lunes, 19 de junio de 2017

DIÁLOGO EN LA RIBERA




-“Como precisaba enarbolar bandera y no teniéndola la mandé a hacer celeste y blanca.
conforme a los colores de la escarapela…….”- El Dr. sigue dictando.
-¿Y para qué me precisaba?
-Para distinguirnos de los enemigos-el hombre contesta sorprendido por la pregunta.
-Para eso hubiera bastado hacer uniformes bien distintos.
-No es lo mismo, los soldados necesitan símbolos-  Lo dice como sabiendo que es obvio.
-Los símbolos deben representar algo, si no fuera así, una bandera es un simple trapo. Vuestra merced sabe que no soy un trapo.
-Hay mucho que necesita  ser representado.
-¿Por ejemplo?
-Sin ir más lejos, la población saqueada de estas costas.
-Ah….para eso hubieran mandado una fuerza de policía. ¿Estamos corriendo a los ladrones de ganado? ¡Por favor!
-Estamos asegurando las fronteras- se impacienta.
- ¿Cuáles fronteras? ¿De qué país? Sabemos que ya se ha separado el Paraguay.
-Justamente, el país es enorme, hay que salvarlo.- el hombre acusa el golpe.
-Una bandera para un  país en el que aparentemente sigue mandando el Rey de España, pero que no es España, y que combate a España. ¡Qué dislate!
-Puede que nos falte un nombre.  No tenemos fronteras seguras y hay que convencer y motivar a los pueblos. No hay industrias ni escuelas. No tenemos flota y el enemigo está cerca, ahí nomás en el río.
-Veo que por lo menos no está tan fuera de la realidad.
-La realidad……. Por supuesto, ese es el punto, una realidad nueva. Tenemos que empezar por algún lado. Salvaguardar los intereses de los criollos. Los españoles compran por dos para vender por cuatro. Esa ha sido su razón. Hasta en España se han alzado contra la tiranía. ¿Cuánto más hemos de esperar para salir de la miseria, la ignorancia, la ignominia? ¿No alcanzan estas razones para enarbolar Bandera?
-Tranquilo Manuel. Solamente quería estar segura.
Manuel Belgrano se despertó de golpe. El cansancio y el calor de febrero lo han hecho dormitar sobre su escritorio de campaña, en las barrancas del Paraná.

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martes, 23 de mayo de 2017


PRESENTACIÓN DEL LIBRO

"ESCRITO EN EL VIENTO"

Una antología que incluye mi poema 
"Cartonera"



¡MUCHAS GRACIAS EDITORIAL DUNKEN!

domingo, 14 de mayo de 2017

“ALIMAÑAS”

