicho uno de los comandantes.
Tenía que ver a Luisa.
Ella había escuchado el ruido de las llaves desde la cama. Su habitación daba a la calle y a pesar que hacía dos meses que su marido no andaba por la casa, siempre estaba alerta.  Le tenía miedo.  Al saberlo cerca se le despertaban todas las fibras del cuerpo que tenían memoria de los gritos, los insultos, los golpes. Esta vez estaba entera, no la iba a joder nunca más. Saltó de la cama a la cocina donde estaba el teléfono para pedir ayuda.
No obstante dudó. Aunque no tenía certeza  y no quería tenerla, intuía que él ya estaba marcado. “En todo caso va a ser una cuestión de tiempo”, se dijo a sí misma mientras dejaba el teléfono y cruzaba, descalza, el breve pasillo de mosaicos grises que separaba la cocina de la entrada.
-¿Qué querés?

-Luisa…yo…abrime -susurró el hombre.
-¿Para qué?
-Tenemos que hablar.

La mujer apoyó la frente en la puerta de chapa y se reconfortó con la frescura del contacto. La casita hervía bajo el cielorraso descascarado por el abandono.
Igual que ella.
Metíó la llave en la cerradura. Se maldijo por ceder otra vez. Sin embargo algo le decía que no iba a ser igual. El “Tenemos que hablar” que ya había escuchado tantas veces, sonaba más cansado. No era súplica, no. Las súplicas las conocía bien. El tono era definitivo. No le parecía arrepentido sino como derrotado. Si. Era eso. Parecía que él hubiera superado su propia miseria y  la ofreciera  en el altar de vaya a saber qué causa. Algo que iba más allá de ellos dos.
-Soy una pelotuda- pensó y giró la llave hacia la derecha.
Retrocedió un poco y él entró rápido. Quedaron frente a frente. Dos meses no es tanto tiempo, pero igual se examinaron con la mirada. El hombre le pareció más alto con sus pantalones de gabardina azul oscuro y una camisa del mismo color.”Parece recién salido de la fábrica” pensó ella.
“Parece una nena vieja” pensó él al verla más menuda,  en su camisón de linón con florcitas celestes  y de mangas acampanadas con puntillas.
Se habían conocido siete años antes en la fábrica textil. Luisa ya trabajaba en los telares cuando él ingresó. Los compañeros los empezaron a cargar de entrada y ella  no supo  si fue por eso o porque le gustaba cómo hablaba, la cuestión es que se empezó a fijar en él.
Cuando al poco tiempo, la invitó a ir al cine, Luisa ni lo pensó. “Vamos”, fue su respuesta. De ahí en más todo fue rápido. Andrés se mudó a la casita que ella había heredado de sus viejos.
A los dos años más o menos,  y a pesar de que no había sido fácil la convivencia, ella le insinuó lo del casamiento. Con el tiempo se reprocharía tanta ingenuidad, pero en ese momento le pareció que con la libreta en mano iba a empezar otra historia. Una mejor.
-¡Si serás burguesa…!-le había dicho con una sonrisa mientras le acariciaba el pelo.
Él le dio el gusto. Luisa todavía recordaba con cariño los preparativos del casamiento. La ilusión con la que había recorrido  la calle Azcuénaga de punta a punta para  comprar la tela del trajecito rosa que se hizo hacer. La cara de él cuando le consiguió el traje azul para ir al Registro Civil.  La única foto, colgada en la pared del dormitorio, con el peinado batido de ella y el pelo con gomina del novio, que le  mantenía las ondas rebeldes hacia el costado.
La situación cambió, pero no como Luisa lo había imaginado.
A finales de 1970, el clima en la fábrica estaba enrarecido. Habían entrado a trabajar  unos muchachos nuevos. Su marido los admiraba. Se reunía con ellos fuera del trabajo. Llegaba tarde a la casa, no le daba explicaciones. Ella se puso celosa al principio y lo hostigaba por eso. Él siempre había tenido mal carácter pero ahora la trataba con una impaciencia prepotente. Empezó a subestimarla, sobre todo cuando ella se mostraba reticente a escuchar sus argumentos que daban vuelta alrededor de lo mismo.
-Vos no tenés conciencia de dónde estás parada-Le decía con frecuencia pero sin acariciarla.
 Con el tiempo, él ya no le daba explicaciones de nada. Ni siquiera el día en el que ella encontró el arma y casi se muere del susto.
Cuando los echaron del trabajo, Luisa se desesperó. El marido no se inmutó. Por un tiempo siguió trayendo plata.  A veces pasaba muchos días sin volver a la casa. Si ella se ponía pesada, él terminaba la discusión con un buen empujón y vuelta a irse.
El día que la mujer amenazó con denunciarlo, recibió la primera paliza.
Ella lo había dicho por decir, por supuesto. Además no sabía a ciencia cierta en lo que estaba metido. No es que no tuviera indicios. Aunque no había terminado el secundario, tampoco era tonta. La cuestión es que no se quería involucrar más de lo que ya estaba.
Tenía que buscar trabajo.  Entró  en un taller de costura. Ganaba menos que antes;  no le importaba. Estaba ocupada y no dependía de él y sus largas ausencias.
Durante el último año y medio, había aparecido poco y nada.  La última vez que lo vio, tenía la cara curtida por el sol y con cortes mal curados. Estaba flaco y demacrado. El monte tucumano le dolía en todo el cuerpo.