Virginia y su padre estuvieron recorriendo la ciudad.
-En verdad no es como la imaginaba- la hija terminó su café después del almuerzo en una parrilla elegante de la Costanera.
-Vamos a caminar un poco.-propuso el hombre.
-¡Pero si es lo único que hicimos desde que bajamos del avión!-la joven mujer le reprochaba con una sonrisa cómplice.
Era sábado,  el tránsito estaba muy tranquilo y el sol otoñal plateaba las olas mínimas del río.
-¿Y cómo imaginabas que era la costa?-preguntó el padre.
-No sé, creí que la ciudad llegaba justo a la orilla…como La Rambla, que está siempre llena de gente. Pensé que se podía tocar el agua…es tan diferente.
-Bueno, esta es la llanura que se va hundiendo en el mar dulce…- El padre parecía  un guía de turismo exagerado. Sin embargo, su mirada se perdió por un instante hacia el este, dejando de lado el tono jocoso.
-¡Mar dulce! …¿Has visto?, ¿Quieres empezar la competencia de paisajes?-la chica reía desafiante mientras tomaba el brazo del hombre con cariño.
-  ¿Querés competir? ¡No te conviene, seguro que perdés!
-¡ Si en casa tenemos el Mediterráneo  y las joyas de Gaudí por todas partes!-dijo ella.
-Bien que te emocionaste anoche recorriendo las callecitas de San Telmo-retrucó el padre.
- ¡Y cómo no habría de hacerlo si hasta los diez años sólo escuché a Piazzolla!
 Virginia, según su costumbre, gesticulaba para darle énfasis a las palabras.
-¿Nos sentamos?, Estoy cansada.
Se acercaron a una parada de colectivos y ocuparon un banco de metal.
El viaje fue largo. Primero el vuelo de Barcelona a Madrid y allí la espera de varias horas en el aeropuerto.
La decisión de volver, aunque fuera solamente una visita, no fue fácil. Treinta años después de la partida, retornaban a la ciudad en la que habían nacido. Para Virginia, el lugar de su nacimiento era una simple anotación en el documento.
-Crucemos-el hombre parecía impaciente.
- Vale, vamos…, espera ¿Qué es aquello que se mueve enfrente?
-¿Dónde?
-En la calle-la chica se esforzó para enfocar la mirada mientras señalaba con el dedo. Hizo un gesto de profundo asco.
La primera rata pasó como un rayo muy cerca del cordón. Corría de la forma en que todas deberían hacerlo de acuerdo a los usos y costumbres, esto es, tratando de que no se note su presencia.
 Siguieron sentados. Observaron  con mayor detenimiento las barandas de cemento  en las  que la gente suele apoyarse y en las que algunos  ubican  sus cañas de pescar. También examinaron los árboles y los vendedores que ofrecían bondiolitas y sándwiches de chorizos.
 Estaban en eso cuando vieron a la segunda. 
Entonces, el panorama se aclaró y empezaron a florecer, como quién dice.
 Las vieron caminar por el follaje  de los robles y descolgarse dando saltitos de una rama a otra.  Subían y bajaban por los troncos. No temían ni titubeaban. Recorrían los baldosones del piso de a dos y hasta de a tres, compartiendo el trayecto con los dueños de los puestos que se desesperaban por disputarles el espacio.
 Formaban parte del paisaje como los aviones y el agua marrón.
-¡Ay por Dios!, ni loca me llevas por allí.-Virginia se encogió de hombros y movió su cabeza de un lado a otro.
-¡Pobrecitas…! Si las que andan por el Barrio Gótico son mucho más grandes-el padre se deleitaba haciendo rabiar a su hija.
Los dos empezaron a reír y a hacer bromas sobre el tamaño de las ratas en los diferentes puertos del mundo.  Aquellas que desde los barcos de todas las épocas, esparcieron la peste y  acompañaron la maldición de la rapiña.
Luego simularon discutir sobre los edificios emblemáticos de las dos ciudades.
-Puedes decir lo que quieras pero en todo Buenos Aires no he visto nada parecido a la Sagrada Familia-dijo la chica.
-Ni falta que hace.-contestó el padre rápido de reflejos.
Siguieron caminando  en dirección a  la Ciudad Universitaria. Ya no reían.
Las primeras esculturas del Parque de la Memoria se recortaron en el horizonte.
- Vení conmigo- la voz del padre, por primera vez, pareció una orden.
-¿Es necesario?
El hombre la miró con una tristeza infinita. Ésa que Virginia conocía bien.
-Sí. Tenés  que estar ahí cuando encuentre el nombre de tu madre.
Cruzaron  la avenida abrazados, las siluetas descarnadas de los árboles los guiaron.
 Caminaron despacio por los senderos  grises que se abren paso hacia la orilla.
Llegaron al muro inmenso, y mientras  acariciaban  las inscripciones de la piedra que lo  recubre, el aire del río empezó a soplar con fuerza.
Ellos no lo sintieron.
           




miércoles, 22 de marzo de 2017

El vaso de vascolet y el mantelito verde manzana.


-¿Te vas a poner a encerar ahora?-el marido apenas  esbozó una  queja.
-¿Y cuándo querés que lo haga?-la mujer respondió  con  relativa moderación. Era muy temprano para pelear.
-Es que ese olor….-desdobló con cuidado el diario.
-Ojalá tuviera tiempo para desayunar tranquila como ustedes-la esposa esparcía la pasta anaranjada por el damero blanco y negro del piso de la cocina.
-¡La leche está muy caliente!-el chico revolvía  con su cuchara y mordisqueaba un biscuit.
El olor de la cera vuelve a embriagar a Guzmán mientras recuerda la escena acodado junto al teclado.
Se ha comprometido  a entregar el diagnóstico inicial de los catorce cursos  en los que deberá enseñar Literatura. Las catorce planillas están llenas de nombres y apellidos a los que intenta acostumbrarse. El ciclo lectivo recién empieza con su rutina de informes sobre chicos que aún no conoce.
Él quisiera llevarlos a escribir graffitis con Cortázar, a que se  enamoren con Benedetti en alguna esquina rota; que se estremezcan con Poe y se conmuevan con los personajes aparentemente derrotados de Rozenmacher.
 Y algún día… Tal vez…
 No escribe. Las planillas siguen ahí, en blanco. Está demasiado aburrido  y sabe que eso puede afectar su criterio.
 Además, no puede cambiar la imagen que le llega desde el pasado.
Mira por la ventana: el cielo del lunes es un collage desganado.
No sabe a ciencia cierta por qué se ha acordado de ese episodio.
- Qué raro que funciona la mente- se masajea suavemente las sienes mientras intenta concentrarse en el trabajo.
Sin embargo, vuelve a Ciudadela y a la cocina de su niñez.
La casita era chica y muy prolija. Tanto que desentonaba en medio de los galpones y los talleres mecánicos por los que se colaba un hollín pegajoso que tenía la costumbre de aterrizar en su casa, para hacerla rabiar a  la madre.
-Tomá la leche que se enfría- su padre le guiñó el ojo.
-No me gusta el vascolet-el pequeño Guzmán hablaba bajito para no despertar la furia materna.
-Bueno, dale que te ayudo- el padre se estiró sigiloso para tomar del vaso y no calculó bien, de modo que la larguísima página de La Nación desató una pequeña catarata de leche marrón sobre el mantelito verde manzana con bordes tejidos al crochet.
En ese apartado lugar de Ciudadela, lo que no brillaba estaba tejido a mano o bordeado de puntillas.
Los dos se miraron conmocionados,  el padre cruzó el dedo índice sobre los labios con energía. Las lágrimas del chico no se animaban a deslizarse por la cara.  El desastre era de tal magnitud que el hombre solamente atinó a recoger el mantel empapado, envolverlo en el diario y meter todo el conjunto en su maletín de visitador médico.
-Nos vemos a la noche –  llegó a decir el padre que salió casi corriendo.
 La madre siguió arrodillada refregando el piso. El niño entró en pánico.
Guzmán se levanta y se sirve otro café. Los recuerdos parecen escurrirse y aunque no son alegres, sonríe. Mientras lo hace, se le ilumina la cara y vuelve rápidamente a su escritorio.
Los textos ajenos pueden esperar. La burocracia también.
Sus manos se deslizan sobre el teclado como si alguien las manejara:

 ”Las persianas  se levantaban temprano, lo suficiente para ventilar los ambientes. El resto del día permanecían  bajas para  defender a la familia de la inmundicia del mundo”

Vuelve a mirar por la ventana y  ya no le presta atención a los nubarrones. Dos pibes de guardapolvo blanco que corren en la plaza como si fueran  conejitos,  lo hacen llorar de felicidad.




miércoles, 22 de febrero de 2017

LOS NI-NI.