Ella, envalentonada, lo recibió con un “esto no es un aguantadero”.
 Él  le contestó con un golpe tremendo, cobarde, incomprensible,  que la desparramó por el piso. Luisa volvió a sentir el miedo que nunca había perdido  y  cuando temió que seguiría la paliza, su marido simplemente se fue.
 Ahora volvía.
Entraron en la cocina. La mesa redonda y las cuatro sillas alrededor. El mantel de hule colorido. La pavita enlozada de color naranja. El hombre miraba como  si estuviera reviviendo un recuerdo querido. Comparaba este ambiente sencillo y cálido con las casas que servían de entrenamiento y refugio. Lugares impersonales de los que muchas veces había que salir trepando por los techos vecinos con lo puesto. No pudo menos que sonreír.
La mansedumbre de Luisa se adivinaba en el orden y en los detalles sencillos como la agarradera tejida al crochet. Esa maldita mansedumbre que lo sacaba de sus cabales y lo había enfurecido tantas veces.
Se sentó. Necesitaba empezar a hablar de lo que le estaba pasando. Sin embargo, un silencio incómodo se instaló entre ambos.
 Al rato él dijo como al pasar:
-No cambiaste nada por acá.
-¿Y qué querés que cambie? ¿Te parece que hay poco quilombo por todos lados? Doy gracias que me puedo mantener. El que quiere cambiar el mundo sos vos.- Luisa se escuchó a sí misma y casi no se reconoció.
Andrés bajó la mirada. No tenía ganas de seguirle la corriente. Se preguntaba qué era lo que había ido a buscar a esa casa que nunca sintió verdaderamente como suya. La pasividad desarmó a Luisa, quien estuvo tentada de abrazarlo. Un freno invisible hecho de rencor le impidió hacerlo.
Al final, apartó una silla y se sentó frente a él. Empezó a doblar con obsesión un repasador con motivos navideños.
El hombre sintió que todo era inútil y sin conciencia verdadera del momento que estaban viviendo, dijo:
-¿Sabés lo que más me jodía de todo?
-¿Cuándo?- respondió ella como desorientada.
-La sed.
-¿Qué? Bueno…-titubeó Luisa.- Tengo las sidras que me dieron en el taller por las Fiestas.  Abrimos una- Se puso de pie como si hubiera recibido una orden.
Aturdida, la mujer se acercó a  la heladera.
Una sirena lejana sacó al hombre de su letargo y le tensó los músculos de la cara.
El ruido se fue extinguiendo y entonces él le volvió a bajar  la guardia.
- Dame que yo la destapo.
Sirvió en dos vasos que ella puso sobre la mesa,  de esos baratos y  gruesos que se compran en los bazares de barrio, entre los escobillones y las palitas para la basura.
La sidra estaba dulce y fresca. Ellos la bebieron en silencio. Sabían que estaban firmando  una paz  debilucha y mentirosa.
-¿Y cómo…?-la mujer intentó iniciar la conversación.
-No va a durar mucho, esto no da para más.-Él la miró fijo como para obligarla a entender definitivamente. Deseó que ella le dijera “Si, ya sé, te entiendo y te admiro y acá estoy para curarte las heridas y te sostengo y sos el hombre que soñé y en vos están todos los hombres que van a salvar a este país. Yo estoy con ustedes en esto”.
En cambio, a ella le salió un: “¿Abrimos otra?”
 Y a él le vinieron  unas  ganas de putearla y de llorar, y otra vez como tantas veces tuvo el impulso de pegarle a ver si despertaba pero sin embargo se despachó con un: “Bueno”.
Siguieron tomando y a los dos los invadió una pesadez bonachona y un deseo de tocarse como antes.
 Sin embargo, se dejaron  estar en ese puro presente que los absolvía del pasado.
Descorcharon la tercera botella y ya era reírse de algún recuerdo que ni siquiera estaban seguros de haber vivido juntos.
El hombre miró el reloj de la pared: las tres de la mañana.
-Me van a fusilar- pensó y sonrió por la ocurrencia.
Se paró vacilante.
-¿No te quedás? Preguntó Luisa desde la confusión producida por el alcohol.
-No, te dije que va a pasar algo grande.
-¿Vas a volver?
-Claro- contestó pensando que tanta seguridad tal vez despertaría algo de emoción en su mujer.
-Entonces, brindemos por la vuelta…-Dijo ella.
-No;  brindemos por la victoria.
Se fue, como tantas veces. Feliz, como nunca.
Faltaban tres días para Nochebuena.
Luisa se quedó en la cocina mirando la mesa con las botellas vacías y los vasitos de entrecasa. Tuvo el impulso de ordenar todo como había ordenado  su mundo doméstico: la realidad del despertador a las cinco de la mañana, colectivo  lleno y a fichar. La vida que la había separado del tipo que vino a despedirse.
 No lloró, sin embargo.
 Tampoco lo hizo cuando el miércoles  24 de diciembre  buscó su nombre como loca en los diarios que relataban el enfrentamiento en el cuartel.
 Andrés, en cambio, mientras estaba tirado boca arriba, mirando el cielo oscurecido por el humo de Monte Chingolo, no pensaba en ella.
El ruido de los  huesos crujiendo al paso de los tanques no lo atormentaba tanto como la idea de terminar así, abrasado otra vez por la sed.