El olor a pan tostado inundó su dormitorio y la despertó.
En el instante confuso en el que se separó del sueño, cuando los malos presagios atacan la conciencia amargando prematuramente el día, se acordó de que estaba peleada con su hijo. Por lo tanto no se levantaría hasta que él se hubiera ido.
Le duraba la bronca. Mejor dicho el miedo; sí,  el miedo a que su hijo no tuviera futuro. Se ilusionaba con la idea de que esta vez, él fuera  a encaminarse.
Tadeo, su compañero ya se había ido a trabajar muy temprano,  como siempre. Era pintor de obra, de los buenos.
Ella, dolida y enojada como estaba iba a correr el riesgo de llegar tarde a la óptica con tal de no cruzarse con el chico. Y eso que llegar tarde a su trabajo era lo último que necesitaba.
El alemán, su patrón, era muy exigente con los horarios. Bueno, con casi todo. Solamente Dios sabe lo que le costaba conformarlo.  Ella atendía el mostrador en la óptica,  recibía las recetas y asistía  a los clientes que buscaban marcos para sus anteojos. Con paciencia infinita buscaba en las vitrinas, tratando de acertar con la forma más adecuada a las caras o intuyendo los gustos de cada cliente. Lo mismo con los lentes de sol. Nunca entendería cómo cierta gente pagaba tanto por una marca.
¡ Le había costado tanto conseguir ese empleo! Empezó haciendo la limpieza y como era observadora y quería progresar, puso atención en la forma en que atendían las empleadas que iban desfilando y que se cansaban del régimen disciplinario y las observaciones críticas del alemán, quien, desde el taller, en la habitación contigua, no se perdía detalle de lo que pasaba en la parte delantera del negocio. Implacable, el alemán no perdía oportunidad de indicar lo que se hacía mal, pero también tomaba nota de los aciertos. Por supuesto que nunca los destacaba. Pero cuando ella tomó coraje y le insinuó que tal vez podría ocuparse del mostrador, el hombre no rechazó la idea de entrada y terminó dándole un voto de confianza. Mirta lo respetaba, después de todo era inmigrante, como ella. Para el alemán, el trabajo era sagrado y eso los unía.
También ella, siendo una chiquilina, había dejado su barrio en Asunción para buscar un trabajo en Buenos Aires, ante la pena de su madrina, quien la había criado con severidad y afecto.
-¿Y esto es Buenos Aires?-dijo cuando se instaló en la casa de unos parientes.
Y si. Era Buenos Aires, pero no el de las avenidas con edificios lujosos y vidrieras atrayentes que había visto en revistas. Era el Gran Buenos Aires, de calles de tierra, veredas de yuyos altos, paredes sin revocar y perros flacos y queribles que duermen al sol.
Para un inmigrante, casi nada es lo esperado. Tal vez al alemán le había pasado lo mismo; quien sabe.
Por eso, cuando a los pocos meses de llegar, supo que iba a tener un hijo, y también supo que lo criaría sola, dejó de lado toda nostalgia, toda queja, y juró que iba a luchar con toda el alma por esa sensación que se insinuaba en su vientre, que la llenaba de una alegría difícil de justificar dada su posición y que vaya a saber por que remota razón iba a llamarse Kevin.
Había silencio en la cocina. Se levantó y se cambió rápidamente.
Se hacía tarde, iba a tener que tomar el colectivo.
Aunque estuviera a doce cuadras de la óptica, por lo general iba caminando. No porque no pudiera gastar en el boleto-como en otras épocas-, sino porque era su única oportunidad de hacer algo de ejercicio. Desde que vivía con Tadeo, hacía ya cinco años, se había mudado con él cerca de la estación.
El calor de febrero se hacía sentir así que llegar a la óptica y prender el aire acondicionado fue un verdadero alivio. La mañana estuvo muy movida. Desde que habían empezado a atender varias obras sociales, los clientes se habían multiplicado, así que Mirta no tuvo mucho tiempo para pensar en sus cosas.
“Sus cosas”, es decir, aquello que la preocupaba,  se resumía en el nombre de su hijo.
 La noche anterior le había exigido a los gritos que buscara una ocupación y que dejara de juntarse con unos chicos que tenían mala fama en el barrio.  Pero esta vez, él había actuado con mucha violencia. Una violencia que Mirta no entendía, no merecía  y cuyo origen, aunque evidente, intentaba no reconocer.
-Menos mal que Tadeo no había llegado- pensó. No quería involucrarlo.
Kevin había cumplido dieciocho años y  después de repetir muchas veces no podría retomar la escuela secundaria común. Debería ir a una nocturna.
Su madre pensaba que era necesario tenerlo ocupado, que hiciera algo útil, sacarlo de la calle.
Recurría a conocidos para procurar un trabajo para él. Por una clienta supo que necesitaban un cadete en un negocio de telas para tapicería en la calle Bartolomé Mitre, en el Once.
-Si no estás ahí mañana antes de las nueve, no vuelvas a casa, basura!
Siguió desplegando todo el repertorio de reproches, de amenazas, de insultos, Todo lo que su impotencia le dictaba.  Se había alterado de tal manera, que hasta su hijo, a pesar del empujón que le propinó, pareció tomarla en serio. Tanto como para levantarse temprano al otro día, servirse un vaso de gaseosa , prepararse una tostada  e irse.
  Mirta no pudo salir de  la óptica hasta la una. Tenía que volver a las cuatro. Horario de verano.
Cuando por fin llegó a su casa prendió la radio como siempre mientras se preparaba algo para comer. Su oído, acostumbrado como estaba a las voces conocidas, notó enseguida que algo pasaba. Algo muy malo.
-Volvemos al móvil, parece que aumentó el número de víctimas. –dijo secamente el locutor lejos de su habitual tono amable.
-¿Víctimas?- repitió Mirta con curiosidad.
Subíó el volumen  como si eso de por sí le proporcionara más información. La voz del cronista  apenas se escuchaba   sobre un fondo de sirenas y gritos.
Impaciente, cambió de radio.  Nuevamente hablaban de muertos y heridos pero sin explicar el origen.  Ya  con inquietud, olvidando su almuerzo, siguió moviendo el dial hasta que escuchó la palabra tren.
Ya no era inquietud; era miedo.
Atinó a prender el televisor.
En el canal de noticias, la pantalla estaba dividida entre la imagen de un tren incrustado en el extremo del andén y un zócalo que indicaba: “Decenas de muertos en el accidente de tren del FF.CC  Sarmiento, el choque fue a las 8.33 hs “
Ahora sí, el pánico se dibujaba en el rostro de Mirta.
En otro canal, imágenes de personas buscando a sus familiares.