lunes, 28 de noviembre de 2016




Ni siquiera los muertos están muertos.
Diseminados sus miembros pero no inertes,
crispados más bien.
Libres de polvo ¿Quién podrá sepultarlos?
Están los gritos y también el relincho y el mugido,
que replican en nosotros
el sofocón ardiente y luminoso que llega desde el cielo.
Plegarias que a fuerza de silencio
traspasan los límites
y ruedan  por el mundo;
a diferencia de las manos
que se han quedado acunando,
y de los puños, que olvidaron la derrota
y auguran la vida.
Los despojos nos interpelan aún.
Ni siquiera están muertos.




jueves, 20 de octubre de 2016



Presentación del libro "Al otro lado del mundo", una antología donde figura mi cuento "Terremoto en Buenos Aires". 





¡Gracias editorial Dunken !










 

sábado, 1 de octubre de 2016

CARTONERA





Tira de su carro
Y solo ve,
pálido, el cartón
que la ayudará a comer

Tira y  todo esquiva,
con pudor.
Ella sabe que murmuran
de su ropa sin color.

Calles y  peligros
que se mezclan con su sed.
Rabia contenida
que no logra resolver.
Nunca hubo otro infierno
que se vea tan natural,
fundirse en sus sombras
y esperar.

Tira y a la villa va a volver.
Suburbio intranquilo
detrás del atardecer.
Un arroyo denso,
unos ladridos
Después un silencio tenso
bajo un cielo ensombrecido.
Refugio escondido
que la separa del frío.
De los que la ignoran
o la hieren sin motivo.
Porque sienten miedo
como cuando grita el tero,
que hace ruido
solo por cuidar su nido.

Tira y a la villa va a volver.
Suburbio intranquilo
detrás del atardecer.
Un arroyo denso,
unos ladridos
Después un silencio tenso
bajo un cielo ensombrecido.
Refugio escondido
que la separa del frío.
De los que la ignoran
o la hieren sin motivo.
Porque sienten miedo
como cuando grita el tero,
que hace ruido
solo por cuidar su nido.


                                                                  RESEÑA El orden perdido y los Ramales olvidados de José A. GarcíA   Jo...