Era el tren que Kevin debía haber tomado en Merlo para llegar antes de las 9 al negocio de Once.
“¡Si no estás ahí mañana  antes de las nueve, no vuelvas a casa, basura!”.
Y entonces imaginó a su hijo cruzando la avenida rumbo a la estación, ubicándose con dificultad en el andén atestado de gente y subiendo al tren con su mochila gastada.
Ya no quiso imaginarse más nada. Se maldijo por esas palabras de la noche anterior,  brotadas de la bronca y del amor más profundo.
Sintió que tenía que serenarse. ¿A quién recurrir? Tadeo no usaba celular y su hijo jamás atendía sus llamadas. Lo intentó, sin embargo, con el resultado esperado.
La opresión en el pecho la hacía respirar con dificultad y como una autómata, enfiló para la óptica.
El alemán no volvía a su casa al mediodía. Se quedaba trabajando con las persianas del local bajas. Cuando Mirta  golpeó con desesperación, el hombre se asomó y le abrió rápidamente.
Con palabras entrecortadas, intentó explicarle la situación y por primera vez notó una expresión solidaria en los ojos grises de su patrón.
-Vaya en remis- le ordenó mientras le extendía la mano con unos cuantos billetes.
¿Cómo explicar la ansiedad por llegar a un lugar al que no se quiere ir?
El paisaje cambiante del conurbano, a medida que el auto avanzaba hacia la capital, pasaba como una película ante los ojos de Mirta.
Fue llegar a la estación, en el barrio de Once,  y aturdirse en un remolino de policías más preocupados por el orden que por la pena de la gente. Ya eran  casi las cuatro de la tarde.  Alguien le indicó una lista de hospitales. ¿Por dónde empezar si eran más de trece?
Como pudo, junto con otras madres, padres, hermanos, deambuló por diferentes guardias hasta que ya no pudo. Era de noche.  Sintió que su mundo se derrumbaba.
 Necesitaba el apoyo de su compañero y, no sin dificultad, encaró el  regreso.
Cuando llegó a su casa, las luces apagadas terminaron con la leve esperanza que aún albergaba. Se sentó en una de las sillas de la cocina, escenario de su enojo de la noche anterior, y hundió la cabeza entre las manos para tratar de apaciguar el latido de sus sienes.
No escuchó el ruido de las llaves y para cuando pudo reaccionar , se encontró con el gesto adusto de Tadeo .
Como otras veces, en el camino de regreso del trabajo, él había pasado por la larguísima cuadra de la fábrica abandonada cuyo paredón, sobre todo de noche, invitaba a cruzar la calle.
 En este sector del conurbano profundo aún se apreciaban las huellas de los gobiernos que habían producido el cierre de muchas industrias, con su herencia de predios abandonados con edificios grises lentamente carcomidos por el tiempo y el vandalismo. La esquina solitaria de la fábrica fantasma era la elegida por algunos pibes del barrio, los que ni estudiaban ni trabajaban y que a esa hora ya estaban pasados de cerveza.  Uno de ellos había sido  arrebatado del brazo, al pasar, por su padrastro.
Los ojos enrojecidos de Kevin miraron sin ver y su gesto extraviado, impregnado de alcohol y  marihuana no se conmovió cuando Mirta se echó en el piso, se  abrazó a sus rodillas, y, gimiendo, vertió durante largo rato todas las lágrimas retenidas en ese día fatal.






viernes, 17 de febrero de 2017

EL FISCAL



 No reniego  más por las noches de insomnio que se apilaban una sobre otra llenándome la cara de arrugas.
 Por supuesto, también había momentos de una dulce  excitación,  que me mantenían con los ojos como si fueran el dos de oro mientras escuchaba el segundero del despertador avanzando implacable y me imaginaba la mañana inminente y cómo iba a preparar el desayuno y qué ropa le iba a poner a los chicos.  Pensaba en eso porque de algún lado tenía que aferrarme a la idea de que todavía podía ser una buena esposa y madre.  Necesitaba convencerme de que el amor seguía siendo un lugar cuidado e intangible. Innegociable.
-Aflojá un poco, no te exijas tanto- me decía mi marido. Pobre.
 Y yo le  contestaba con expresión ingenua:
-Si, tenés razón, lo que pasa es que el trabajo que tengo que presentar está buenísimo y una se engancha y bla, bla-. Ahora me doy cuenta de  que la estúpida era yo.
El tipo que irrumpió en mi vida para completarla, -ese que no me dejaba dormir-, era profesor en el doctorado. Una verdadera autoridad en lo suyo.
Nunca me voy a olvidar de la primera vez que lo vi.
Yo entraba medio tarde al aula y él estaba por cerrar la puerta. Al verme, con un gesto simple me dejó pasar y yo percibí su expresión sorprendida, y estoy segura de que por unos instantes le hice perder  ese aire de  seguridad tan suyo.  Enseguida se recompuso y disimuló la leve turbación que mi presencia le había causado. Atesoro el momento como si fuera una cajita de plata porque al fin y al cabo fue lo único bueno que tuvimos.
Él era una mezcla de eminencia y galán informal que te acorralaba con sus ojos de color indescifrable. Te  tiraba una definición genial, fruto de su experiencia de años en los Tribunales, y a los pocos minutos, decía alguna grosería que te hacía reír; todo el conjunto te desarmaba de admiración.
Estaba por cumplir los cincuenta y todas morían por una mirada suya. Supe enseguida que yo le interesaba.
Me dejé envolver en la obviedad de su pavoneo, bien consciente de la situación en la que me  estaba involucrando.
Cuando me citó en su casa, no me tomó por sorpresa. No le conté a nadie y me preparé como quien va a su consagración definitiva. La  empleada  vieja que me abrió   la puerta me miró con cara de  “Si, ya se, lo viene a ver al Doctor, pase que  no es la primera ni será la última” Y yo le agradecí  con cara de “Qué carajo me importa lo que pienses”.  Y entré como dopada, con la sensación de no pisar el suelo al caminar.
En el primer encuentro, los dos nos entregamos a la farsa del reconocido jurista orientando a su joven discípula.
Disfruté mucho esa rutina de entrar en la casona y ser conducida al escritorio  por la mucama que desaparecía convenientemente.
 Llegué a conocer muy bien, la comodidad mullida de los sillones y la tersura de las alfombras caras de ese estudio.
¡Me sentía tan halagada por ser el objeto de su atención…! ¡Qué me iba a importar su vulgaridad!
Al poco tiempo, ignoro si porque ya lo fastidiaba mi presencia o porque realmente me apreciaba, me ofreció un cargo.
Yo, que vengo de abajo, ¿Cómo mierda iba a entrar al Poder Judicial si soy la primera  de veinte generaciones que pisó la Facultad?
 Me propuso entrar directo a trabajar en un Juzgado sin pasar ni siquiera una semana por el mostrador de la mesa de entrada.
 Estaba  entusiasmada.
El día que tenía que contestarle, llegué más tarde que lo habitual.
La empleada dudó, pero al cabo de unos minutos de examinarme de arriba abajo, me dejó pasar.
-Gracias, ya conozco el camino- Se lo dije con seguridad, para que no pudiera contrariarme. La señora frunció levemente la boca y siguió con sus cosas.
Abrí la puerta pesada. El ambiente estaba en penumbras, salvo por la lámpara de bronce que  brillaba soberbia, iluminando  el escritorio enorme y oscuro. Su luz formaba pequeños arco iris  en la base de cristal de un vaso de whisky vacío.
El fiscal roncaba con la boca abierta, despatarrado en su sillón de cuero. Tenía la camisa desabotonada hasta la cintura. Un hilo de saliva viscosa subía y bajaba de la comisura del labio, al ritmo de su respiración.
Me senté enfrente. Ni se mosqueó. Menos mal, así pude pensar tranquila. Y ahí nomás mientras lo miraba dormir pesadamente, lo ví tan vulnerable, tan indigno,  tan poca cosa, que un asco profundo se me pegó en la piel.
Y a pesar de que no soy ninguna santa, pasó por mi mente, como si fuera una película muda el recuerdo de las noches que pasé estudiando en la biblioteca del Congreso, muerta de hambre y de sueño; volví a ver  las lágrimas calladas de mi abuela gallega cuando recibí el diploma. Me acordé de la emoción que me había causado de chica el alegato final del fiscal Strassera en el Juicio a los dictadores. Me imaginaba que estaba en su lugar y que la gente me aplaudía a mí.
 Como una autómata, arranqué una hoja de mi agenda y le escribí una nota en la que declinaba el nombramiento.
La dejé sobre unas carpetas  y me fui sin hacer ruido.
Ninguno de los dos buscó un nuevo encuentro.
¿Me preguntás si me arrepentí?
 Si, todos los días.
 Pienso que fui una imbécil.
 Me enteré por el diario que ya lo nombraron Procurador General de la Nación.



                                                                  RESEÑA El orden perdido y los Ramales olvidados de José A. GarcíA   Jo...